Jugando con Mr Big (Swifties y peludos) Capítulo Trece GRAYSON #2
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Capítulo Trece GRAYSON #2

Tengo que agacharme mientras lo hago porque las mamparas entre los cubículos solo llegan hasta metro ochenta, y con estos zapatos puedo asomarme fácilmente al cubículo de Ashleigh, lo que significa que si está sentada, podría levantar la vista y verme.

Me agacho, echo el pestillo de la puerta, bajo la tapa del inodoro y me siento encima. Cruje ruidosamente, protestando por mis ciento cuatro kilos de músculo y hueso, pero debería aguantarme un rato.

La mujer que acaba de terminar pasa taconeando frente a mi puerta, va a los lavabos y abre el grifo.

El sonido del agua me distrae un segundo, y casi me pierdo el otro sonido, más suave, que viene del cubículo de al lado.

Es el sonido de Ashleigh llorando.

Me quedo sentado en el cubículo estrecho, con el corazón encogido mientras escucho los suaves sollozos amortiguados de Ashleigh en el cubículo de al lado.

Cada respiración entrecortada, cada sollozo contenido es como una puñalada en las tripas que se retuerce y desgarra hasta que estoy seguro de que debo estar sangrando por dentro.

Aprieto los puños contra los muslos, clavándome las uñas en las palmas con fuerza suficiente para dejarme marcas de media luna.

Cada fibra de mi ser me grita que vaya con ella, que derribe la endeble mampara que nos separa y la tome en mis brazos, que la abrace fuerte y le susurre palabras de consuelo al oído hasta que las lágrimas cesen.

Sería tan fácil. Un empujón rápido, un golpe fuerte, y el aglomerado barato se astillaría y cedería como leña. Podría estar a su lado en un instante, su rostro bañado en lágrimas acunado entre mis manos, su cuerpo tembloroso apretado contra la solidez de mi pecho.

Casi puedo sentir la seda de su cabello entre los dedos, la cálida humedad de su mejilla contra mi garganta.

Puedo imaginar cómo se le entrecortaría la respiración mientras le susurro palabras tranquilizadoras al oído, cómo sus dedos finos se aferrarían a la tela de mi camisa, agarrándose a mí como a un salvavidas.

Pero sé que no puedo. No puedo revelarme, no puedo destrozar la ilusión de mi anonimato, no ahora, no así. Arruinaría todo aquello por lo que he trabajado tan duro, echaría por tierra cada plan cuidadosamente trazado y cada estrategia meticulosamente elaborada.

Así que me quedo ahí sentado, silencioso e inmóvil, con la mandíbula tan apretada que siento rechinar los molares.

Me obligo a respirar pese al dolor en el pecho, pese a la rabia ardiente que me hierve en las entrañas al saber que soy la causa de su sufrimiento, que mis maquinaciones la han llevado a este punto de quiebre.

Durante un largo momento, no hay nada más que el sonido de su respiración entrecortada, el suave crujido de la tela mientras coge papel higiénico para secarse los ojos. Mi propia visión se nubla, las lágrimas me escuecen en los ojos mientras lucho por mantener la compostura.

Pero entonces, cortando el silencio como un rayo de sol entre nubes de tormenta... oigo una risa. Suave y temblorosa, apenas más que una risita entrecortada, pero inconfundible.

Parpadeo, sobresaltado, saliendo de mi espiral de autoflagelación. Me inclino hacia delante, esforzándome por captar cada matiz, cada inflexión, como si pudiera descifrar algún significado oculto en el simple sonido de su risa.

Se oye un crujido de tela, el chirrido de una bisagra, y entonces la voz de Ashleigh, baja y cargada de emoción, pero con un hilo de calidez que me para el corazón.

—¿Nana?

Mi mente vuela hacia el recuerdo de una mujer de mandíbula de granito y cabello blanco que aún se vestía con los vestidos, zapatos y accesorios más bonitos, y que podía reducir a un hombre adulto en segundos con un solo comentario mordaz.

Pero también recuerdo a May Dannon como alguien amable, dulce, gentil con los niños y los animales, y la persona más sabia que jamás conocí.

Siento una punzada de nostalgia por haberla conocido, allá cuando Ashleigh y yo empezábamos a enamorarnos, y recuerdo lo astutamente que Nana detectó nuestra creciente atracción mutua. Luego aparto esos recuerdos para concentrarme en el aquí y ahora.

—Hola, Nana —dice Ashleigh, con la voz todavía espesa por las lágrimas pero llena de una calidez y ternura que me encoge el corazón—. Solo... necesitaba oír tu voz.

Hay una pausa, y luego vuelve la inconfundible voz de contralto de Nana May, la cadencia de su acento sureño suave, reconfortante, como un abrazo consolador.

—¿Estás bien, cariño? —pregunta Nana, con tono preocupado—. ¿Necesitas que llame a alguien?

—No, no, estoy bien —dice Ashleigh, pero el temblor de su voz desmiente sus palabras—. O sea, no estoy herida ni nada. Es solo que...

Se interrumpe, y la oigo respirar hondo con un estremecimiento, como si se estuviera armando de valor. Cuando vuelve a hablar, las palabras le salen atropelladas y temblorosas.

—Creo que acabo de cometer un error enorme, Nana. Una decisión que podría arruinar todo aquello por lo que papá trabajó tan duro. Todo en lo que creía.

