Julia ¿Dónde estás? 1. NEXORA #4
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1. NEXORA #4

La secretaria no espera respuesta. Regresa por el mismo pasillo con un paso regular, consciente de que a veces la discreción consiste en caminar como si no hubiera sucedido absolutamente nada.

Max permanece unos instantes junto a la ventana.

Después guarda la carpeta en un cajón y lo cierra. Su teléfono vuelve a vibrar.

• • •

Beatriz dedica los veinte minutos siguientes a firmar lo urgente y apartar lo que otros consideran urgente.

A un correo le responde con tres palabras; a otro, con una frase que Sandra deberá suavizar antes de enviarla.

Revisa la tabla de gastos de ARGOS, subraya un concepto repetido y lo anota en el margen de una libreta: «Otra vez».

Desde la ventana, la sombra de la torre cae sobre la ciudad en una dirección que no parece importarle a nadie.

Cuando Sandra entra con el café, Beatriz ha dejado el bolígrafo sobre una hoja sin firmar.

—¿Está Vicente en su despacho?

—Sí. Ha pedido otro café. Y ha dicho que si usted quiere discutir con él, preferiría hacerlo antes de comer.

—Qué considerado.

Sandra coloca la taza sobre un posavasos y retira un informe que ha quedado atravesado en la mesa.

—¿Quiere que le avise?

—No. Voy yo.

Beatriz recoge un sobre de documentos, comprueba que tiene las hojas necesarias y sale de su despacho sin ponerse de nuevo la chaqueta.

El pasillo principal de Nexora está iluminado por ventanales verticales que convierten el suelo en una sucesión de rectángulos brillantes.

En las oficinas abiertas se oyen teclados, teléfonos amortiguados, un murmullo de conversaciones técnicas y el zumbido persistente de un aparato de aire acondicionado.

Dos empleados interrumpen una discusión en cuanto ella aparece.

Beatriz les devuelve un saludo escueto y continúa andando.

Al fondo del corredor, una puerta entreabierta deja escapar una voz masculina que protesta por teléfono:

—¡Que no he dicho que lo compres! He dicho que preguntes cuánto cuesta. Son dos verbos distintos, hombre.

Beatriz se detiene un instante. Reconoce perfectamente aquella voz ronca, un poco gastada, con una brusquedad que se transforma con facilidad en broma. Ha escuchado esa entonación enfadada, somnolienta, cariñosa y furiosa durante demasiados años como para confundirla con otra.

Golpea dos veces con los nudillos y entra sin esperar permiso.

Vicente Salcedo levanta la vista desde una mesa cubierta de carpetas, un ordenador encendido y una taza de café que amenaza con dejar un cerco permanente en la madera.

Es un hombre que ronda los sesenta años, corpulento sin llegar a ser alto, con un cuerpo ancho que llena el respaldo de su sillón y una calvicie avanzada que deja una corona irregular de cabello gris.

Tiene la cara grande, la nariz pronunciada, los ojos claros bajo unas cejas expresivas y unas arrugas que se profundizan cada vez que sonríe con ironía.

Su traje gris parece haber sido excelente antes de pasar por una mañana de llamadas, un asiento de coche y al menos una siesta imaginaria.

Lleva la corbata ligeramente aflojada y la camisa abierta en el cuello.

Mira a Beatriz, señala el auricular y remata la conversación.

—Luego me llamas y me lo explicas sin gritar. Si gritas, no te entiendo mejor.

Cuelga y abre los brazos.

—¡Hombre! Pero si ha venido la presidenta.

—Tenemos que hablar.

—Ya empezamos mal. Cada vez que me dices eso, alguien pierde dinero.

Beatriz cierra la puerta. En el despacho de Vicente hay una mezcla desconcertante de formalidad y abandono.

Una estantería contiene manuales antiguos de ingeniería, memorias de empresa, trofeos empresariales y una colección de objetos publicitarios que ningún decorador habría permitido agrupar.

Sobre un aparador descansan una figura de bronce, varios retratos familiares y un marco grande de madera oscura.

Del otro lado de los ventanales, la Diagonal se prolonga entre tráfico, árboles y tejados.

Vicente observa que ella no se sienta.

—Si vienes a quitarme algo, que sea la corbata. Me está ahogando desde que he llegado.

—Si quisieras, podrías ponértela bien.

—Si quisiera, podría jubilarme en una playa. Ya ves qué de cosas.

Beatriz avanza hasta el aparador. Ha reconocido el marco sin necesidad de mirarlo dos veces.

La fotografía es de otro tiempo: ella aparece con un vestido blanco de corte sencillo, el cabello recogido y una sonrisa que hoy le resulta casi ajena; a su lado, Vicente, más delgado y con bastante más pelo, mira al fotógrafo como si aquella fuera la mejor idea de su vida.

Al fondo se distinguen los rostros desenfocados de varios invitados y una claridad de mediodía que ha quedado encerrada para siempre detrás del cristal.

Durante un momento ninguno habla.

Beatriz toma el marco entre las manos. Lo levanta lo justo para separarlo de la superficie y lo deja boca abajo sobre el aparador, con un movimiento cuidadoso que tiene más fuerza que un golpe.

—Te he pedido mil veces que quites esto.

—Y yo te he dicho mil veces que combina con los muebles.

—Son los únicos muebles del mundo con los que puede combinar.

