CAPÍTULO 31
He tenido tiempo suficiente para ordenar mis ideas y admitir lo que, muy en el fondo, ya sabía: me gusta Alex.
He aceptado esos sentimientos que he empezado a tener y estoy lista para lo que venga.
O al menos eso es lo que me repito un par de veces antes de suspirar y abrir la puerta de casa.
Sé que me voy a encontrar con él en cuanto ponga un pie dentro, él mismo me ha avisado hace horas de que está aquí.
Saberlo hace que los nervios revoloteen en mi estómago, como si fueran mariposas danzando libres por ahí.
El olor a jabón de flores inunda mis fosas nasales, sonrío por haberlo detectado y por ser incapaz de quitarme su imagen de la cabeza —sí, lo he visualizado en la ducha y ya empiezo a notar el calor en mis mejillas.
Escuchar el sonido de unos pasos acercándose a mí solo consigue ponerme más nerviosa y colorada por el inminente reencuentro.
Me quedo petrificada en el recibidor cuando él aparece en mi campo de visión.
Parece como si todo a mi alrededor fuera a cámara lenta y el tiempo se detuviera.
Sus ojos marrones conectan con los míos e intercambian una conversación silenciosa.
Hay qué ver lo mucho que puede transmitir una simple mirada.
No tardamos en seguir el recorrido y devorarnos. Sonrío al darme cuenta de un detalle.
—Te has puesto un pijama —apunto señalando sus pantalones de algodón a cuadros. Son de un color similar a los míos, ¿será casualidad o ha sido premeditado? Puestos a imaginar, me quedo con lo segundo.
—Pero sin perder mi esencia de llevar camiseta de manga corta —añade, por si he pasado ese dato por alto.
No hacía falta que lo dijera porque mis ojos no han podido apartarse de sus músculos y de los tatuajes.
Volver a recorrerlos con las yemas de mis dedos es una idea que no desaparece desde que lo hice la noche que dormimos juntos—.
¿Sabes? No te mentí al decirte que siempre utilizo algún pantalón de chándal para dormir, en invierno es largo y en verano corto, pero he estado pensando que utilizar pijama era algo más íntimo y me apetecía hacerlo contigo.
Además, al ver este estampado en una tienda de Roma, lo tuve claro; tenía que ser mío.
Sus palabras, como de costumbre, calan hondo en mi interior. Ni se inmuta al confesarme esas cosas cuando a mí me tambalean por dentro. ¿Cómo no iba a caer rendida a sus pies si es así? No me ha dejado otra opción. Él mismo se ha encargado de ganarse parte de mi corazón con su manera de ser.
—Según tú, era un estampado bastante soso —le recuerdo. Hemos tenido más de una conversación sobre mis pijamas.
—Pero ya me he acostumbrado y me encanta porque lo relaciono contigo.
Debería estar prohibido sonreír de ese modo y que me provoque tanto.
—Tu capacidad para acelerar mi corazón es digna de estudio —digo sin apenas pensármelo.
Consigo que suelte una pequeña carcajada y, al momento, me uno a su risa.
—Es lo que te mereces por provocar lo mismo en mí. —Hace una pequeña pausa y da un paso en mi dirección, acortando un poco la distancia que nos separa—. ¿Piensas besarme ya o tenemos que alargar mucho más esta conversación?
Mi corazón se salta un latido. Suelto una risa nerviosa por su culpa, por ser tan directo.
—Si es lo que quieres que ocurra, hazlo —le reto, con la cabeza bien alta.
Me muerdo el labio inferior y empiezo a saborear el beso. Las ganas de juntar nuestras bocas aumentan a cada segundo que pasa.
—Estoy esperando que seas tú quien dé el paso.
La atracción, las ganas y el deseo hacen que rompa un poco más con la distancia. Su hoyuelo vuelve a hacer acto de presencia.
—Entonces igual no ocurre nunca.
—No me tientes, pelirroja. Ni intentes mentirme, ambos sabemos qué quieres.
—¿Por qué estás tan seguro? —Enarco una ceja al preguntárselo.
—Porque tu mirada hace rato que está posada en mis labios y porque quiero creer que has aclarado tus ideas y quieres esto tanto como lo deseo yo.
Mi pulso se acelera todavía más, algo que creía imposible. A este paso voy a tener un paro cardíaco.
—Puede que tengas un poco de razón —admito pasados unos segundos.
—Entonces, ¿a qué esperas?
Sus manos ya están ancladas en mi cintura, quemándome justo en el punto que hace más presión, y noto su respiración en mi boca.
La distancia ha ido desapareciendo sin que nos demos cuenta.
Mis manos han buscado su pecho de manera automática.
Estar así, tan juntos, es demasiado natural y sencillo.
Por eso mismo, no me lo pienso más y termino dejándome llevar por lo que siento.
Por primera vez tomo la iniciativa con él.
No he podido dejar de pensar en este momento desde que me subí al tren hace unas horas.
Entrelazo nuestras lenguas y disfruto de que se muevan al compás.
Parece que hemos nacido para esto y que nuestros cuerpos se conocen a la perfección.
Sus manos se mueven libres, al igual que las mías que se cuelan debajo de su camiseta.
El gruñido que emite como respuesta hace que acelere el beso.
Pierdo la noción del tiempo. Lo cierto es que me pasaría el resto de mi vida en esta posición, pero terminamos separándonos, muy a mi pesar.
