Julia ¿Dónde estás?
© inepub.com
1. NEXORA
La mañana entra en la habitación sin pedir permiso.
Se desliza por las rendijas de las cortinas de lino, alcanza el mármol claro del suelo y termina desparramándose sobre una alfombra donde alguien ha dejado unos zapatos de tacón, perfectamente alineados, como si incluso al descalzarse hubiera que mantener cierta disciplina.
Desde la ventana del dormitorio se ven las copas oscuras de los pinos que sobreviven detrás de las tapias de Pedralbes, los jardines recortados de las casas vecinas y, al fondo, una ciudad todavía velada por la claridad lechosa de agosto.
A esa hora, el ruido de Barcelona apenas llega allí arriba: un motor distante, el roce de un aspersor contra las hojas, el canto testarudo de un pájaro al que no le importa que sea lunes.
La urbanización conserva una tranquilidad costosa, hecha de muros altos, cristales aislantes y una extraordinaria habilidad para no enterarse de lo que sucede al otro lado.
Beatriz Valcárcel sí se entera de todo. O, al menos, esa es la idea que tiene de sí misma.
Está de pie ante un espejo que le devuelve su imagen entera.
Tiene algo más de cincuenta años y esa clase de belleza que no depende ya de la juventud, sino de la seguridad con que ocupa una habitación.
Su cabello oscuro, abundante, cae hasta los hombros en ondas que parecen espontáneas y han requerido veinte minutos de paciencia.
Los ojos castaños, vivaces y exigentes, examinan el maquillaje sin perder de vista el reloj que descansa sobre el tocador.
Lleva una falda recta, una blusa de seda marfil todavía desabrochada en el cuello y unos pendientes pequeños que acaba de retirar por segunda vez.
Se inclina hacia el cristal y descubre una arruga junto a la comisura del labio. Estira la piel con la yema del índice. La suelta. La arruga vuelve.
—Pues quédate, hija. Ya que has venido.
Abre un joyero forrado de terciopelo azul.
Dentro relucen piezas que cualquier persona razonable guardaría en una caja fuerte y que ella contempla como se contemplan los bolígrafos: cada una sirve para algo.
Escoge unos pendientes de oro blanco, se los coloca y gira la cabeza buscando el efecto de la luz.
En el baño contiguo sigue sonando el agua.
—¡Aarón!
El agua no se detiene.
—¡Aarón, por favor!
Al otro lado de la puerta, una voz masculina responde algo que queda sepultado bajo el chorro de la ducha.
—¡No te entiendo!
—¡Cinco minutos!
Beatriz cierra el joyero de golpe.
—Llevas cinco minutos diciéndome cinco minutos.
—¡Pues ahora son los buenos!
El grifo se cierra. La mujer baja los ojos hacia la cama, amplia, de cabecero tapizado en un gris que combina con las paredes y con una mesilla en la que hay dos teléfonos, unas gafas de lectura y una carpeta de documentos.
Nadie ha recogido todavía el lado derecho de la colcha.
Es la única pequeña derrota del orden en toda la habitación.
Beatriz toma la carpeta y examina sus primeras páginas.
El logotipo de NEXORA TECNOLOGÍAS AVANZADAS, S.
A. aparece en azul oscuro, sobrio, casi modesto.
Lo que hay debajo no tiene nada de modesto: contratos pendientes, informes económicos, previsiones de financiación y una relación de asuntos que el consejo deberá discutir antes de que termine la mañana.
La mujer pasa las hojas con rapidez, deteniéndose en una columna de cifras marcada a lápiz.
Al encontrar un importe subrayado, sus labios se aprietan apenas.
—Hay gente que confunde un presupuesto con una carta a los Reyes Magos —murmura.
Del baño sale primero una nube de vapor perfumado.
Después aparece Aarón Vidal, envuelto en una toalla que le ciñe la cintura con escasa convicción.
Es un hombre de treinta y pocos años, alto, de espalda recta y cuerpo trabajado en gimnasios donde las paredes son espejos y siempre hay alguien dispuesto a mirar.
Lleva el cabello castaño empapado y apartado de la frente; la barba corta, cuidadosamente perfilada, acentúa una mandíbula juvenil.
Tiene unos ojos oscuros capaces de fingir inocencia incluso cuando ya se está riendo de la respuesta que va a dar.
—¿Qué? ¿Vamos bien de tiempo? —pregunta, buscando con un pie las zapatillas.
Beatriz levanta la vista de los papeles.
—Depende. ¿Vas a venir así a la reunión?
—Si voy así, igual consigo que te voten todo.
—Si vas así, te detienen antes de llegar al aparcamiento.
Él se acerca por detrás y asoma la cara junto al reflejo de ella.
—Estás guapísima.
—Estás mojando la alfombra.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
Aarón le apoya las manos en la cintura. Beatriz conserva la mirada en el espejo, aunque permite que él le bese el cuello por debajo del cabello.
—No me despeines.
—Ni que fueras a casarte.
—Precisamente. Ya cometí ese error una vez.
Él sonríe, pero Beatriz no añade nada. Vuelve la cabeza, le concede un beso breve y le aparta con dos dedos un mechón húmedo de la frente.
