Julia ¿Dónde estás? 1. NEXORA #2
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1. NEXORA #2

A lo largo de la Diagonal, la luz cae sobre los plátanos de sombra y dibuja manchas irregulares en el asfalto.

Los carriles se llenan de autobuses, motocicletas y vehículos que avanzan a golpes, detenidos por semáforos que parecen coordinarse para poner a prueba la paciencia de cada conductor.

Al fondo se suceden escaparates, bloques de oficinas, edificios de piedra ennegrecida por décadas de tráfico y cruces en los que la ciudad se divide en direcciones que solo los vecinos creen dominar.

—Vas callada —comenta Aarón cuando se detienen ante un paso de peatones.

—Estoy pensando.

—Eso suele ser caro.

Beatriz levanta los ojos de la carpeta.

—Hoy tenemos consejo.

—Lo sé.

—Y tengo la desagradable impresión de que alguno va a comportarse como un niño.

—¿Solo uno?

Ella cierra la carpeta con un golpe suave.

—El pijo estirado lleva tres días enviándome correos para que autorice compras que ya están autorizadas.

—Max —dice Aarón, sin necesidad de preguntar.

—¿Ves? Te estás aprendiendo la empresa.

—Es fácil. Hay un señor muy elegante que parece enfadado hasta cuando dice buenos días.

—Ese mismo. Y luego está el de los ordenadores, que si se levantara de la silla de vez en cuando descubriría que existe el sol.

—Néstor no se levanta porque teme que alguien le robe la silla.

—Néstor no se levanta porque cree que el resto somos idiotas. Especialmente yo.

—Eso no me lo ha dicho nunca.

—Porque contigo sonríe. Contigo todo el mundo sonríe.

Aarón observa el retrovisor y encuentra sus ojos.

—No todo el mundo.

—Yo también sonrío.

—Cuando alguien firma lo que le pides.

—Y cuando tú te callas.

El coche reanuda la marcha. A su izquierda, los escaparates comienzan a reflejar un tráfico cada vez más denso.

Frente a una panadería, un hombre sacude las migas de una mesa sobre la acera; junto a él, dos turistas consultan un mapa digital con la misma expresión con que podrían estar descifrando una escritura antigua.

—¿Y el tercero? —pregunta Aarón.

—¿Qué tercero?

—Has mencionado a Max y a Néstor. Falta el que suele llamarte a las nueve para preguntar si la reunión es a las diez.

Beatriz vuelve la cara hacia la ventanilla.

—Ese tiene la virtud de sacarme de quicio incluso cuando no abre la boca.

—Hoy ha madrugado.

—Hoy querrá algo.

—A lo mejor quiere hacer las paces.

—Que las haga con Hacienda, si tiene cuentas pendientes. Conmigo llega tarde.

Aarón suelta una risa breve y se concentra en el tráfico. No insiste. Ha aprendido que Beatriz puede hablar durante media hora de un asunto y, de pronto, cerrar la conversación con una sola frase. Insistir después suele convertirse en un ejercicio de alto riesgo y escasa recompensa.

Pasan junto a bloques de viviendas que conservan balcones de hierro, bajos comerciales cerrados por vacaciones y marquesinas bajo las que la gente se abanica con folletos publicitarios.

En las terrazas asoman toldos descoloridos; entre dos filas de coches se abre paso un autobús articulado cuyo conductor mira hacia el hueco libre con la determinación de quien sabe que, si no entra ahora, no entrará nunca. Aarón le cede espacio.

—Mira —dice—. Todavía queda gente educada en Barcelona.

—No te acostumbres a ser una excepción.

Más adelante, el tráfico permite avanzar con cierta fluidez.

La perspectiva de la avenida se alarga entre árboles, señales, fachadas monumentales y edificios recientes de cristal.

A medida que se aproximan a Glòries, la ciudad cambia de piel: las construcciones antiguas conviven con oficinas de líneas rígidas, hoteles, solares transformados y calles que alguna vez estuvieron hechas para talleres y camiones y ahora pretenden parecer recién estrenadas.

En la distancia aparece la silueta curva de Torre Glòries, azul y rojiza bajo el sol, como una pieza de otro paisaje depositada entre las manzanas del Eixample y las avenidas del Poblenou.

Beatriz deja por fin la carpeta a un lado.

—Ahí la tienes.

—La veo todos los días.

—Y todos los días llegamos a la misma hora porque insistes en salir de casa cuando te da la gana.

—Hemos salido a la hora que tú has dicho.

—Después de ducharte media vida.

Aarón no responde. Reduce la velocidad al aproximarse a los accesos de la torre y sigue las indicaciones hacia el aparcamiento.

La entrada al subterráneo se traga el brillo del coche; durante un instante, el parabrisas cambia la claridad de Barcelona por una luz artificial que amarillea las columnas de hormigón.

Beatriz se endereza en el asiento. El día, para ella, empieza de verdad cuando deja de ser una mujer que viaja por la ciudad y vuelve a convertirse en la presidenta de Nexora.

