Jugamos a querernos (Jugamos 3) EPÍLOGO EXTRA
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EPÍLOGO EXTRA

JUGAMOS A ENAMORARNOS

LUCAS

En mi vida había estado tan nervioso como en este momento.

Ni siquiera cuando tuve que enfrentarme a mi mejor amigo para confesarle que estaba enamorado de su hermana.

Ahora, al echar la vista hacia atrás, hasta me río de aquello.

Esa situación, comparada con lo que estoy experimentando en este instante, no es nada.

Me sudan hasta las manos y me tiembla todo el cuerpo.

¿Cómo es posible que esté así por una simple pregunta?

Parece que he vuelto a ser un puto adolescente.

Maldigo entre dientes. Mierda. «Yo puedo, joder».

Repito un par de veces eso último para darme ánimos a mí mismo.

Me paso las manos por el pelo y estiro las puntas en un intento por relajarme.

A veces ese gesto me reconforta. Hoy, nada parece acabar con los nervios que crecen en mi interior.

Como si supiera que lo necesitaba, Nat se levanta de la mesa para ir al baño.

Ha cogido la manía o rutina de hacerlo antes de que nos traigan el postre, y ahora mismo lo agradezco.

Incluso le aplaudiría por darme estos minutos extra de margen con los que no contaba.

Aprovecho la soledad para coger aire e intentar respirar.

Terminar teniendo un paro cardíaco no entra en mis planes de esta noche.

Solo tengo que relajarme. Nunca he tenido nada tan claro en mi vida como esto, así que no tengo de qué preocuparme.

Noto cierta seguridad al tocarme el bolsillo derecho y dar con lo que guardo ahí, a la espera del momento oportuno y las palabras adecuadas.

Cuando Natalia camina hacia mí, es como si todo a mi alrededor desapareciera y solo pudiera verla a ella.

Su pelo rubio se mueve con cada paso que da.

Me pierdo en sus piernas, que se ven espectaculares bajo ese vestido corto ajustado.

Ya me estoy imaginando desnudándola en cuanto lleguemos a casa.

No durará ni un segundo con la ropa puesta cuando crucemos el umbral de la puerta.

Esa simple imagen consigue revolucionar mi mente y me esfuerzo por no terminar empalmado.

Igual no es lo más romántico para un día como hoy ni lo más apropiado en mitad de un restaurante.

Donde termino de perderme de verdad es en su sonrisa y su mirada, que siguen cautivándome por muchos años que pasen.

Hay momentos en los que nos sigo visualizando en mi habitación de pequeños, cuando supe que la hermana de mi mejor amigo se había colado en mi corazón.

Aunque el recuerdo al que recurro con frecuencia es la escapada a la montaña con tiendas de campaña.

Las veinticuatro horas que nos dimos, donde fuimos nosotros sin pensar en las consecuencias de nuestros actos.

A veces me pregunto qué haría si volviera al pasado y tengo claro que no cambiaría nada.

Nuestra historia tuvo lugar cuando ambos estábamos preparados para enfrentarnos a nuestros sentimientos.

Todo lo que hicimos nos ha llevado a donde estamos, así que lo volvería a repetir, con los errores de por medio incluidos.

Natalia es la única mujer capaz de dejarme sin aliento con su propia presencia, la primera que llegó para revolucionar mi corazón, mi mente y mi vida. Ella es mi mundo y la persona con la que quiero compartir el resto de mi vida.

Al tenerla delante, sonriendo y con ese brillo especial en la mirada, alargo mis manos para coger las suyas. Entrelazo nuestros dedos y ordeno todos esos pensamientos que quieren salir libres. El miedo no existe si estoy con ella.

—Como bien sabes, siempre he sido de los que rompen las reglas.

Nuestra historia puede dar fe de ello. —Suelto una pequeña risa, nervioso.

Ella se limita a apretar mis manos con más fuerza, dándome ánimos para que continúe—.

Sin embargo, esta vez estoy dispuesto a ceñirme a ellas.

Hace ya unos cuantos años, te pedí un favor que cambió nuestras vidas por completo.

Hoy, vuelvo a pedirte otro. Y sí, te necesito a ti.

Y sí, también espero que aceptes como hiciste entonces.

Siento como si el corazón se detuviera. Se me ha secado la garganta y tengo un nudo extraño en el estómago, que me impide respirar con normalidad. Bebo un sorbo de la copa de vino que descansa delante de mi plato.

—Sabes que aceptaría cualquier cosa si es contigo.

—¿También ser mi esposa?

En una fracción de segundo las lágrimas se instalan en sus ojos.

Aun así, el primero que deja escapar una soy yo.

Saco del bolsillo la cajita que guardaba y se la tiendo abierta para que pueda ver lo que hay en el interior.

En ella descansa un anillo sencillo. Es fino y elegante.

Cuando lo vi, supe que era el ideal para ella, no necesité seguir buscando y lo compré, preso de un impulso.

Lo coge con las manos temblorosas y se lo lleva al dedo anular. Solo soy capaz de centrarme en ella y en su reacción. Ignoro por completo las mesas que hay a nuestro alrededor, que cuchichean y aplauden. No me importa lo más mínimo. Solo tengo ojos para ella y para su emoción.

—Nada me haría más ilusión, idiota.

Me levanto en cuanto la escucho. Ese insulto es sinónimo de amor entre nosotros y hasta me ilusiona que lo haya utilizado justo ahora. Acorto la distancia y acuno su cara entre mis manos antes de depositar un beso en sus labios. Es tierno, delicado y sencillo, pero está cargado de amor.

El pecho me va a explotar de lo mucho que la quiero y de lo que significa dar este paso. Creo que acabo de alcanzar la felicidad máxima. Aunque la idea de imaginarla vestida de blanco es tentadora y podría superar este momento. Seguro que llegado el día estoy más nervioso que hoy.

—¿En esta ocasión también vamos a poner unas normas? —comenta entre risas, sin dejar de mirar el anillo.

Sonrío por la referencia al trato que hicimos de fingir que éramos pareja y decido seguirle la corriente. Estoy en una nube y me limito a fluir.

—Por supuesto que sí. Tres, a cada cuál más importante.

—Te escucho.

Hago memoria de la conversación que mantuvimos tiempo atrás y sonrío por haber dado con la respuesta ideal.

—Empecemos por algo simple: es necesario que se entere el mundo entero de lo mucho que nos queremos.

—Contrarrestando así la que pusimos de que Matías no se podía enterar—.

Seguimos con algo imprescindible: besos a todas horas.

—Suelta una carcajada y quiero creer que ha recreado la escena de «nada de besos»—.

Y la norma más importante de todas: prohibido dejar de estar enamorados. ¿Algo que añadir?

—Es un trato justo. Estoy deseando continuar aplicándolo en mi vida hasta el resto de nuestros días. Te quiero, Lucas González.

—Te quiero, mocosa. Hoy, mañana y siempre.