Capítulo Ocho ASHLEIGH
Me desplomo contra el cuero fresco del asiento trasero del Uber, con la cabeza palpitándome al ritmo errático de mi corazón. La ciudad desfila borrosa en una mancha de neón y sombras mientras el conductor surca las calles nocturnas con mano diestra e indiferente.
Lo único que quiero es llegar a casa, quitarme este vestido sofocante y el recuerdo del manoseo repugnante de Vic, y desaparecer en el olvido del sueño. Olvidar, aunque solo sea por unas pocas horas preciosas, el peso aplastante de la responsabilidad y la desesperación que amenaza con hundirme.
Pero incluso mientras anhelo el alivio temporal de la inconsciencia, sé que me será esquivo. Mi mente es un nido de serpientes que se retuercen de preocupación y recriminación, escenarios terribles e imposibles que se persiguen en círculos vertiginosos.
¿Cómo pude ser tan ingenua, tan tonta como para pensar que alguien como Vic Hedman me ayudaría por pura bondad? ¿Que vería mi labio tembloroso y mi triste historia y sacaría el talonario sin pedir nada a cambio?
Siempre me he enorgullecido de mi juicio perspicaz, de mi capacidad para calar a las personas y las situaciones con claridad implacable. Pero esta noche, la desesperación me volvió estúpida. Me volvió débil. Y ahora, los Dreamers van a pagar el precio de mi fracaso.
Me arden los ojos con lágrimas contenidas, la garganta tensa y dolorida por el esfuerzo de no soltarlas. No puedo desmoronarme, no aquí, no ahora. No delante de un desconocido que probablemente ya me está juzgando, riéndose del desastre patético y lloroso que soy, acurrucada en su asiento trasero.
Vuelvo el rostro hacia la ventanilla e intento perderme en el borrón de faros que pasan y escaparates a oscuras. Pero mi mente traidora no me deja escapar: reproduce la proposición lasciva de Vic una y otra vez con detalle lacerante.
El brillo de crueldad calculada en sus ojos cuando nombró su precio, el tono aburrido de su voz cuando me redujo a una transacción, a una mercancía que comprar y vender.
La forma en que su mirada recorrió mi cuerpo, desnudándome con descaro, degradándome mentalmente mientras dejaba la salvación colgando justo fuera de mi alcance.
La vergüenza me abrasa, caliente y empalagosa.
Me siento sucia, manchada por sus suposiciones lascivas, sus expectativas sórdidas.
Como si nunca fuera a volver a estar limpia, como si nunca pudiera quitarme de encima la película aceitosa de su desdén y desprecio.
Lo peor de todo es que nunca hizo nada inapropiado, nada que pudiera llamarse remotamente acoso sexual.
Dejó muy claro que yo era quien había acudido a él, quien necesitaba desesperadamente que me sacaran de un apuro económico, y que si elegía acostarme con él voluntariamente, era mi decisión como adulta.
Lo peor es que tiene razón. Debería haber sabido lo que podía significar quedar con un posible inversor de noche, en un club nocturno, beber y bailar y volver con él a su hotel.
No puedo decir que me indujeran o me obligaran a seguirle el juego.
Lo hice porque estaba —estoy— verdaderamente desesperada.
Y durante una fracción de segundo, solo un fugaz milisegundo, incluso consideré aceptar su propuesta.
Hasta el final. Vic «El Vikingo» es un pedazo de hombre, un monumento de músculo y virilidad.
Su reputación en el hielo como jugador de hockey y en la cama como conquistador es legendaria en esta ciudad.
Trataba a sus mujeres fenomenalmente bien y conocía a otras de mi edad que habían estado con él varias veces, ¡algunas incluso con el consentimiento de sus parejas!
Habría sido una noche para recordar. Y estaba muy tentada.
Pero esa simplemente no soy yo.
Tengo una idea muy clara de cómo tiene que ser mi primera noche.
Y con quién.
Así que arremetí contra Vic, exploté y salí de allí hecha una furia, sintiéndome como una... ni siquiera sé cómo describir lo que siento ahora mismo.
Sucia es lo que más se acerca.
Racionalmente, sé que no tengo nada de qué avergonzarme.
No hice nada malo, no comprometí mi integridad ni me degradé, por muy tentada que estuviera.
Pero una parte pequeña e insidiosa de mí susurra que soy igual de culpable, igual de inmunda, por siquiera haber considerado su vil oferta.
Por haberme permitido, aunque fuera por un momento, caer tan bajo.
El zumbido del teléfono en el bolso interrumpe la espiral de mis pensamientos. Agradecida por la distracción, lo saco y toco la pantalla. Pero mi alivio momentáneo se convierte en pavor helado cuando leo el mensaje que brilla ante mí.
Sra. Dannon:
Este es un aviso automatizado de SFidelity Bank. A las 22:47 h se ha emitido una orden de bloqueo sobre su propiedad en 2787 Sycamore Lane. La residencia ha sido precintada a la espera de acciones legales. Para más información, contacte con nuestro departamento de cobros en...
Las palabras se difuminan, un revoltijo incomprensible de jerga legal. ¿Orden de bloqueo? ¿Acción legal? Esto no puede estar pasando. No ahora, encima de todo lo demás.
