1. NEXORA #5
—En la zona técnica, discutiendo un acceso al entorno de pruebas.
—Qué maravilla. No hay forma de empezar un consejo sin que alguno venga ya enfadado.
La puerta de la zona de despachos se abre y aparece Néstor Cifuentes.
Es un hombre de unos cincuenta años, alto y más bien delgado, con el rostro alargado, la piel clara, barba de varios días y unos ojos oscuros que observan el mundo con la fatiga del que lleva demasiado tiempo escuchando explicaciones equivocadas.
El cabello, oscuro y entrecano, parece haber sido peinado con los dedos en el ascensor.
Viste una americana arrugada sobre una camisa sin corbata y lleva bajo el brazo una tableta informática con la pantalla agrietada en una esquina.
No se mueve con la rigidez de Max ni con la soltura de Vicente.
Camina como alguien que siempre está llegando tarde a una conversación que ya considera innecesaria.
—Buenos días —dice, al verlas.
—Muy buenos. Casi hemos conseguido empezar sin ti —responde Beatriz.
—Entonces habríais avanzado mucho.
Néstor deja su tableta sobre el mostrador y busca algo en los bolsillos.
—¿Tienes un bolígrafo, Sandra?
Ella le ofrece uno.
—Procure devolverlo. Es el tercero de esta semana.
—Los bolígrafos de Nexora desaparecen como las decisiones útiles —murmura él.
Beatriz lo escucha.
—En ese caso, deberían durar mucho.
Néstor levanta la cabeza y le dedica una sonrisa cansada.
—¿La reunión es para hablar de ARGOS o para que volvamos a pelearnos por las acciones?
—Ambas cosas. Ya que has venido, aprovecharemos el viaje.
Al fondo del pasillo aparece Max Ferrer con el teléfono en una mano y un maletín delgado en la otra. Ha recobrado la compostura de su traje después del breve encuentro con Sandra, pero lleva la mandíbula apretada. Al ver a Néstor, baja la voz con quien está hablando.
—Te llamo después.
Cuelga, guarda el teléfono y asiente a Beatriz.
—Espero que hoy podamos hablar de los suministros.
—Espero que hoy puedas hacerlo sin insultar a nadie —responde ella.
—Eso depende de lo que digan los demás.
Néstor recoge la tableta.
—En ese caso, voy a por un casco.
Sandra abre la puerta de la sala de juntas antes de que la conversación pueda convertirse en la primera disputa oficial de la mañana.
La sala es amplia, rectangular, dominada por una mesa de madera oscura alrededor de la cual cabrían diez personas sin rozarse los codos.
Una pared entera está ocupada por una pantalla; otra, por un ventanal desde el que se ven las avenidas y las azoteas de Barcelona.
El aire acondicionado mantiene una temperatura tan baja que el verano parece haberse quedado al otro lado del cristal.
Sobre cada puesto hay agua, un bloc y una carpeta.
En el centro de la mesa, una pequeña pieza metálica con el logotipo de Nexora recuerda a los presentes que un día se sintieron orgullosos de fundar algo juntos.
Beatriz escoge el asiento de cabecera. No necesita comprobar que los demás ocupan los suyos: conoce de memoria los hábitos de los tres.
Max deja el maletín a su derecha, junto al lugar desde donde mejor puede consultar sus papeles.
Néstor se sienta con la espalda ligeramente encorvada, conecta la tableta a un cargador y mira la pantalla antes de dirigir una palabra a nadie.
Vicente llega el último, a la hora exacta, con el sobre que Beatriz le ha entregado bajo el brazo y la corbata algo menos desordenada.
—Buenos días, familia —anuncia.
—Te agradecería que no nos llamaras así —dice Beatriz.
—Perdón. Buenos días, junta de desconocidos.
Max ni siquiera levanta los ojos. Néstor se inclina sobre la tableta.
Sandra entra con la bandeja y reparte las tazas. Al dejar un café delante de Vicente, él examina el contenido con disgusto.
—¿Descafeinado?
—Lo pidió usted ayer.
—Ayer tenía una preocupación cardíaca. Hoy tengo otras.
—Puedo traerle uno normal.
—No, mujer. Ya que me estás cuidando, continúa.
Beatriz espera a que Sandra termine. La secretaria se acerca con el último documento, pero antes de entregárselo dirige una mirada fugaz a Max. Él permanece inmóvil. Sandra deja la carpeta frente a la presidenta y se retira hasta una silla cercana a la puerta, por si necesitan algún informe.
—Empezamos —dice Beatriz.
La palabra basta para imponer un silencio breve.
Desde fuera llega el murmullo de un teléfono que alguien contesta en recepción.
Beatriz abre la carpeta. En la primera página figura el orden del día, seguido de cifras, plazos y una sucesión de nombres que han ido perdiendo con los años la comodidad de pronunciarse en voz alta.
—Tenemos dos problemas —comienza—. El calendario de ARGOS sigue sufriendo retrasos y el presupuesto vuelve a crecer. No voy a presentar otra previsión al comité de financiación que tenga que rectificar dentro de quince días.
Max se incorpora ligeramente en la silla.
—En la última reunión expliqué que el equipo no puede terminarse si no recibimos determinados componentes.
