Jugamos a querernos (Jugamos 3) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Una cosa son un par de besos y otra muy diferente haber traspasado todas las líneas, incluso la de haber dormido en la misma cama después de intercambiar orgasmos. Eso es un nivel superior de complicidad que no se tiene con cualquiera, pero que, al parecer, existe entre nosotros.

No necesitamos mucho para dejarnos llevar, el deseo palpitaba entre nosotros desde hacía días y simplemente fluimos.

No me arrepiento lo más mínimo de haberlo hecho, aunque sí que me lleva a plantearme el motivo y el punto en el que está nuestra relación.

Confieso que agradezco haberme despedido de él hace —con este— tres días, y tener la certeza de que no volveré a verlo hasta el lunes, que es cuando vuelve de Roma.

Con distancia de por medio entre ambos será mucho más sencillo que pueda aclarar mis ideas.

O al menos eso es lo que me he repetido desde que se fue, pero es algo que todavía no he conseguido hacer del todo porque la cabeza me va a mil por hora con pensamientos muy diferentes y contradictorios.

Está claro que necesito aclararme cuanto antes porque estoy muy perdida y descolocada en cuanto a nosotros —si es que solo con decir «nosotros» mi corazón da un vuelco—.

Con la tontería el tiempo va pasando y las dudas no desaparecen, al contrario.

Alex me ha despertado en todos los sentidos y no sé cómo afrontar esto.

Desahogarme en mi cuaderno no es suficiente, por más entradas que haga hablando de él, las dudas y ciertas inseguridades siguen ahí.

He llegado a la conclusión de que estar en el piso donde ha ocurrido todo no me facilita las cosas.

Mire donde mire los recuerdos y su imagen aparecen.

Incluso he ido encontrando cosas suyas desperdigadas por casa y alguna que otra nota —demasiado bonita como para pasar el detalle por alto— en post-it y escritas de su puño y letra.

¿Puede ser más maravilloso? No, de ahí que todo se complique tanto.

Estar aquí, con su recuerdo tan presente, es lo que hace que no pueda mirar con perspectiva la situación.

Por eso, he decidido —en una de esas ideas locas y descabelladas que solo puedo tener yo—, irme a Madrid hoy mismo para alejarme por completo de Alex y de este piso que ya es un poco de ambos.

Tengo la excusa perfecta gracias al puente de la Constitución de diciembre.

Visitaré a mi madre y volveré a ver a Clara, con un poco de suerte hablar con ellas y con mi psicólogo hará que coja las riendas de mi vida.

Siento que, de alguna manera, volví a perderlas desde que conocí a Alex.

Supongo que se debe a que él me ha descolocado por completo, algo que no entraba en mis planes.

«Esto sí que es poner distancia de verdad» pienso cuando estoy sentada en mi asiento del AVE dirección Madrid. Quién me iba a decir que volvería a la capital justo para aclararme. Es hasta gracioso de pensar.

Después de la charla con mi madre —que se ha alargado más de una hora porque hemos aprovechado que estábamos solas en casa—, he salido a dar un paseo por mi barrio.

Según ella, una gran opción para ordenar mis ideas.

Debo escucharme y para eso es necesario que mantenga conversaciones conmigo misma, al fin y al cabo, solo yo tengo las respuestas a todas esas preguntas que bombardean mi mente.

Ese, junto con otros consejos, es lo que saco en claro de haber hablado con ella.

Parece que las madres tienen ese superpoder —al menos la mía lo tiene— saber qué decir en cualquier momento y ante diferentes situaciones.

Da igual lo que le explique, ella tiene vivencias personales, mucha experiencia en el ámbito y palabras esclarecedoras.

Ha recalcado que el silencio y la introspección son la clave para que pueda conseguir aclarar mi mente.

He querido creer que me ha invitado a abandonar la casa por mi propio bien y no para echarme de allí y pasar tiempo a solas con su novio.

Ha sido todo tan improvisado que la he avisado cuando me he montado en el tren, así soy yo.

Menos mal que a una hija se le perdona todo.

Estar sola con mis propios pensamientos solo consigue que piense en él.

Alex.

Su sonrisa socarrona con ese hoyuelo en la mejilla derecha, sus ojos marrones capaces de transmitirme demasiado con una simple mirada, su brazo derecho lleno de tinta negra, su manía de cantar a todo pulmón de buena mañana cuando está en la ducha, su obsesión por las canciones de Rels B, su despiste constante al dejar cualquier cosa en el primer sitio que pilla del piso, su capacidad para sorprenderme con notas en la nevera, su detalle de comprar sushi una vez a la semana, su hombro en el que apoyarme mientras comentamos La isla de las Tentaciones, sus preguntas diarias interesándose por mí y por mi trabajo, su capacidad de escuchar hasta la más mínima gilipollez que le explico, su empeño en ir vestido por casa para evitar los pijamas, sus manos en mi piel provocando una descarga eléctrica, su facilidad para hacerme sonreír y reír a carcajada limpia, su obsesión por el trabajo y el pádel, su gorra negra como marca de identidad, su cuerpo junto al mío encajando a la perfección…

Madre mía. Podría seguir enumerando muchas más cosas y todas ellas me hacen suspirar.

