2. ARGOS #4
—He estudiado lo que Nexora publica sobre ARGOS. Es un planteamiento muy interesante.
—Publicamos lo que podemos explicar sin regalar cinco años de trabajo.
—Y hacen bien. Me interesan especialmente las extensiones posibles: correlaciones de mayor escala, anticipación de incidentes, reducción de falsos positivos.
León lo observa más atentamente.
—Eso último demuestra que alguien le ha contado la verdad. Casi todos vienen pidiendo que la máquina acierte siempre.
—Las máquinas que dicen acertar siempre suelen venderse mejor que las que admiten dudas.
—Por eso hay tanto charlatán con financiación.
Sébastien sonríe y abre por fin el bloc.
—Represento capital privado. No buscamos comprar Nexora ni intervenir en su consejo. Querríamos impulsar una versión avanzada que usted desarrollaría con autonomía. Una investigación propia, separada de los resultados que NEXORA debe presentar por las ayudas públicas.
—¿Separada de Nexora cómo? —pregunta León—. ¿Físicamente, contablemente, o por el nombre bonito que le pongan al contrato?
—Separada en objetivos y financiación. Usted conservaría la dirección científica. Nosotros pagaríamos a sus ayudantes, los equipos y las pruebas. El resultado se mostraría primero a nuestros representados.
—¿Antes que a Nexora?
—Sí.
León deja el vaso sobre el posavasos sin beber.
Durante unos instantes observa la lluvia que recorre el cristal.
Ha pasado meses explicando que un sistema como ARGOS necesita espacio para experimentar, que no se puede medir cada semana con los mismos gráficos de progreso que una página web.
Y ahora un desconocido le ofrece justamente lo que le falta, con la tranquilidad de quien sabe que ese ofrecimiento también tiene precio.
—ARGOS no sale de la nada —dice—. Mi trabajo está vinculado a la empresa. Los algoritmos, las pruebas de laboratorio, los procedimientos... No puedo ponerlos en una maleta y llevármelos porque un señor con un buen traje me invite a café.
—No le pido que sustraiga nada. Le propongo financiar investigación diferenciada. Tendrá que establecer qué pertenece a Nexora y qué desarrolla dentro del encargo privado.
—Eso en el papel es precioso. En la práctica los límites son más difíciles.
—Para eso existen contratos y asesoramiento.
—Los contratos no resuelven la conciencia, monsieur Moreau.
El francés cierra lentamente el bolígrafo.
—Entonces hablemos de su conciencia. ¿Es capaz Nexora de pagar ahora los recursos que usted necesita?
—No todos.
—¿Podrá hacerlo dentro de dos meses?
—Eso debería preguntárselo a su presidenta.
—Le pregunto a usted si lo cree.
León se frota el puente de la nariz. Sobre la mesa, el folleto del hotel exhibe fotografías de habitaciones luminosas, tan ajenas a las cuentas de su laboratorio como los escaparates del paseo.
—La empresa está cumpliendo a medias —reconoce—. Promete servidores, después aplaza. Aprueba un ensayo y al cabo de tres semanas pretende convertirlo en una demostración comercial. No sé cuánto aguanta una investigación así.
—Nosotros podemos darle margen.
—¿Cuánto margen?
—Un período inicial de seis meses. Revisable, si se justifican resultados parciales. Pagaríamos por etapas, conforme se cumplieran las pruebas acordadas. Una parte serviría para el equipo de investigadores; otra, para pagar su propio trabajo.
León lo mira por encima de la montura de las gafas que acaba de ponerse.
—Lo último no me gusta.
—Es una remuneración legal por un trabajo especializado.
—Cuando alguien empieza pagando al científico por encima de la ciencia, conviene leer la letra pequeña.
Sébastien abre otra página del bloc.
—De acuerdo. El contrato especificará las pruebas que financiaremos y la obligación de informar de los avances. También incluirá una cláusula de confidencialidad.
—Eso ya lo esperaba. Lo que no espero es que una cláusula sirva para borrar lo que he hecho durante años en Nexora.
—No es nuestra intención.
—No quiero intenciones. Quiero una lista clara de qué investigaciones quedan fuera de este encargo.
—La prepararemos con su asesoramiento.
León se inclina hacia él.
—Y no pienso traer datos de clientes de Nexora, ni copiar una sola base de datos para darles gusto. Si hay que probar algo, construiremos nuestros propios conjuntos.
—Así lo planteamos nosotros.
—Me alegra. Porque si no, la conversación acabaría aquí.
Sébastien anota algo, despacio. León no sabe si el francés está acostumbrado a recibir negativas o si ha aprendido a esconder muy bien el fastidio. En cualquier caso, le deja terminar.
—Necesito saber quiénes son —insiste.
—Conocerá la entidad contratante y al representante jurídico del acuerdo. La identidad individual de los aportantes está protegida por cláusulas de privacidad.
—Eso es una forma elegante de decir que no me lo va a contar.
—Es una forma precisa de decir hasta dónde llega mi autorización.
—¿Y si digo que no?
