Capítulo Diez ASHLEIGH #2
Kyra suspira, con expresión dolida. —Opción uno: aceptas la oferta de Vic Hedman. Le das lo que quiere y, a cambio, él te da la financiación que necesitas para mantener las puertas abiertas, para seguir ayudando a esos niños.
Retrocedo instintivamente mientras la repulsión me sube por la garganta con solo pensarlo. —No —suelto con voz dura e inflexible—. De ninguna manera. No voy a prostituirme con ese baboso, por muy desesperada que esté.
Kyra asiente, con la mirada llena de comprensión.
—Lo sé, cariño. Lo sé. Y créeme, no lo sugiero a la ligera.
Pero la realidad es que Vic tiene el dinero y los contactos para mantener a flote a los Dreamers.
Y por mucho que me revuelva el estómago siquiera considerarlo. .. podría ser tu única oportunidad.
Niego con la cabeza vehementemente mientras la bilis me sube por la garganta. —No. No puedo, Ky. Simplemente... no puedo. Va en contra de todo en lo que creo, de todo por lo que he luchado. Si cedo ante él, si dejo que me use así... nunca más podré mirarme al espejo.
Kyra extiende la mano sobre la mesa y la posa, cálida y firme, sobre la mía.
—Lo entiendo, Ash. De verdad que sí. Y nunca, jamás te pediría que te rebajaras así.
Pero esta vez estás realmente contra las cuerdas.
Además, justo anoche cuando estábamos hablando, ¿no dijiste, y cito textualmente, «es un tío buenísimo»?
Me cubro la cara con las manos. —Estaba más que borracha y medio ida en ese momento.
Era tarde, el banco me había bloqueado el acceso a mi casa y a la oficina, y los acreedores me habían estado llamando todo el día.
No estaba pensando con claridad. ¿Puedes creerlo?
¡Incluso le conté mi vida a un conductor de Uber cualquiera! ¡Así de mal estaba!
—¿Y qué ha cambiado desde entonces? —pregunta Kyra con naturalidad, y va contando con sus dedos manicurados—.
Sigues en la ruina. Sigues sin casa. Sigues enfrentándote a la bancarrota y la disolución de tu empresa y tus activos, lo que, por cierto, incluye al equipo.
El trabajo de toda la vida de tu padre, y todo se irá por el desagüe en unos días si no haces algo.
Gimo y niego con la cabeza. —Sí, sí, ya lo sé. Pero esto no, Kyra. No puedo simplemente prostituirme con un jugador de hockey cachas, aunque esté como un tren. Nunca podré vivir conmigo misma si lo hago.
Kyra suspira, pero asiente. Me da palmaditas en la mano.
—Lo entiendo. Y tienes razón. Eso no va contigo.
¡Pero tienes que hacer algo, chica! Tienes que ponerte las pilas, salir ahí fuera, espabilarte, por así decirlo.
No prostituyas tu cuerpo, pero tienes que vender tu personalidad, tu nombre, la reputación de tu padre, la lealtad de los fans del equipo. Así es como funciona el sistema.
Kyra recibe una llamada y sale a contestar.
Suspiro y me recuesto en la silla, con la cabeza dándome vueltas por las margaritas y el peso de las opciones imposibles que tengo delante. Las palabras de Kyra resuenan en mi mente, una verdad dura pero necesaria que ya no puedo ignorar.
Tiene razón. Por mucho que me moleste admitirlo, me he quedado sin opciones.
Lo he intentado todo: suplicar, pedir prestado, recurrir a todos los favores que me debían.
Y aun así, no es suficiente. Los Dreamers penden de un hilo, y si no encuentro la manera de conseguir financiación seria, y rápido.
.. todo habrá terminado. Todo por lo que he trabajado, todo lo que mi padre construyó, se desmoronará hasta convertirse en polvo.
Pero la idea de ir con Vic, de dejar que ponga sus manos sobre mí, de dejar que me use como un trozo de carne.
.. me pone la piel de gallina y la bilis me sube por la garganta.
Todavía puedo sentir su mirada viscosa recorriéndome el cuerpo, la arrogante presunción en su voz cuando puso su precio.
Como si yo no fuera más que una mercancía que comprar y vender, un simple instrumento.
No. No puedo hacerlo. No lo haré. Ni siquiera por los Dreamers. Tiene que haber otra manera, algún camino que no haya considerado, alguna piedra que no haya removido.
Y entonces me viene como un fogonazo, un destello de claridad en medio del caos arremolinado de mis pensamientos.
El comprador misterioso, el que apareció con esa oferta de última hora, el que Harvey intentó convencerme de que era mi única esperanza.
Lo rechacé de plano, demasiado concentrada en encontrar mi propia salida de este lío como para siquiera considerar la posibilidad.
Pero ahora... ahora me pregunto si fui demasiado precipitada.
Demasiado orgullosa. Porque la verdad es que, por mucho que me rebele contra la idea de estar en deuda con alguien, de perder el control del legado de mi padre.
.. ¿es realmente peor que la alternativa?
¿Que vender mi alma, pedazo a pedazo, para mantener a los lobos a raya?
Al menos con el comprador, sería un corte limpio.
Un intercambio justo, dinero por acciones, sin enredos complicados ni expectativas sórdidas.
