CAPÍTULO 25
Un olor intenso a humanidad se cuela en mis fosas nasales en cuanto pongo un pie en ProSet BCN.
Hago una mueca extraña y arrugo la nariz mientras avanzo por el club en busca de Alex.
Hemos quedado en la pista cinco dentro de diez minutos, pero la impuntualidad no va conmigo, así que me he asegurado de venir con tiempo.
Se nota que aquí dentro la gente hace deporte —decir obviedades es algo que me caracteriza—, pero es cuestión de segundos que me habitúe y deje de percibir ese aroma a sudor desagradable.
Por suerte, no es vomitivo ni demasiado exagerado, solo algo contundente.
Antes de que pueda ponerme a buscar la pista, él y, en especial, su gorra negra captan mi atención a lo lejos, consiguiendo que mis pies vayan solos hasta allí.
Está junto a un carro lleno de pelotas amarillas hablando con dos chicos.
Me pregunto si serán la pareja a la que debe entrenar para conseguir llevarla hasta el Premier Pádel Tour —ya voy aprendiendo cosas de este mundillo, incluso la nomenclatura que se utiliza, por lo mucho que me habla de pádel—.
Diría que sí, las descripciones detalladas que me ha dado de ellos encajan con lo que estoy viendo.
Parecen ajenos a todo lo que los rodea y muy concentrados en las palabras que les dedica Alex.
Me atrevería a decir que hay cierta admiración en esas miradas.
Ninguno se ha percatado de mi presencia, ni siquiera él que permanece con la vista fija en los adolescentes.
Me siento en uno de los sofás que hay entre las pistas y me permito deleitarme con la imagen que tengo delante, aprovechando que no he sido vista por ahora.
Si Alex con una camiseta de manga corta te deja sin aliento, cuando lleva una ajustada es otro nivel, necesito abanicarme para soportar el calor que me recorre el cuerpo.
Debería estar prohibido estar tan bueno.
Se nota en cada músculo de su cuerpo lo mucho que se preocupa por su físico.
El deporte lo acompaña cada día y se ve reflejado cuando lo miras.
Lleva unos pantalones ajustados en la zona de los glúteos que consiguen que mi mirada se desvíe hacia ese punto.
Me quedo hipnotizada al verlo moverse por la pista, devolviendo con facilidad y gracia cada bola que le lanzan los chicos.
Todo él tiene algo que me atrapa y me acelera la respiración.
Visto desde fuera, parece sencillo lo que hace, pero tengo muy claro que cuando yo esté ahí dentro no lo será.
No sé qué le hace mirar en mi dirección —puede que haya notado que lo estoy desvistiendo con la mirada y se haya sentido intimidado por mi intensidad—, pero terminamos conectando.
Como si en el fondo estuviéramos destinados a eso, a encontrarnos.
Me guiña un ojo y me regala una sonrisa antes de lanzar con rabia y fuerza una pelota al otro lado de la red.
Yo me limito a sonreír como una boba. Tengo el corazón dividido entre querer que termine ya para tenerlo conmigo en exclusividad o que dure mucho tiempo para seguir perdiéndome en sus movimientos y su cuerpo.
Sin embargo, parece que el universo lo tiene muy claro porque, cuando me quiero dar cuenta, han intercambiado un choque de manos y están saliendo de la pista.
Me quedo bloqueada, sin saber qué hacer.
¿Debería levantarme? De nuevo, la vida tiene respuestas porque Alex camina directo hacia mí después de despedirse de los chicos.
Mira qué fácil, no he tenido que decidir.
Su sonrisa parece ir aumentando con cada paso que da, lo que provoca que se me seque la garganta sin previo aviso.
Menos mal que he traído agua, la voy a necesitar.
Su aroma me inunda por completo cuando se acerca lo suficiente a mí.
Ahora no hay ni rastro de ese olor floral, pero aun así me cautiva.
Se ha inclinado hacia delante para que solo yo pueda escucharlo decir:
—Si me sigues devorando así con la mirada, no respondo, pelirroja.
Todo mi ser reacciona al escucharlo. Se me eriza la piel. Este es justo el efecto que tiene en mí. Un poder que no le he concedido, se lo ha ganado él solo sin que yo pueda evitarlo.
Desde la cena con Clara y Óscar nuestra dinámica es esta, lo que provoca una tensión incalculable que puede reventar en cualquier momento. Parece que ambos disfrutamos poniéndonos al límite, pero solo puede terminar de una manera. Y sí, mi yo interior está dando volteretas al sopesar esa opción.
—¿Cuáles serían las consecuencias? —le desafío—. Quiero saber qué piensas hacer en ese caso.
Levanto la mirada para que nuestros ojos se encuentren.
Ese brillo terminará volviéndome loca. Me muerdo el labio inferior para provocarlo porque he comprobado que siempre que lo hago, sus ojos terminan mirándome justo ahí, como si tuviera ganas de besarme de nuevo.
