CAPÍTULO 29 #2
—Nuestra relación de primas está en peligro —anuncia contundente.
Se me desencaja la mandíbula, estoy a punto de intervenir, pero ella continúa—.
Primer y único aviso, rarita. Te he llamado para que veas la cara de pringada que se me ha quedado al hablar con Alex.
—Creo que palidezco justo en este instante.
Lo sabe—. Antes de que le eches las culpas al pobre, él no ha tenido nada que ver y se ha limitado a decirme que te llamara a ti para más información.
¿Qué información necesito saber? Porque entre los dos vais a acabar conmigo.
—¿Todavía no sabe nada? —pregunta Clara, en un intento de susurrar, pero que termina siendo casi una exclamación.
Mi mirada va a parar a ella, como advertencia para que se calle justo ahora que está a tiempo y no estropee más la situación.
—Clara, será mejor que no intervengas —añado, por si esa simple mirada no ha sido suficiente. Ya hacía el ademán de continuar hablando.
Mierda. ¿Cómo voy a salir de esta?
Sabía que tendría que enfrentarme a Martina, pero esperaba que fuera en otras circunstancias.
Vamos, que quería elegir yo el momento y el cómo hacerlo.
Respiro y cuento hasta diez para enfrentarme a esta situación.
Yo puedo. Solo he omitido cierta información porque no tenía claras mis ideas.
Haberlo hablado con mi prima hubiera hecho que pusiera el grito en el cielo.
—Ni se te ocurra hacerla callar, Carlota —contraataca tajante—.
Al parecer Clara sabe algo que yo no sé.
Me alegra que vuestra amistad haya resurgido de las cenizas, ya era hora de que dieras el paso, pero empiezo a ponerme nerviosa.
¿Qué digo? Histérica. Alex me ha dejado con la mosca detrás de la oreja.
Tengo muchas preguntas y pocas respuestas.
Como comprenderás, necesito aclararlo todo ahora mismo.
Me muerdo el interior de las mejillas para no sonreír al verla entrar en pánico. Martina es la más dramática e intensa de este planeta.
—Vamos a ir por partes, prima. Como bien te estás imaginando, hay novedades en cuanto a mi relación con Alex.
Su boca dibuja una gran «o».
—Necesito ver su reacción —suplica Clara.
Antes de que pueda procesar lo que está ocurriendo, se levanta de la silla y la mueve para ponerse justo a mi lado.
Así no se pierde detalle alguno de nuestra conversación.
Los gestos a veces dicen más que las palabras.
Saluda sonriente a mi prima y ella le devuelve el gesto, todavía con el rostro desencajado.
—Lo había mantenido en secreto porque la situación era difícil de asimilar hasta para mí —admito. Sigue costándome eso de exteriorizar lo que siento—. En parte no quería gafarlo ni hacerlo demasiado real si te lo contaba. Sé que de poco sirven todas esas excusas, pero quiero que me entiendas.
—¿Crees que no lo hago? Tus miedos te han llevado a hacer justo eso.
Las puertas al amor estaban cerradas por tu experiencia y por lo mucho que te aterraba no ser capaz de querer.
Esta conversación la hemos tenido infinidad de veces.
—Asiento, dándole la razón. Al principio eran monólogos en los que ella hablaba y yo me limitaba a escuchar, pero con el tiempo fui abriéndome con ella—.
Ahora quiero saber en qué punto estáis, qué ha pasado entre vosotros para que mi amigo lleve impregnada en el rostro una sonrisa de enamorado al hablar de ti.
Sí, es muy similar a la que estoy viendo ahora mismo en tus labios.
Me sonrojo sin poder evitarlo. ¿Tan evidente es?
—¿Qué no ha pasado, prima? —suspiro y empiezo a contar toda la historia.
No me olvido de ningún detalle. Además, cuento con Clara, que va haciendo sus aportaciones cuando la historia lo requiere.
En especial en los momentos de los besos.
Ambas aplauden y chillan como dos adolescentes.
Lo que hace que la gente de nuestro alrededor repare en nosotras y yo quiera desaparecer, acaparar miradas, no me apasiona.
También se encarga de transmitir sus impresiones y Martina se muere de la envidia al saber que hemos estado todos juntos en Barcelona.
Me bombardea a preguntas, no esperaba menos de ella.
Las voy respondiendo todas con soltura mientras me emociono.
Descubro que no me cuesta transmitir lo que estoy viviendo con Alex, al contrario de lo que imaginaba, es sencillo hablar de él y de todo lo que siento.
