CAPÍTULO 29
Al salir del psicólogo, voy directa a la cafetería que nos ha acompañado a Clara y a mí durante gran parte de nuestra vida.
Mi visita fugaz e inesperada ha descolocado a todo el mundo, pero se las han apañado para sacar tiempo para mí.
Si es que tengo que quererlos. Vi a mi amiga la semana pasada y en mis planes no estaba volver a vernos tan pronto, pero a veces la vida te sorprende y hace que te dejes llevar por impulsos.
Yo soy bastante partidaria de esto último, aún con el miedo que supone, mi instinto habla por sí solo.
Podríamos haber quedado en la pastelería de Óscar, yo misma se lo propuse a Clara cuando la llamé por teléfono para informarle de que estaba aquí, pero los domingos por la tarde está cerrada.
Al parecer es la única franja horaria en toda la semana que no abre sus puertas.
Una lástima, ya estaba saboreando el donut de azúcar.
Óscar nos dijo que era el producto que más se vendía y ya se me estaba haciendo la boca agua al imaginármelo.
Si tiene tanto éxito, debe ser por algo.
Tendrá que ser en mi próxima visita a la capital.
He decidido venir más. Ahora no solo está mi madre, sino Clara —sí, lo sé, siempre ha estado, pero ya me entendéis: nuestra relación vuelve a ser más estrecha y todas esas cosas—.
Además, el encontronazo del otro día con Lucas y Natalia me hizo ver que estoy preparada mentalmente para enfrentarme a todo.
En Madrid ya no hay demonios de mi pasado, en este viaje me he dado cuenta de ello.
Lo cierto es que esos miedos estaban en mi interior porque yo los alimentaba.
Al hacerles frente, me he dado cuenta de que en realidad eran insignificantes, solo que creía que eran un abismo del que era incapaz de librarme.
Me equivocaba. Yo misma he sido mi peor enemiga. Ahora me doy cuenta.
Mis pies caminan por inercia al entrar en la cafetería.
Nuestra mesa siempre ha sido la más alejada de la barra, la que está situada junto a la gran cristalera con vistas a la carretera.
He pensado que Clara ha seguido con la tradición y, al ver su cabellera rubia suelta, sonrío por no haberme equivocado y por conocerla tanto.
Está de espaldas a mí, solo a ella se le ocurriría esperar a alguien sin mirar hacia la puerta.
Vuelve a llevar un cárdigan amarillo, pero esta vez junto a unos pantalones de leopardo.
Solo mi amiga tendría el valor de hacer esa combinación tan arriesgada.
La simpleza en mi forma de vestir contrasta con sus combinaciones estrambóticas.
A veces nos han dicho que somos como la noche y el día, en todos los sentidos.
Para nosotras siempre ha sido un cumplido y les salíamos con la frase de «los polos opuestos se atraen». Me río al recordar esos momentos.
—A lo bueno siempre le hacen esperar —canturrea Clara cuando me planto delante de ella.
Nos fundimos en un abrazo y nos damos dos besos sin poder evitar reír por su comentario.
Nunca hemos sido de saludarnos con un hola o la típica frase de «¿cómo estás?
», somos de ir directas al grano y eso es algo que he aplicado con todo el mundo.
Me gusta que sea así, que no sean comentarios que no aportan nada.
—Creo que la frase no es así.
—Una siempre lo adapta todo como más le conviene.
—Como tiene que ser, ¿no?
Ella asiente, orgullosa.
—Me voy a acostumbrar a vernos a menudo y eso no nos conviene.
—Limítate a disfrutar de mi compañía y aprovecha que vienen las vacaciones de Navidad.
Este año las pasaré todas en Madrid menos Fin de Año.
Como Martina no estará, lo hemos reorganizado todo.
En lugar de que venga a Barcelona, seré yo quien venga aquí, aunque mi madre se niega a no pasar al menos uno de los días señalados con su hermana.
Al pensar en las vacaciones, una idea se cuela en mi mente.
Bueno, más bien una persona: Alex. Sé que sería muy precipitado invitarle porque eso implicaría tener que conocer a mi madre, pero al mismo tiempo esa idea me produce unas cosquillas agradables en el estómago.
¿Se puede saber qué significa esto? De todas formas, seguro que tiene planes con sus padres.
Todavía no hemos hablado al respecto de ello, pero es lo más normal estar ocupado con la familia.
Aunque podríamos cuadrar las agendas y pasar alguna noche juntos, solos en el piso, por ejemplo. Solo con pensar en ello me emociono.
—Me gusta cómo suena eso —admite sonriente—.
Tienes suerte de que no me mueva de Madrid para esas fechas.
Nuestras familias están aquí y nos turnaremos los días importantes entre mi casa y la suya.
Van a ser las primeras Navidades que pasamos juntos, bueno, al menos de esta manera, sin separarnos ningún día de los importantes.
—Todo esto ya son palabras mayores, amiga.
