Capítulo Once GRAYSON #3
Me cuelo por la puerta principal; la ganzúa da buena cuenta del endeble cerrojo. Me muevo por la casa con sigilo, siguiendo el sonido del agua, el canto de sirena de la presencia de Ashleigh.
La puerta del baño está entreabierta y el vapor sale en nubes fragantes. La abro con cuidado, con el corazón en un puño y la sangre vibrando de oscura anticipación.
Y ahí está, una diosa entre la bruma, con el agua deslizándose por su cuerpo en riachuelos cristalinos. Tiene los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás, los labios entreabiertos en un suspiro de placer mientras se deleita bajo el chorro.
Me quedo ahí, fascinado, bebiendo su imagen como un hombre muerto de sed. Cómo el agua le acaricia la piel, delineando cada curva y cada hueco en plata líquida. Cómo sus manos se deslizan
Me quedo ahí, con los ojos hipnotizados como bajo un hechizo, incapaz de apartarlos de ella.
Mi mirada la devora con avidez como un hombre muerto de sed.
Cómo el agua se desliza por su piel, trazando cada curva y cada hueco con una capa brillante de plata líquida.
Sus manos se deslizan por su cuerpo, acariciándose con una gracia natural que me deja sin aliento.
Noto que se me seca la boca y que los dedos me tiemblan con el impulso de seguir el mismo camino.
Sus manos bajan más, rozando la suave extensión de su vientre antes de desaparecer entre sus muslos.
Un suspiro suave escapa de sus labios, me envía escalofríos por la columna y me acelera el corazón.
Tengo los ojos clavados en el movimiento hipnótico de sus dedos mientras trazan círculos y acarician, cada movimiento acercándola más al éxtasis.
El aire a nuestro alrededor parece espesarse de tensión y deseo mientras ambos nos perdemos en este momento íntimo.
Me toco por encima de los pantalones, reprimiendo un gemido ante la presión exquisita. Estoy tan duro que duele, la erección pugnando contra la cremallera, desesperada por liberarse. Por el calor satinado de las caricias de Ashleigh.
En la ducha, sus movimientos se vuelven más audaces, más decididos.
Una mano sube a ahuecarse el pecho, el pulgar rozando el pezón endurecido hasta que se tensa en un pico rosado.
La otra baja más, se sumerge en la hendidura húmeda de su sexo, provoca y traza círculos hasta que sus caderas empiezan a ondular, buscando el placer.
No puedo apartar los ojos de ella, no puedo dejar de mirar el cuadro erótico que ofrece.
Cómo se le abren los labios en un jadeo, cómo se le arquea la espalda mientras se acaricia cada vez más cerca del clímax.
Es una visión, una diosa, una sirena enviada para arrastrarme a mi perdición. Y nunca he deseado nada tanto.
Casi sin pensarlo, busco la cremallera y la bajo con dedos temblorosos. Me libero de los confines de los bóxers, siseando ante el primer contacto del aire fresco en la carne sobrecalentada. Ya estoy goteando, resbaladizo y listo, la erección sacudiéndose ansiosa en mi mano.
Me acaricio al ritmo del movimiento de los dedos de Ashleigh, imaginando que es su mano sobre mí, que sus caricias me acercan al límite. Casi noto el calor húmedo de su interior, el deslizamiento aterciopelado de sus paredes mientras se agitan y aprietan, ávidas de más.
En la ducha, la respiración de Ashleigh se acelera, las caderas meciéndose con urgencia. Sus dedos se mueven con determinación, frotando círculos apretados alrededor del botón hinchado de su clítoris hasta que jadea y tiembla, los muslos estremeciéndose con la fuerza del orgasmo inminente.
Acelero mis caricias, la mano volando sobre el miembro, los testículos apretándose contra el cuerpo. Estoy cerca, tan jodidamente cerca, los músculos tensándose y la visión estrechándose hasta que no hay nada más que Ashleigh, el resto del mundo desvaneciéndose.
Ella llega con un grito, el cuerpo arqueándose como un arco tensado, los dedos enterrados en lo más hondo. Observo cautivado cómo se estremece y convulsiona, el orgasmo rompiéndole encima en olas que parecen no acabar nunca.
Y entonces yo también llego, el orgasmo golpeándome como un tren de mercancías.
Amortiguo el grito contra el puño, las caderas sacudiéndose mientras me derramo sobre los dedos en pulsos calientes y resbaladizos.
Parece durar una eternidad, el placer alcanzando su cima y rompiéndose, dejándome débil y tembloroso a su paso.
Durante un largo momento, solo puedo quedarme ahí, con el pecho agitado, el miembro ablandándose aún sujeto en mi mano temblorosa. La culpa y la vergüenza luchan con los rescoldos del orgasmo, dejándome en carne viva y expuesto, como un cable pelado chisporroteando en la oscuridad.
¿Qué coño estoy haciendo? Esto está mal, tan jodidamente mal. Violar la intimidad de Ashleigh, profanar su santuario con mis deseos perversos y retorcidos. No soy mejor que un vulgar mirón, un voyeur enfermo y depravado que se excita con atisbos robados de sus momentos más íntimos.
