Jugamos a querernos (Jugamos 3) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Las ganas que tengo de Carlota son incontrolables.

Lejos de apaciguarse por los acercamientos que hemos tenido, aumentan a cada segundo, independientemente de si estoy con ella o no.

Se ha grabado a fuego en mi piel y sé que será difícil deshacerme de eso.

A decir verdad, tampoco quiero que ocurra, al contrario.

Solo pienso en volver a besarla, tenerla entre mis brazos, pasar tiempo a su lado, oírla reír y seguir descubriendo sus manías.

¿Así se siente el amor? Me gustaría creer que sí.

Carlota vive en mi cabeza, esté despierto o durmiendo; se ha ganado un hueco ahí y soy consciente de que le pertenezco de alguna manera.

Un pensamiento que, lejos de ahogarme, me reconforta.

Mañana sale nuestro vuelo hacia Roma para el primer FIP Promotion, solo viajaré yo junto a los chicos.

La idea de poner distancia entre Carlota y yo no me hace especial ilusión, y menos ahora que parece que ambos queremos lo mismo, pero a la vez creo que puede beneficiarnos.

En especial a mí. Puede ser la manera de terminar de aclarar los sentimientos que empiezo a tener hacia ella.

Hay momentos en los que pienso que estamos en una burbuja y que cuando salgamos de ella, todo terminará desapareciendo.

Así que este viaje, aunque solo sea de seis días, puede ser clave en nuestra historia.

Interponer distancia a veces es lo más sensato para aclararse y ver la situación desde otra perspectiva.

Confieso que, en el fondo, sería capaz de ponerle nombre a lo que está ocurriendo entre nosotros, pero no quiero precipitarme.

Antes de dar un paso en alguna dirección, quiero tenerlo muy claro para no complicar nuestra relación.

Tengo claro que me gusta, ¿pero hasta qué punto es simple atracción o hay algo más?

Mi voz interior me grita que es lo segundo, de ahí que mi cuerpo reaccione de la forma que lo hace cuando está cerca, como en estos momentos.

Carlota se ha recostado sobre mi regazo al acabar de cenar.

Un gesto que me ha sorprendido porque no me lo esperaba, pero que he aceptado de inmediato.

Todavía hay sushi encima de la mesa, pero soy incapaz de acabar con los pocos trozos que quedan.

Ni se me pasa por la cabeza moverme ahora que hemos adoptado esta posición.

Hacerlo podría suponer perder esta oportunidad y sería idiota si lo hiciera.

Disfruto de su tacto y me tomo la libertad de acariciarle el pelo.

Mis dedos se enredan entre sus mechones pelirrojos.

Está a punto de emitirse un nuevo episodio de La isla de las Tentaciones, verlo juntos se ha convertido en una tradición y uno de los tres días que lo emiten compramos cena en el japo.

Desde esta posición tengo una vista privilegiada de Carlota.

Me pierdo en el escote de su pijama y fantaseo con lo que esconde debajo.

Saber que no lleva sujetador solo hace que aumenten esas fantasías.

Mierda. Carraspeo para intentar mantener a raya esos pensamientos; si no, mi polla se endurecerá, creando una situación de lo más bochornosa e incómoda porque su cabeza recae muy cerca de esa zona.

Me esfuerzo lo que no está escrito para contenerme.

Cuento hasta diez y pienso en el entreno de esta tarde con los chicos.

Error. Esa pista consigue que visualice a Carlota entrenando conmigo y en cómo se ajustaban esas mallas a su cuerpo. Me está volviendo loco.

—¿Estás bien? —pregunta alzando la mirada.

La manera en la que me mira desde ahí abajo solo complica más las cosas. No ayuda a quitarme su imagen de la mente, eso desde luego.

Trago saliva, visiblemente nervioso, y me llevo una de mis manos al pelo.

—Todo lo bien que se puede estar al tenerte tan cerca, pelirroja. En una escala del uno al diez, ¿cómo de bochornoso sería confesarte que se me acelera el pulso cuando hay tan poca distancia entre nosotros?

Su sonrisa lo ilumina todo a su alrededor. Me pierdo en ella y en lo que es capaz de transmitirme con ese simple gesto.

—En esa escala un cero, pero en la de confesar cosas bonitas sería un diez —admite sin dejar de sonreír. Eso solo consigue que me contagie de su gesto—. ¿Y qué supondría admitir que a mí me pasa exactamente lo mismo?