—Terminaremos el café. Yo pagaré la cuenta y usted seguirá teniendo una buena idea con poco dinero.
León suelta una risa involuntaria. Le resulta más difícil desconfiar de un hombre que no parece necesitar su aprobación.
—Antes de firmar nada —dice— quiero que el acuerdo delimite por escrito los desarrollos que ya existen en Nexora. Nada de apropiarse de su proyecto oficial por la puerta de atrás. Tampoco les prometo un milagro para agosto.
—Eso es razonable. Prefiero un científico que discuta a uno que firme sin leer.
—Y yo prefiero saber con quién trabajo.
—Ambos tendremos que aceptar alguna imperfección.
León acerca el bloc para escribir cuatro palabras en el margen de una hoja: propiedad, auditoría, publicación y uso.
—Vamos con lo que falta. ¿De quién serán los resultados que salgan de aquí?
—Mis representados aportan el dinero. Querrán poder explotar aquello que financien.
—Eso es razonable, siempre que no pretendan quedarse con todas mis investigaciones presentes y futuras.
—Podemos limitar el acuerdo a esta línea de trabajo.
—También quiero conservar el derecho a publicar cuando haya resultados científicos que merezcan publicarse.
—Los inversores querrán revisar lo que se difunda.
—Revisar no es lo mismo que prohibir. No voy a dedicar meses a una investigación para que termine enterrada porque a alguien no le guste una conclusión.
Sébastien se toma un momento antes de contestar.
—Podemos fijar plazos de revisión y proteger la información comercial. Si después de ese plazo no hay objeciones justificadas, podrá publicar lo que le corresponda.
—Eso quiero verlo escrito.
—Lo verá.
León señala la tercera palabra.
—¿Quién comprueba que el dinero llega al laboratorio? No quiero discutir cada semana si podemos pagar una pieza que ya estaba presupuestada.
—Un gestor administrará los pagos conforme al contrato.
—Quiero acceso a las cuentas del proyecto. Y una auditoría independiente si surge alguna discrepancia.
—Una auditoría, sí. Pero comprenderá que habrá gastos de nuestros representados que no son asunto suyo.
—Entonces separe sus gastos de los míos. No estoy pidiendo saber dónde cenan sus clientes. Estoy pidiendo saber cuánto queda para pagar un servidor.
Por primera vez, Sébastien sonríe abiertamente.
—Se diría que ha tenido malas experiencias con los presupuestos.
—Las sigo teniendo. Esta misma mañana me han dicho que una máquina está comprada, pero todavía nadie sabe cuándo llegará.
—Le garantizo que no voy a prometerle algo que no podamos contratar.
—Eso espero. Y queda la última palabra: el uso. ¿Qué van a hacer con esta tecnología?
—Aplicarla a los sectores que se definan en el acuerdo.
—Si me respondes como un abogado, pediré otro café hasta que cierre el hotel. No voy a desarrollar una herramienta para que después se use sin control.
—Le pondremos los límites que pactemos. Industria, seguridad de instalaciones, detección de incidencias. Los proyectos concretos requerirán autorización de las partes.
—Entonces que figure también quién responde cuando alguien quiera saltarse esos límites.
El francés cierra el bloc y se lo guarda.
—Me está pidiendo un contrato más estricto que el de muchas grandes compañías.
—Estoy pidiendo poder dormir por las noches. No siempre es compatible con trabajar en una gran compañía.
La lluvia ha perdido fuerza. Más allá de los ventanales, un taxi se detiene en el paseo y una pareja corre hacia él sorteando los charcos.
—Envíame la propuesta con todo eso —dice León—. La estudiaré con un abogado. Si las garantías se ajustan a lo que hemos hablado, podremos empezar por unas pruebas concretas.
—¿Eso es un sí?
—Es un «mándame el contrato». Para mí hay una diferencia.
Sébastien se levanta, recoge el abrigo y le ofrece la mano.
—Es suficiente para continuar, León.
—No te acostumbres a que sea fácil.
—No me lo ha parecido en ningún momento.
Al salir, las piedras del Passeig de Gràcia brillan bajo los semáforos.
León camina hacia el metro con la tarjeta de Sébastien en el bolsillo del abrigo.
Tiene hambre, le duelen los pies y ya está calculando cuántos ensayos podría repetir si dispusiera de los equipos que le han prometido.
La idea le gusta más de lo que esperaba.
Cuando llega a la boca del metro, saca el teléfono, busca el número de su abogado y lo guarda sin llamar.
Antes quiere leer una sola página del contrato.
***
Abril transforma las aceras de Barcelona.
A las ocho de la mañana la luz empieza a entrar entre las fachadas del Poblenou con una claridad que promete calor antes del mediodía.
En la planta baja de FILEXA, dos empleados descargan cajas de material junto a una bicicleta apoyada contra la pared.
Carolina Rius observa desde la escalera un gráfico que alguien ha dibujado en una pantalla común: el plazo de entrega del próximo contrato aparece demasiado cerca de la fecha en que esperan tener listo el software.