Jugamos a querernos (Jugamos 3) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

En mi escala de nerviosismo creada hace apenas unos segundos por culpa del inminente reencuentro con Clara, tenemos: el propio encuentro que acabo de mencionar, puede que no esté encabezando la lista, pero no por ello tenemos que obviar lo que me produce ya que estaría muy arriba; el primer día de convivencia con Alex, cuando le propuse la idea del contrato y no sabía cómo iba a reaccionar, todavía no sé cómo fui capaz de entregarle aquellas hojas; ser la nueva en el colegio y tener que hacer frente a una clase de primero yo sola, por mucho que es mi sueño y vocación el miedo a no ser suficiente ni estar a la altura estaban ahí; y, por supuesto, estar a escasos centímetros de mi compañero de piso —os aseguro que estos nervios no son normales y que se incrementan cuando va en camiseta corta, lo que viene a ser siempre que está por casa—.

No sabría deciros cuál encabeza dicha lista porque todos me han aterrado a nivel máximo cuando me he tenido que enfrentar a ellos.

Pero está claro que hay uno que se repite constantemente y con el que, lejos de ponerme más tranquila cuando ocurre, se me acelera más el corazón.

La culpa es de Alex y de lo que me hace sentir cuando estoy con él.

No tengo nada más que añadir. Es el responsable de estos nervios tontos que aparecen cuando lo tengo cerca.

Divagar de esta manera me ayuda a no pensar en Clara, en que en cualquier momento aparecerá por la puerta de la cafetería en la que hemos quedado y pondremos a prueba nuestra amistad.

Porque sí, ambas sabemos que esta es la prueba de fuego y la que lo determinará todo.

Vale, lo de intentar pensar en otras cosas parece que no está funcionando.

En cambio, lo de meterme presión a mí misma por este encuentro, sí.

Suspiro y cuento hasta diez mientras jugueteo con los dedos de las manos para intentar tranquilizarme. Me repito que entre nosotras siempre ha habido una conexión especial y que he podido verla estas últimas semanas a través de los mensajes. Todo va a salir bien, volveremos a ser la doble C.

Sigo creyendo que tengo la capacidad de invocar a las personas porque justo en el instante en el que vuelvo a mirar hacia la puerta, la veo allí.

Lleva su melena rubia recogida en un moño desenfadado.

Podría parecer que lo ha hecho rápido y sin preocuparse por cómo pueda quedar, pero os aseguro que cada pelo está en ese sitio porque así lo ha querido ella.

Lleva un vestido corto amarillo junto a un cárdigan del mismo color.

Sonrío al verla vestir con ese tono porque al parecer no ha cambiado de color favorito.

Parece no importarle el frío de finales de noviembre porque lleva unas medias junto a unas botas blancas altas.

Casi puedo escucharla decir: «para estar guapa hay que sufrir».

Le apasiona la moda y le encanta innovar y hacer combinaciones extrañas que a cualquier otra le quedarían como un saco de patatas, pero que en ella se ven con estilo y personalidad.

No pienso deciros cómo voy vestida yo, es mejor omitir ese detalle.

—El color rojo y ese corte de pelo te sientan bien, mejor que en las fotos —dice al lanzarse a mis brazos cuando me ve. Sonrío como una idiota por tener a mi amiga conmigo después de todo.

Clara es una persona muy cariñosa y yo me dejo llevar por el familiar aroma de su colonia y la calidez de sus brazos. Parece que todo a nuestro alrededor se detiene y hemos retrocedido en el tiempo, volvemos a ser esas dos niñas que no se imaginaban la vida sin la otra.

—Tú estás estupenda, como siempre.

Parece que el tiempo no ha pasado y estamos una tarde más en el centro de Madrid.

—Dime que tú también tenías unos nervios irracionales por este encuentro —comenta una vez nos hemos sentado—.

Óscar lleva días aguantando mis dudas sobre comentarte nuestra escapada a Barcelona y todo el camino escuchando mis preocupaciones por esta quedada —reconoce entre risas.

Sé que es una risa nerviosa porque en eso somos iguales.

—Te aseguro que no eres la única que está acojonada —admito—. Pero ¿no crees que le estamos dando mucha importancia a una simple quedada? Quiero decir, hemos estado compartiendo nuestras vidas de nuevo por mensaje y no hemos dudado tanto.

—Somos dramáticas por naturaleza —justifica a modo de respuesta—, por algo nos hicimos amigas: por la intensidad con la que vivíamos todo. Y algo me dice que eso no ha cambiado.

Ambas nos reímos y sé, en este instante, que somos nosotras: la doble C intacta que se quedó en los recuerdos de Madrid.

Hay personas que, por mucho tiempo que pase, se sienten hogar.

Clara es una de ellas para mí. Quiero gritar de pura felicidad y agradecerle, una vez más, esta segunda oportunidad.

Me ha demostrado lo mucho que le he importado, lo que me ha valorado y lo que me ha querido como amiga.

Quiero creer que en el presente sigue siendo así, de ahí que estemos aquí.