El autodesprecio me sube como bilis por la garganta y me la guardo con movimientos bruscos y descoordinados. Necesito salir de aquí, necesito poner tanta distancia como sea humanamente posible entre este error colosal y yo.
Pero justo cuando estoy a punto de batirme en retirada, oigo el chirrido del grifo, el silencio repentino del agua. El corazón se me sube a la garganta y el pánico me atenaza con su garra helada.
Mierda. Mierda, mierda, mierda.
Miro frenéticamente a mi alrededor, desesperado por encontrar una vía de escape, un lugar donde esconderme. La puerta del baño queda descartada, el pasillo está demasiado expuesto. Pero ahí, en un pequeño hueco, hay un armario estrecho para la ropa de cama, con la puerta de lamas entreabierta.
No lo dudo. Me lanzo hacia delante con pasos silenciosos, me cuelo en el espacio estrecho y cierro la puerta tras de mí justo cuando las anillas de la cortina de la ducha tintinean contra la barra.
Me aprieto contra la pared del fondo, encajado entre pilas de toallas esponjosas y sábanas pulcramente dobladas, sin atreverme apenas a respirar.
Durante un segundo que se me hace eterno, solo hay silencio, roto por el suave goteo del agua y el jadeo de mi propia respiración aterrada.
Me mantengo completamente inmóvil, con el oído aguzado en busca de cualquier señal de que Ashleigh me haya oído, de que haya detectado al intruso que acecha en su casa.
Pero entonces oigo el chapoteo de pies mojados sobre las baldosas, el roce de la tela cuando coge una toalla. Un suave tarareo llena el aire, la melodía desconocida pero innegablemente plácida, y parte de la tensión abandona mis músculos rígidos.
No me ha oído. Gracias a Dios.
Me permito una respiración superficial, con la cabeza echada hacia atrás contra la pared mientras intento calmar el estruendo de mi corazón desbocado. La adrenalina todavía corre por mis venas, aguda y eléctrica, en pugna con la neblina persistente de mi orgasmo.
Puedo olerla, incluso a través de la puerta. El aroma cálido y limpio de su piel, el sutil perfume floral de su champú. Pero debajo de eso, entretejido como un secreto, hay algo más embriagador. Más almizclado. La esencia inconfundible de su excitación, el dulce y acre almizcle de su orgasmo.
Me llena la cabeza como humo, se enrosca en mis pulmones hasta marearme. Hasta que puedo saborearla en el fondo de la lengua, sentir el fantasma de su humedad en mis dedos. Mi polla, la muy traidora, vuelve a la vida, se engrosa y se endurece como si no se hubiera vaciado hace apenas unos momentos.
Aprieto la mandíbula y cierro los puños a los costados mientras lucho contra el impulso de tocarme por encima de los pantalones. De ceder al canto de sirena de su aroma y perseguir el subidón de otro orgasmo, sin importar el riesgo.
Sería tan fácil dejar que mis instintos más básicos tomaran el control, ahogarme en ella y en la oscura promesa del placer. Pero no puedo. No lo haré. Ya camino por el filo de la navaja solo por estar aquí. No voy a despeñarme del todo.
Así que respiro hondo, lento y acompasado, obligando a mi mente a alejarse del dolor en la entrepierna y del martilleo de mi pulso.
Me concentro en cambio en el roce de la tela, en el suave sonido de pasos.
En la tranquila domesticidad de Ashleigh mientras se prepara para dormir, felizmente inconsciente de la serpiente en su jardín.
Oigo el tintineo de un vaso, el siseo de una botella al abrirse.
La puerta del frigorífico se abre y se cierra, el pop y el gluglú del líquido al verterse.
El crujido de las tablas del suelo mientras se mueve de habitación en habitación, el clic de una lámpara, el suspiro de un cuerpo al acomodarse en el colchón.
Y entonces, rasgando la quietud como un cuchillo, el sonido de un teléfono.
Está llamando a alguien.
Lentamente, abro la puerta del armario apenas una rendija, lo justo para dejar entrar un hilo de luz y oír con más claridad.
—¿Harvey Blake? —la oigo decir.
El corazón me da un vuelco. Está llamando por la oferta.
—...así que lo he reconsiderado. ¿Cree que podríamos reunirnos para hablar? —la voz de Ashleigh me llega a través de la puerta, baja y urgente. Me esfuerzo por captar cada palabra, con el pulso martilleándome en los oídos.
Hay un momento de silencio, luego:
—¿Mañana? ¿Comida en The Waterfront? ¿A la una?
Otra pausa.
—Me viene bien. Nos vemos.
Se me corta la respiración, la esperanza y la aprensión pugnan por imponerse en mi pecho. Va a reunirse con Harvey. Está considerando realmente mi oferta, sopesando entre el diablo desconocido y el diablo conocido.
