1. NEXORA #6
—Eso suena a conversación de pasillo trasladada al comedor.
—Hablo de participaciones.
Max deja el bolígrafo. Néstor apaga la pantalla de su tableta con un toque seco.
Beatriz distribuye tres carpetas individuales, cada una con el nombre de su destinatario.
—Os he preparado una oferta privada para adquirir parte de vuestras acciones. Quiero simplificar la estructura de decisiones, garantizar un calendario de inversión y evitar que cada problema técnico termine bloqueado por discusiones societarias.
Vicente levanta la tapa de su carpeta.
—Traducido: quieres comprar nuestra paciencia para no tener que seguir soportándonos.
—Traducido: ofrezco dinero por participaciones, que es una operación bastante habitual en el mundo civilizado.
—Y en el incivilizado también, pero allí suelen emplear métodos más directos.
Max examina la primera hoja sin cambiar de expresión. El silencio se prolonga mientras sus ojos recorren las cifras. Al terminar, deja los documentos alineados con el borde de la mesa.
—No vendo.
—Ni siquiera has terminado de leer —dice Beatriz.
—He leído lo que importa.
—La oferta incluye condiciones para el departamento técnico que te interesaría estudiar.
—A mi departamento le interesan los materiales que faltan. No otra presentación financiera.
Beatriz contiene la réplica. Vuelve la mirada hacia Néstor, que ha abierto su carpeta con una mezcla de cansancio y curiosidad y contempla las cifras sin tocar el bolígrafo.
—¿Y tú?
—No sé cómo decirte esto sin que parezca que intento resultar simpático —responde—. No.
—¿Por una cuestión económica?
—Por una cuestión de que llevo demasiados años aquí para convertirme en un empleado al que le expliquen su proyecto en una diapositiva.
—Nadie está hablando de echarte.
—Entonces mejor. Mi respuesta sigue siendo no.
Beatriz mira a Vicente. Él ha dejado los papeles sobre la mesa y está observando por la ventana un pequeño movimiento de vehículos que desde aquella altura parecen fichas sobre un tablero.
—¿También vas a necesitar pensártelo tres semanas? —pregunta.
—Yo suelo pensar antes de hacer negocios —responde Vicente sin apartar inmediatamente la mirada—. Es una manía vieja.
—Y bastante intermitente.
—Gracias por reconocerme alguna virtud.
Se vuelve hacia ella, coge la carpeta y señala una cifra con el índice.
—No me gustan los números.
—Pues cámbialos por otros razonables.
—Lo razonable depende de quién vaya a terminar quedándose con la compañía.
—La compañía necesita un rumbo.
—La compañía tiene cuatro socios y todos somos lo suficientemente mayores para no necesitar que nos lleven de la mano.
—A veces lo dudo muchísimo.
Vicente sonríe y vuelve a depositar el papel junto a su taza.
—No vendo hoy, Beatriz. Y me parece que tampoco lo harán estos dos.
Max asiente sin hablar. Néstor ya ha vuelto a encender la tableta.
La presidenta se queda mirando los tres documentos repartidos sobre la mesa.
Ha imaginado muchas respuestas a su propuesta, y casi todas incluían una discusión.
Lo que le molesta de verdad no son las negativas: es la naturalidad con que las pronuncian, como si su esfuerzo hubiera sido un trámite sin importancia.
—Las ofertas permanecen abiertas —dice al cabo—. Podéis revisarlas con vuestros asesores. Y no pienso retirar mi propuesta porque hoy hayáis decidido hacer un frente común.
—No hemos decidido nada en común —responde Néstor—. Esa sería la primera noticia.
Vicente vuelve a reírse, aunque esta vez con menos ganas.
Beatriz se pone de pie. La silla se desliza con un susurro sobre la moqueta.
A su alrededor los tres hombres empiezan a recoger los papeles, cada uno a su manera: Max con una precisión que parece una declaración de principios; Néstor amontonando hojas sobre la tableta; Vicente doblando la esquina de una página para señalar algo que quizá no vuelva a leer.