Al fin y al cabo, no a cualquiera se le ofrece otra oportunidad.

—Necesito que vuelvas a contármelo todo ahora que estamos cara a cara. No te dejes detalle alguno de este tiempo que hemos estado separadas —exijo—. Por supuesto, desarrolla más tu historia con Óscar. No me puedo creer que estés enamorada.

«Y no me puedo creer no haber estado a tu lado en el proceso», pero ese detalle lo omito. Basta de machacarse a una misma. Está aquí, conmigo, en Barcelona. Todos cometemos errores, pero no siempre se admiten. Tengo que estar satisfecha conmigo misma por ser del segundo grupo.

—Lo mismo digo. Vale que nos hemos puesto al día, pero ha sido a través de una pantalla, no cuenta.

Necesito ver tus expresiones, ya sabes que tu cara te delata siempre; llevas los subtítulos puestos —dice risueña.

Ver su sonrisa impregnada en el rostro me recuerda la energía tan positiva que siempre me transmitía, sigue siendo así—.

No te pienses que voy a ser la única que hable sobre el amor.

Ahí está ese tono junto a una sonrisa canalla que conozco muy bien. Tengo la sensación de haberla visto en persona ayer mismo, supongo que habernos estado escribiendo nos ha ayudado a relajar el ambiente y tener una conversación tan cercana.

—Esas cuatro letras me quedan grandes, Clara —suspiro mientras niego.

Intento que parezca una broma, pero en el fondo lo pienso de verdad. Aunque debo reconocer que últimamente me permito fantasear con esa idea del amor romántico. Lo sé, es contradictorio.

—Permíteme que lo dude, amiga. Tienes mucho que ofrecer, por más que a veces hayas pensado lo contrario.

Quiero preguntarle cómo sabe eso último, porque cuando la inseguridad me atacó más fuerte, huí de Madrid sin ninguna explicación decente que ofrecerle. ¿Fue capaz de entender cómo me sentía sin que yo se lo dijera? A veces las amigas tienen ese don.

—Me niego a hablar de mí todavía —termino por decir. En especial porque saldrá el tema de Alex y no sé cómo afrontarlo. Todavía nadie sabe que nos hemos besado y no sé si estoy preparada para hacer esa confesión en voz alta—. Empecemos contigo, te aseguro que tu historia es mucho más interesante.

Pone los ojos en blanco momentáneamente y me señala con el dedo índice, acusándome.

—Solo lo hago porque una de las dos tiene que empezar.

No necesita mucho más para relatar con todo lujo de detalles cómo terminó enamorada de Óscar, el chico de los dulces y los cafés.

Una mañana, antes de entrar a trabajar, Clara paró en una pastelería que habían abierto nueva.

Al parecer, también es cafetería y puedes sentarte allí mismo a comer lo que pides —yo también me he preguntado si este dato era relevante, pero al parecer para más adelante es crucial saber que tiene mesas y puedes pasar la tarde—.

Ese mismo día fue Óscar, el dueño de dicho local, quien la atendió.

Intercambiaron una pequeña conversación que la dejó con ganas de más y desde entonces decidió parar ahí cada mañana.

Lo incorporó a su rutina para volver a encontrarse con él día tras día.

Se niega a decir que fue amor a primera vista y en su lugar opta por: «interés a primer contacto», que viene a ser lo mismo, pero dicho de otra forma.

Se encaprichó porque le pareció atractivo y quería conocerlo más para saber si podía surgir algo entre ellos —entendiéndose por «algo» el inmenso abanico que separa un revolcón de un compromiso—.

Cuando las conversaciones se fueron alargando y el contacto entre sus pieles al intercambiar los productos iba ascendiendo, Clara se dejó caer más tardes por allí hasta que se aventuró a pedirle su número.

Aplaudo su valentía, no sé si yo hubiera sido capaz de hacerlo.

Esa seguridad que albergaba en mí desapareció.

Supongo que porque en el fondo era una falsa seguridad.

Al parecer no fueron días, ni semanas, sino más de un mes de gastos diarios de café y pastas hasta conseguir una cita.

Os aseguro que escucharla hablar no tiene desperdicio.

La gracia con la que cuenta su historia y el amor que transmite su mirada consiguen hipnotizarme.

—Después de tu historia nada estará a la altura —admito entre risas cuando me ha puesto al día. Me ha actualizado hasta llegar al día de hoy—. Perfectamente podría ser el argumento de una película pastelosa de Netflix que Martina amaría.

—Casi había olvidado tu sinceridad. Espero que también me digas la verdad al explicarme tu historia con Alex, porque si yo puedo protagonizar una peli, tú seguro que un libro, como mínimo.

—En ese caso debo decirte que el libro solo llevaría la mitad. Rectifico, estaríamos en el principio porque apenas ha pasado nada entre nosotros.

—Define apenas.

Una sonrisa nerviosa me traiciona. Ella se da cuenta porque la suya aumenta todavía más.

—Tu insistencia sigue intacta.