2. ARGOS #5
Carolina viste aquella mañana una blusa de seda azul oscuro, pantalones negros y unos zapatos bajos con los que sube y baja las escaleras sin hacer ruido.
Se ha sujetado el pelo detrás de una oreja y tiene los ojos enrojecidos por la lectura de informes.
La ingeniera que le habla es joven, de cabello muy corto y manos inquietas; lleva un rotulador sin capuchón y se aparta ligeramente para que la directora pueda ver la pantalla.
—El motor de relaciones falla cuando duplicamos los registros —le explica una ingeniera—. Lo arreglamos, pero no a esta velocidad.
Carolina se cruza de brazos.
—No quiero que me digas que lo arreglaréis. Quiero saber cuánto tardaréis sin fingir que el domingo tiene treinta horas.
—Ocho semanas para estabilizarlo. Seis si podemos reutilizar una biblioteca que ya haya pasado pruebas serias.
—¿Hay alguna con licencia comercial?
—Ninguna que encaje sin adaptar media arquitectura.
Carolina asiente. No promete una solución.
Cuando vuelve a su despacho, encuentra un mensaje de Néstor Cifuentes solicitando una conversación «sobre herramientas de correlación de uso general».
Conoce su nombre: el responsable de software de Nexora posee reputación de hombre brillante, difícil en las reuniones y poco dispuesto a regalar una palabra amable.
Se citan a media mañana en una cafetería pequeña de la calle de Pujades, donde el ruido de las tazas se mezcla con el de los tranvías que llegan desde Glòries.
Néstor aparece con una americana oscura encima de una camiseta y la misma tableta de cubierta desgastada que utiliza en todas partes.
Tiene la expresión fatigada del que está dispuesto a discutir antes incluso de pedir un café.
Carolina lo recibe sentada frente a la ventana, con un cuaderno abierto que todavía no contiene ninguna nota.
—Antes de empezar —dice ella—, si esto es una oferta de empleo, voy a decepcionarte. Ahora no busco otro director de software.
—Me tranquilizas. Yo tampoco busco otra jefa.
—Entonces compartimos una base sólida.
Néstor deja la tableta boca abajo. Mira el cuaderno de Carolina y después las personas de la barra.
—Tengo unas herramientas que podrían acelerar vuestro programa —dice—. No hablo de llevarte ARGOS entero. Son piezas que mi equipo conoce bien.
—¿Y cuánto tardará Nexora en reclamarlas si las descubre? —pregunta Carolina.
—Las he escrito yo o las ha desarrollado mi equipo bajo mi dirección.
—No te he preguntado quién las ha escrito. Te he preguntado cuánto puede costarme que el propietario reclame lo que me vendes.
Néstor agacha la cabeza con una paciencia fingida.
—Son herramientas que pueden funcionar por separado —insiste Néstor.
—Eso tampoco contesta del todo.
Néstor enciende la tableta y muestra una prueba. El programa encuentra coincidencias que FILEXA tarda mucho más en detectar. Carolina comprende enseguida el valor de lo que ve, pero no deja de pensar en su procedencia.
—Antes de pagar quiero verlo funcionar en nuestras instalaciones. Sin clientes de por medio.
—Te ofrezco el derecho a utilizar esas herramientas, no los archivos de Nexora ni el trabajo completo de León.
—¿Cuánto?
Néstor dice una cifra. Carolina no se mueve.
—Por ese dinero contrato a dos ingenieros durante varios meses.
—Te ahorras meses de trabajo. Eso también vale dinero.
—Y yo me llevo el riesgo de que vengan a reclamármelo.
Carolina deja el bolígrafo junto al cuaderno.
—Empecemos por bajar esa cifra.
—Ya sabía que lo dirías.
Néstor se recuesta. Ha llegado esperando resistencia, pero no tanta.
—Pagas una parte ahora y el resto cuando compruebes que funciona.
—Mis ingenieros lo probarán sin mezclarlo con nuestro programa. Después hablaremos.
—Me parece lógico.
—Y ni se te ocurra traer información de los clientes de Nexora.
—Eso no estaba sobre la mesa.
—También quiero saber si podemos utilizarlo sin depender de ti para todo.
—Las mejoras posteriores se cobrarán aparte.
—Siempre encuentras una segunda factura.
—Y tú siempre encuentras una razón para no pagar la primera.
Tras regatear, acuerdan un primer pago por una prueba y otro si da resultado. Carolina subraya una frase del contrato: «ORIGEN DEL CÓDIGO».
—Quiero que el contrato diga de dónde salen esas herramientas —insiste Carolina—. Y que tú afirmes por escrito que tienes derecho a cedernos su uso y responderás si se demuestra que no. Los dos sabemos para qué sirve una firma en el lugar adecuado.
—La redactará tu abogado como si estuvieras adoptando a un cocodrilo.
—Si el cocodrilo viene de otro zoológico, quiero su certificado.
Néstor acepta aquella exigencia sin discutir más. Conoce bien las horas y el dinero de Nexora que hay detrás de parte de su oferta. Carolina firma sabiendo que compra una ventaja y un problema.
