Capítulo Diez ASHLEIGH
Parpadeo con fuerza, medio convencida de que las cifras van a desaparecer, de que todo esto es una alucinación cruel provocada por la falta de sueño. Pero no, siguen ahí, tercas, los dígitos negros rotundos e implacables contra el fondo blanco.
Una carcajada me brota de la garganta, ligeramente histérica, con un punto de euforia que roza la locura. Me llevo una mano a la boca, intentando ahogar el sonido, pero es inútil. La alegría, el alivio abrumador, son demasiado grandes para contenerlos.
—¡Kyra! —grito, con la voz quebrada por la emoción—. ¡Kyra, ven aquí! ¡Tienes que ver esto!
Oigo el golpeteo de pasos, y entonces Kyra irrumpe en la habitación, con los ojos muy abiertos y los rizos alborotados enmarcándole la cara.
—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
Solo puedo negar con la cabeza, demasiado emocionada para hablar. Señalo la pantalla con la mano temblorosa, apuntando al saldo. Kyra se inclina, con el ceño fruncido. Pero cuando sus ojos se posan en la cifra, veo el momento exacto en que lo comprende.
—¿Eso es...? —susurra, con la voz llena de asombro—. Ash, ¿es lo que creo que es?
Asiento bruscamente, con una sonrisa enorme y los ojos llenos de lágrimas.
—Es una donación, Ky. Una donación anónima, de un donante privado. Un millón y medio de dólares, así, sin más.
A Kyra se le cae la mandíbula y se le abren los ojos como platos.
—Joder —susurra, casi con reverencia—. Joder, Ash. ¿Sabes lo que esto significa?
Vuelvo a asentir, demasiado abrumada para hacer nada más.
Porque sí sé lo que significa. Significa un respiro, un indulto.
Significa que Dreamers seguirá adelante, que los niños que dependen de nosotras no se quedarán en la calle.
Significa esperanza, cuando hace apenas unas horas lo único que veía era desesperación.
—Estamos salvadas —digo con voz ronca, espesa por las lágrimas contenidas—. Ky, estamos jodidamente salvadas.
Y entonces me lanzo a sus brazos y un sollozo se me escapa de la garganta mientras entierro la cara en su hombro. Kyra me atrapa sin esfuerzo, riéndose con una risa brillante y alegre mientras me hace girar como una peonza.
Nos aferramos la una a la otra, con lágrimas corriéndonos por la cara mientras balbuceamos incoherencias, las palabras atropellándose en un torrente de júbilo y alivio.
Me siento como si flotara en una nube, impulsada por la pura fuerza de mi euforia. El peso que me ha estado aplastando el pecho, robándome el aliento y la esperanza, desaparece de repente, y en su lugar queda una ligereza que me hace sentir casi mareada.
El resto del día pasa en un torbellino de actividad, un remolino de llamadas telefónicas, papeleo y logística.
Pero por una vez, las tareas que llevaban semanas pendiendo sobre mi cabeza como espadas de Damocles parecen manejables, incluso fáciles.
Sin el espectro de la ruina financiera cerniéndose sobre nosotras, todo parece más brillante, más vibrante, lleno de nuevas posibilidades.
Empiezo llamando a los abogados, los que me han estado acosando durante semanas, con sus voces rezumando un desdén apenas disimulado mientras soltaban sus advertencias funestas y amenazas apenas veladas.
Pero ahora, armada con el conocimiento de nuestra inesperada fortuna, puedo hablarles con una autoridad serena, en un tono que no admite discusión.
—Entiendo que hemos tenido algunas dificultades en el pasado —digo con suavidad, con la voz firme y segura—.
Pero me complace informarle de que nuestra situación financiera ha cambiado.
Hemos recibido una donación significativa de un benefactor privado, y ahora podemos atender nuestras deudas pendientes.
Hay un momento de silencio sorprendido al otro lado de la línea, y prácticamente puedo oír cómo le dan vueltas a la cabeza, haciendo cálculos rápidos mientras intentan asimilar este giro inesperado.
—Ya veo —dice el abogado, todavía intentando sonar pomposo—. Bueno, sin duda son buenas noticias, señorita Dannon. Necesitaremos ver prueba de los fondos, por supuesto, y redactar la documentación necesaria...
—Por supuesto —acepto sin problemas, esbozando una sonrisa—. Haré que mi contable envíe la documentación de inmediato. Y confío en que esto pondrá fin a cualquier acción legal adicional contra Dreamers, ¿verdad?
El abogado resopla.
—Bueno, eso le dará un respiro por el momento. El capital pendiente sigue vencido y los intereses crecientes...
—Espere un segundo —digo—, pensaba que si les pagábamos los intereses pendientes y seguíamos atendiendo los préstamos, eso resolvería el problema.
—Señorita Dannon, estoy seguro de que sus contables y abogados podrán explicárselo mejor, pero seguro que entiende que, en el mejor de los casos, esto no es más que poner una tirita en una herida de bala.
—No —digo, alzando la voz—. No lo veo así. Todos estos días ha estado diciendo que es imperativo que liquidemos al menos la parte de los intereses de inmediato. Pues bien, la estoy liquidando. Y ahora me dice que no va a servir de nada.
