Capítulo Trece GRAYSON #4
—Gracias, Nana. Creo que de verdad necesitaba oír eso.
Porque ahora mismo, tengo la sensación de que la razón principal por la que acepté este trato fue para demostrarle a Grayson Donahue que no significó nada para mí.
Que los Dreamers no lo necesitan. Yo no lo necesito.
Y nunca lo necesitamos. Podemos ganar, podemos ascender, podemos reinar sin él. Somos perfectos solos.
Me quedo sentado en el espacio reducido del cubículo del baño; el teléfono me vibra en silencio en el bolsillo con una llamada de Harvey. La ignoro, absorto en la emoción cruda que brota de Ashleigh al otro lado de la fina mampara.
Sus palabras me cortan como mil pequeñas cuchillas, cada una un reproche abrasador a mi egoísmo, mi arrogancia, mi absoluto desprecio por las personas que decía querer.
Tiene razón, por supuesto. Los Dreamers no me necesitan.
Nunca me necesitaron. No fui más que un cáncer que devoró el corazón del equipo hasta dejarlo convertido en un cascarón vacío.
Y Ashleigh... Dios, el dolor en su voz, la vulnerabilidad desgarradora bajo el acero de su determinación.
Es como un cuchillo en el pecho que se hunde más con cada respiración entrecortada, cada sollozo apenas contenido.
Yo hice eso. Yo le causé ese dolor, le arranqué un pedazo del alma y la dejé desangrándose en el polvo de mi propia ambición.
Quiero salir de este cubículo y caer de rodillas ante ella, suplicarle perdón, comprensión.
Quiero estrecharla entre mis brazos, susurrarle disculpas al oído hasta que se me apague la voz y se me sequen las lágrimas.
Quiero prometerle el mundo, jurarle que pasaré el resto de mis días compensándola, reconstruyendo los pedazos de la vida que destrocé con tanta negligencia.
Pero no puedo. No puedo revelarme, no puedo dejar que vea lo hondo de mi arrepentimiento, de mi vergüenza. Porque por mucho que me mate admitirlo, ella está mejor sin mí. Mejor construyendo un futuro a su manera, sin mi influencia tóxica envenenando cada aliento, cada sueño.
Así que me quedo sentado en silencio, con el teléfono aún vibrando insistentemente en el bolsillo y un sudor frío perlándome la frente mientras escucho a Ashleigh despedirse de Nana May.
Su voz es más firme ahora, impregnada de una fuerza serena que me recorre la columna como un escalofrío de orgullo y anhelo.
Esa es mi chica. Mi valiente e inquebrantable chica, alzándose de las cenizas de su dolor como un fénix renacido.
La oigo ponerse de pie, el susurro de su falda al alisársela, el taconeo en el suelo de baldosas.
Por un momento me invade un pánico salvaje, convencido de que va a llamar a la puerta de mi cubículo, a exigir que el espía se revele.
El corazón me late en la garganta, la boca seca como el esparto mientras me preparo para la confrontación inevitable.
Pero no llega. En cambio, oigo el suave silbido de la puerta del baño al abrirse, el eco de sus pasos desvaneciéndose mientras sale al pasillo.
Me quedo sentado un buen rato después de que Ashleigh se marcha, con la frente apoyada en el metal frío de la puerta del cubículo.
Por fin, cuando estoy seguro de que se ha ido, me levanto.
Empujo la puerta y salgo al pasillo; los pies me llevan hacia delante en piloto automático.
Salgo a la luz del sol justo a tiempo para verla subir a la parte trasera de un Uber, su perfil recortado contra el interior oscuro del coche. Luego la puerta se cierra, el coche se aleja del bordillo y ella desaparece, engullida por el flujo incesante del tráfico.
Saco el resguardo y se lo lanzo al aparcacoches.
—¡Tráemelo ya!
Necesito seguir a Ashleigh, no perderla de vista como he hecho estos últimos días.
La aplicación espía de mi teléfono me indica que se dirige al campamento de entrenamiento en Santa Carina, a unos noventa minutos largos de aquí.
Si me doy prisa, aún puedo alcanzarla. Veo al aparcacoches correr hacia mi coche, subirse y arrancar, de camino hacia aquí.
—Gray —dice una voz calmada a mi lado—. Tenemos que hablar.
Miro a Harvey de reojo.
—Luego, Harv. Tengo que irme.
Me agarra del brazo.
—Déjame adivinar: ¿en el Airbnb de Ashleigh Dannon?
Eso me para en seco. Lo miro.
—¿De qué coño hablas, Harvey?
—No te hagas el inocente, Gray —dice en voz baja, lo justo para que solo yo lo oiga, pero con la intensidad suficiente para que sepa que está cabreado—.
Te crees muy listo acosándola, ¿verdad? Pues que sepas que mi trabajo también es vigilarte a ti, y lo que hiciste anoche es un delito grave, además de una violación directa de tu libertad condicional.
Por si lo has olvidado, ella tenía una orden de alejamiento contra ti.
—Eso fue hace años. Se llama orden de alejamiento temporal por algo —digo, pero mi argumento suena débil hasta para mí.
—Claro, pero que se emitiera ya constituye un agravante si te pillan. Podrías pasar diez años en prisión, Gray. ¿Así quieres que acabe esto?
Fulmino a Harvey con la mirada, apretando la mandíbula mientras intento contener mi genio.
—Sé lo que hago, Harv. No soy un adolescente enamorado incapaz de controlarse.
Harvey niega con la cabeza, con la mirada dura e inflexible.
—No, eres un hombre adulto que debería saber que no se entra en casa de una mujer para violar su intimidad. Y menos si tiene una orden de alejamiento contra ti.