—Lo explicaste muy bien —responde Beatriz—. Tan bien que todavía estoy esperando saber por qué los hemos pagado y no están montados.
—Porque una cosa es autorizar una compra y otra recibirla. Si quieres que te haga un dibujo...
—Lo que quiero es una respuesta.
Vicente tose para ocultar una sonrisa. Max le dedica una mirada cortante.
—El laboratorio está funcionando con equipos provisionales —continúa—. León no puede pedir milagros y tú no puedes pedirle que avance si cada semana le falta algo distinto.
—León no me ha pedido ningún milagro —dice Beatriz—. Me ha pedido una reunión para revisar costes. Es muy diferente.
Néstor levanta la vista.
—Y a mí León me ha parado una actualización. Dice que hemos cambiado el programa sin consultarle. Así no avanzamos.
—El programa no se prueba en el aire —replica Max—. Necesita un soporte físico.
—El soporte existe.
—Existe en tus diagramas.
—En mis diagramas funciona estupendamente.
—Pues pon los diagramas a trabajar.
—Señores —interrumpe Beatriz—. Si quiero escuchar a dos personas discutiendo sobre quién ha empezado, me voy a un colegio.
Vicente alza una mano con solemnidad.
—Yo creo que ha empezado Max.
—Vicente —advierte ella.
—Retiro mi voto.
Beatriz bebe un sorbo de agua, muy despacio.
Tiene ante sí a tres hombres que en otros tiempos podían pasar una noche entera discutiendo un proyecto y salir de allí para cenar juntos.
Ahora los viejos afectos están cubiertos por una capa de sospechas que nadie reconoce abiertamente.
Max mira a Néstor como si cada retraso del software escondiera una excusa.
Néstor responde con una ironía que no disimula el desprecio por las explicaciones de Max.
Vicente los contempla como un hombre sentado en primera fila de un espectáculo al que ha acudido por puro entretenimiento.
—Volvamos al asunto —dice Beatriz—. ¿Cuándo podremos presentar una versión de ARGOS que funcione delante de alguien que no pertenezca a esta empresa?
Max hace girar un bolígrafo entre los dedos.
—Cuando lleguen las piezas pendientes y León termine las pruebas.
—¿Fecha?
—No pienso inventarme una.
—Néstor.
—Depende de que León deje de cambiar las pruebas cada vez que encuentra un error —dice Néstor.
—Es el director científico —replica Max.
—No he dicho que no lo sea. He dicho que no puede decidirlo todo él solo.
El nombre de León parece quedarse sobre la mesa. Beatriz anota algo en su libreta. Vicente deja de mover el sobre entre los dedos y se inclina hacia adelante.
—A ver si me entero. Tenemos un proyecto que cuesta una fortuna, tres personas que dicen que depende de otra y otra que todavía no está aquí. ¿No sería más práctico hablar con León antes de seguir comprando máquinas?
—Con León ya estamos hablando —contesta Max.
—Por lo que parece, no os entendéis.
—Pide tantas garantías que nunca acabaremos —interviene Néstor.
Max vuelve la cabeza.
—León exige que las cosas que se aprueban estén disponibles cuando hacen falta.
—Eso incluye el software, no solo tus cajas.
—Mis cajas hacen posible que tu software encienda algo.
—Y mi software hace posible que tus cajas sirvan para algo más que calentar la habitación.
La respuesta provoca una carcajada de Vicente. Beatriz cierra la carpeta con ambas manos apoyadas sobre ella.
—Basta. No vamos a reproducir aquí una discusión que podéis tener perfectamente abajo sin cobrarme a mí por escucharla.
Sandra levanta los ojos de sus notas y los vuelve a bajar. Lleva varios minutos escuchando la misma pelea con palabras distintas. Sabe reconocer cuándo un desacuerdo técnico es también una forma de acusación, pero ha aprendido a no conceder a sus sospechas más espacio del imprescindible.
—Quiero un informe conjunto —continúa Beatriz—. Uno. Con fechas, compras justificadas, trabajo pendiente y una explicación comprensible del estado de ARGOS. No una versión de Max y otra de Néstor. Y quiero que lo revise León.
—León no va a firmar algo que considere falso —dice Max.
—Ni yo se lo he pedido.
Néstor se reclina en la silla.
—Espero que esa norma se aplique a todas las firmas que pedimos en esta empresa.
Beatriz lo mira con una quietud repentina.
—¿Quieres decir algo concreto?
—Quiero decir que los informes deberían describir lo que hacemos, no lo que queda bonito en una presentación.
—Entonces, por primera vez esta mañana, estamos de acuerdo.
Vicente levanta su taza.
—Apuntad la fecha.
Nadie ríe. La broma cae sobre la mesa y permanece allí, inútil.
Beatriz espera unos segundos antes de abrir una segunda carpeta, más delgada, de cubierta lisa.
No contiene los informes técnicos. Los otros tres reconocen el tipo de documento antes de leerlo; todos saben que la presidenta lleva tiempo hablando de reorganizar la propiedad de Nexora, aunque ninguno parece tener interés en facilitarle el trabajo.
—Hay otra cuestión —dice—. Y prefiero tratarla ahora, de frente, en lugar de seguir haciéndolo mediante conversaciones de pasillo.
Vicente mueve ligeramente la cabeza.