Julia ¿Dónde estás? 2. ARGOS
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2. ARGOS

La primera vez que la máquina señala a un inocente, León Núñez de Galindo le da la razón al inocente.

En la pantalla, una hilera de movimientos nocturnos termina en una marca roja.

A su lado aparecen dos números, una advertencia y la imagen inmóvil de una puerta.

El programa ha encontrado algo que no encaja: una tarjeta de acceso utilizada tres veces en dos edificios distintos en menos de siete minutos.

Hay técnicos pendientes del resultado, ventiladores que giran dentro de los armarios de servidores y una taza de café abandonada sobre un libro de estadística.

El laboratorio de Nexora ocupa el extremo menos elegante de sus dependencias en Torre Glòries.

Aquí el cristal deja paso a puertas opacas, alfombras antiestáticas, mesas metálicas y un olor tenue a plástico calentado que ninguna máquina de climatización consigue borrar.

—¿Intruso? —pregunta Inés Berenguer, la analista sentada ante el monitor. Tiene el pelo castaño recogido en una coleta y las gafas un poco torcidas por llevar toda la mañana poniéndoselas y quitándoselas. No aparta la mirada de la alerta roja.

Inés ronda los treinta y cinco y es menuda, con los hombros ligeramente encogidos de tantas horas frente al ordenador.

Viste unos vaqueros oscuros, una camisa de cuadros pequeños y zapatillas que apenas se oyen al recorrer el laboratorio.

Tiene los dedos manchados de tinta, mueve el bolígrafo entre el índice y el pulgar mientras piensa y habla con una voz clara, sin afectación; cuando algo no le cuadra, suele fruncir primero la nariz y preguntar después.

León se inclina para leer el registro. Tiene cerca de sesenta años, el cuerpo ancho, un rostro recio y expresivo que parece tallado con herramientas de carpintero y un cabello oscuro, espeso en los lados y descuidado sobre la frente, donde ya se asoman hebras grises.

Las bolsas bajo sus ojos pertenecen a demasiadas noches de trabajo; su voz, grave y áspera, conserva una lentitud andaluza que se acentúa cuando algo le disgusta.

Viste una camisa de algodón azul, remangada por encima de los codos, pantalones viejos que resisten por pura obstinación y unos zapatos que han conocido mejores inviernos.

Lleva un bolígrafo en el bolsillo del pecho y otro detrás de la oreja. Ninguno escribe cuando lo necesita.

—No sabemos si es un intruso. Sabemos que el registro resulta improbable. Son dos cosas diferentes.

—La tarjeta consta en dos puntos simultáneos —insiste Inés.

—Pues antes de acusar a nadie, quiero saber quién puso en hora los lectores.

El técnico del extremo de la mesa se vuelve hacia ellos y consulta la ficha. Uno de los aparatos de la simulación adelanta cinco minutos; otro utiliza una copia antigua de las credenciales. León levanta un dedo, satisfecho a medias.

—Ahí lo tienes. ARGOS no descubre delincuentes. Encuentra preguntas que nadie se estaba haciendo. Y si no sabemos hacerlas bien, tendremos una máquina carísima para fabricar desgracias.

ARGOS compara datos y avisa cuando algo no encaja. Después alguien tiene que comprobarlo. León insiste en esa última parte: una sospecha generada por una máquina no puede convertirse en una acusación sin pruebas.

Maximiliano Ferrer aparece por detrás de los armarios de servidores con una caja de tornillos en la mano.

Alto, delgado, impecablemente peinado incluso bajo el resplandor de los fluorescentes, lleva una camisa blanca que probablemente cuesta más que la nómina de uno de los becarios y la expresión tensa de quien siempre está calculando cuánto tarda una decisión en convertirse en un desastre. Deja la caja junto a León.

—Las fuentes son una maravilla, pero como vuelvas a ejecutar una prueba completa con esa refrigeración, esta cosa va a freír huevos.

—Que alguien traiga pan —responde León.

—Hablo en serio.

—Y yo. Los huevos sin pan no valen nada.

Max se esfuerza por mantener el ceño, pero termina sonriendo. León le aparta un pelo de la chaqueta con un gesto familiar, casi fraternal.

—¿Te acuerdas de aquella placa que montamos en un trastero y que echaba humo cada vez que la encendíamos?

—Me acuerdo de que tú insistías en llamarlo «comportamiento experimental».

—Era una definición precisa.

—Se incendió la regleta.

—Una observación experimental de gran valor.

Se ríen los dos. León se ocupa de la investigación; Max, de conseguir los equipos necesarios, y Néstor dirige a los programadores. Llevan años trabajando juntos y, sin embargo, empiezan a entender cosas distintas cuando pronuncian el nombre de ARGOS.

—La prueba la repetimos mañana —decide León—. Con los relojes sincronizados y con un analista que no tenga miedo a decirnos que nos equivocamos.

—Mañana, si llega el módulo de almacenamiento —precisa Max.

—Ya estás otra vez con el dinero.

—El dinero tiene la mala costumbre de seguir haciendo falta después de aprobarse un presupuesto.

León observa por un instante los cables que serpentean bajo la mesa.

