2. ARGOS #2
—Han confirmado otra parte de la ayuda —informa—. Pero, para cobrarla, tenemos que demostrar a quién hemos contratado, qué pruebas hemos hecho y en qué se ha gastado el dinero.
—Ya tenemos personal contratado.
—Una parte del personal. Y Max ha remitido tres pedidos que no figuran en el calendario original.
Beatriz no se deja impresionar por el tono prudente.
Ha construido Nexora convenciendo a otros de que es posible vender mañana lo que hoy todavía debe inventarse.
Posee el cuarenta por ciento de la sociedad, dirige el consejo y está acostumbrada a que el mundo burocrático avance a una velocidad desesperante comparada con sus necesidades.
—Esa ayuda no alcanza para pagar los gastos diarios de la empresa, Sandra. En cuanto llegue, tendremos que saldar deudas que ya están venciendo.
—Pero esos fondos tienen destino.
—Y el destino del proyecto es seguir vivo. Si cerramos porque no pagamos a los proveedores, tampoco habrá laboratorio que mantener.
Sandra acerca la hoja.
—Aquí aparece como pagada una ampliación de equipos que Max todavía no ha recibido.
Beatriz la examina sin sentarse.
—La orden está emitida.
—Una orden no es una entrega.
—Entonces apunta «encargado», no «recibido». Pero necesito que los papeles demuestren que avanzamos. El banco los examina antes de seguir prestándonos dinero.
Sandra guarda silencio. Beatriz aparta otra carpeta. En ella figuran facturas de asesores contratados para asuntos generales de la empresa, no para las pruebas que debe pagar esa ayuda. Una de las hojas está marcada con un adhesivo rojo.
—Contabilidad quiere cargar esta factura a ARGOS —dice Sandra—. Pero no veo qué tiene que ver con la investigación.
—Es asesoramiento estratégico.
—La factura habla de cambiar la organización de NEXORA.
—Porque los asesores cobran por poner nombres largos a las cosas sencillas.
—¿La incluyo entre los gastos de ARGOS?
Beatriz sostiene la mirada un segundo más de lo habitual.
—Déjamela. Esa la reviso yo.
Cuando Sandra sale, Beatriz recupera la factura. Divide su importe entre dos partidas del proyecto, aunque no corresponde a ninguna de sus pruebas, y guarda el papel lejos de los documentos que revisará la secretaria.
Antes de que termine de cerrarla, suena el teléfono de sobremesa. Es León.
—¿Te han llegado las tres páginas de necesidades mínimas? —pregunta él sin saludo previo.
—Me han llegado doce páginas, dos correos y una nota en mayúsculas. León, eso no es una lista mínima.
—La palabra «mínimas» describe lo que necesitamos para funcionar, no el número de folios.
—Tienes ingenieros, un departamento de software y una ayuda aprobada.
—Tengo ingenieros mirando cajas vacías y una ayuda aprobada con la que todavía no hemos podido comprar los servidores. De lo segundo no entiende nada mi máquina.
Beatriz respira despacio. Le gusta la inteligencia de León; no le gusta que utilice la misma inteligencia para convertirla en responsable de todos los problemas del mundo.
—Reúnete con Max. Que priorice las compras.
—Max ya las ha priorizado. Lo que necesitamos es pagarlas.
—No puedes tener todo inmediatamente.
—No te pido todo, Beatriz. Te pido que no me digas que tengo una cosa cuando la cosa no está.
Ella mira la factura sobre su mesa.
—Mañana hablamos. Hoy tengo que evitar que la empresa en la que trabajas deje de poder pagarte.
Cuelga antes de escuchar su protesta. En el vidrio de la ventana ve reflejada su propia silueta entre los tejados. Durante unos segundos contempla las dos carpetas como si fueran una sola y decide cerrar la roja.
***
Marzo llega con ráfagas húmedas que levantan los papeles de las terrazas en el Poblenou.
A unas calles de la torre, Max Ferrer se sienta en un restaurante de manteles blancos frente a un proveedor de equipos informáticos industriales.
El hombre, Ramón Valls, tiene manos pequeñas, uñas muy cuidadas y un traje cuyo corte delata a alguien que se viste para dar confianza antes de que le pregunten por las cifras.
Sobre la mesa descansan dos cartas de vinos sin abrir y una propuesta comercial.
Max se ha presentado con un traje azul marino de buen corte y una corbata estrecha que se afloja en cuanto se sienta.
Tiene el rostro algo hinchado por una mala noche y aparta la copa de agua del borde de la mesa antes de extender los documentos.
Valls habla con una voz untuosa, casi confidencial, y mantiene una sonrisa paciente que desaparece cuando Max deja de mirar las cifras.
—La ampliación se puede entregar en dos lotes —explica Valls—. Así no os inmovilizamos toda la instalación.