Me estremezco ante el recordatorio; la vergüenza y la culpa me revuelven las entrañas.
Tiene razón, por supuesto. Lo que hice anoche fue imperdonable, una violación flagrante de la confianza de Ashleigh, de su autonomía.
Da igual que la orden de alejamiento se emitiera hace años, o que mis intenciones nacieran de la desesperación y no de la malicia.
Crucé una línea, y ya no hay vuelta atrás.
—Mira, Gray —dice Harvey en voz baja y apremiante—. Entiendo que estás en una situación difícil. Sé lo mucho que Ashleigh significa para ti, lo mucho que deseas arreglar las cosas. Pero esta no es la forma de hacerlo.
Abro la boca para replicar, pero él me corta con un gesto brusco.
—No, escúchame. Si te pillan acosándola, si alguien se entera de tu pequeña hazaña de allanamiento... no te van a dar un tirón de orejas. Hablamos de agravantes, de cargos por delito grave. Podrías acabar de vuelta en prisión, y esta vez no podré sacarte.
Un sudor frío me perla la frente; el corazón me martillea en el pecho.
Tiene razón. He estado tan atrapado en mis propios deseos egoístas, en mi retorcida necesidad de control, que he perdido la perspectiva.
Si sigo por este camino, si dejo que mi obsesión con Ashleigh me consuma.
.. podría perderlo todo. Mi libertad, mi futuro, cualquier posibilidad de redención.
—De acuerdo —digo con voz áspera y ronca—. De acuerdo, me echaré atrás. ¿Satisfecho?
Harvey asiente, pero en sus ojos no hay satisfacción, solo una especie de resignación cansada.
—Bien. Eso está bien. Pero hay otra cosa de la que tenemos que hablar.
Frunzo el ceño.
—¿Qué es?
—La promotora inmobiliaria que está comprando el contrato de arrendamiento del centro comunitario a los Dreamers. La que planea demolerlo y construir apartamentos de lujo en su lugar. Esa empresa es tuya, Gray.
Me río.
—Gracias por recordármelo, Harv. Ya lo sé. Fue lo que me permitió convertir el dinero de los patrocinios en grandes beneficios, gracias al boom inmobiliario en California y la escasez de vivienda.
Harvey suspira, un suspiro cargado de frustración y preocupación.
—Sí, soy consciente de eso, Gray. Pero ¿has pensado en las implicaciones de lo que Ashleigh te pide?
Si te retiras del acuerdo del centro comunitario, si le dejas conservar el arrendamiento y seguir con los programas.
.. no es solo cuestión de perder unos cuantos dólares.
Hablamos de cientos de millones en beneficios potenciales que se esfumarían.
Me encojo de hombros, con la mirada fija en el horizonte donde desapareció el Uber de Ashleigh.
—¿Y qué? El dinero es solo dinero, Harv. Tengo de sobra. ¿Qué son unos cientos de millones comparados con la oportunidad de arreglar las cosas? ¿De demostrarle a Ashleigh que no soy el cabrón egoísta que cree?
Harvey se pellizca el puente de la nariz y cierra los ojos como para evitar un dolor de cabeza.
—No se trata solo del dinero, Gray. Se trata de tu reputación, de tu credibilidad como empresario.
Si se corre la voz de que estás dispuesto a hundir un proyecto de desarrollo importante por el capricho de la dueña de un equipo deportivo de poca monta.
.. podría arruinarte. Nadie querrá hacer negocios contigo, nadie confiará en que cumplas tus compromisos.
Me vuelvo hacia él con los ojos ardiendo de furia apenas contenida.
—¿Crees que me importa un carajo mi reputación? ¿Lo que piensen de mí unos cuantos estirados en salas de juntas? He pasado toda mi vida persiguiendo su aprobación, sacrificando todo lo que me importaba en el altar de sus expectativas. Y mira dónde me ha llevado.
Señalo la bulliciosa calle a nuestro alrededor, los rascacielos relucientes y las multitudes bien vestidas que pasan apresuradas.
—Tengo todo lo que alguna vez pensé que quería. Dinero, poder, influencia. Pero nada de eso significa una mierda sin ella, Harv. Nada de eso llena el vacío que dejó cuando la alejé con mi egoísmo y mi codicia.
Harvey me mira durante un largo momento, con expresión indescifrable. Luego suspira y sus hombros se hunden en señal de derrota.
—De acuerdo, Gray. De acuerdo. Si esto es realmente lo que quieres, si estás seguro... lo haré realidad. Redactaré los documentos, pondré en marcha la liberación del arrendamiento y la transferencia de la propiedad del centro comunitario a los Dreamers.
El alivio me golpea como una ola gigante, tan intenso que me flaquean las piernas.
—Gracias —logro decir con la voz ronca de emoción—. Gracias, Harv. No sabes lo mucho que esto significa para mí.
Levanta una mano, con los ojos duros e inflexibles.
—No me des las gracias todavía. Estás asumiendo un riesgo enorme, Gray. No solo financiero, sino personal. Si Ashleigh descubre que eres tú quien está detrás de todo esto, quien mueve los hilos... puede que no reaccione como esperas.
Asiento.
—Me arriesgaré.
Subo al descapotable y miro a Harvey.
—Asegúrate de que firme el contrato, Harvey. Del resto me encargo yo.
Asiente, pero puedo ver la preocupación en sus ojos azul acero.
—Conduce con cuidado, Gray —dice.
Asiento y me alejo del bordillo, saliendo del aparcamiento en un borrón de metal rojo brillante y cromo.