—Pues mira qué mérito tiene el fotógrafo.

Ella se vuelve. Vicente sigue sentado, pero sus ojos han perdido por un segundo la expresión burlona. Recupera la sonrisa antes de que Beatriz pueda decidir si la ha visto de verdad.

—¿Has terminado de redecorarme el despacho, señora de Salcedo?

La reacción es inmediata.

—¡Señorita Valcárcel!

—Perdona. Es la costumbre. Veinte años acostumbran a dejar secuelas.

—Ya no estamos casados.

—Tú no dejas que se me olvide.

—Porque cada vez que me descuido vuelves a colgar una fotografía de boda.

—No está colgada. La acabas de poner tú boca abajo.

Beatriz inspira despacio. Sus ojos recorren el despacho, la corbata floja, las carpetas abiertas y aquella expresión de inocencia fingida que conoce demasiado bien.

—¿De verdad no tienes nada mejor que hacer?

—Ahora mismo te estaba esperando. Hay costumbres que no consigo quitarme.

Ella deja el sobre sobre el escritorio. Vicente observa el papel, pero no lo toca.

—¿Qué es?

—Una propuesta.

—Cuando tú dices «propuesta» me entran ganas de llamar a un abogado.

—No necesito que me hagas un chiste con cada frase.

—Pues dame frases más fáciles.

Beatriz se sienta por fin frente a él. Cruza las piernas con cuidado para que la falda no se arrugue, coloca el bolso a un lado y fija los ojos en la cara de Vicente.

—Sabes perfectamente lo que necesita Nexora.

—Sí. Vacaciones. Todos. Un mes sin vernos y quizá las máquinas empiecen a funcionar solas.

—Necesitamos capacidad de decisión.

—Eso dices tú.

—Eso dicen los resultados. O los resultados que no tenemos, para ser exactos.

Vicente toma el sobre entre dos dedos, lo sopesa como si pudiera adivinar el contenido por su peso y lo deja otra vez sobre la mesa.

—¿Quieres mis acciones?

—Quiero que leas las condiciones antes de rechazarlas.

—Así que sí.

—Quiero hacer una operación razonable. Por primera vez en mucho tiempo, una que beneficie también a los demás.

—Beatriz, tú eres economista. Nunca has confundido una operación razonable con una operación que te beneficie.

—Y tú nunca has confundido una negociación con una oportunidad de tocarme las narices.

Vicente suelta una carcajada breve, áspera, que le sacude los hombros.

—Ahí está. Ya hemos llegado al lenguaje que conozco.

Beatriz acerca su silla unos centímetros. Apoya un antebrazo en el borde de la mesa, sin soltar la carpeta.

—No pienso sostener indefinidamente una compañía donde cada consejo termina con Max diciéndome que faltan piezas y Néstor diciendo que las piezas no tienen nada que ver con su programa. Y tú, naturalmente, entretenido en hacer de árbitro.

—Soy un árbitro maravilloso.

—Eres el único árbitro que se pone a aplaudir cuando los jugadores se pegan.

Vicente se quita las gafas de lectura, que había dejado olvidadas sobre una factura, y las deposita junto al ordenador.

—Has convocado a los cuatro. Habla con los cuatro. No me hagas llegar primero aquí tus órdenes como si yo fuera el alumno al que sacan al pasillo.

—Con los otros dos no he estado casada.

—Y por eso tienes esperanza de convencerlos. Claro.

Ella lo mira con una irritación que se debilita durante un segundo.

El hombre frente a ella ha envejecido, ha engordado y conserva costumbres que Beatriz juró no soportar un día más.

Pero también conoce los silencios en los que no hace falta explicar lo que ambos recuerdan.

Esa familiaridad resulta más incómoda que cualquier insulto.

—Lee la propuesta —dice, levantándose.

—¿Y si no me gusta?

—Me sorprendería muchísimo que te gustara algo que no se te ha ocurrido a ti.

Vicente recoge el sobre, lo abre con un dedo y extrae la primera hoja. Hace un pequeño silbido al mirar las cifras.

—Oye, no está mal como carta de amor. Le falta perfume.

Beatriz se dirige a la puerta.

—No llegues tarde al consejo.

—Nunca llego tarde a las discusiones contigo.

Ella se detiene, vuelve la cabeza y señala el marco boca abajo.

—Y quita esa fotografía.

—Está quitada. La acabas de quitar tú.

Beatriz sale antes de concederle la última palabra.

Vicente permanece unos instantes mirando la puerta cerrada.

Luego observa la fotografía vencida sobre el aparador.

No la levanta. Aparta el sobre de su taza de café, alisa la primera página y busca un bolígrafo que encuentra debajo de otra carpeta.

• • •

Cuando Beatriz regresa a recepción, Sandra está colocando sobre una bandeja cuatro vasos de agua y un juego de documentos para el consejo.

No ha cambiado un mechón de su peinado, pero la blusa muestra un pliegue en un hombro que al llegar al trabajo no tenía.

Lo alisa con la palma sin que su jefa parezca advertirlo.

—¿Están todos?

—Max está terminando una llamada. Néstor acaba de llegar.

—¿Acaba de llegar? La reunión empieza en cinco minutos.

—Dice que lleva aquí una hora, pero no arriba.

Beatriz se detiene.

—¿Dónde estaba?