Resopla de nuevo y no sé si es que está resfriado o simplemente intenta darse aires. De cualquier manera, me dan ganas de partirle la cara.
—Señorita Dannon, su solvencia crediticia está por los suelos.
La única razón por la que le concedimos este préstamo fue por la larga relación del banco con su padre.
Si él estuviera aquí, estoy seguro de que habría comprendido nuestra posición.
Simplemente no podemos justificar mantenerla como prestataria por más tiempo.
Quizás sería mejor que explorara otras opciones.
Para cuando cuelgo, estoy tan enfadada que podría hacer un agujero en la pared. Pero esa es solo una llamada. A medida que avanza el día, toda mi euforia de la mañana se disipa y en su lugar se instala una nube de pesimismo.
La situación ya era terrible antes de que llegara esa donación inesperada, como maná caído del cielo.
Pero ahora es incluso peor.
—Ni siquiera un millón y medio de dólares puede salvarme —le digo a Kyra mientras tomamos copas en Chuggy's esa noche—. ¿No es deprimente?
Kyra da un largo sorbo a su margarita, con sus ojos oscuros llenos de compasión, y alarga la mano por encima de la mesa para apretar la mía.
—He visto esto antes, Ash. Cuando trabajaba como asesora jurídica interna en aquella firma de Wall Street, lo vi pasar una y otra vez.
Me inclino hacia delante, con la desesperación afilándome los sentidos aunque el tequila me nuble la vista.
—¿A qué te refieres? ¿Qué pasó?
Kyra suspira, con la mirada perdida en su vaso.
—Es lo que llaman «el coste del dinero». Cientos de pymes quiebran cada año por eso. Quedan atrapadas en un ciclo vicioso de deuda e intereses, y por mucho que luchen, no consiguen salir.
Un escalofrío me recorre la espalda, un presentimiento que no tiene nada que ver con la bebida helada que sostengo. —¿Pero por qué? Si están haciendo un buen trabajo, si están cambiando las cosas en sus comunidades... eso tiene que valer algo, ¿no?
Kyra niega con la cabeza, con una mueca irónica en los labios.
—Eso parece lógico, ¿verdad? Pero la realidad es que el sistema está amañado en su contra desde el principio.
Los bancos, los inversores, las grandes corporaciones.
.. ellos llevan la voz cantante. Y no les interesa apoyar a pequeñas empresas en apuros, por muy noble que sea su causa.
Solo les importa una cosa: el beneficio.
Me desplomo en el asiento mientras una ola de desesperanza me golpea. —Entonces lo que dices es que estoy jodida. Que todos estamos jodidos. Da igual lo mucho que luchemos, da igual cuánto bien hagamos... solo estamos retrasando lo inevitable.
Kyra me aprieta la mano con más fuerza, su mirada feroz e inquebrantable. —No, Ash. No es eso lo que digo. Sí, lo tienes todo en contra. Sí, el sistema está amañado, es injusto y a veces francamente cruel. Pero eso no significa que debas rendirte. No significa que dejes de luchar.
Se inclina hacia delante y baja la voz, intensa.
—Los que sobreviven, los que lo logran..
. son los que se niegan a rendirse. Los que se mantienen firmes y siguen adelante, da igual cuántos obstáculos les pongan en el camino.
Son los que no pueden fracasar, no por su tamaño ni por su cuenta bancaria, sino por su corazón. Por su espíritu inquebrantable.
Se me hace un nudo en la garganta y noto las lágrimas escociendo en los ojos. —¿De verdad lo crees? ¿De verdad crees que tengo lo que hace falta para salir adelante, para ser una de las que lo consigue?
Kyra sonríe con dulzura. —Ashleigh Dannon, eres la persona más fuerte y decidida que he conocido en mi vida.
Si alguien puede desafiar al destino, si alguien puede superar este sistema amañado y salir victoriosa, eres tú.
Te he visto luchar por lo que crees, te he visto entregarte en cuerpo y alma a los Dreamers, a esos niños.
Esa pasión, esa convicción inquebrantable. .. es algo con lo que hay que contar.
Sus palabras me envuelven como un bálsamo y alivian mi desesperación.
Algo se enciende en mi pecho, una pequeña chispa de esperanza entre las cenizas de mis sueños.
Quizás tenga razón. Quizás aún no he terminado de luchar.
Quizás todavía haya una oportunidad, por pequeña que sea, de darle la vuelta a esto.
Respiro hondo, me yergo y sostengo la mirada firme de Kyra.
—Vale —digo con la voz ronca por la emoción—. Vale. Entonces, ¿qué hago ahora? ¿Cómo sigo adelante, cómo sigo luchando, cuando todo parece tan desesperado?
Kyra da un sorbo a su margarita, con el ceño fruncido. —Bueno, desde mi punto de vista, tienes dos opciones. Ninguna es ideal, pero podrían ser tu única oportunidad de mantener a flote a los Dreamers.
Me inclino hacia delante, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho. —Te escucho.