Jugando con Mr Big (Swifties y peludos) Capítulo Doce ASHLEIGH
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Capítulo Doce ASHLEIGH

Respiro hondo mientras me aliso el vestido de seda burdeos con las manos y me acerco a The Waterfront.

El restaurante es una elegante extensión de cristal y acero encaramada al borde mismo de la bahía, con ventanales de suelo a techo que ofrecen un panorama impresionante del agua reluciente y el icónico horizonte más allá.

A pesar de la agitación que me revuelve las entrañas, no puedo evitar apreciar la belleza del día, cómo la luz del sol danza sobre las pequeñas olas como diamantes dispersos, la bóveda despejada del cielo de un azul perfecto e infinito.

Casi parece una señal, un buen augurio después del estrés y la incertidumbre de los últimos días.

O quizá solo me estoy aferrando a un clavo ardiendo, intentando encontrar esperanza en lo mundano cuando mi mundo parece desmoronarse bajo mis pies. Dios sabe que me vendría bien un poco de optimismo ahora mismo.

Atravieso las puertas relucientes y mis tacones se hunden en la mullida alfombra carmesí del vestíbulo. El maître me recibe con una sonrisa pulida; sus ojos oscuros me recorren con valoración profesional.

—Bienvenida a The Waterfront, señora. ¿Tiene reserva?

Asiento, intentando ignorar el aleteo nervioso en el estómago.

—Sí, he quedado con Harvey Blake. Creo que ya está aquí.

El maître consulta su tableta y desliza el dedo por la pantalla.

—Ah, sí, el Sr. Blake la está esperando. Por aquí, por favor.

Me guía a través del comedor principal, un espacio de techos altos con lino blanco y cristal centelleante, donde el murmullo bajo de conversaciones y el tintineo de cubiertos contra porcelana sirven de telón de fondo relajante para el zumbido frenético de mis pensamientos.

La bahía domina la pared del fondo, un lienzo en constante cambio de azul, verde y dorado, con el agua salpicada de sol que se extiende hasta el horizonte como una promesa.

Harvey está sentado en una mesa privilegiada justo al lado de la ventana, con la cabeza de cabello plateado inclinada sobre el teléfono mientras teclea con movimientos rápidos y precisos.

Levanta la vista cuando nos acercamos; sus ojos azul pálido, agudos y evaluadores, brillan detrás de sus gafas de montura metálica.

—Ashleigh —me saluda, levantándose con fluidez—. Gracias por venir.

Fuerzo una sonrisa, intentando ignorar la punzada de aprensión que me recorre ante la máscara fría y profesional de su expresión.

—Por supuesto —murmuro, tomando el asiento que el maître aparta para mí—. Gracias por sacar tiempo.

Harvey vuelve a acomodarse en su silla con movimientos precisos y económicos. Junta los dedos bajo la barbilla sin apartar la mirada de mi rostro.

—Señorita Dannon —empieza a decir, pero lo interrumpo.

—Ashleigh, por favor.

Alza una ceja.

—En ese caso, llámame Harvey.

Asiento.

—Entonces —dice con voz medida y uniforme—. Dijiste que querías hablar sobre la oferta. ¿La que rechazaste tan vehementemente hace solo unos días?

Siento que me arden las mejillas mientras un rubor de vergüenza me trepa por el cuello ante el recuerdo de mi rechazo instintivo, de cómo había arremetido presa de un pánico ciego, demasiado atrapada en mi propio orgullo y miedo como para siquiera considerar las posibilidades.

—Sí —digo, alzando la barbilla y sosteniéndole la mirada—. He tenido tiempo para reflexionar, para sopesar realmente mis opciones. Y por mucho que me duela admitirlo... creo que fui demasiado precipitada en mi respuesta inicial.

Harvey frunce el ceño y un destello de sorpresa atraviesa su fachada fría.

—¿De verdad?

Asiento mientras entrelazo los dedos en el regazo, delatando mis nervios.

—No te voy a mentir, Harvey. La idea de ceder el control, de poner el legado de mi padre en manos de otra persona... me aterroriza. Va en contra de todo por lo que he luchado, de todo en lo que creo.

Respiro hondo, obligándome a continuar.

—Pero la realidad es que me he quedado sin opciones. Los Dreamers penden de un hilo, y si no encuentro la forma de conseguir financiación seria, y rápido... todo habrá terminado. Todo por lo que he trabajado, todo lo que mi padre construyó, se convertirá en polvo.

Harvey asiente lentamente con expresión pensativa.

—Entiendo tus reservas, Ashleigh. De verdad. Pero como te dije antes, esta oferta... no es solo un salvavidas. Es una oportunidad de llevar a los Dreamers a nuevas alturas, de asegurar su futuro de una manera que simplemente no sería posible por tu cuenta.

Se inclina hacia delante con la mirada intensa.

—Sé que es una decisión difícil, un salto de fe hacia lo desconocido. Pero de verdad creo que es la correcta. Para ti y para el equipo.

Me muerdo el labio inferior mientras el corazón me martillea en las costillas.

—¿Y tu comprador... sigue interesado? ¿Incluso después de cómo reaccioné antes?

Harvey se recuesta y tamborilea con los dedos un ritmo entrecortado sobre el lino blanco.

