Julia ¿Dónde estás? 2. ARGOS #7
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2. ARGOS #7

—Hay facturas esperando y León sigue pidiéndome equipos. El banco quiere ver que avanzamos. No puedo sacar el dinero de debajo de la alfombra, Sandra.

—A él le han enseñado un presupuesto donde aparecen esos recursos.

—Porque estaban previstos. Yo no controlo que cada proveedor cumpla.

Sandra calla. Sabe que se ha pagado con dinero de ARGOS algo ajeno a la investigación, y empieza a guardar copias de lo que le piden tramitar.

Aparece Vicente Salcedo en la puerta abierta, sin chaqueta, con la corbata floja y una carpeta bajo el brazo.

Tiene una calvicie avanzada, el poco cabello gris peinado hacia atrás y la cara redonda de un hombre que conserva una sonrisa irónica incluso al discutir y ese modo de caminar como si los pasillos pertenecieran a alguien a quien conoce desde hace muchos años.

—¿Interrumpo un velatorio? —pregunta.

—Una revisión financiera —contesta Beatriz.

—Peor. En los velatorios al menos dan café.

Se sienta sin esperar invitación. Su veinticinco por ciento de la empresa le concede presencia en las decisiones, no la paciencia de Beatriz. Ha acudido a preguntar por una ampliación de capital que nadie termina de concretar y por el peso que ARGOS seguirá teniendo en los siguientes ejercicios.

—Nos gastamos una fortuna y cada informe promete que la próxima demostración será la buena —dice—. A este paso, cuando funcione el invento habremos inventado también otra forma de quedarnos sin dinero.

—Si quieres contribuir con una solución, te escucho —responde ella.

—Tengo una de toda la vida: no comprar diez cosas cuando podemos pagar siete.

—Díselo a Max.

—Se lo digo. Y a León. Y a Néstor si consigo despertarlo de su ordenador. Pero los tres sostienen que sin la décima cosa las nueve anteriores no valen nada.

Vicente hojea la carpeta sin pedir permiso. Se detiene en una gráfica de costes y señala una anotación sobre licencias externas.

—Y tenemos a FILEXA ahí al lado, desarrollando herramientas que a lo mejor podrían ahorrarnos meses. ¿Por qué no hablamos con ellos? Una colaboración limitada, un módulo compartido, algo. No todos los avances tienen que llevar nuestro apellido.

Beatriz deja el bolígrafo sobre la mesa.

—¿Desde cuándo te parece una buena idea que nuestros competidores conozcan nuestras necesidades?

—Desde que nuestros problemas empiezan a costar más que nuestros secretos. Hablar no significa enseñarles el laboratorio.

—Carolina Rius dirige una empresa que compite por clientes y contratos muy parecidos a los nuestros. No pienso invitarla a que valore nuestras debilidades con un café.

—Pues no le enseñes las debilidades. Ofrece una colaboración en condiciones normales. Que decida ella si le interesa.

—Puedes pedir que le preparen una propuesta comercial abierta, como a cualquier otra empresa —concede Beatriz—. Nada de tecnología exclusiva ni acceso a ARGOS.

Vicente levanta las palmas, satisfecho con haber conseguido al menos una autorización para preguntar.

—Milagro: ya tenemos una decisión que no cuesta dinero.

Sandra recoge discretamente una carpeta. Vicente ve la tabla de financiación y señala una casilla.

—¿Estos fondos ya han entrado?

—Una parte —responde Beatriz.

—Pues procuremos no gastarlos dos veces.

—Para eso precisamente estoy aquí.

Vicente recoge sus papeles y se levanta con gesto impaciente. Antes de marcharse, echa otra mirada al informe sobre la mesa, como si estuviera pensando en cuánto tiempo más perderán los socios discutiendo las mismas cifras. Beatriz lo observa salir y regresa a la hoja marcada por Sandra.

—Cambia la redacción. El gasto de consultoría, por ahora, déjalo donde está y pide todos los documentos. Lo revisaré personalmente.

Sandra asiente. No está segura de que la revisión vaya a arreglar nada, pero ya sabe qué documentos debe conservar para que al menos las cifras puedan volver a reconstruirse.

Unos días después llega a FILEXA una carta de Nexora, firmada por Vicente Salcedo. Propone estudiar una colaboración entre las dos empresas. Carolina la lee y llama a su asistente.

—¿Les damos una cita? —pregunta la joven.

—No. Por ahora seguiremos por nuestra cuenta.

—¿Les decimos que no nos interesa por ahora?

—Agradéceles la propuesta y diles que preferimos mantener nuestra independencia.

La asistente sale. Carolina deja la carta a un lado y vuelve a sus asuntos.

***

En julio, las primeras pruebas de FILEXA con el material comprado a Néstor empiezan a dar resultado. Todavía están lejos de igualar ARGOS, pero ya pueden construir su propia alternativa. Néstor, animado por el avance, ofrece venderles más.

Carolina ha llegado a la oficina antes que los demás, con un pantalón claro, camiseta negra y la chaqueta enrollada sobre el brazo.

Al escuchar el resultado de las pruebas se ha quitado las gafas de lectura y se frota el puente de la nariz.

Sus empleados conocen ese gesto: todavía está decidiendo si felicitar al equipo o pedirle que empiece de nuevo.