—La camisa azul. El pantalón claro. Y los zapatos buenos.
—¿Los buenos buenos o los buenos que tú dices que son buenos?
—Los que no parecen comprados a un futbolista de tercera división.
—Esos son mis favoritos.
—Por eso te lo digo.
Aarón desaparece en el vestidor. Desde allí llega el crujido de las perchas, el golpeteo de un cajón y, al cabo de unos segundos, su voz:
—¿Desayunamos?
—Yo ya he desayunado.
—¿Y el resto de la humanidad?
—La humanidad tiene una cocina.
Él asoma la cabeza por la puerta.
—Qué suerte tiene la humanidad.
Beatriz sonríe con desgana. Le gusta de Aarón aquella facilidad para convertir una orden en una broma, aunque a veces sospecha que él utiliza la broma para no darse por enterado de la orden.
Se acerca a la ventana y separa un poco más la cortina.
En el jardín, el agua de una fuente cae sobre una pequeña lámina de piedra.
La casa tiene habitaciones que apenas utiliza, una escalera curva que conduce a un salón demasiado grande para dos personas y una piscina cuyos azulejos ve más a menudo desde el cristal que desde el agua.
Todo está en su sitio. Todo ha costado dinero.
Nada le provoca hoy especial satisfacción.
El teléfono vibra sobre la mesilla. Beatriz lee un mensaje de Sandra, su secretaria.
«El señor Salcedo ha llegado. Quiere saber si mantiene usted la propuesta».
Ella responde sin pensarlo demasiado.
«Mantengo la reunión. Lo demás lo hablaremos allí».
Antes de guardar el aparato, revisa otra notificación: una petición de firma relacionada con ARGOS, el proyecto tecnológico que consume las horas, los recursos y buena parte del prestigio de Nexora.
La solicitud está acompañada por un correo de Maximiliano Ferrer.
Demasiados signos de exclamación para un hombre que se supone educado.
Beatriz deja la carpeta sobre el tocador. Se abrocha el último botón de la blusa, se pone la chaqueta del traje y comprueba que no haya quedado ni una mota de polvo en la solapa.
Aarón sale por fin vestido. La camisa azul le sienta bien, aunque lleva las mangas remangadas y el cuello abierto.
—El cuello —ordena ella.
—Todavía no hemos llegado a misa.
—A la reunión, cariño. Que a veces se parece.
Él se abrocha un botón con teatral resignación y recoge las llaves del Mercedes de una bandeja de madera colocada junto a la puerta.
—¿Hoy conduzco yo o vas a conducir también desde atrás?
—Tú lleva el volante. Las decisiones déjamelas a mí.
Cruzan el pasillo sobre una alfombra de tonos neutros.
Las paredes exhiben cuadros abstractos que Beatriz ha comprado porque le gustan, no porque sepa explicar qué representan; cuando algún invitado pregunta, acostumbra a responder que el arte pierde valor en cuanto alguien intenta traducirlo.
Al bajar la escalera, el tacón de sus zapatos encuentra un ritmo firme sobre los peldaños de piedra.
Aarón desciende dos pasos detrás y consulta de reojo el móvil, que guarda en el bolsillo cuando ella vuelve la cabeza.
En el vestíbulo huele a cera de muebles y a café recién hecho. Una puerta abierta deja ver parte del jardín y el cielo ya blanco del verano. Beatriz coge su bolso, comprueba que lleva la carpeta y se detiene al notar que Aarón se está ajustando las gafas de sol delante del espejo de la entrada.
—No vamos a Ibiza.
—Tú todavía no sabes dónde acabarás el día.
—En mi despacho, si tengo suerte.
—Pues vaya destino.
Ella abre la puerta sin responder. El calor la recibe con la familiaridad desagradable de alguien que se presenta antes de ser invitado.
• • •
El Mercedes abandona la propiedad despacio, desciende por una calle flanqueada de muros cubiertos de buganvillas y encuentra las primeras sombras del barrio.
En Pedralbes, incluso los coches estacionados parecen guardar las distancias.
Hay jardines con setos tallados como muebles, portales vigilados por cámaras y aceras tan limpias que producen cierta desconfianza.
Aarón conduce con una mano en el volante y la otra cerca de la palanca de cambios.
Lleva las gafas puestas y un reloj deportivo que desentona ligeramente con la camisa elegida por Beatriz.
Desde el asiento trasero, ella revisa las páginas de su carpeta, apoyada en el cuero claro del coche como si se encontrara en una prolongación de su despacho.
La ciudad cambia a medida que se acercan a la avenida Diagonal.
Los muros privados dejan paso a fachadas de ladrillo, árboles alineados, paradas de autobús y una circulación que se espesa con los minutos.
Una mujer espera en un semáforo con un cochecito infantil y una bolsa del supermercado colgada del brazo.
Un repartidor en bicicleta se abre paso entre dos taxis con una habilidad que parece exigir poca estimación por su propia vida.
En la terraza de una cafetería, tres hombres desayunan sin mirar el reloj; a Beatriz le cuesta comprender semejante libertad.