Algo que, por supuesto, también deseo que ocurra.
Sin embargo, no sé si me atrevería a dar el primer paso y mostrar esa iniciativa.
—Soy más de actuar, no de decirlo.
Este calor abrasador que me recorre el cuerpo no es normal.
—Estaré esperando entonces. —Hago una breve pausa antes de añadir—: ¿Empezamos con el entreno?
—Me levanto para interponer distancia entre nosotros y evitar hacer una tontería como besarlo delante de los jugadores a los que entrena.
Sí, ambos siguen aquí y parecen bastante pendientes de nosotros, aunque manteniendo las distancias—.
Cualquiera diría que estás feliz por haberte salido con la tuya.
Hoy, después de tanta insistencia, me adentro en tu mundo.
Terminó conquistándome al decir que quería que conociera esa parte de él, tan fundamental y especial. Fue el comentario necesario para que bajara la guardia, me ablandara y aceptara. ¿Cómo no iba a hacerlo? Si me estaba ofreciendo en bandeja conocerlo más.
—Esta felicidad lleva tu nombre, pelirroja. Aunque confesaré que tenerte delante de mí, en mallas, hace que esa felicidad aumente.
Abro la boca, sorprendida por esa confesión.
Debo admitir que los colores me suben rápido a las mejillas.
Sigo sin acostumbrarme a estos comentarios por su parte, aunque también es algo que ha aumentado en los últimos días.
Parece que se ha propuesto terminar con mi estabilidad emocional y lo está consiguiendo.
Solo puedo pensar en él y en lo mucho que me gusta oírlo decir este tipo de frases más subidas de tono.
No sé en qué momento hemos cruzado esa línea —imagino que los besos han dado pie a ello—, pero me alegra haberlo hecho.
—¿Me estabas mirando el culo?
Me giro para encararlo. Intento disimular la sonrisa que amenaza con dibujarse en mis labios.
—Has empezado tú —me acusa sonriendo—. No llevo ni la mitad de tiempo que has estado tú mirando esa parte de mi cuerpo. Te has recreado la vista, ahora es mi turno. Ni se te ocurra negarlo, Carlota —me advierte al ver que estaba a punto de añadir algo.
—En ese caso me limitaré a decir: pillada y no me arrepiento.
Suelto una sonora carcajada a causa de los nervios. Él no tarda en unirse a mí. Es tan natural escuchar que nuestras risas se entrelazan.
—¿Preparada para adentrarte en el mundo del pádel y aficionarte?
Agradezco el cambio de tema porque, si sigo pensando en su culo, concentrarme en el entreno será difícil, por no decir misión imposible.
—No te vengas tan arriba, listillo. Primero el paso uno y luego el dos.
—Paso uno: entra de una vez a la pista y coge la pala que he dejado colgada en la verja. Va.
Da una palmada al aire y lo fulmino con la mirada.
—Así que eres un entrenador que disfruta dando órdenes.
Creo que hoy voy a descubrir una nueva faceta tuya y no sé si va a gustarme.
—Entro en la pista. Me siento extraña aquí dentro, pese a ello, hago lo que me acaba de decir—.
Por tu bien espero que no le tengas un cariño especial a esta pala —comento al cogerla.
Creo que es la misma que deja tirada en cualquier sitio de casa, el color rojo y negro se me hacen familiares.
—A poder ser, no la rompas ni la lances —pide. ¿Eso que noto en su voz es preocupación?—. Para que esto último no pase, ajústate la correa a la muñeca.
—A sus órdenes, entrenador.
Sonrío yo sola por el comentario.
—Creo que prefiero lo de listillo.
Alex camina en mi dirección sosteniendo una nueva pala entre sus manos. ¿No se supone que debería ir hacia el otro lado de la pista, donde está ese carro lleno de pelotas? Es ahí donde estaba hace un rato, al entrenar a esos dos chicos.
—Vale que sea principiante en esto, pero tu lugar está en el otro lado —digo, incapaz de morderme la lengua.
—No sabía que la experta en esto eras tú —contesta risueño—. ¿Te incomoda tenerme cerca?
—En peores circunstancias hemos estado.
—Querrás decir mejores. —Muevo la mano, un gesto para quitarle importancia—. Es muy importante que cojas la pala de manera correcta —explica poniéndose a mi lado—. Si lo dejo a tu elección, lo más probable es que lo hagas mal, como la mayoría de personas.
—No creo que sea tan difícil.
—Al parecer no vas a ser la única que descubra una nueva faceta del otro.
Dentro de esta pista no tienes el control, pelirroja.
Relájate, disfruta y déjate guiar. —Resoplo, pero asiento.
Voy a poner de mi parte para que esto salga bien.
Él aprovecha el momento para ponerse detrás de mí y rodear mi mano con la suya.
Se encarga de moverla y colocarla cómo él quiere.