Y con la entrada de capital, podría mantener a los Dreamers en funcionamiento, podría seguir marcando la diferencia en las vidas de esos niños que no tienen otro lugar al que acudir.
Me muerdo el labio inferior, con el ceño fruncido mientras le doy vueltas a la idea.
Es arriesgado, lo sé. No hay garantía de que la oferta del comprador siga en pie, de que no haya encontrado mejores oportunidades tras mi rechazo inicial.
E incluso si todavía está interesado... ¿y si sus condiciones son tan onerosas como las de Vic?
¿Y si espera que baile a su son, que sea su bonita marioneta a cambio de su generosidad?
Pero incluso mientras las dudas se arremolinan, siento un pequeño y obstinado destello de esperanza encenderse en mi pecho. Porque esto es diferente, de algún modo.
Una camarera se acerca. Levanto el vaso vacío para pedir otra ronda, pero pasa de largo como si fuera invisible.
Para colmo, se detiene a centímetros de distancia, mirando el reservado detrás del mío.
—Señor, ¿le traigo otra copa? —la oigo decir en un tono cálido y animado que me hace levantar la vista.
Por la sonrisa deslumbrante que le está dedicando al cliente, supongo que debe ser muy guapo. Eso me irrita aún más.
El tipo detrás de mí dice algo, hablando demasiado bajo como para que pueda escucharlo por encima de la música del bar.
—Enseguida se la traigo —dice ella alegremente.
—Me gustaría otra copa —digo en voz alta mientras se gira.
Me ignora deliberadamente, pasando de largo otra vez y dirigiéndose a la barra.
Me hierve la sangre durante unos treinta segundos. Kyra me envía un mensaje:
Llamada larga, necesito otros 10. ¿Estás bien?
Sonrío y respondo: Estoy bien. Tú dales caña. Añado emojis y envío.
Una cadena de emojis llega en respuesta.
Levanto la vista justo cuando la camarera pasa de largo otra vez, llevando la bebida del otro cliente.
—Oye —digo—. ¿Alguien podría atenderme?
En lugar de hacerme caso, le dice al tipo detrás de mí: —¿Le gustaría ver un menú también?
De nuevo, solo escucho un murmullo cuando el tipo responde. Aunque es un murmullo grave y sonoro, así que además de ser guapo también tiene una voz agradable.
La camarera coqueta se ríe y dice: —Por supuesto, señor. Se las seguiré trayendo. Y si hay algo más que pueda conseguirle... hágamelo saber.
—Bueno —digo en voz alta, levantando el vaso vacío otra vez y agitándolo—. Yo todavía necesito esa copa. Por si acaso todavía atiendes otras mesas en este fino establecimiento.
Esta vez, estoy bastante segura de que la camarera me lanza una mirada asesina de reojo, pero es lo bastante rápida para evitar el contacto visual.
—Y me refiero a cualquier cosa —añade sin venir a cuento, por si su insinuación no fuera ya bastante descarada.
Pongo los ojos en blanco.
El guapo de la voz grave dice algo que otra vez no consigo oír.
Pero esta vez la camarera se aparta un poco y me pregunta, en un tono muy diferente: —¿Necesita la cuenta, señora?
La fulmino con la mirada. —No, no necesito la cuenta. Todavía estoy esperando a que mi amiga regrese, salió a hacer una llamada. Mientras tanto, me gustaría otra ronda de lo mismo, y también agradecería un servicio más atento.
Esta vez, me dedica un medio gesto de hastío. Pero recoge los vasos vacíos, el mío y el de Kyra, y desaparece en dirección a la barra.
—Gracias por eso —digo, alzando la voz para que el tipo detrás de mí sepa que le estoy hablando—. ¡Supongo que para ella solo existen los hombres!
La persona detrás de mí —estamos literalmente sentados espalda con espalda— dice algo brusco y evasivo.
—Vale —digo, igual de evasiva. Por un momento, me tienta levantarme y unirme a él. O al menos echar un vistazo para ver qué hizo que esa camarera pusiera el modo seducción al máximo.
Justo cuando empiezo a levantarme, mi teléfono suena.
Lo miro con cautela, esperando otro abogado o acreedor. Pero es un mensaje de un número desconocido.
Hola, soy tu conductor de Uber de la otra noche. Solo quería ver cómo estás.
Arqueo las cejas. ¿Mi conductor de Uber? Bueno, supongo que no necesito su nombre ya que solo ha habido ese único viaje en Uber en el que me desmoroné, pero es un poco raro que no diga cómo se llama. ¿Quizá va contra la política de la empresa?
De todos modos, es un detalle que haya preguntado.
Estoy mucho mejor, gracias por preguntar. ¡Y muchas gracias por aguantarme! Espero no haberte vomitado el asiento.
La camarera regresa con mi copa justo entonces, y estoy a punto de cantarle las cuarenta por su negligencia anterior cuando aparece su respuesta.
Jaja. No te preocupes. ¿Cómo estás ahora? ¿Algún cambio en tu situación?
Suspiro, pasándome una mano por el pelo.
No mucho. Recibí buenas noticias. Pero solo retrasarán lo inevitable. Ahora mismo la vida me trata fatal.
Vaya, cuánto lo siento. ¿No tienes ninguna opción?