Se me encoge el corazón, un torno de culpa y autodesprecio que me aprieta el pecho hasta que apenas puedo respirar. Yo hice esto. La empujé hasta este punto, la acorralé hasta que sintió que no tenía más opción que entregar su vida a un desconocido.

—Hoy tuve una reunión —continúa Ashleigh, con la voz pequeña y perdida como nunca se la había oído—.

Con un abogado que representa a un posible inversor.

Y los términos, Nana... eran brutales. Férreos e innegociables.

Básicamente, ceder el control total de los Dreamers a cambio de un salvavidas financiero.

Hay un momento de silencio, cargado de emoción contenida. Luego Ashleigh vuelve a hablar, casi en un susurro.

—Dije que sí. Que Dios me perdone, acepté el trato. Porque ¿qué otra opción tenía? Nos estamos ahogando, perdiendo dinero a raudales, y si no encuentro la manera de parar la hemorragia...

Se le quiebra la voz y se deshace en un sollozo entrecortado y ahogado que me atraviesa como un cuchillo en las entrañas. Aprieto los puños contra los muslos, con las uñas clavadas en las palmas hasta que estoy seguro de que debo de estar sangrando.

—Continúa, cariño —dice Nana May con dulzura—. Aquí estoy.

—Tengo tanto miedo, Nana —susurra Ashleigh, con la voz rota y dolorida—. Miedo de haber destruido todo lo que papá construyó, todo en lo que creía. De haberle fallado a él, al equipo, a la comunidad, a todos los que cuentan conmigo.

Se oye un crujido de tela, el chirrido de una bisagra, y me doy cuenta de que debe de estar apoyando la cabeza contra la puerta del cubículo, como si el metal frío pudiera aplacar el ardor de sus miedos.

Me quedo sentado en silencio, con el corazón hecho pedazos mientras escucho a Ashleigh desahogarse con su abuela, volcando todos sus miedos y dudas.

La culpa y el autodesprecio me revuelven las entrañas, una quemazón amarga y corrosiva que amenaza con devorarme vivo.

Yo le hice esto. La empujé hasta este punto, la manipulé y la acorralé hasta que sintió que no tenía más opción que entregar su vida a un desconocido sin rostro.

—Oh, cariño —dice Nana May, con la voz cálida y reconfortante incluso a través del altavoz metálico del teléfono—. No le has fallado a nadie, y mucho menos a tu padre. Estaría tan orgulloso de ti, de cómo has luchado con uñas y dientes para mantener vivo su sueño.

Ashleigh sorbe por la nariz, un sonido húmedo y desgarrado que se me clava como un cuchillo en el pecho.

—¿De verdad lo crees? ¿Aunque acabe de entregar el control a un inversor anónimo que podría hundir a los Dreamers por capricho?

—Ashleigh Rae Dannon, escúchame bien —dice Nana, con un hilo de acero bajo el acento meloso—.

Tú no eres responsable de las decisiones ni de los actos de los demás.

Lo único que puedes hacer es tomar la mejor decisión posible con la información que tienes, y confiar en que tu corazón está donde debe estar.

Hay un momento de silencio, denso de emoción contenida. Luego Nana continúa, con la voz más suave, casi tierna.

—Tienes tanto de tu padre, niña. Ese mismo fuego, esa misma determinación obstinada de hacer lo correcto, cueste lo que cueste. Él solía decir que la medida de una persona no está en cómo afronta los buenos tiempos, sino en cómo se crece ante los desafíos que parecen insuperables.

Ashleigh suelta una risa temblorosa, mitad sollozo y mitad ironía.

—Eso diría él, ¿verdad? Siempre con sus discursos motivacionales, incluso cuando el mundo entero se nos venía encima.

—Así es —asiente Nana, con una sonrisa en la voz—. ¿Y sabes qué más diría? Que un Dannon nunca se rinde. Que sacamos fuerzas de donde no las hay y apretamos los dientes, y no paramos hasta cruzar la línea de meta, por muchos obstáculos que nos pongan en el camino.

Casi puedo ver a Ashleigh asintiendo, el rostro surcado de lágrimas pero con un gesto de férrea determinación.

—Tienes razón, Nana. No puedo rendirme ahora, no después de haber llegado tan lejos. Tengo que llegar hasta el final, luchar por los Dreamers con todo lo que me queda.

—Esa es mi niña —dice Nana, con orgullo y amor en cada sílaba—. Eres más fuerte de lo que crees, Ashleigh. Más fuerte que nadie que haya conocido. Y lo sé en lo más hondo de mí: vas a salir de esta aún más feroz y formidable que antes.

Ashleigh respira hondo, con un estremecimiento, como si absorbiera las palabras de su abuela hasta el fondo del alma.

—Gracias, Nana —susurra, con la voz aún cargada de emoción pero teñida de una nueva determinación—. No sé qué haría sin ti.

—Anda, calla —dice Nana, pero se le nota la sonrisa en la voz—. Seguirías adelante igual, porque eso es lo que eres. Una luchadora de pies a cabeza. Igual que tu padre.

Hay un momento de silencio cómodo, la conexión entre abuela y nieta palpable incluso a través de la barrera del cubículo. Luego Ashleigh suspira, un suspiro que suena más ligero que antes.