1. NEXORA #3
La planta donde se encuentra Nexora aparece detrás de unas puertas de cristal con el nombre de la empresa grabado al ácido.
No es la única firma de Torre Glòries, y Beatriz se ocupa de que eso no se olvide: los accesos están compartidos, el aparcamiento es de todos y los trabajadores de mantenimiento responden al edificio, no a su despacho.
Tras las puertas, sin embargo, las paredes cambian de color, la moqueta amortigua los pasos y los paneles luminosos exhiben proyectos de la compañía como si fueran pequeñas conquistas del futuro.
Al fondo de un pasillo se ve una zona acristalada con mesas de trabajo, ordenadores y empleados que caminan sujetando acreditaciones contra el pecho.
Hacia el otro extremo hay puertas cerradas, una pequeña sala para reuniones y un control de acceso que separa las oficinas de las dependencias técnicas.
La planta tiene el aire contenido de los lugares donde circula mucho dinero y nadie quiere admitir lo deprisa que puede desaparecer.
En el mostrador de recepción hay un jarrón con flores blancas, dos teléfonos, una pantalla grande y una montaña de carpetas ordenadas con una precisión casi ofensiva. Detrás está Sandra Beltrán.
Sandra no llega a los treinta y cinco años.
Tiene el rostro menudo, expresivo, de mandíbula definida, labios carnosos y unos grandes ojos oscuros que parecen prestar atención a varias cosas a la vez.
El cabello castaño, recogido con aparente descuido en una coleta baja, deja escapar mechones que se empeñan en caerle junto a las mejillas.
Lleva una blusa azul pálido, pantalones negros de talle alto y unos pendientes diminutos; su ropa carece de ostentación, pero todo en ella revela una inteligencia muy práctica para saber quién mira y cuándo.
Sostiene el teléfono con el hombro mientras termina de escribir algo en el ordenador.
—Sí, por supuesto. Se lo confirmaremos por correo —dice con una voz amable, rápida, que no pierde firmeza ni siquiera al pedir disculpas—. No, ahora mismo no puedo darle otra fecha. Gracias.
Cuelga y se levanta en cuanto descubre a Beatriz.
—Buenos días.
—Buenos días, Sandra. Dime que hoy nadie ha incendiado la compañía antes de las nueve.
—No que yo sepa. Aunque Néstor ha pedido que le dejen de enviar copias de los correos de Max, y Max ha llamado para preguntar por qué Néstor no contesta a los suyos.
—Estupendo. Ya hemos empezado.
Sandra recoge dos carpetas del mostrador y se coloca a la derecha de su jefa. Mientras caminan por el pasillo, sujeta las hojas con los dedos separados para evitar que se le escapen. Beatriz mantiene un paso rápido que obliga a ajustar el ritmo sin perder la sonrisa.
—Hay una autorización de compra que sigue pendiente. Ferrer insiste en hablar con usted antes del consejo.
—Ferrer insiste mucho últimamente.
—Dice que la necesita el laboratorio.
—El laboratorio necesita cosas todos los días. Si firmara cada vez que alguien dice que necesita algo, acabaríamos vendiendo los cristales.
—También ha llegado el informe de gasto de ARGOS.
—Déjamelo en la mesa.
—Y el señor Salcedo...
—¿Qué quiere ahora el señor Salcedo?
Sandra mira a Aarón un instante, como si buscara en él una respuesta más entretenida.
—Preguntaba si seguía en pie lo de la reunión. Y quería saber si usted estaba de buen humor.
—¿Y qué le has dicho?
—Que la reunión seguía en pie.
Aarón se ríe. Beatriz se detiene frente a su puerta.
—Muy diplomático por tu parte.
El despacho presidencial ocupa una esquina con amplios ventanales.
Al abrir Sandra, el aire fresco deja paso al olor leve de la madera encerada y del café que alguien acaba de preparar.
Desde allí, Barcelona parece una maqueta de azoteas y avenidas extendida bajo la torre.
Hay una mesa de líneas limpias, una biblioteca de archivadores, dos sillones de cuero oscuro para las visitas y una pared con varios reconocimientos empresariales.
No abundan las fotografías personales. Beatriz prefiere rodearse de documentos que pueden firmarse y premios cuyo origen no necesita explicación.
Aarón deposita el bolso y la carpeta sobre una mesa auxiliar. Ella revisa con una mirada el escritorio y las persianas medio abiertas. Después se vuelve hacia él.
—¿A qué hora terminas con el coche?
—Lo he dejado abajo. Esta tarde puedo recogerte, si quieres.
—Ya te llamaré yo.
—¿Eso quiere decir sí o quiere decir que me vaya haciendo planes?
—Quiere decir que ya te llamaré.
Aarón levanta ambas manos en señal de rendición. Se inclina y le da un beso corto en los labios. Ella lo acepta con cierta impaciencia, pero antes de separarse le arregla el cuello de la camisa.
—No te pases el día entero en el gimnasio.
—Tenía pensado pasarme medio.
—Y procura comer algo que no salga de un bote de proteína.
—Qué cariñosa te pones cuando me echas de tu despacho.
—Fuera, Aarón.
—A sus órdenes, presidenta.
Él retrocede un par de pasos sin dejar de sonreír. Sandra espera junto al marco, sosteniendo las carpetas contra el pecho con una paciencia que parece entrenada durante años. Beatriz se dirige al escritorio.