El orgullo me invade, feroz y radiante. Esa es mi chica. Siempre tan valiente, tan decidida a encontrar una salida, sin importar las probabilidades. Es una de las cosas que siempre he amado de ella, una de las cualidades que me atrajeron hacia ella desde el principio, como una polilla a la llama.
Pero pisándole los talones a ese orgullo viene un destello de inquietud, una sensación persistente de que estoy jugando con fuego.
De que al manipular los acontecimientos desde las sombras, estoy bordeando un precipicio, uno que podría desmoronarse espectacularmente bajo mis pies si no tengo cuidado.
Porque Ashleigh no es ninguna tonta. Es lista como el hambre e intuitiva, con un detector de gilipolleces que deja en ridículo a la mayoría.
Si empieza a sospechar que soy yo quien mueve los hilos, que mis motivos no son del todo puros.
.. podría arruinarlo todo. Podría destrozar la frágil confianza que hemos empezado a reconstruir y hacer que salga huyendo.
No puedo permitir que eso suceda. No lo permitiré.
He llegado demasiado lejos, he arriesgado demasiado para dejar que todo se me escape entre los dedos ahora.
Tengo que llegar hasta el final, jugar la partida hasta las últimas consecuencias.
Aunque eso signifique mentirle, manipularla.
Aunque eso signifique convertirme en aquello que una vez juré que nunca sería.
Mi teléfono empieza a vibrar en el bolsillo, me sobresalta y me arranca de mis oscuros pensamientos. Me apresuro a silenciarlo, con los dedos torpes y descoordinados mientras busco a tientas la pantalla. Pero es demasiado tarde. El daño está hecho.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —la voz de Ashleigh resuena, aguda y cautelosa. Oigo el crujido de los muelles del colchón, el golpe sordo de los pies al tocar el suelo.
Me quedo helado, sin atreverme apenas a respirar mientras me hundo más en las sombras del armario. El corazón me late desbocado en el pecho, golpea contra las costillas como si intentara escapar.
Maldita sea. No puedo dejar que me encuentre aquí. Arruinará todo lo que he preparado con tanto cuidado. Años de espera, de planificación, todo reducido a polvo.
La oigo caminar por la habitación, sus pasos se acercan más a mi escondite con cada segundo que pasa.
—¿Hay alguien aquí? —llama, con la voz firme a pesar del miedo que sin duda siente ante la idea de un extraño en su casa.
Llega al armario y durante un segundo que me corta la respiración, estoy seguro de que me han pillado. Va a abrir la puerta de un tirón y me encontrará aquí plantado, en carne y hueso, y eso marcará el final de todo.
Joder, joder, joder. La he cagado de verdad. A lo grande.
Sus pasos atraviesan el pasillo y me pasan de largo. Lo siguiente que oigo es el sonido de una puerta al abrirse y luego ella grita:
—¡Voy a llamar al 911!
Suelto el aire de golpe.
Uf.
Chica lista, muy lista. Así es como se hace. Sales por la puerta principal, llamas a la policía. Esto es Oakland, aquí las cosas pueden ponerse muy chungas. Nunca sabes a qué te enfrentas. Así que nunca intentes enfrentarte tú misma al intruso. Deja que la policía se encargue.
Me asomo desde el armario. Desde aquí no se ve directamente la puerta principal ni el pasillo, lo cual es un golpe de suerte. Oigo la voz de Ashleigh en el jardín delantero, hablando por teléfono.
Venga, Donahue. Hora de largarse. Pira de aquí mientras puedas.
Recorro el pasillo hasta su dormitorio y cierro la puerta tras de mí por si decide volver.
Abro una ventana y salgo al jardín de atrás. El muro da a un camino de servicio que discurre junto al arroyo, seco como un hueso en esta época del año.
Genial. Salto el muro, bajo por el camino de servicio, escalo una valla metálica, y cinco minutos después estoy de vuelta en mi coche, pasando despacio frente a su Airbnb.
Veo a Ashleigh en el jardín delantero, teléfono en mano.
Un par de mujeres que pasean a su perro se han parado a hablar con ella. Gesticula hacia la casa, seguramente diciéndoles que ha oído a un intruso.
Bien. Ahora tiene gente con ella, lo que aumenta su seguridad.
Para cuando llego al final de la calle, un coche patrulla viene en dirección contraria, con las luces encendidas pero sin sirena.
Giro la cabeza al cruzarme con ellos, pero no me prestan ninguna atención.
Me detengo en la esquina y miro por el retrovisor.
Ashleigh está ahora en la acera, hablando con los dos agentes que han bajado del coche patrulla, señalando el Airbnb. Las dos mujeres y su perro escuchan de pie, apoyándola.
Estoy orgulloso de ella por reaccionar tan rápido, por tomar la decisión correcta. Vale, esta noche era yo. Pero ¿y si hubiera sido un loco? ¿O un adicto violento? Me alegra saber que Ashleigh supo actuar con la rapidez y determinación necesarias para protegerse.
Pero no va a servir de nada.
El verdadero peligro para ella no vendrá de ningún intruso.
Vendrá de la persona que menos espera.
Yo.