Fuera de aquel laboratorio, Barcelona despierta entre autobuses, obras y peatones que cruzan deprisa la avenida Diagonal.

A través de los cristales del corredor se distingue un fragmento de ciudad antigua detrás de edificios recién construidos.

Dentro, una máquina acaba de equivocarse; para León eso significa que, al menos, todavía pueden aprender de ella.

Cuando sale a buscar otro café, el ascensor de servicio se detiene con un golpe sordo en la planta. Las puertas se abren apenas un palmo y vuelven a cerrarse. Desde el otro lado llega una blasfemia especialmente creativa.

—Esa voz no puede ser del departamento jurídico —murmura León.

—¡Ni se te ocurra darle otra vez al botón! —grita alguien.

Las puertas consiguen abrirse. José María Olmedo asoma primero una bota, después la cabeza y finalmente una barriga modesta que precede a un hombre de cuarenta y tantos años, pelo castaño revuelto, barba desigual y ojos vivísimos en una cara que parece estar siempre a un segundo de contar un disparate.

Lleva el polo gris de mantenimiento de la torre, un manojo de llaves sujeto al cinturón y una bolsa de herramientas que arrastra como si pesara más que él.

—Mira quién está aquí. El padre de Frankenstein —dice al ver a León.

—Frankenstein era el científico, ignorante.

—¿Y qué he dicho yo? El padre. Tú eres el padre del científico. Un abuelo, vamos.

León le ayuda a sacar la bolsa.

—Un día te van a dejar encerrado dentro de ese ascensor por hablar tanto.

—Llevo veinte minutos pidiéndoselo al destino. Lo que necesito es una semana de vacaciones pagadas y que se rompa la torre por una avería muy pequeñita, de esas que se arreglan con un martillazo.

José María trabaja para el servicio general de mantenimiento del edificio, no para Nexora.

Conoce sus conducciones de aire, sus cuartos eléctricos y sus ascensores mejor que muchas personas conocen su propia casa.

También conoce a León desde mucho antes de que este alquile laboratorios por encima de Barcelona.

Se saludan como hombres que no necesitan preguntar cómo están para saber que el otro ha dormido mal.

—¿Qué se ha roto? —pregunta León.

—Una puerta del cuarto de instalaciones. La habéis abierto y cerrado tanto que protesta.

—No es nuestra puerta.

—Ya. Como las goteras no son nunca de nadie hasta que le caen encima.

José María se arrodilla junto a la puerta y León le alumbra la bisagra con la linterna del móvil. El técnico palpa la madera, saca un destornillador de la bolsa y resopla.

—Esta puerta se descuelga porque la tratáis como si fuera la de un granero. ¿No tenéis dinero para un portero que la abra con delicadeza?

—Tenemos una máquina que detecta cosas raras. Si quieres le enseño a detectar puertas maltratadas.

—Enséñale primero a detectar dónde dejas la cartera. El otro día casi pagas el almuerzo con una tarjeta de acceso.

—No exageres.

—¿Que no? Sali todavía se ríe. Dice que para la próxima comida te va a poner una cuerda en el bolsillo, como a los críos.

—Dile a Sali que la invito yo, a ver si así deja de hablar de mis despistes.

—Encantado. Pero que conste que tienes una comida pendiente desde antes de Navidad. Y no pienso admitir que la próxima vez me invites a un café de máquina y lo llames menú degustación.

—El sábado viene su hermana —añade José María, apretando un tornillo—. Una periodista que interroga a la gente hasta cuando pide la cuenta.

—¿Y tú sobrevives a dos mujeres así?

—Con dignidad. A veces debajo de la mesa.

La puerta vuelve a cerrar sin resistencia. José María se queda escuchando el clic del pestillo como un médico que comprueba el pulso de un paciente.

—Ahora funciona. Hasta que vengáis vosotros.

León pone una mano sobre su hombro.

—El día que yo me meta en un lío, prefiero que me vengas a arreglar a mí.

—A ti no te arregla ni un taller entero. Pero me llamas y lo intentamos.

La respuesta es tan absurda que León no puede evitar reírse. Todavía sonríe cuando regresa al laboratorio con el café enfriándose entre los dedos.

***

En el despacho de Beatriz Valcárcel la temperatura resulta bastante más agradable que en el laboratorio.

Las paredes de cristal permiten contemplar una ciudad luminosa y gris bajo un cielo de febrero; sobre la mesa hay dos carpetas de colores distintos y una hoja impresa con un sello de registro.

Sandra Beltrán permanece de pie frente a la presidenta, sujetando una tableta contra el antebrazo.

La mujer ha aprendido a distinguir cuándo su jefa quiere recibir una opinión y cuándo solo necesita que alguien escuche.

Sandra lleva un jersey fino de color burdeos bajo la americana negra y ha sustituido la coleta baja por un moño sujeto con dos horquillas.

La pantalla de la tableta le ilumina el rostro desde abajo.

Mientras Beatriz revisa los papeles, la secretaria permanece inmóvil, aunque golpea apenas con el pulgar la funda del aparato: es su manera de contener la impaciencia.