—Si llega en dos entregas, la máquina seguirá quedándose corta de memoria. Necesito todas las piezas juntas.
—Puedo conseguirlos si cierro hoy el pedido. Pero el importe no va a gustarle a vuestra contabilidad.
Max sigue una columna de cantidades con el índice. El precio añade un servicio de instalación que cobra casi por duplicado un trabajo que los técnicos de NEXORA podrían hacer solos.
—Esta configuración es un disparate —dice.
—Esta configuración te garantiza disponibilidad. Ya sabes cómo está el suministro. Todo el mundo pide lo mismo y para ayer.
—Lo sé. Por eso te llamo a ti.
Valls aparta la hoja, baja la voz y señala otra cifra en un margen.
—La asistencia técnica la cobrará nuestra otra empresa. En esa factura podemos incluir lo que acordamos por tu intermediación.
Max levanta los ojos. Entre ellos se instala un silencio que dura lo suficiente para que llegue el camarero, les ofrezca agua y vuelva a marcharse sin obtener más que dos asentimientos.
—No quiero conceptos que puedan verse desde el laboratorio —advierte Max.
—El laboratorio no contrata. Contrata la empresa.
—Y la empresa paga.
—Si aceptas el presupuesto.
Max contempla a un repartidor que lucha con una caja demasiado grande junto a su furgoneta.
Conoce el coste real de aquellas piezas y sabe cuánto infla el precio la supuesta asistencia.
También conoce sus deudas, pero el cálculo que hace ahora no es el de un hombre acorralado: las comisiones podrían permitirle cambiar de coche y pagar sin esfuerzo varias cosas que lleva meses aplazando.
Valls lo observa sin apremiarlo. Max ha firmado compras más difíciles sin necesitar tanto tiempo para decidir.
—Mándame el documento sin la nota del margen —dice por fin—. Y que la instalación figure como servicio diferenciado. Quiero poder justificar qué se ha hecho, aunque no me guste lo que cuesta.
Valls recoge el papel con una sonrisa discreta.
No se dan la mano. Max se limpia las yemas de los dedos con una servilleta y pide la cuenta.
Sabe que acaba de aceptar una comisión que tendrá que ocultar a León; también sabe que, cuando llegue el equipo al laboratorio, podrá hacer una broma y celebrar con su amigo que por fin funciona algo.
Ambas certezas caben en el mismo hombre.
Por la tarde regresa a Nexora y encuentra a León agachado junto a un armario abierto. El científico está intentando recuperar de debajo de una bancada una arandela caída.
—¿Has venido a ayudar o a supervisar mi muerte? —pregunta sin levantar la cabeza.
Max se arrodilla a su lado y alcanza la pieza con un destornillador imantado.
—Para supervisar tu muerte contrataría una empresa más barata.
—Algún día reconocerás que sin mí no sabrías dónde está el norte.
—Algún día reconocerás que sin mí tu laboratorio funcionaría con pilas.
Se miran y se ríen. Max entrega la arandela.
León vuelve a colocarla y le pide que sujete una carcasa mientras ajusta los tornillos.
Trabajan unos minutos en un silencio cómodo, el de dos hombres que comparten una tarea sin necesidad de repartirse instrucciones.
Después Max anuncia que ha conseguido cerrar el suministro.
—¿Por cuánto? —pregunta León.
Max nombra la cifra.
El destornillador de León se queda inmóvil.
—Nos están viendo la cara.
—Nos están vendiendo algo que necesitamos.
—Las dos cosas pueden ocurrir al mismo tiempo.
—Si quieres busco otro proveedor. Y dentro de seis semanas seguimos esperando.
León aprieta el último tornillo.
—Pide tres presupuestos. Aunque elijas este. Por lo menos que quede constancia de que nos hemos defendido.
Max le da una palmada en el hombro.
—Siempre pensando que alguien quiere engañarte.
—No. Siempre pensando que si nadie comprueba nada, acabaremos engañándonos solos.
Max deja la mano sobre su hombro un instante. Después la retira y vuelve hacia su despacho sin explicar por qué no quiere pedir los otros dos presupuestos.
***
En FILEXA no hay fotografías de fundadores sonrientes junto a ministros ni vitrinas repletas de premios.
La recepción ocupa una nave rehabilitada del Poblenou, donde las columnas antiguas conviven con mamparas nuevas, plantas altas y pizarras llenas de diagramas.
Sobre una pared de ladrillo visto, las letras FILEXA están trazadas en negro mate.
El nombre de la empresa termina en una equis que parece querer atravesar el muro.
A través de los ventanales se escuchan motocicletas, un camión de reparto y el rumor de una calle donde todavía funcionan talleres que resisten la llegada de las oficinas tecnológicas.