Es una de las cosas que me ha dicho el psicólogo; que con el tiempo y a medida que dices en voz alta todo, es más sencillo incorporarlo como rutina y llevarlo a cabo.
—¿Y se puede saber qué haces ahora en Madrid?
—pregunta cuando llegamos al presente—. Deberías estar entre sus sábanas.
Bueno, mejor dicho: él debería estar entre las tuyas.
No olvidemos que su habitación es mi habitación y…
¡Espera! No habréis tenido el valor de follar en mi cama, ¿verdad?
Cómo yo me entere de que… —deja la frase a medias.
Arruga la nariz y la frente en una mueca extraña.
Parece incapaz de continuar esa amenaza.
Dos pares de ojos me miran con las bocas bien abiertas. Mi única respuesta es una carcajada. Lo que consigue que ahoguen un grito de sorpresa. Lo de dar la nota forma parte de ellas y yo quiero asesinarlas por ser tan escandalosas. No necesitamos que los otros clientes descubran mi vida privada.
—¿De verdad quieres conocer la respuesta a esa pregunta?
—Mírala ella; descarada, rebelde y traviesa. Me encanta —comenta Clara. Me río todavía más después de su comentario.
—Prefiero vivir en la ignorancia —sentencia mi prima—. Pero responde a la primera pregunta. Se supone que ahora el amor está en su máximo esplendor y todas esas cosas. No entiendo nada.
—Intento aclararme —explico—. Alex se ha ido a Roma con los chicos para un torneo, al parecer bastante importante. Necesitaba tomar distancia de todo para saber qué es lo que siento por él. El piso recreaba un nosotros y era demasiado difícil concentrarse con esos recuerdos tan presentes.
—Ha intentado huir, pero ya ha aprendido la lección —añade Clara con un suspiro—. No puede hacerlo y mucho menos de algo tan bonito como esto.
—Ahora tienes confianza, seguridad en ti misma y la capacidad necesaria para afrontar esos sentimientos y ponerles nombre —comenta Martina muy convencida—. Sé que te asusta abrir tu corazón, pero también sé que merece la pena; y en el fondo, tú también eres muy consciente.
—¿Queréis que me ponga a llorar aquí mismo? Porque es lo que vais a conseguir si seguís así —me quejo, aunque no dejo de sonreír.
Las miro a ambas y me siento muy afortunada de tenerlas en mi vida.
—Quiero que sepas que te quiero y que estoy muy orgullosa de ti. Durante un tiempo has sido tu peor enemiga, pero ahora te has abrazado y querido como te mereces. Ese era el primer paso para poder volver a querer; quererte a ti misma.
—Al final voy a llorar hasta yo —dice Clara, rodeándome con sus brazos.
—Ni se os ocurra, dramáticas —nos regaña—. Como eso pase, terminaré llorando y no tengo a nadie que me consuele aquí. No es justo.
Enarco una ceja, poniendo en duda lo que acaba de decir. Ella se encoge de hombros, manteniéndose fiel a su postura.
—Discrepo —es Clara la que interviene por las dos—, Carlota me ha contado algo sobre cierto australiano que…
—Oliver, ¿en qué idioma te tengo que decir que no puedes entrar en mi habitación sin llamar a la puerta?
El repentino giro de mi prima junto al cambio de idioma ha hecho que mi amiga tenga que dejar la frase a medias.
Intercambiamos una rápida mirada y nos entendemos a la perfección.
Ambas nos acercamos un poco más a la pantalla del móvil para no perdernos detalle alguno de lo que está pasando allí.
Pero la muy lista, a la que ha tenido oportunidad, se ha levantado saliendo del encuadre.
Se escucha una risa masculina de fondo y nosotras gritamos en silencio.
—Estás en buenas manos, prima —alzo un poco más la voz para que pueda escucharme desde donde esté—. No tienes de qué quejarte.
Vuelve a aparecer en la pantalla para lanzarnos una mirada asesina junto a un beso rápido. Sí, lo sé, muy contradictorio.
—Os quierodio.
—¡Oye! Eso es mío.
No debe de haber escuchado mi comentario porque ha colgado. Maldigo entre dientes su impulsividad.
—Martina también está entretenida en Australia —afirma Clara entre risas.
Parece que este tiempo separadas ha servido para que el amor llame a nuestras puertas —aunque ella está en la fase de negación todavía—. Lo más gracioso de todo es que lo ha hecho de manera literal porque en ambos casos compartimos piso y estamos a una puerta de distancia.