Pero claro, luego estoy yo. Tan mía, con manías absurdas —pero que él respeta y no juzga—, con inseguridades y miedos en cuanto al amor, con el freno echado por si las moscas, con las ganas presentes, pero sin ser capaz de dar el primer paso…

Él me gusta. Me gusta lo suficiente como para que estas tres últimas cosas que he mencionado pierdan intensidad y coja fuerza una idea, la de arriesgarse por alguien que merece la pena.

Se ha colado en mi corazón, no puedo negarlo.

Ha hecho un hueco ahí sin que me diera cuenta y ahora soy incapaz de quitarlo.

Cuando consiguen entrar, aún con los muros alzados, solo puede significar una cosa.

Recojo la lágrima solitaria que se ha escapado y sonrío.

Darle tantas vueltas a las cosas no me está beneficiando.

No necesito pensar tanto, solo tengo que aceptarlo.

Ese es mi principal y único problema: no enfrentarme a las cosas, a lo que estoy sintiendo por Alex.

No tengo que dudar de si es así o no, tengo que estar dispuesta a admitir que ha sucedido.

Abrazar esa idea, hacerla mía y cruzar los dedos para que él empiece a sentir lo mismo.

Cuando asimilo donde estoy mis pies se detienen en seco.

Miro a mi alrededor y me pregunto cómo he terminado aquí.

Supongo que, al ser incapaz de dejar de pensar en Alex, mi subconsciente me ha llevado a un punto exacto en Madrid donde puedo conectar con él: un club de pádel.

Sonrío por la coincidencia y me permito pensar que es el destino mandándome una señal clara.

La recibo. Sin pensármelo mucho y llevada por un impulso, entro.

Me permito sentarme para observar a las personas que están jugando.

No es tan grande ni glamuroso como ProSet BCN; además, este es al aire libre, a diferencia del de Alex, que es cubierto.

Según él, la diferencia se nota mucho a la hora de jugar.

Ninguno de ellos es Alex y ahora mismo me encantaría que estuviera aquí, ver su gorra negra y deleitarme con su manera de jugar.

Debo admitir que solo él me hipnotiza, no creo que ninguno de ellos esté a su altura.

La vida, para terminar de rematar o cachondearse de mí, pone en manifiesto que este deporte está muy de moda y que cualquiera puede jugar, incluso la persona que fue el detonante de tu cambio de vida, en mi caso, Lucas.

¿Qué probabilidad había de encontrarme con él aquí?

Al parecer, demasiada, porque justo en este instante camina en mi dirección junto a tres personas más que reconozco al instante: Natalia, Sara y Matías.

Y sí, justo están colocados en ese orden.

Puede que no me hayan visto —una parte de mí desearía pasar desapercibida—, pero yo sería capaz de reconocer ese pelo rubio surfero —como yo siempre decía— entre una multitud.

Veo cómo hablan animadamente entre ellos hasta que las risas desaparecen de golpe y cuatro pares de ojos reparan en mí presencia.

Maravilloso. Cuento hasta tres y me preparo para afrontar esta conversación.

Estoy preparada, todo mi interior me grita que lo está.

—¿Carlota? —pregunta Lucas, dubitativo, cuando se para justo delante de mí.

Parece que el tiempo no ha pasado. Está casi igual que la última vez que lo vi.

Miro esos ojos color caramelo que tanto me gustaban y no noto nada en mi interior, ni siquiera una simple sacudida, solo indiferencia.

Como quien mira a alguien con quien ha compartido espacio y tiempo durante una temporada.

Me estoy aplaudiendo mentalmente por esto porque significa que lo he superado, tal y como yo creía.

Natalia permanece a su lado, manteniendo un poco las distancias.

Ahora puedo admitir lo guapa que es y lo buena pareja que hacen.

Algo que antes era impensable y me producía una quemazón increíble.

Los otros dos se han quedado rezagados, casi que lo agradezco.

Incluso me atrevería a decir que están discutiendo por algo que ha pasado dentro de la pista.

Alex ya me lo dice, jugar con tu pareja no es tarea sencilla.

—La misma —dijo sonriendo y levantándome, preparada para intercambiar dos besos con él al ver que hace el amago.

—Casi no te había reconocido con ese corte de pelo y color.

«Igual hubiera sido lo mejor», pienso para mis adentros. Me limito a sonreír y a pensar una respuesta mejor.

—Si me lo permites, creo que te queda muy bien este cambio de look —interviene Natalia, salvando que tenga que decir algo. Lo cierto es que suena sincera.

—Gracias, Nat —agradezco y me tomo la libertad de utilizar el diminutivo porque creo recordar que era lo que prefería, como Alex. Es imposible dejar de pensar en él, todo lo relaciono. Me ofrece una sonrisa y añado—. Me alegro de veros tan bien y juntos.

