EPÍLOGO
Seis meses después
Sabía que mi insistencia con Rels B cada mañana haría que a Carlota le terminara gustando.
Mi manía ha perdurado en nuestro nuevo piso, al igual que el contrato de convivencia —con ligeros cambios a petición suya—.
Oponerme no era una opción porque, en parte, eso mismo fue lo que nos unió.
Me parecía hasta bonito mantenerlo, ya he demostrado que soy un cursi enamorado.
Antes de que Tina volviera de Australia, nos enfrentamos a la gran pregunta de qué hacer cuando llegara.
Barajamos muchas opciones, pero la más sensata para ambos fue mirar un nuevo piso de alquiler.
Ahora que sabíamos lo que era la convivencia y el hecho de que nuestra relación hubiera empezado así, hacía que no nos imagináramos retrocediendo.
Para nosotros separarnos era como tirar hacia atrás cuando lo único que queríamos era avanzar en la misma dirección.
Funcionamos bien juntos compartiendo piso, así que no había necesidad de cambiarlo.
Además, hacer frente a un alquiler yo solo en Barcelona continuaba siendo inviable y no podía irme muy lejos porque se había confirmado que mi contrato en ProSet BCN se alargaba de manera indefinida.
Al parecer, por fin, tenía un lugar fijo en el que quedarme.
Carlota había ido de sustitución en sustitución hasta finalizar el curso y todo apuntaba a que en septiembre volvería a estar igual, con idas y venidas por los colegios de Barcelona.
Volviendo a la música de Rels B —el tema realmente importante de hoy—, imaginaros si Carlota sucumbió a los encantos de Daniel Heredia que terminó regalándome por Navidad entradas para ir a verlo juntos en junio.
Cuando haces planes de futuro con alguien es porque quieres permanecer en su vida.
Una idea que me entusiasmó porque justo hacía un par de semanas que habíamos admitido que nos gustábamos.
Esas entradas fueron una confirmación que no necesitaba, pero que me ablandó todavía más el corazón.
Me demostró con hechos lo mismo que me decía: deseaba un futuro a mi lado.
Podéis imaginaros mi reacción al ver esas entradas bajo el árbol de Navidad que montamos juntos en el piso.
Solo hubo una manera de celebrar la noticia: un concierto improvisado a todo pulmón en el salón.
Probablemente los vecinos en aquel momento nos maldijeron en todos los idiomas posibles.
Aunque no me importó lo más mínimo, me sirvió para comprobar que se sabía la letra de muchas canciones, cosa que me dejó con la boca abierta e hizo que fuera todavía más feliz.
Después de tanta espera, por fin ha llegado el día.
Vamos a ver a Rels B en directo en el Estadio Metropolitano de Madrid.
No es la primera vez que vamos juntos a la capital, terminamos cumpliendo el pacto que hice con Óscar, el novio de Clara, de volver a vernos en su ciudad.
Además, dimos un paso más serio al conocer a nuestros padres e intentamos visitar a su madre con más frecuencia.
Primero fue Carlota la que vino a Calafell y luego fue su madre la que apareció por sorpresa una mañana en el piso; algo que descolocó a Carlota, que ama tenerlo todo bajo control, pero que a mí me alegró el día.
Las visitas inesperadas suelen ser las mejores.
Estrecho a mi pelirroja entre mis brazos e inhalo su aroma.
Me gano una de sus radiantes sonrisas que hacen que me pierda en ella y, posteriormente, en su mirada.
Estamos en pista y es cuestión de minutos que el concierto empiece.
Un cosquilleo empieza a nacer en mis pies y se instala en mi cuerpo.
Son los nervios previos a escuchar a mi cantante favorito en directo.
Llevamos camisetas a juego que ella misma se encargó de diseñar para la ocasión y yo, además, una gorra negra en la que se lee «Flakko», siendo la última letra una carita sonriente.
Que se note que soy un verdadero fan. He ido siguiendo los conciertos que ha hecho este año para saber las canciones que cantará.
Estoy dando saltos de alegría por el repertorio.
Su último disco me encanta, pero además meterá las más míticas.
—No me puedo creer que estemos a punto de verlo en directo —comento en su oído—. Eres consciente de que mañana estaré sin voz, ¿verdad?
Se ríe y asiente.
—Es lo mínimo que espero. Si ya casi te quedas afónico cada mañana en el baño.
—Esos conciertos matutinos han hecho que estemos aquí, juntos —apunto, muy orgulloso de mí mismo y de mi insistencia.
—Te aseguro que tu voz no fue lo que me conquistó.
—¿Y qué fue?
—Todo lo demás. Mira que te gusta que te regale el oído.
No me escondo. Me encanta escucharla decir todo lo que le gusta de mí.
—Gracias por esto. Va a ser una noche inolvidable.
—No puedes decir eso más de una vez al mes —se queja—. Voy a tener que ponerte límites con esa frase.
Suelto una sonora carcajada que queda amortiguada por el sonido que hay a nuestro alrededor. El estadio está lleno, es lo que tiene haber hecho sold out. No se merece menos.
—Es tu culpa, tú haces que los días a tu lado lo sean.
—No debería gustarme que seas tan pasteloso.
—Pero te encanta —digo con seguridad.
—Es mi debilidad.
Nos fundimos en un beso que se ve interrumpido por la voz de Rels B. En una gran pantalla aparece un vídeo con voz en off de fondo. Ese cosquilleo incrementa y me preparo para disfrutar de uno de los mejores conciertos de mi vida junto a la chica que me ha robado el corazón.
Bailamos, cantamos a todo pulmón, nos emocionamos, reímos, nos besamos y todo eso con las canciones de Rels B de fondo.
Empiezan a dolerme la garganta y los pies.
Estoy hasta sudando de lo mucho que me estoy implicando.
Nadie puede decir que no lo estoy dando todo.
Justo entonces llega esa canción. Una que hemos convertido en nuestra y en parte de nuestra declaración de amor.
En cuanto suenan los primeros acordes, intercambiamos una mirada.
Ambos somos muy conscientes de que ha llegado un momento único.
Mis manos van a parar a su cintura y las suyas rodean mi nuca.
Nos miramos fijamente a los ojos y es ella la que empieza a cantar.
—Te regalo mis ojos si un día no puedes ver más allá del sol. Te regalo mi tiempo y sé que de todas no hay mayor inversión. Tú llegaste a mi vida y sacaste dentro de mí mi mejor versión. No tengo miedo de decir al mundo que te quiero.
—Todo lo que vi romperse ella con un soplo vuelve a arreglar.
—Tú llegaste a mi vida y yo que ya no brillaba he vuelto a brillar.
—Solo cuando se acabe el mundo es que nuestra historia tendrá un final. No tengo miedo de decir al mundo que te quiero —cantamos al unísono.
—Mi niña, te adoro se pasa el tiempo cuando me mira. Prométeme que nunca te irás de mi vida. Si me pide la estrella te vuelco el cielo. Ya no tengo miedo…
Seguimos cantando hasta que termina. Con los ojos cargados de lágrimas nos besamos.
Esta canción que tiene junto a Abecia se ha convertido en mi preferida.
Carlota empezó a dejarme frases por las mañanas en post-it y lo hizo por primera vez con un verso de esta canción: «tú llegaste a mi vida y yo, que ya no brillaba, he vuelto a brillar».
Desde entonces intercambiamos notas y todas ellas son trozos de canciones.
Una costumbre que me alegra la mañana, el día y la vida.