—Sandra, café solo. Y quiero esos informes separados: compras por un lado, personal por otro. No vuelvas a mezclarme los asuntos de laboratorio con los gastos generales.
—Enseguida.
—Y que nadie cambie la hora de la reunión.
La puerta se cierra detrás de ellas. Aarón se queda en el pasillo, observando durante un instante la placa discreta que identifica a Beatriz como presidenta. Desde dentro llega el sonido seco de una carpeta sobre la mesa.
Sandra avanza hacia la recepción. Aarón la sigue con una lentitud estudiada.
—Buenos días, señorita Beltrán —dice, cuando pasan junto a una sala vacía.
—Buenos días, señor Vidal.
—¿Tiene usted un minuto para atender a un visitante?
—Depende del motivo de su visita.
—Asunto personal.
—Entonces pida cita.
Sandra no se vuelve, pero el extremo de su boca se levanta con una sonrisa.
En cuanto doblan el pasillo y quedan fuera de la vista del despacho presidencial, abre la puerta de un pequeño archivo.
Dentro hay estanterías llenas de cajas rotuladas, paquetes de folios, una destructora de papel y un olor a cartón calentado por los aparatos eléctricos.
—Entra de una vez —susurra.
Aarón tarda lo justo en comprobar que el corredor está vacío. Cierra tras de sí con suavidad.
—Pensaba que ya no me hablabas.
—Te escribí anoche.
—Me mandaste una cara enfadada.
—Porque te pasaste una hora contestándome con dibujitos.
—Estaba acompañado.
—Ya. Lo sé.
Sandra lo coge de la camisa y tira de él hasta besarlo.
El beso no tiene nada del trámite afectuoso que Beatriz acaba de recibir en la puerta de su despacho.
Es impaciente, escondido y demasiado largo para un lugar donde cualquiera puede venir a buscar una resma de papel.
Aarón apoya una mano en la cintura de Sandra y la otra desciende hasta sus caderas; ella lo separa justo antes de que pierdan por completo el sentido de la prudencia.
—La mano quieta.
—No se mueve sola.
—Pues dile que se comporte.
Él vuelve a acercarse. Sandra le pone un dedo en la boca.
—No. Ahora no.
—¿Cuándo?
—Cuando yo te llame.
—Eso me suena.
—A ver si aprendes a obedecer a una mujer por lo menos.
Desde fuera llega el golpe de un carrito contra el zócalo.
Los dos se quedan inmóviles. Sandra le alisa el cuello de la camisa, deshaciendo sin querer el arreglo que Beatriz había hecho unos minutos antes.
Una sombra pasa por el cristal esmerilado de la puerta.
Aarón contiene la respiración; Sandra mira hacia el techo con expresión exasperada.
Los pasos se alejan.
—Si nos encuentran aquí —murmura él—, me corta los huevos.
—No se va a ensuciar las manos. Te manda despedir y ya está.
—Qué poco tranquilizadora eres.
—Y tú qué poca vergüenza tienes. Acabas de besarla delante de mí.
—Es mi pareja.
—Eso me han dicho.
El reproche dura apenas un segundo. Sandra acaba riéndose de sí misma y vuelve a besarlo, esta vez muy brevemente.
—Márchate. Tengo trabajo.
—¿Esta noche?
—Ya te llamaré yo.
Aarón abre mucho los ojos.
—Estoy rodeado.
Sandra lo empuja hacia la puerta con una mano en el pecho.
Él sale primero, camina hasta la máquina de café y se queda allí estudiando sus botones como si jamás hubiera visto uno.
Sandra espera unos segundos más, coge una carpeta de la primera estantería y regresa a recepción con la compostura de quien viene de realizar una tarea imprescindible.
En el mostrador encuentra un mensaje de Max Ferrer reclamando unos documentos.
Lo lee, observa la puerta cerrada de Beatriz y abre un cajón.
Saca de allí una carpeta estrecha, sin marca exterior, y desliza dentro un sobre doblado.
No escribe ningún nombre. Aguarda a que el corredor quede despejado y sale en dirección a los despachos de los consejeros.
Max está de pie junto a una ventana cuando ella lo encuentra.
Es alto y delgado, de hombros bien puestos, con el cabello castaño ya plateado en las sienes y un rostro de rasgos severos que parece hecho para aparecer en fotografías de consejos de administración.
Viste un traje azul oscuro impecable, corbata discreta y una camisa cuyos puños asoman lo justo bajo las mangas.
Incluso cuando está quieto transmite impaciencia.
Tiene una mano metida en el bolsillo y la otra sostiene el teléfono a unos centímetros del oído, sin hablar, como si escuchara una explicación insuficiente.
Al ver a Sandra, termina la llamada.
—¿Lo tienes?
—Lo que me pediste.
Ella le ofrece la carpeta. Max la recibe sin abrirla.
—¿La ha visto Beatriz?
—No ha preguntado por ella.
—No es lo mismo.
—Es lo que puedo decirte.
Max baja la mirada hacia el sobre apenas perceptible entre las hojas y vuelve a cerrar la carpeta con el pulgar.
—Gracias, Sandra.
—Si necesitas algo más, pídelo por el procedimiento habitual.