El contacto de nuestras manos me produce un escalofrío satisfactorio—.
Asegúrate de sujetarla en todo momento como lo estás haciendo ahora.
Dicho esto, podemos empezar con el entrenamiento.
Y para eso tengo que irme al otro lado —se cachondea.
Lamento que nuestros cuerpos se separen y ya echo de menos el calor que estaba irradiando su cuerpo justo detrás del mío.
Maldigo no poder pasarnos mucho más rato así, se me hace tan familiar que quiero más.
Aprovecho que camina de espaldas hacia mí para volver a mirarle el culo.
No es mi culpa que lo tenga tan bien puesto.
—Empezaré con bolas suaves. El único objetivo ahora mismo es que le des a la pelota y consigas que pase por encima de la red —explica.
Esta parte me parece simple, al menos la idea lo es—.
No las dejes pasar. Antes, mientras entrenaba a Marc y a Nil —con este comentario me confirma que eran ellos—, habrás podido ver que los cristales son una parte fundamental de este deporte, pero por ahora no vamos a introducirlos, aunque no tardaremos.
Si no necesitaras utilizarlos, nos iríamos a jugar al tenis.
—Imagino que esto último es un intento de chiste porque lo veo sonreír.
Asiento. Al verlos jugar, me he dado cuenta de que dejaban pasar muchas pelotas para que estas rebotaran en el cristal y luego le daban. Si lo hacen así, será por algo.
—Creo que podré hacerlo —comento con una sonrisa confiada. Me ha inundado una oleada de seguridad en mí misma.
—Esa es la actitud. Confío en ti.
—¿Es buen momento para comentarte que no sobresalía en Educación Física?
—Tú limítate a demostrarme de qué eres capaz. Te aseguro que es mucho más de lo que te imaginas.
Esa confianza ciega que tiene en mí me motiva. Por eso mismo, cuando veo la bola acercándose, me concentro en seguirla con la mirada y darle. ¡Lo hago!
—Ni tan mal para ser la primera —digo cuando cae al otro lado.
Aprovecho la pequeña pausa para hacer un bailecito ridículo de la victoria. Él sonríe antes de prepararse para lanzarme una nueva bola.
—No celebres todavía, es demasiado pronto.
Gruño como respuesta y me coloco para la siguiente. Pienso demostrar, tanto a él como a mí, que merecía celebrar ese golpe.
Es así como pasa una hora sin apenas darme cuenta.
Hemos seguido peloteando y poco a poco ha ido introduciendo más cosas.
Todas muy simples porque era el primer día y su objetivo ha sido que saliera de aquí con ganas de más.
¿Debo confesarle que lo ha conseguido? Igual se lo merece.
Me he dejado llevar y me he limitado a seguir sus indicaciones, como buena alumna.
Hasta he terminado dejando pasar la pelota y dándole al salir de la pared.
Todo un logro, si me lo preguntáis, porque mi instinto y primera idea era darle en cuanto la pelota venía hacia mí.
Me ha ido diciendo comentarios positivos, graciosos y de ánimo durante los sesenta minutos que hemos estado dentro.
Supongo que está acostumbrado a motivar a la gente porque lo ha hecho de lujo.
La verdad es que es de gran ayuda para venirte arriba y conseguir que te esfuerces más.
Para terminar, hemos hecho un minipartido absurdo que ha hecho que nos riéramos a carcajada limpia porque Alex jugaba con su mano no dominante.
Ha sido un espectáculo digno de presenciar.
—Puedes ser sincero y destruirme sin miramientos, ¿cómo lo he hecho? —pregunto con la boca chiquitita, temiendo su respuesta. Mi percepción ha sido bastante buena.
—Ojalá te vieras con mis ojos, Carlota.
Sus palabras son cálidas y se sienten como un abrazo al corazón. Me siento afortunada de que la vida lo haya puesto en mi camino.
—Gracias por abrirme las puertas a tu mundo —termino por decir.
—¿Eso significa que habrá una segunda clase?
Me quedo unos segundos en silencio como si estuviera sopesando esa opción, incluso me doy un par de golpes en la barbilla con el dedo índice.
—No lo descarto, siempre y cuando tú sigas siendo el entrenador.
—Trato hecho.
Sin previo aviso, me rodea por la cintura y me atrae hacia él.
Me deja sin respiración por la sorpresa.
Mis manos, de manera automática, se posan en su pecho.
Sonríe de medio lado antes de acercar su boca a la mía y depositar un beso en mis labios.
El tacto es suave y delicado, casi imperceptible por lo rápido que sucede.
Pero soy muy consciente de que ha ocurrido.
Nos hemos vuelto a besar, aunque no se ha parecido en nada a los dos anteriores.
—No hay mejor manera de sellar un trato que con un beso, ¿no crees?
La única respuesta que puedo ofrecerle es una sonrisa de idiota. Ese gesto podría ser muy cotidiano y volverse una costumbre entre nosotros.