En el aparcamiento se oye el rumor constante de los extractores, el zumbido de unos fluorescentes y el eco de las ruedas sobre el suelo pintado.

Los coches ocupan plazas identificadas por números y letras; alguna puerta se cierra a lo lejos con un golpe seco.

Cerca de la entrada a los ascensores hay dos conos amarillos y un carro de herramientas que parece haber sufrido más jornadas de trabajo que su dueño.

Precisamente junto al carro está su dueño.

José María Olmedo viste un pantalón de faena azul oscuro, botas de seguridad de puntera gastada y un polo con el distintivo del servicio de mantenimiento del edificio.

Tiene algo más de cuarenta años, una cara estrecha de facciones móviles y unos ojos inquietos que dan la impresión de haber descubierto siempre el problema un segundo antes que la solución.

El cabello castaño, algo revuelto y con una entrada que intenta disimular sin demasiado éxito, termina de darle una apariencia de hombre perpetuamente interrumpido en mitad de algo.

Entre las manos sostiene una tapa metálica y un destornillador.

Hay una mancha de grasa en el dorso de su muñeca.

Aarón aparca en una plaza reservada y apaga el motor. Al abrirse la puerta trasera, José María levanta la cabeza, reconoce a Beatriz y se apresura a apartar el carro del paso.

—Buenos días, señora Valcárcel.

Ella baja con un movimiento preciso, primero un pie, luego el otro. Comprueba que el tacón no tropiece con la marca del suelo y se alisa la falda.

—Buenos días. ¿Hay alguna avería?

José María mira la tapa metálica como si no estuviera seguro de cuándo ha llegado hasta allí.

—Nada grave. Un sensor de la puerta de servicio. Se ha empeñado en creer que siempre hay alguien delante.

—¿Y lo hay?

—Pues no, señora. Ese es el problema. Si lo hubiera, sería un sensor estupendo.

Aarón ríe mientras saca la carpeta y el bolso del maletero. José María también sonríe, aunque con prudencia. Beatriz observa los conos, los cables recogidos y una pequeña caja de tornillos situada en el suelo.

—¿No afecta a los ascensores?

—No, no. Los ascensores están bien. En principio.

—¿En principio?

—Es una expresión. Quiere decir que están bien de verdad, salvo que a alguno le dé por llevarnos la contraria.

—Procure que no suceda mientras yo esté dentro.

—Haré lo posible, señora. Si alguno se pone rebelde, le enseño su agenda y se arregla solo.

Aarón tiene que morderse el interior de la mejilla para no soltar una carcajada. Beatriz lo mira de reojo, pero también parece a punto de sonreír.

—Olmedo, ¿verdad?

—José María. A su servicio.

—Pues haga el favor de no dejarnos encerrados. Hoy no tengo tiempo de vivir una experiencia inolvidable.

—Ya sabe que yo soy más de experiencias que se olvidan en cuanto acaba la jornada.

Ella asiente y se dirige a las puertas del ascensor. José María recoge los conos para dejarles paso. Al agacharse, se le cae el destornillador, que da dos botes ruidosos sobre el hormigón. Aarón se vuelve para ayudarle, pero el técnico ya lo ha recuperado.

—Gracias, joven. Las herramientas tienen vida propia cuando aparece un jefe.

—Pues menos mal que ha aparecido solo uno —murmura Aarón.

—Te he oído —dice Beatriz desde la puerta.

—Estaba hablando con el señor Olmedo.

—Eso no mejora las cosas.

El técnico sostiene la tapa contra el pecho y espera a que los dos entren. Beatriz le dedica una última mirada. José María alza dos dedos en un saludo que parece una promesa de discreción. Solo cuando las puertas se cierran se permite soltar el aire.

—Qué mujer —le dice a la caja de herramientas.

En el interior del ascensor, tres paredes de acero pulido multiplican las figuras de Beatriz y Aarón.

El aire acondicionado llega con un soplo frío que huele vagamente a metal y a desinfectante.

Ella coloca la carpeta bajo el brazo mientras observa cómo se encienden los números de las plantas.

No le gusta esperar. Mucho menos dentro de un espacio que no puede acelerar por sí misma.

—Ese hombre te tiene miedo —comenta Aarón.

—Ese hombre tiene sentido común.

—Y gracia.

—También. Mientras el ascensor funcione, puede contar todos los chistes que quiera.

—Te ha llamado señora.

—Es lo que suele hacer la gente educada.

—A mí me ha llamado joven.

—Cada cual recibe lo que se merece.

El ascensor se detiene brevemente en una planta intermedia.

Entran dos trabajadores de otra empresa, cargados con portátiles y vasos de café.

Beatriz les cede espacio sin apartarse apenas, con la mirada fija en la indicación luminosa.

Los recién llegados reconocen su expresión antes que su rostro y guardan silencio.

Cuando salen, el ascensor recupera el rumor casi íntimo de la maquinaria.

—Qué tranquilidad —susurra Aarón—. Hasta aquí arriba te conoce la gente.

—Lo que conocen es la prisa. Conviene respetarla.