Se despiden en la puerta. Cuando Néstor se aleja, Carolina llama a su abogado para preparar el acuerdo y ordena una prueba reservada. Todavía no piensa mostrar aquel material a ningún cliente.
***
A finales de abril, León recibe una caja pequeña en el laboratorio privado que ha alquilado gracias a parte del dinero de Moreau. Allí puede investigar sin pedir permiso cada día a Nexora. Esa libertad, sin embargo, empieza a costarle demasiadas explicaciones.
Enciende el equipo y repite una prueba. Obtiene resultados prometedores, pero también errores absurdos: el programa relaciona sucesos que no tienen nada que ver. León sonríe sin alegría y vuelve a empezar.
Toma notas a mano y tacha conclusiones apresuradas. Ha aprendido a desconfiar, sobre todo, de los resultados demasiado perfectos.
Una llamada de Max lo encuentra guardando una tabla de pruebas.
—¿Dónde estás? —pregunta el ingeniero.
—Fuera, haciendo cuentas.
—Tenemos la máquina grande funcionando a medias y tú llevas dos días sin pasar por aquí antes de comer.
—Estuve ayer hasta las nueve.
—No te reprocho las horas. Te digo que el equipo necesita decisiones.
—Dile a Néstor que revise la sincronización y que no toque las variables que dejamos bloqueadas. Esta tarde paso.
—León, ¿estás metido en algún otro proyecto?
La pregunta no contiene una acusación. Eso la hace más incómoda.
—Estoy buscando maneras de avanzar —responde el científico.
—Eso hacemos todos.
—Pues no me preguntes dónde está cada uno de mis pensamientos.
Max tarda en contestar.
—Vale. Cuando vengas, trae esos pensamientos escritos. Hay problemas que no puedo resolver yo solo.
León cuelga y contempla el teléfono. Sabe que Max tiene razón en parte.
Vuelve a la pantalla, reduce el tamaño de una prueba y se repite que unas semanas de trabajo paralelo no van a destruir una amistad construida durante años.
Después examina el calendario de su acuerdo privado y comprueba cuánto tiempo queda para presentar un avance convincente.
Por primera vez, dos relojes distintos empiezan a gobernarle el día.
***
En mayo, Carolina Rius decide que quiere conocer al hombre que hay detrás de ARGOS.
No pretende conquistar una compañía ni comprar una patente: cree que FILEXA podría crecer deprisa si encuentra a alguien capaz de orientar su tecnología sin arrastrar los vicios de una gran estructura societaria.
Propone a León un almuerzo de trabajo en una terraza protegida del viento, cerca del litoral del Poblenou.
Desde allí se ven bicicletas, corredores y una fila de palmeras que proyecta sombras cortas sobre el paseo.
Carolina ha cambiado el traje de las reuniones por un vestido camisero verde oliva y una chaqueta ligera apoyada en el respaldo.
Lleva el cabello suelto; el viento se lo cruza por la cara cada vez que alguien abre la mampara de la terraza.
Antes de sentarse, observa las manos de León, manchadas de tinta junto a los nudillos, y la forma en que él estudia las salidas del local como si todavía estuviera buscando el laboratorio.
León llega con la camisa ligeramente arrugada y el paso de quien se ha bajado del taxi antes de que el conductor terminara de explicarle por dónde debía entrar. Carolina se levanta y le ofrece la mano. Él observa la sonrisa de ella, el cuaderno junto al plato y el móvil boca abajo.
—Tengo que reconocer que esperaba otra cosa —dice León.
—¿Una mujer con tres abogados y un maletín lleno de billetes?
—Un comercial de veinte años diciéndome que va a revolucionar el mundo.
—Los comerciales de veinte años trabajan para mí. Los billetes me los guardo para pagarles.
Carolina ríe con naturalidad. El camarero trae el primer plato y León prueba la salsa antes de preguntar qué tipo de decisiones toma su software con los resultados que obtiene.
—Ninguna por su cuenta —responde ella—. Señala relaciones. Mis clientes deciden qué hacen con ellas.
—Eso dicen todos hasta que la pantalla les da la respuesta que estaban esperando.
—¿Tú nunca has tenido un cliente así?
—He tenido uno que quería demostrar un fraude y se enfadó conmigo porque los datos decían que no había fraude. Le expliqué que aquello era una buena noticia. Me dijo que no me había contratado para darle buenas noticias.
Carolina ríe de verdad.
—¿Y qué hiciste?
—Devolverle el informe, con la misma conclusión. Después dejé de contestarle al teléfono.
—Yo aún no puedo permitirme despedir clientes con tanta alegría.
—Pues no les enseñes a confundir una sospecha con una certeza. Cuando aprendan, querrán que tu máquina también lo haga.
Carolina mueve un poco el plato y lo mira con más interés. Ha hablado con investigadores que intentan impresionarla recitando resultados; León discute antes las condiciones de una respuesta que la velocidad con que puede obtenerse.
—A veces pienso que a nuestros clientes les vendría bien sentarse una mañana en el laboratorio —dice—. Y ver cuántas veces nos equivocamos antes de acertar.
—Les daría un infarto. O pedirían un descuento.
—Por eso les enseño las pruebas solo cuando se han limpiado las mesas.
—Eso es trampa.
—Eso es supervivencia empresarial.