2. ARGOS #3
Carolina Rius atraviesa la planta sin disminuir el paso al saludar a sus empleados.
Tiene cuarenta y tantos años, una figura esbelta, el cabello rubio oscuro peinado en ondas amplias y un rostro de facciones firmes cuya belleza se vuelve más visible cuando sonríe de verdad, cosa que no sucede a menudo durante las reuniones.
Sus ojos claros son expresivos y vigilantes.
Viste un pantalón de traje color arena, blusa blanca y zapatos cómodos que no renuncian a la elegancia.
Habla con una voz cálida, ligeramente ronca, capaz de hacer sentir a su interlocutor bienvenido sin concederle por ello un solo centímetro de ventaja.
Ha levantado FILEXA con clientes privados, tecnología de análisis y la convicción de que una empresa pequeña puede competir si aprende a elegir sus batallas.
Su asistente le anuncia la llegada de un financiero francés. Carolina se detiene junto a la puerta del despacho acristalado.
—¿Es el de la propuesta sin memoria económica?
—Ha enviado una presentación esta mañana. Dice que prefiere explicar el resto personalmente.
—Entonces será estupendo escucharlo decir en voz alta lo que no se atreve a poner por escrito.
Sébastien Moreau la espera de pie. Es un hombre corpulento, de más de sesenta años, alto, de espalda amplia y movimientos medidos.
El pelo entrecano, corto y bien peinado, enmarca un rostro surcado por arrugas hondas y una nariz prominente; en los ojos oscuros conserva una atención casi juvenil que contrasta con la calma de su expresión.
Lleva un abrigo azul marino sobre un traje discreto y zapatos impecables.
Su castellano tiene un acento francés evidente, sin esfuerzo por disimularlo, y escoge las palabras con una paciencia que podría parecer cortesía o costumbre profesional.
—Señora Rius. Gracias por recibirme.
—Carolina, si vamos a hablar de dinero. Los apellidos encarecen la conversación.
Él sonríe y aguarda a que ella tome asiento. Sobre la mesa deja una carpeta fina, sin logotipos de bancos ni nombres de fondos.
—Mis clientes siguen de cerca a las empresas que trabajan con sistemas de análisis —empieza—. Creen que en España hay proyectos con mucho más recorrido del que permiten sus presupuestos.
—Eso dicen todos los inversores que llegan a Barcelona con una carpeta vacía.
—La mía contiene una propuesta.
—Entonces va mejor preparado que otros.
—Trabajamos con clientes industriales de varios países. Nos interesan las plataformas que pueden combinar información de fuentes distintas sin depender de un único proveedor. FILEXA tiene experiencia en eso.
—Y usted cree que necesitamos dinero para crecer.
—Creo que podrían crecer más deprisa sin esperar cada año a que alguien resuelva una convocatoria de ayudas.
Carolina abre la carpeta. Las primeras páginas están bien impresas, pero los nombres de los interesados siguen sin aparecer.
—Empecemos por lo sencillo: ¿quién se sentaría conmigo al otro lado de la mesa cuando hubiera que tomar decisiones?
—Tenemos clientes, monsieur Moreau —responde Carolina—. Lo que necesito es saber qué compraría exactamente ese dinero.
—Velocidad. Personal, servidores, seis meses de desarrollo sin tener que mirar cada factura.
—Eso lo que compra el dinero. Pregunto qué quieren ellos a cambio.
Sébastien junta las manos sobre la mesa.
—Participación preferente en una plataforma avanzada. Acceso prioritario a determinadas capacidades y derecho de explotación en mercados acordados.
—¿Y el control del código?
—Se negociaría.
—Si alguien quiere meter mano en mi tecnología, debe decirme primero cuánto va a pagar y quién responderá cuando el negocio salga mal.
—No estamos hablando de datos de clientes. Hablamos de la tecnología.
—Y la tecnología acaba afectando a los datos tarde o temprano. No me preocupa que sus clientes tengan ambición; me preocupa que pretendan ejercerla con mi firma debajo y sin dar la cara.
Sébastien no parece ofendido. Mira el techo de vigas restauradas, los equipos visibles detrás del cristal y a una empleada que atraviesa la nave con una caja de componentes.
—Su compañía me interesa porque tiene algo que otras no tienen: una dirección que entiende los límites técnicos.
—Y por eso mismo debería interesarle ofrecerme algo mejor que el control de mis propios productos a cambio de un cheque sin remitente.
—Puede estudiarla una semana.
—Ya la estoy estudiando. En directo.
—Quizá no nos hayamos explicado.
—Quiere financiar una evolución del producto, decidir dónde se explota y dejarme a mí dando explicaciones si algo sale torcido. No me escandaliza la operación, señor Moreau. Me escandaliza el precio que propone pagarme por asumir todo ese riesgo.
El francés se toma unos segundos.
—Mis representados son discretos. No necesariamente peligrosos.
—No he dicho que sean peligrosos. Ni siquiera que no quiera hacer negocios con ellos. He dicho que, en estas condiciones, no me conviene.
Carolina acompaña el rechazo con una sonrisa. Sébastien no parece sentirse derrotado. Mira la taza vacía y levanta dos dedos para pedir otro café.