—Voy a ser honesto contigo, Ashleigh. Tu rechazo inicial sí les hizo dudar. No están acostumbrados a que los rechacen, especialmente no en términos tan... vehementes.

Hago una mueca mientras las mejillas me arden de nuevo ante el recuerdo de mi rechazo duramente expresado, de cómo prácticamente había acusado al misterioso cliente de Harvey de intentar aprovecharse de mi desesperación.

—Pero —continúa Harvey, y su tono se suaviza solo una fracción—, también entienden la enormidad de lo que están pidiendo, el salto de fe que requeriría de tu parte. Están dispuestos a ser pacientes, a darte el tiempo y el espacio que necesitas para tomar una decisión.

El alivio me invade, embriagador y dulce, y ahuyenta parte del pavor helado que se ha estado acumulando en mi estómago desde el momento en que atravesé la puerta.

Pero está atemperado por un destello de inquietud, una sensación persistente de duda.

Demasiadas cosas han salido mal últimamente como para poder dar nada por sentado.

Aparto el pensamiento y me obligo a concentrarme en el asunto que nos ocupa.

—Entonces, ¿qué pasa ahora? —pregunto, orgullosa de que mi voz se mantenga firme, sin delatar nada de mi agitación interior—. ¿Organizamos una reunión, discutimos los detalles?

Harvey vacila.

—Primero tendré que consultar con mi cliente, asegurarme de que todavía están dispuestos a seguir adelante. Como te dije, tu rechazo inicial sí les hizo dudar.

El corazón me da un vuelco, y una ola fría de pánico se estrella sobre mí ante la idea de que podría haber arruinado mi única oportunidad de salvación, de que mi orgullo obstinado podría haberme costado todo.

—Por supuesto —logro decir con la garganta repentinamente tensa y dolorida—. Entiendo. Por favor, solo... hazles saber cuánto aprecio su disposición a reconsiderar. Y que estoy dispuesta a hacer lo que sea necesario para que esto funcione.

Harvey asiente, con expresión inescrutable, mientras saca el teléfono. —Voy a escribirles ahora mismo, a ver si me contestan rápido. Dame un momento...

Teclea un mensaje y se recuesta en el asiento.

—Muy bien —dice—. Ahora toca esperar.

Los segundos pasan con una lentitud agónica; cada uno parece una eternidad mientras permanezco sentada, con los nervios a flor de piel.

Intento distraerme contemplando la impresionante vista al otro lado de la ventana, cómo la luz del sol centellea y danza sobre las olas, convirtiendo el agua en láminas ondulantes de oro fundido.

Pero tengo la mente demasiado revuelta, los pensamientos demasiado dispersos y frenéticos como para concentrarme en otra cosa que no sea la angustia que me retuerce las entrañas.

El maître se acerca, radiante, y se ofrece a contarnos los especiales del día. Harvey me pregunta qué me apetece, pero niego con la cabeza; tengo el estómago tan cerrado que ni siquiera puedo pensar en comer.

—Denos un minuto —le dice Harvey al maître, que sonríe amablemente y se aleja con paso discreto.

Después de lo que parece una eternidad, aunque no pueden haber pasado más de uno o dos minutos, la pantalla del teléfono de Harvey se ilumina con una notificación. Mira la pantalla con expresión deliberadamente neutra y lee el mensaje.

—¿Y bien? —suelto, incapaz de contenerme ni un segundo más—. ¿Qué dicen?

Harvey respira hondo y me mira a los ojos desde el otro lado de la mesa. —Están dispuestos a seguir adelante —dice con voz pausada y mesurada—. Pero tienen algunas condiciones.

Siento una oleada de alivio tan intensa que me deja mareada; el corazón me da un vuelco de alegría, aunque el estómago se me encoge al oír lo de las condiciones. —Por supuesto —logro decir con la voz apenas entrecortada—. ¿Cuáles son?

Harvey se limita a mirarme fijamente durante un momento. Presiento que lo que está a punto de decir me va a costar aceptarlo.

—El contrato es blindado —dice Harvey—. Lo tomas o lo dejas. Los términos no son negociables, y eso no tiene vuelta de hoja.

Me quedo esperando hasta que por fin caigo en lo que quiere decir.

—Espera, espera. ¿Me estás diciendo que no puedo pedir ni una sola modificación del contrato ni de los términos?

Harvey asiente. —Exacto.

Me echo hacia atrás, atónita. —Eso es...

Busco la palabra adecuada, pero me doy por vencida.

Harvey sigue ahí sentado, con el rostro impasible, sin quitarme los ojos de encima.

Me dan ganas de gritar, de volcar la mesa y ponerle verde a Harvey, de desahogar toda la rabia y la frustración que siento. Pero eso es lo que siento por dentro, no lo que hago. Sé que nada de esto es culpa del abogado ni de su comprador. Si estoy en esta situación es solo por culpa de un hombre.

Grayson Donahue.

Él es quien merece los insultos, la rabia, todo eso y más.

Y como él no está aquí, tengo que tragarme el orgullo y aceptar los términos.

Después de todo, para ser justa con el comprador de Harvey, me pasé un poco en nuestra primera reunión.

Prácticamente lo insulté y me largué —salí hecha una furia, en realidad— sin siquiera tener la decencia de quedarme a terminar la cena.

Es un milagro que su oferta siga en pie.