Cuando vuestras Navidades se entrelazan, la cosa es seria.
—¿Crees que no lo sé? —Sonríe y chilla en silencio mientras mueve las manos con energía—. Me encanta. Óscar me tiene completamente enamorada.
Si fuera un dibujo animado, le empezarían a salir corazones de los ojos y de todas partes. Verla tan feliz hace que me entusiasme con ella.
—Y tú a él, se le cae la baba. Yo misma he podido comprobarlo.
En la cena pude ver el amor que había entre ellos.
Esas cosas se perciben. Cuando estás delante de una pareja y observas, puedes recabar mucha información sin que se den cuenta.
Yo lo hice, solo para asegurarme de que Clara estaba en buenas manos —modo amiga preocupada activado—.
Y me atrevería a decir que está en las mejores.
Entre lo que observé y lo que me ha contado ella, he llegado a esa conclusión.
Si alguien se merece haber encontrado el amor, esa es mi amiga.
Aunque no me olvido de mi prima, la más romántica, también se merece tener su propia historia.
—¿Te digo qué he podido comprobar yo? —Sonríe mientras enarca una ceja y se inclina ligeramente hacia delante en la mesa.
—Sorpréndeme, aunque me hago una ligera idea —confieso al ver su mirada.
—Pues claro, ya te lo dije a través de mensajes, pero ahora que te tengo delante no puedo desaprovechar la oportunidad para repetirlo.
Sois pura llama deseando prenderse por completo.
¿La química entre Alex y tú? De otro planeta.
La confianza, la naturalidad y la comodidad que había entre vosotros me hizo gritar en silencio.
Sé que todavía es muy pronto para hacer afirmaciones y declararos amor eterno, pero mi sexto sentido me dice que entre vosotros van a pasar muchas cosas.
Cuando quieras darte cuenta, empezarás una relación e igual no necesitáis ni tener esa conversación.
A ver, mejor que la tengáis, pero ya entiendes lo que quiero decir.
La ilusión con la que ha pronunciado cada frase ha sido más que evidente, al igual que mi sonrisa de idiota al escucharla.
Ya me había dado un discurso similar, me envió un audio de varios minutos esa misma noche en la que nos vimos los cuatro para detallarme sus impresiones, algo digno de una amiga de verdad.
Saboreo sus palabras con un nudo en el estómago, en el fondo me encantaría que fuera real todo lo que ha dicho.
Sé que por mi parte sí y quiero creer, por lo que me ha dejado entrever Alex, que también, pero no tengo la seguridad de que sea así, solo son mis impresiones.
—Todo es muy sencillo con él —admito con una pequeña sonrisa—. Creo que esa frase definiría a la perfección nuestra relación. Me sale natural, no tengo que forzar nada, al contrario; a veces he tenido que reprimirme para que no sea muy evidente.
Un deseo sin precedentes se despertó al empezar a convivir con él y conocerlo más.
Al principio fue pura atracción física, pero con el paso de los días empezaron a surgir sentimientos.
Me repito que el tiempo no puede dictar cuándo es el momento de empezar a sentir por alguien.
A veces es más rápido, otras mucho más lento.
En mi caso ha bastado con poco más de un mes desde el primer encuentro que tuvimos, que duró unos pocos minutos.
En estos días he tenido suficiente para ilusionarme por una persona y dejar entreabierta la puerta al amor, una que desde hacía meses permanecía cerrada bajo llave.
—Viniste a Madrid con una misión muy clara después de todo lo que ha ocurrido entre vosotros. —Asiento, no lo podría haber resumido mejor—. Pero has conseguido escucharte y aceptar lo que sientes por él, algo que es maravilloso.
—Parece que le estoy venciendo la batalla al miedo —digo en un hilo de voz.
Antes de que pueda pronunciar nada, el sonido de mi móvil nos interrumpe.
Descansaba encima de la mesa, así que al segundo veo que se trata de Martina, me está haciendo una videollamada.
Ni siquiera me paro a pensar en la hora que debe de ser allí, me limito a aceptar con nervios por si le ha ocurrido algo.
Ponerme en lo peor forma parte de mí. Hace tiempo que no hablamos a través de llamadas.
En mi defensa diré que enfrentarme a ella por teléfono hubiera terminado en una confesión sobre lo que estaba ocurriendo entre nosotros y no quería hacerlo hasta que mis ideas estuvieran ordenadas, como ahora.
Esbozo la mejor de mis sonrisas al descolgar.
Sin embargo, me encuentro con el ceño fruncido de mi prima que me descoloca.
Está de brazos cruzados y me fulmina con la mirada.
Si tuviera el poder de matar con un simple vistazo, ahora mismo estaría bajo tierra.
No sé cuántos segundos permanecemos en silencio, estudiándonos la una a la otra.
Pero finalmente es ella la que chasquea la lengua y empieza a hablar. Menos mal.