2. ARGOS #6
Los dos sonríen. El camarero retira los platos, y Carolina se decide por fin a explicar para qué ha querido conocerlo.
—En FILEXA no queremos sustituir a las personas que investigan —explica ella—. Queremos que no tengan que perder una mañana entera buscando una relación que un programa puede señalar en treinta segundos.
—Entonces te ahorrarías el noventa por ciento de los eslóganes de la competencia.
—Ya me los ahorro. Me preocupa más el diez por ciento restante.
León prueba un poco del pescado y la invita a hablar con franqueza.
—Estoy ampliando el área de análisis avanzado —dice Carolina—.
Quiero proponerte que vengas a dirigirla.
No mañana, ni para que anuncies una dimisión teatral.
Podemos acordar una incorporación ordenada y darte autonomía científica.
Tendrías un presupuesto real, personal propio y participación en determinados resultados.
León deja el tenedor.
—Vaya. Sí que era una oferta de empleo.
—No te he engañado. Te he invitado a comer para hablar de tecnología y de trabajo. Llevamos casi una hora haciendo lo primero.
—No puedo irme de Nexora.
—¿No puedes o no quieres?
—Las dos cosas. ARGOS es una idea por la que he peleado cuando nadie estaba dispuesto a pagar ni el papel de las pruebas. Ahora tiene un equipo detrás. No voy a dejar a esa gente tirada cuando empiezan los problemas.
—Las empresas no siempre merecen la lealtad que las personas ponemos en ellas.
—La empresa y el trabajo no son lo mismo. Yo respondo ante los que se quedan allí cuando se apagan las luces.
Carolina lo observa sin apresurarse a convencerlo. Le sorprende que un hombre acostumbrado a discutir detalles científicos adopte ese tono casi íntimo al hablar de sus compañeros.
—¿Y si te ofreciera colaborar sin dejar Nexora? —pregunta.
—No puedo prometerte eso tampoco. Hay demasiadas fronteras que conviene respetar.
—¿Porque somos competencia?
—Porque lo somos, sí. Y porque ya conozco la costumbre de algunas empresas de llamar «colaboración» a llevarse el trabajo ajeno.
Ella recibe la frase sin indignarse.
—No necesito que me regales secretos. Necesito a alguien con criterio. Te he buscado por eso.
—Y te lo agradezco. Te lo digo en serio.
Terminan el almuerzo hablando de la costa, de cómo el barrio ha cambiado de oficios en pocos años y de la dificultad de contratar gente que sepa escuchar antes de programar.
Cuando salen a la calle, Carolina le dice que su propuesta seguirá abierta una temporada.
León se niega una vez más, sin aspereza, y le desea suerte con FILEXA.
A mitad del paseo se vuelve.
—Una cosa, Carolina. No conviertas el ahorro de tiempo en una excusa para no comprobar nada. Ese día te habrás cargado la parte más valiosa del sistema.
—Lo tendré presente, León.
Ella lo ve alejarse entre la gente. Ha perdido una oportunidad de fichaje, pero gana algo más difícil de conseguir: una idea precisa de cómo piensa el hombre al que otros presentan como un genio imprevisible.
Aún no tiene razones para imaginar el tamaño de los problemas que se están formando alrededor de él.
***
Junio trae calor a Torre Glòries. El sol de mediodía cae sobre las terrazas, y la ciudad se llena de la vibración de los aparatos de aire acondicionado, motocicletas detenidas ante semáforos y turistas que buscan una sombra que no existe.
En Nexora los problemas no obedecen al calendario meteorológico.
Una máquina de almacenamiento sigue sin alcanzar el rendimiento contratado; dos licencias vencen antes de que se hayan terminado las pruebas previstas y Beatriz reclama un informe de avance que los técnicos no se atreven a firmar.
José María encuentra a León sentado en un descansillo de servicio, junto a una ventana estrecha desde la que apenas se ve una franja de edificios. Sostiene un bocadillo intacto sobre una servilleta de papel y consulta una factura apoyada en las rodillas.
—¿Eso es un bocadillo o un rehén? —pregunta el técnico.
León levanta la cabeza. Lleva la barba más crecida que en invierno y dos marcas rojizas detrás de las orejas por las gafas que se quita y se pone a todas horas.
—Estoy pensando.
—Por la cara que tienes, estás calculando cuántas maneras existen de cargarte a alguien sin dejar huellas.
—De momento he encontrado una: invitarlo a comerse un bocadillo de la máquina del sótano.
José María se sienta a su lado. Extiende las piernas y suspira con la satisfacción de quien concede a su espalda cinco minutos de indulto. No pregunta enseguida por los problemas; mira primero la hoja, el bocadillo y los dedos de León manchados de tinta.
—¿Otra vez las cuentas?
—Pedimos un servidor que cuesta una cantidad. Nos dicen que se ha gastado otra. El segundo importe viene con instalación, mantenimiento, garantía y una lista de cosas que nadie sabe dónde están.
—Yo de informática entiendo lo justo para que la impresora no me gane una discusión, pero eso tiene pinta de ser más caro de lo que pesa.
León sonríe y deja la factura bajo el pan.