El beso ha conseguido terminar de dejarme sin respiración.
Me fijo en sus labios, un poco hinchados por la pasión con la que nos hemos devorado.
Sonrío, inocente, y me aseguro de grabar esta imagen a fuego en mi memoria.
—Ahora cuéntame qué te ha llevado a Madrid.
Alex rodea mis hombros con uno de sus brazos y hace que avancemos así hasta el comedor.
—Tú —digo sin rodeos.
Me mira alzando una ceja, sonríe y su mirada me transmite cierta sorpresa.
—Ya sabía yo que las ideas que tenías que aclarar tenían que ver conmigo.
—Me da un toque en la nariz con su dedo índice, consiguiendo que muera de amor por ese gesto—.
Al final no vamos a ser tan diferentes tú y yo, pelirroja.
Tenemos nuestras manías y peculiaridades.
Y ambos hemos utilizado este tiempo para aclarar nuestros sentimientos. ¿Me equivoco?
Frunzo el ceño, ahora la sorprendida soy yo. ¿En qué momento ha llegado a esa conclusión? Y espera, ha dicho que él también ha hecho lo mismo, ¿verdad? No me lo he imaginado.
—Aciertas y no sé cómo debería interpretar eso —digo, todavía descolocada.
—Como que te conozco lo suficiente y soy capaz de leer entre líneas. —Me quedo con la boca abierta—. Sé que te lo estás preguntando, así que voy a saciar tu curiosidad diciéndote que estos días también me han servido para terminar de ponerle nombre a lo que empiezo a sentir por ti.
Los ojos se me van a salir de las órbitas, al igual que el corazón del pecho. Mi yo interior empieza a dar saltos de alegría por lo que significa esta última frase. Madre mía, esto está pasando de verdad. Vamos a mantener esa conversación. Y la vamos a tener justo ahora.
Estoy preparada. Mi cuaderno da fe de ello. Tengo todo muy claro, así que solo debo decirlo en voz alta, soltarlo. He hallado cierta seguridad en sus palabras —en saber que puede ser posible que él sienta lo mismo por mí— por eso me atrevo a pronunciar lo siguiente.
—Quiero que me entiendas un poco más, Alex.
—Necesito que lo haga antes de sincerarnos por completo.
Él asiente y posa su mano en mi muslo, animándome a continuar—.
La noche que nos conocimos más a fondo gracias a tu idea de las preguntas, no las contesté todas porque no estaba preparada.
Hoy, en cambio, lo estoy. Supongo que el vínculo que hemos creado junto a la conexión que existe han hecho que quiera mostrarme tal y como soy contigo.
Me daba miedo no saber querer, obsesionarme en vez de amar por mi pasado.
Me fui de Madrid con el corazón roto y con la esperanza de sanar.
No solo un chico había sido el responsable de que terminara rompiéndome, sino que yo misma me encargué de hacerlo.
Las palabras viajan libres, estaban deseosas por salir después de llevar tanto tiempo prisioneras. Pronunciarlo en voz alta es liberador. Y aunque no ha sido fácil, sí que ha sido reconfortante. El brillo en su mirada me transmite todo lo que necesito.
Es justo en este instante cuando le explico toda mi historia, al menos lo relevante y referente a mí.
A medida que voy hablando, sé que termina de encajar las piezas que tenía a medias en su mente.
Todavía había algunas incógnitas ahí y era necesario que las conociera.
No hace preguntas, se limita a escuchar mi monólogo y lo agradezco.
—Pese a todos esos miedos e inseguridades, conseguiste colarte en mi vida sin que pudiera evitarlo —continúo mi discurso.
Sin embargo, ahora lo hago mucho más emocionada porque estoy hablando de nosotros—.
Y créeme, lo he intentado. Pero he llegado a la conclusión de que es imposible luchar contra el amor —pronuncio en un hilo de voz.
He intentado apartar la mirada, pero él ha colocado su mano en mi barbilla, impidiendo que lo hiciera—.
Puede que esta palabra te asuste o que creas que es demasiado para el tiempo que hace que nos conocemos, pero…
—Pero es la palabra que nos define —interrumpe—, la palabra que engloba lo que siento por ti.
Mis miedos han intentado aparecer, sin embargo, él se ha encargado de echarlos con una simple frase. Sé que aparecerán de vez en cuando, pero también sé que puedo con ellos. Además, sé que no es una batalla que deba librar sola.
—¿Sería muy descabellado decir que me gustas? —pregunto, armándome de valor.
Las palabras estaban arañándome la garganta.
—No tanto como que yo te dijera que creo que empiezo a quererte.
—Se me humedecen los ojos después de escucharlo hablar con tanta seguridad.
Me quedo petrificada, con el corazón acelerado y sin saber qué decir.
Nos acabamos de confesar, a nuestra manera, el amor que sentimos por el otro—.
Vamos a fluir, pelirroja. A ser tú y yo, un nosotros.
Sin importar nada más que el presente y disfrutando el uno del otro. ¿Qué me dices?
Sonrío como nunca antes lo había hecho.
—Que un futuro a tu lado también suena tentador —respondo.
—¿Esto deberíamos incluirlo en el contrato de convivencia?
En vez de mandarlo callar, lo hago con un beso. Acabamos de sellar nuestros sentimientos.