—El informe de ARGOS, mañana a primera hora —recuerda ella—. Con la firma de los responsables. Si a alguno no le llega el correo, que pregunte en recepción. Sandra tiene una paciencia que yo estoy perdiendo.
—La paciencia es el único recurso que no aparece en el balance —dice Vicente.
—Y el que más nos cuesta mantener —responde ella.
Sandra abre la puerta y deja pasar primero a Néstor.
Max sale después, apretando el teléfono contra la palma de la mano.
En el pasillo, los dos continúan su conversación, ahora en voz más baja.
Beatriz no alcanza a distinguir las palabras, pero reconoce el tono.
Es el mismo que llevan meses empleando cada vez que se menciona a León.
Vicente tarda unos segundos más en levantarse. Se inclina sobre la mesa para recoger la carpeta de la oferta y la introduce en el bolsillo interior de la chaqueta.
—Te has quedado con ganas de echarme —dice.
—Cada mañana desde hace años.
—Eso demuestra constancia. Siempre te he admirado esa virtud.
Beatriz se acerca a la puerta sin acompañarlo.
—Quiero que te tomes en serio lo que te he dado.
—Tú nunca has sabido darme algo que no llevara instrucciones.
—No empieces.
Vicente le dedica una mirada en la que asoma una familiaridad demasiado antigua para ser solo hostilidad.
—Entonces no me llames a una reunión para ofrecerme dinero y luego te enfades porque quiero saber cuánto vale quedarme.
—A veces sale mucho más caro de lo que crees.
Él ladea la cabeza, como si apreciara la frase.
—Eso también me suena de otra época.
Antes de que ella pueda responder, se marcha por el pasillo. Sus pasos se alejan con un ritmo pausado, y Beatriz se queda mirando la puerta abierta hasta que Sandra regresa por las últimas tazas.
—¿Quiere que recoja las propuestas? —pregunta la secretaria.
—No. Que se las lleven. A lo mejor un día descubren que el papel sirve para algo más que protestar por escrito.
Sandra comienza a reunir los vasos. Desde el ventanal, la ciudad sigue moviéndose bajo el sol de agosto.
Un autobús dobla una esquina entre vehículos diminutos; una motocicleta se desliza por un carril donde apenas parece caber.
En la torre, las máquinas mantienen una temperatura constante, las pantallas continúan encendidas y los empleados prosiguen sus tareas como si nada importante hubiera sucedido.
Beatriz recoge la carpeta de ARGOS. La abre por la página señalada en rojo. Frente a ella hay una cifra de gasto que no recuerda haber autorizado en aquellos términos.
—Sandra.
—Dígame.
—Quiero hablar con León esta tarde. Sin Max y sin Néstor.
La secretaria deja la última taza sobre la bandeja.
—¿Le digo que suba?
—Dile que quiero que me explique por qué estamos gastando cada vez más y avanzando cada vez menos. Y que se traiga los papeles de verdad, no los que preparan para contentarme.
Sandra asiente y sale con la bandeja. Beatriz permanece sola en la sala unos momentos. Cierra las persianas lo justo para atenuar el resplandor, toma sus documentos y camina hacia el despacho.
Al pasar frente a la puerta de Vicente, ve que sigue entreabierta. El aparador se distingue desde el corredor. La fotografía de boda continúa boca abajo, exactamente donde ella la ha dejado.
No entra a levantarla.
En el otro extremo de la planta, detrás del control de acceso a los laboratorios, el personal trabaja sobre equipos abiertos, monitores llenos de líneas y mesas cubiertas de conexiones que para Beatriz no son más que promesas carísimas.
Allí, lejos de la sala de juntas, ARGOS debe responder a preguntas que las cifras no consiguen resolver.
Pero todavía es pronto para que nadie advierta cuánto van a costar algunas respuestas.