Jugamos a querernos (Jugamos 3) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Querer(me)

Cuaderno de Carlota

Igual debería empezar a referirme a esta libreta como «reflexiones de una chica que empieza a pensar de más en su compañero de piso» porque últimamente Alex me acompaña hasta en sueños —no pienso detallar de qué tipo—.

Parece que se supera cada día y cuando creo que no puede sorprenderme más, ahí llega él; con su sonrisa canalla y esos ojos marrones capaces de derretirme por dentro para demostrarme que es posible.

La cena de parejitas, como Clara se empeñó en llamarla —y sí, también lo hizo delante de él, la vergüenza es algo que no conoce—, fue de maravilla.

Sentí que Alex y yo habíamos hecho eso mil veces antes e incluso se pudo entrever una cierta complicidad entre nosotros que me puso el mundo del revés.

Estuvo a la altura, pero conociéndolo no esperaba menos.

Se integró sin problemas y terminó haciendo buenas migas con Óscar, hasta el punto de planear una visita a Madrid para coincidir de nuevo los cuatro —idea a la que la rubia se sumó al segundo, por si lo dudabais—.

Eso, amigas mías, son palabras mayores porque significa pensar en un futuro en el que aparezca Alex a mi lado y, lejos de asustarme, me hace sonreír como una idiota.

Hasta deseo que pase. Es un plan que quedó en el aire, pero la idea me atrae más de lo que admitiré jamás.

El empezar a vernos como un nosotros es algo que no contemplaba, pero que me empieza a gustar y es incluso algo con lo que fantaseo.

Sería tan sencillo quererlo que igual, mi amiga, tuvo razón al decirme que ya lo hacía.

Sus palabras me han calado hondo y puede que sea capaz de ponerle nombre a todo lo que estoy experimentando con él.

«Amor» sería una buena manera de resumirlo.

Ese simple pensamiento hace que me dé un vuelco al corazón.

¿En qué momento he aceptado que pudiera enamorarme de alguien?

¿Dónde está esa voz diciéndome que no soy capaz?

¿Dónde han quedado esos miedos e inseguridades?

Parece que cuando se trata de Alex, todo eso pierde intensidad y empiezo a barajarlo como una opción factible.

Está claro que me gusta. Me gusta. Me gusta tanto como para tener grabado a fuego en la retina nuestros besos y desear más.

Parece que no tengo suficiente de él y esa sensación solo puede significar una cosa, está claro.

Me entra un cosquilleo nervioso en el bajo vientre cuando lo tengo cerca, se me acelera el pulso cuando nuestras pieles entran en contacto y siento una paz inexplicable cuando estamos en el mismo espacio, aunque sea sin intercambiar palabra.

Disfruto su sola presencia e incluso tolero que sea un poco desordenado.

Me estoy permitiendo mirar más allá y todo lo que voy descubriendo de él me encanta, tanto como para haber decidido dejarme llevar sin importarme nada más.