Se reúnen en FILEXA al terminar la jornada. Las luces del espacio común permanecen encendidas mientras la mayoría de los empleados desciende por la escalera. Carolina coloca una hoja sobre la mesa.

—El primer paquete ha pasado la revisión. Podemos ejecutar el segundo pago pactado. Pero este nuevo material no figura en el contrato.

Néstor examina el documento sin tocarlo.

—Son piezas que os ayudarían a avanzar mucho más deprisa.

—Llamas «piezas» a lo que alguien de Nexora podría reconocer.

—ARGOS es un producto. Las técnicas que utiliza no son una religión.

—Dime qué pasaría si un ingeniero de León viera esto funcionando aquí.

Él se pone de pie y camina hasta los ventanales. Fuera, los últimos coches avanzan lentamente entre semáforos, y sobre el pavimento queda una luminosidad amarilla que se resiste a desaparecer.

—Todo el sector está copiando ideas de todo el sector —dice—. La gente confunde un proyecto con el derecho a quedarse cada pensamiento de los trabajadores.

—Eso puede servirte para discutir en un bar. A mí me interesa cuánto tardará alguien en demostrarlo.

—Tú querías velocidad.

—Quería avanzar meses. No pagar dos veces por el mismo riesgo.

Néstor se vuelve con gesto fastidiado.

—Eres más peligrosa de lo que aparentas.

—Y tú menos cuidadoso de lo que te crees. Te pedí que no trajeras nada que León pudiera reconocer a simple vista.

—No te he traído el trabajo de León. Son herramientas menores.

—Entonces déjame por escrito qué vendes y de dónde sale. Si hay problemas, quiero saber a quién reclamar.

Néstor vacila antes de aceptar. Carolina no le ha pedido inocencia: le ha pedido una firma. Pactan limitar el uso de las nuevas herramientas hasta que su equipo las examine.

—Una cosa más —le dice Carolina cuando él guarda la tableta—. Si un día vienen a preguntar, no te atrevas a descubrirme delante de ellos. Yo tengo copias de lo que has firmado.

—No te preocupes. Mis compañeros no necesitan ayuda para pelearse.

Cuando se queda sola, Carolina pide a Laia que continúen con su propio prototipo. Después pregunta cuánto costaría contratar a alguien con el talento de León. La muerte del científico no ha terminado con aquella vieja ambición.

***

La demostración de ARGOS tiene lugar una mañana de julio. León ha preparado una prueba difícil: quiere descubrir qué hace el programa cuando recibe información equivocada.

Néstor dirige la sesión. ARGOS une dos sucesos sin relación alguna e Inés detecta el error casi al instante.

—Falso positivo —anuncia Inés.

León asiente.

—¿Por qué los ha relacionado? —pregunta León.

—Ha encontrado varias coincidencias.

—Eso ya lo veo. Quiero saber de dónde las ha sacado.

—No podemos enseñar cada detalle cada vez que alguien utilice el programa.

—Pero sí podemos impedir que una equivocación parezca una certeza.

El ambiente se enfría. No discuten solo por aquella prueba: León lleva semanas sospechando que Néstor introduce cambios sin consultarle.

—¿Has cambiado el programa otra vez? —pregunta.

—Hicimos unas mejoras. Nada más.

—¿Quién las autorizó?

—La versión anterior sigue guardada, si es lo que te preocupa.

—Entonces mañana quiero verla. Y quiero saber qué ha cambiado.

Néstor asiente con desgana. León no tiene todavía pruebas contra él, pero su evasiva basta para que decida revisar el trabajo de las últimas semanas.

A la salida encuentra a Max repasando un albarán.

—¿Tú has autorizado esta compra? —pregunta León.

—Sí. Hacía falta ampliar el equipo.

—Aquí hay cuatro unidades facturadas y solo dos instaladas.

—Las otras vienen con el segundo lote.

—El segundo lote que según contabilidad ya hemos recibido.

Max guarda el papel con brusquedad.

—No voy a discutir esto en el pasillo.

—Perfecto. En tu despacho, entonces.

—Mañana. Ahora tengo una reunión.

León le sostiene la mirada. El ingeniero se marcha sin añadir palabra. Durante un instante, el científico contempla la puerta cerrada y se pregunta cuándo ha empezado a necesitar una cita para hablar con su mejor amigo.

***

La discusión continúa al día siguiente en el despacho de Max, entre facturas, papeles y unas persianas a medio bajar. León lleva las cuentas anotadas de su puño y letra.

Max está de pie, junto a la persiana, con la chaqueta colgada del perchero y las mangas de la camisa dobladas de cualquier manera.

El nudo de la corbata le aprieta el cuello y se lo afloja por tercera vez.

León llega con una camisa azul descolorida, la barba sin repasar y un pliego de hojas doblado bajo el brazo; arrastra el cansancio de quien ha pasado la noche sumando cifras que nadie quería cuadrar.

—Explícame esto —dice el científico, señalando una cantidad.

Max permanece de pie al otro lado de la mesa.

—Te lo he explicado. Una parte del equipo figura en tránsito.

—No te he preguntado por el equipo. Te pregunto por qué esta instalación cuesta casi el doble de lo que cuesta cuando la presupuestamos por primera vez.

—Porque el proveedor inicial no garantizaba plazos.

—Aquí está el presupuesto inicial. Es del mismo proveedor.