Se ha incorporado lo suficiente para hacer esa pregunta mirándome a los ojos. Aun así, seguimos tocándonos porque una de mis manos descansa en su muslo. Separarme de ella no es una opción.

—Pues que estamos jodidos —admito riéndome. Carlota me fulmina con la mirada y me apresuro a añadir—: En el mejor sentido de la palabra, claro.

Alza una ceja, desafiándome. Algo me dice que acabo de descolocarla por completo, pero me ha salido del alma darle esa respuesta.

—No sabía que estar jodido podía significar algo bueno —cuestiona ella.

—Por supuesto que sí. Hay un buen sentido para esa expresión, más o menos.

—Soy consciente de que no sueno muy convencido, pero sigo con mi argumento de todas formas—.

Voy a poner varios ejemplos. Estás jodido cuando solo deseas querer repetir algo, por mucho que no sepas si es la mejor opción.

—Acaricio su muslo—. Estás jodido cuando no puedes quitarte a esa persona de la mente.

—Repito el gesto, pero ahora un poco más arriba—.

Estás jodido cuando fantaseas con ella y con los besos que os habéis dado.

—Una nueva caricia, muy cerca de su cintura—.

Estás jodido cuando todo tu ser te pide más.

—Me tomo la libertad de acariciarle la cintura por debajo de la ropa, un leve jadeo se escapa de sus labios—.

Estás jodido cuando se ha colado en tu vida sin darte cuenta y ya no te imaginas sin que forme parte de ella.

Podría seguir, pero creo que ha quedado claro que yo estoy muy jodido.

Sonrío sin dejar de acariciar su piel. Me queman los dedos por el calor que emite ese contacto. El pulso se me ha disparado hace rato y noto la garganta seca por todo lo que acabo de confesar.

—Me alegra saber que no soy la única y que estamos jodidos juntos.

Esa confesión es suficiente para que mi corazón se emocione de más.

—¿Qué deberíamos hacer?

Niega, sin dejar de sonreír.

—La pregunta correcta sería: ¿qué queremos hacer?

—Yo lo tengo muy claro, pelirroja. Seguir estando jodido contigo.

Suelta un suspiro, al parecer, se libera del aire que retenía en los pulmones. Me descubro haciendo lo mismo.

Sin apenas darme cuenta, nos acercamos y rompemos la distancia que nos separaba.

De fondo se escucha la música del programa, indicando que acaba de comenzar, pero a ninguno parece importarnos porque tenemos cosas más importantes que hacer en estos momentos; como devorarnos por completo.

Mis labios buscan los suyos, al principio con delicadeza, pero a los pocos segundos una urgencia y desesperación se adueñan de todo.

Nuestras lenguas se entrelazan y se mueven al compás.

Se reconocen al instante y van libres, como si hubieran hecho esto cientos de veces antes.

Mis manos siguen ancladas a ella por debajo de la ropa.

Los gemidos que emite en mitad del beso me la ponen dura.

Siento mi polla presionando contra los pantalones de chándal, es cuestión de tiempo que se percate de lo que provoca en mí.

Ese momento no tarda en llegar porque termina sentada a horcajadas, un gruñido más profundo se escapa de mis labios cuando se pone en esa posición.

Si quiere acabar conmigo, va por buen camino.

Sus manos se pierden en mi pelo, dando leves tirones que me vuelven loco.

El deseo es más que evidente, al igual que las ganas que tenemos del otro.

La fricción de su cuerpo contra el mío termina por enloquecerme y me levanto, sosteniéndola entre mis brazos.

Ella me rodea con sus piernas y acelera todavía más el ritmo del beso.

Me separo, solo para permitirme observar la maravillosa imagen que tengo ante mis ojos.

Carlota tiene los labios hinchados por el beso, el pelo ligeramente alborotado y las mejillas rojas.

La respiración entrecortada es lo único que se escucha en el piso.

Frunce el ceño al ver que me detengo, pero le regalo una sonrisa.

—Eres preciosa. Esta imagen me va a acompañar de ahora en adelante —reconozco.

—Cállate y bésame —ordena con desesperación.

Suelto una pequeña carcajada antes de volver a unir nuestros labios.

Sus manos muestran seguridad al ir directas al bajo de mi camiseta.