—Al menos no me habrá hecho venir hasta aquí para negarme también el segundo.
—El café corre por mi cuenta. El riesgo, si algún día lo compartimos, tendrá su precio.
Él suelta una risa discreta. Durante unos segundos observan a dos jóvenes que cruzan la nave arrastrando una pizarra sobre ruedas. Uno discute una cifra con el otro sin dejar de caminar.
—Tienen una plantilla muy joven —comenta Sébastien.
—Y buenos profesionales con canas, aunque no se vean desde aquí.
—¿Les resulta fácil contratar?
Carolina se recuesta en la silla. Aquella pregunta, al menos, no necesita abogados.
—Encontrar candidatos es fácil. Encontrar a alguien que distinga una correlación útil de una coincidencia absurda es otra cosa.
—¿Tan pocos investigadores hay?
—Hay mucha gente preparada. Pero empresas como la mía necesitan personas que sepan investigar, equivocarse y volver a empezar sin esperar que otro les diga dónde mirar. Eso no se aprende en un curso de fin de semana.
—Siempre puede ofrecer mejores salarios.
—Lo hacemos. Y la competencia también. Si hoy convenzo a un buen investigador para que venga a FILEXA, mañana otra empresa puede ofrecerle más dinero y una oficina con vistas al mar. Ese no es el problema de fondo.
—¿Cuál es?
—Que no aparecen cinco científicos nuevos porque cinco empresas los necesiten el mismo martes. Formarlos lleva años. Y no todos quieren dirigir un equipo o convertir sus ideas en un producto comercial.
Sébastien remueve el café, aunque no ha echado azúcar.
—Supongo que ustedes buscan perfiles capaces de llevar una investigación entera.
—Uno solo puede cambiarte el rumbo de un departamento. Tengo ingenieros excelentes, pero necesito alguien que sepa decirles cuándo están buscando en el sitio equivocado.
—¿Piensa en alguna persona concreta?
Carolina lo mira por encima de la taza.
—En este sector nos conocemos todos. Hay gente que no está buscando trabajo y, precisamente por eso, es difícil convencerla.
—Se habla mucho de Núñez de Galindo.
—Porque es muy bueno —admite ella—. Y porque lleva años encerrado en Nexora, peleándose con una tecnología que casi nadie termina de comprender. Lo que no sé es si algún día tendrá ganas de cambiar de aires.
—Conozco a hombres que cambian de opinión cuando les muestran un proyecto distinto.
—Y yo conozco a otros que se enfadan si intentas comprarlos. No confunda una cosa con la otra.
Sébastien deja la cucharilla en el platillo.
—No parece que le gusten los atajos.
—Me gustan los atajos, siempre que no sea yo la única que acaba pagando el peaje.
Carolina se pone en pie cuando su asistente asoma al otro lado del cristal. Sébastien hace lo mismo. La conversación ha sido más agradable que la propuesta que la ha provocado, pero ella tiene una reunión con su equipo dentro de cinco minutos.
Antes de marcharse, él deja una tarjeta.
—Puede que nuestras necesidades vuelvan a coincidir.
—Puede volver cuando tenga nombres, garantías reales y una oferta que justifique las preguntas que dejaré de hacer.
—La franqueza es una cualidad rara.
—No tanto. Lo raro es que salga gratis.
Sébastien se despide con una inclinación de cabeza y abandona la nave. Carolina deja su tarjeta sobre la mesa hasta que regresa su asistente.
—¿Les damos otra cita si llaman?
—Si trae nombres, cifras y algo que valga la pena negociar, que vuelva —contesta Carolina—. No me interesan los misterios baratos.
Señala la pizarra frente al despacho. El plazo de un cliente está demasiado cerca del desarrollo del nuevo motor de correlación.
Carolina guarda la tarjeta de Sébastien en el cajón de las ofertas que no piensa tirar: los inversores ocultos pueden ser peligrosos, pero la falta de dinero también hace perder empresas.
Sale hacia la sala técnica sin haber descartado que, con otras condiciones, aquel francés todavía pueda resultarle útil.
***
La primera reunión de León con Sébastien se celebra unos días después, al final de una tarde lluviosa, en el salón de un hotel próximo al Passeig de Gràcia.
El agua oscurece las aceras y convierte las luces de las tiendas en manchas alargadas sobre los adoquines.
León llega con el cuello del abrigo levantado, irritado por el tráfico y por haberse dejado el paraguas en el laboratorio.
Le basta una mirada para encontrar al hombre que lo espera en una mesa lateral: tiene delante dos vasos de agua y un bloc de notas cerrado. No ha pedido alcohol.
—Doctor Núñez de Galindo —saluda Sébastien, levantándose—. Soy Moreau.
—León, si no le importa. Lo de doctor hace que la gente espere respuestas que todavía no tengo.
Sébastien le ofrece una servilleta para secarse los dedos.
León comenta que el tráfico de Barcelona tiene la habilidad de empeorar justo cuando uno lleva prisa.
El francés le pregunta si quiere cambiarse de mesa, lejos de la música del vestíbulo.
Se quedan donde están: desde allí pueden hablar sin levantar la voz.