—Con Max nunca he tenido que preguntar estas cosas. Si me decía que una pieza costaba tanto, yo buscaba la manera de usarla mejor, no de comprobar el precio.
—Ahora lo compruebas.
—Ahora no me cuadran los pedidos. Y cuando pregunto, se enfada.
José María no se mete a juzgar al ingeniero. Ha aprendido, en los cuartos de máquinas, que siempre hay dos versiones de una avería: la de quien la descubre y la de quien cree que la ha causado otro.
—¿Se lo has dicho como me lo estás diciendo a mí?
—Más o menos.
—Entonces no te ha entendido. Con esa cara tuya parece que el bocadillo te haya confesado un delito.
León se ríe, por primera vez en toda la mañana.
—¿Y tú qué harías?
—Con el bocadillo, comérmelo. Con Max, hablarle. Y si sigue sin cuadrar, pedir papeles. Los amigos tienen la ventaja de que uno puede decirles cosas feas sin pagar una consulta de abogado.
—A veces también tienen la desventaja de conocer dónde te duele.
José María dobla la servilleta para que no manche su pantalón.
—Mi Sali dice que yo sé dónde le duele y por eso me tiene prohibido hacer bromas después de las diez de la noche.
—Una mujer sensata.
—Y su hermana, más todavía. Julia. ¿Te hablé de ella?
—Me dijiste que era periodista y que interrogaba a los camareros.
—Eso es quedarse corto. Trabaja en «La Barcelona d’Avui».
Cuando empieza a mirar una factura no para hasta saber quién encargó el papel.
Una vez se empeñó en averiguar por qué desaparecían medicamentos de una residencia.
Le decían que era un error informático. Pues encontró tres firmas repetidas con diferente fecha.
Salió un reportaje que puso a media administración a explicar sus cuentas.
—¿Y la otra media?
—Se quedó rezando para no salir en el siguiente.
León fija la mirada en el papel bajo el bocadillo.
—Eso de las firmas repetidas es una buena historia.
—Julia no cuenta malas historias. Sali se enfada porque dice que le mete la nariz a gente peligrosa. Yo le digo que si se mete en todo es porque de pequeña le daban los juguetes rotos y quería saber quién los había destrozado.
—¿Y tú te llevas bien con tu cuñada?
—Cuando no me hace preguntas, estupendamente. Ayer me preguntó cuánto cuesta una avería en un ascensor. Le dije que depende de si se ha quedado encerrado alguien importante. «Entonces todas deberían costar lo mismo», respondió. Tiene esas cosas.
Se quedan un rato en silencio. Al otro lado de la puerta se oye rodar un carro y después el clic de un sensor de luz. León guarda la factura en la carpeta y da por fin un mordisco al pan.
—Algún día tendré que conocer a esa Julia —dice.
—Cuando quieras. Pero ven con una respuesta preparada para todo. Es como Hacienda con buena conversación.
El técnico se levanta. León lo observa recoger sus herramientas, acomodarse el cinturón y marcharse por el pasillo con un silbido desafinado. No le ha pedido ayuda. Sin embargo, tiene la sensación de haber hablado por primera vez en semanas con alguien que no espera conseguir nada de ARGOS.
***
En el despacho de Beatriz el verano empieza con una discusión sobre verbos.
Sandra ha preparado una tabla con cuatro columnas: lo que les han concedido, lo que ya han encargado, las facturas recibidas y lo que realmente han pagado.
La presidenta señala las cuatro columnas con el extremo de un bolígrafo.
Beatriz lleva un traje de lino color marfil que la hace destacar frente a las carpetas grises del despacho.
Ha dejado los pendientes grandes en casa, pero conserva un reloj de esfera dorada que consulta cada vez que Sandra cambia de documento.
Sandra, con pantalones azul oscuro y una camisa de manga corta, tiene la frente brillante por el calor del edificio y un mechón pegado a la sien.
—Al consejo no le interesan las sutilezas del diccionario. Quiere saber si el proyecto está financiado.
—Y yo se lo puedo contestar. Lo que no puedo decir es que hemos pagado una compra que sigue pendiente.
—No te estoy pidiendo que digas eso.
—El borrador que nos han pasado desde asesoría sí lo dice.
Sandra le entrega una hoja. Beatriz reconoce una factura de asesoría que había repartido entre distintos gastos de la empresa. No recuerda haber autorizado esa redacción exacta y, durante un instante, parece realmente disgustada.
—¿Quién ha escrito este párrafo?
—Contabilidad lo ha preparado con las instrucciones de la última revisión.
—Que lo cambien. No quiero que una palabra nos estalle en la cara dentro de dos años.
—¿Y el gasto?
Beatriz se reclina en el sillón. El aire acondicionado hace temblar apenas una hoja suelta en el borde de la mesa.
—Ese gasto ya está contabilizado. Lo que necesito es que quede documentado con una explicación defendible.
—Pero no corresponde a la investigación.
—Corresponde a la empresa que la sostiene.
—No es lo mismo.
—Ya lo sé, Sandra.
La respuesta sale más seca de lo que pretende. La presidenta mira a su secretaria y suaviza el tono.