Me la quito con un rápido movimiento y ella aprovecha la pausa para hacer lo mismo con la parte de arriba de su pijama.

Mi polla se endurece más y la garganta se me seca al ver sus pechos al descubierto.

Rectifico: esta es la imagen que no voy a poder olvidar y con la que voy a fantasear a partir de esta noche.

Rodeo uno de sus pechos con la palma de mi mano.

Tienen el tamaño perfecto para que pueda hacerlo.

Le pellizco el pezón, ganándome de nuevo un jadeo.

Me percato de la lujuria y el deseo que hay en su mirada mientras observa mi torso desnudo.

Sonrío con suficiencia. Las ganas de entrar en ella solo hacen que aumentar a cada instante.

Nuestras bocas vuelven a buscarse con desesperación y avanzamos así hasta mi habitación.

Es la primera vez que entra y me alegra que sea en estas circunstancias.

Nos dejo caer en la cama. Carlota no tarda en posicionarse encima de mí, regalándome una imagen digna de grabar a fuego en mi retina.

Se encarga de terminar de desnudarse. He hecho el amago de hacerlo, pero me ha frenado para hacerlo por sí sola para que yo permaneciera atento a todos y cada uno de sus movimientos.

Una jodida diosa a mi parecer. Esta seguridad y confianza solo consiguen enloquecerme más.

También ha sido ella la que se ha deshecho de mis pantalones y de mi ropa interior.

De manera tan sexy que todavía sigo asimilando lo ocurrido.

—Dime que quieres hacer esto, pelirroja.

Me he alargado lo suficiente como para coger uno de los preservativos que descansaba en el cajón de la mesita de noche. Siempre hay que tener alguno a mano, por si las moscas.

—Con todo mi ser —contesta al instante.

No lo dudo. Ella tampoco.

Me pongo el preservativo y Carlota se sube a horcajadas encima.

Me incorporo lo suficiente como para poder entretenerme con sus pechos mientras se mueve libre en busca de su placer.

Me encargo de que lo consiga acompañando su ritmo y estimulando al máximo todo lo que puedo esa zona.

Cuando pellizco con mis dedos sus pezones, noto cómo su cuerpo reacciona, de ahí que siga haciéndolo cada pocos minutos.

Me marco un ritmo constante entre succionar, lamer, acariciar y pellizcar mientras ella se mueve de delante a hacia atrás con una maestría que me corta la respiración.

Nuestros jadeos inundan la habitación, haciendo que pierda el control.

Conectar de manera tan íntima no es sencillo, pero nosotros lo estamos consiguiendo sin esforzarnos demasiado y dejándonos llevar.

Parece que nuestros cuerpos se entienden y saben lo que el otro quiere.

Es de gran ayuda que vayamos hablando, la comunicación durante la primera vez es clave para que ambos lleguemos al éxtasis.

Carlota tiene muy claro lo que quiere y me ordena que lo haga.

Sigo sus directrices sin rechistar solo por el placer que le produce.

Sus manos se clavan con más fuerza en mis hombros y la noto temblar ligeramente.

Su cuerpo habla por sí solo y me transmite que está a punto de llegar al orgasmo, así que me esfuerzo todavía más.

La beso sin dejar de tocarla. Su gemido se pierde en mi garganta al dejarse ir.

Sonrío contra sus labios. Su frente recae sobre la mía.

Dura tan solo unos segundos y me planteo haberlo imaginado, pero no, ha sido real.

Al instante vuelve a la carga y se mueve de arriba abajo en busca de mi orgasmo.

No necesita mucho para conseguirlo porque la imagen que tengo ante mí, Carlota botando desenfadada, es lo mejor que he visto en mucho tiempo.

Se muerde el labio inferior, concentrada.

Mis manos se clavan en sus caderas y la aprieto un poco más hacia mí cuando estoy a punto de llegar al final.

Joder. Esta chica es mi perdición. Tal y como me imaginaba, no puedo contenerme mucho más.

Me dejo llevar y, al hacerlo, le muerdo el hombro.

Carlota, antes de salir, deposita un beso fugaz en mis labios, terminando con la poca cordura que me quedaba después de haber compartido este momento tan increíble e íntimo.

Ahora sí que estamos jodidos porque el amor ha hecho acto de presencia esta noche. Las pocas dudas que tenía terminan por disiparse.