He estado tentada a disculparme de nuevo por todo lo que ocurrió, pero ya lo hice en su momento, en el último mensaje que le envié a Lucas.

No necesito remover el pasado, sé que actué mal, basta de machacarme con aquello.

No puedo permitir que eso dicte mi vida ahora.

Ni el cómo actué ni los miedos que se generaron después. Basta ya.

—¿Has vuelto a Madrid? —pregunta Lucas. No sé si lo hace por compromiso o por curiosidad.

—Solo estoy de paso, mi vida está en Barcelona. Aunque, como mi madre sigue aquí, voy viniendo para hacerle alguna visita puntual —explico, igual dando más información de la necesaria.

—Mat también se enamoró de Barcelona durante su intercambio —vuelve a participar Natalia en la conversación—. Creo que, si Sara no hubiera formado parte de la ecuación, se hubiera quedado allí mucho más tiempo. Pero el amor es capaz de moverlo todo.

Me percato de cómo abre los ojos, quizás algo arrepentida por este último comentario. Incluso Lucas palidece un poco. Me río, sin poder evitarlo.

—Por increíble que parezca, sí, el amor tiene más fuerza de la que imaginamos. Y aparece cuando menos te lo esperas —termino diciendo para que no piense que ha metido la pata.

—¿Alguien puede decirle a Matías que hoy no vamos a cenar un kebab? —pregunta Sara apareciendo de la nada. Se cruza de brazos, entre indignada y desesperada—. Nos toca a nosotras elegir restaurante.

—Lo hicisteis la semana pasada —se queja Mat detrás de ella.

Al verme, me saluda con un movimiento de cabeza. No espero más de su parte, nunca llegamos a tener una relación estrecha, solo era el amigo del chico con el que me enrollaba. Pasábamos tiempo juntos de vez en cuando e intercambiamos conversaciones banales.

—No, la semana pasada fue Lucas, solo que él eligió uno que quería Natalia —vuelve a la carga Sara.

Al instante pienso en lo guerrera que es y en la personalidad tan fuerte que ha demostrado en un par de frases. Me gusta, en una realidad paralela podríamos llevarnos bien o quizás si nuestros caminos se hubieran cruzado de manera diferente.

Lucas se encoge de hombros y Natalia esboza una leve sonrisa.

—Bro, ¿tú de qué bando estás? Alucino. Tres contra uno es un robo a mano armada.

Da media vuelta y abandona la escena. Tengo que contener la carcajada que amenaza con salir. No hay suficiente confianza como para hacerlo.

—Prepárate para cenar pasta, caraculo —canturrea Sara, yendo detrás de él.

La mirada que le dedica Natalia a ambos está cargada de cariño. No me sorprende, son su hermano y su mejor amiga. Sin embargo, también me percato de que pone los ojos en blanco.

—Veo que estáis entretenidos. —Las palabras se escapan solas de mi boca.

Me pregunto por qué estamos alargando este momento cuando está claro que ellos quieren irse con sus amigos y yo quiero seguir con la soledad de mis pensamientos y con Alex en mente.

—Ni te lo imaginas. Me alegro de saber que estás bien y de haberte visto, Carlota. —Sonrío como respuesta. Mi nombre saliendo de él ya no me remueve por dentro. Cuando creo que ya nos vamos a despedir, añade en un hilo de voz—. Nunca quise hacerte daño. No quería que las cosas…

—Lucas, no es necesario que digas nada más —le corto antes de que siga mientras niego. Con las cuatro primeras palabras he tenido suficiente, se lo agradezco, pero no quiero remover algo que ya tengo superado—. Lo sé, créeme que lo sé. Por suerte, todo está en su sitio y yo estoy mejor que nunca.

—De todas formas, tengo que decirlo: lo siento.

—Esas dos palabras me calan hondo. Me había dicho a mí misma que no necesitaba ninguna disculpa por su parte, pero ahora que lo he escuchado, agradezco el gesto.

Puede que fuera lo único que faltaba, sin yo saberlo, para terminar de cerrar esa etapa—.

Con el tiempo he podido ver todo lo que ocurrió con otra perspectiva.

Sonrío y asiento. Sé que es sincero, su mirada me lo transmite.

—Os deseo lo mejor a ambos, de todo corazón.

No miento, lo digo de verdad.

—Nosotros a ti también —añade Natalia, regalándome una sonrisa. Puede que con ella también, en otras circunstancias, me hubiera llevado bien.

Con un movimiento de mano nos despedimos. No hay besos ni abrazos, solo un gesto cordial para terminar de cerrar la conversación.

Cuando vuelvo a sentarme, lo hago más relajada que antes, incluso más que cuando he llegado. Este encuentro, que puede parecer tan insignificante, me ha demostrado demasiado a mí misma. Estoy orgullosa de mí y del trabajo personal que he hecho en este tiempo.