Un sonido estrangulado escapa de mi garganta, algo entre un jadeo y un gemido. El teléfono se me escurre de los dedos entumecidos y cae al suelo con estrépito mientras me llevo las manos a la boca, intentando contener físicamente el grito que se acumula en mi pecho.
En el retrovisor, veo que los ojos del conductor buscan los míos, el ceño fruncido de preocupación.
—¿Todo bien ahí atrás?
No consigo responder, no consigo que mis pulmones paralizados tomen aire. Solo niego con la cabeza en silencio mientras las lágrimas calientes me resbalan por las mejillas sin control.
El conductor vacila, claramente dividido entre el desapego profesional y la compasión humana. Tras un momento, parece decidirse por lo segundo.
—¿Quieres... quieres que llame a alguien? ¿O que te lleve a algún lugar seguro?
Su amabilidad áspera me deshace. Se me escapa un sollozo desgarrado y todo mi cuerpo tiembla con su fuerza. Me acurruco sobre mí misma, las rodillas contra el pecho como una niña, mientras grandes jadeos entrecortados me desgarran la garganta.
Vagamente, soy consciente de que el coche frena y se detiene con un bandazo junto al bordillo.
El clic de las luces de emergencia, el crujido del cuero cuando el conductor se gira hacia mí.
Estamos aparcados entre farolas, así que su rostro queda en sombras. Aunque tampoco podría verlo si estuviera iluminado: tengo los ojos empañados de lágrimas.
Pero aprecio su preocupación y consideración. Su voz es baja y tranquilizadora, el tono que uno usaría con un caballo asustado o un niño perdido.
—Eh, eh... todo va a salir bien. No sé qué está pasando, pero... no estás sola, ¿vale? Estoy aquí contigo. Te ayudaré a pasar esto.
Sus palabras se derraman sobre mí como miel tibia, dulces y espesas y reconfortantes. Sé que es solo un desconocido, que su preocupación es probablemente más obligación que interés genuino. Pero en ese momento, su presencia sólida, su firmeza tranquila, es lo único que me ancla a la cordura.
Pasan largos minutos mientras lloro, grandes sollozos estremecedores que parecen partirme en dos. El conductor simplemente permanece a mi lado, un centinela silencioso que absorbe mi angustia sin juzgar ni esperar nada.
Finalmente, la tormenta pasa y me deja hueca y exprimida. Levanto la cabeza de las rodillas y me limpio el rostro arrasado por las lágrimas con manos temblorosas. En el retrovisor, los ojos del conductor se encuentran con los míos, profundos y oscuros y llenos de empatía silenciosa.
—Lo siento —digo con voz ronca, áspera y desgarrada de tanto llorar—. No suelo... normalmente no soy así.
Niega con la cabeza, con una pequeña sonrisa triste asomando en las comisuras de los labios.
—No tienes que disculparte. Todos tenemos un límite. Dios sabe que yo he llegado al mío más de una vez.
Algo en su tono, en la antigua tristeza que asoma en su mirada, me dice que habla desde la experiencia, desde el dolor vivido. Que él también ha sido vapuleado por la vida, que ha tenido que regresar del abismo de la desesperación.
Curiosamente, ese pensamiento me reconforta, me sostiene cuando siento que me derrumbo. Saber que no estoy sola en mi dolor, que hasta los desconocidos cargan con cicatrices ocultas, lo hace todo un poco más soportable.
Respiro hondo, con un temblor en el aliento, y cuadro los hombros con un esfuerzo hercúleo.
—Gracias, por... por todo. Pero probablemente debería irme a casa. Seguro que tienes más carreras pendientes.
Mientras pronuncio esas palabras, un escalofrío de pavor me recorre la espalda. Casa. El lugar que debería ser mi santuario, mi refugio de las crueldades del mundo. Solo que ahora, hasta ese pequeño consuelo me ha sido arrebatado, sellado tras un muro de jerga legal y cerrojos implacables.
El conductor duda; sus dedos tamborilean un ritmo vacilante sobre el volante.
—¿Estás segura? No me importa esperar un poco más si necesitas un momento para recomponerte.
Me conmueve su preocupación, el genuino afecto que calienta su voz áspera. Pero sé que no puedo esconderme en el capullo de este coche para siempre, por muy tentador que resulte. La realidad no espera a nadie, y yo siempre he sido de las que plantan cara a sus demonios.
—Te lo agradezco, de verdad. Pero estaré bien. No queda lejos, y me vendrá bien caminar para despejarme.
Es mentira, y por cómo frunce el ceño, creo que lo sabe. Pero no discute; simplemente asiente, arranca el coche y vuelve a incorporarse a la calle bordeada de farolas.
Conducimos en silencio; lo único que se oye es el suave ronroneo del motor y el aullido lejano de las sirenas.
La ciudad se desliza en un borrón de sombras y neón, un caleidoscopio de sueños rotos y glorias marchitas.
¿Cuántos otros habrá ahí fuera en este momento, almas heridas deambulando, con sus vidas hechas añicos?
¿Cuántos estarán al borde del abismo, a una desgracia de perderlo todo?