Jugamos a querernos (Jugamos 3) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

El beso me ha acompañado durante todo el día.

No he sido capaz de pensar en otra cosa que no fuera Carlota.

Yo mismo le dije, antes de salir de casa, que fuera ella la que pensara en nosotros y, al final, he terminado siendo yo quien no ha podido borrar la imagen de la mente ni un segundo.

Mi parte más egoísta espera que a ella le haya pasado lo mismo.

No me arrepiento de haber acabado con la distancia de una vez por todas, aunque estoy expectante por descubrir cómo vamos a actuar después de esto.

No pretendo que me jure amor eterno, igual que yo tampoco pienso hacerlo.

Lo cierto es que no me importaría que se repitiera e incluso fuera a más, sería muy fácil dejarme llevar de nuevo con ella.

Solo espero que no sea raro, que nuestra relación no cambie por esto porque me repatearía por dentro si fuera así.

La verdad es que no creo que Carlota sea ese tipo de persona.

Ayer, después de que casi ocurriera, actuamos con normalidad y hoy hemos intercambiado mensajes durante el día como si nada.

Lo más sensato es fluir y descubrir a dónde nos lleva esto.

Algo me dice que es justo lo que estamos haciendo.

Cuando salgo de la ducha —no me juzguéis, me ducho como mínimo dos veces al día— me encuentro con Carlota pasando la aspiradora por el pasillo al ritmo de Rels B, concretamente de la canción Pa quererte.

Aprovecho que está de espaldas para deleitarme con ella.

Lleva uno de sus pijamas tan característicos a cuadros, cuando he llegado, ya estaba vestida así.

Me doy cuenta, justo en este momento, que la he visto más en pijama que con cualquier otra ropa.

Y admito que hay algo íntimo en eso que me gusta más de lo que debería.

Su cabeza se mueve de un lado al otro y sus caderas igual, aunque mucho más tímidas.

Parece ajena a todo, enfrascada en limpiar.

Desde el primer día hemos seguido a rajatabla el horario que ella misma creó, pero la he descubierto volviendo a limpiar cosas que ya estaban limpias en más de una ocasión.

No sé si porque es una de sus pequeñas manías o porque lo hace a modo de distracción. Quizás un poco ambas.

Sonrío sin poder apartar los ojos de su cuerpo.

Es hipnótica, no puedo dejar de mirarla y, al hacerlo, vuelvo a pensar en el beso que hemos compartido esta mañana.

Mis manos me queman, pidiendo que la toque de nuevo.

Es tan tentador, parece tan fácil teniéndola a un par de pasos que podría hacerlo si me dejo llevar por lo que siento.

—Para ser una persona que podría vivir sin música, parece que la disfrutas —termino por decir antes de hacer alguna tontería como atraerla hacia mí y comérmela a besos. Empezaría por su cuello, que todavía no he tenido el placer de saborear.

—Dicen que cuando no puedes con el enemigo, debes unirte a él. —Agradezco su comentario, consigue frenar los pensamientos que empezaban a bombardear mi mente, pero la sonrisa que me dedica al girarse hace que revivan—. Eso estoy haciendo, acostumbrándome a tu manía de ducharte dando un concierto.

—Solo para que quede clara una cosa: el enemigo es la música, ¿verdad?

—Si pensar eso te hace más feliz… —deja caer, sin dejar de sonreír ni un momento. Por supuesto, esa sonrisa es tan contagiosa que termino haciendo lo mismo.

—A todo esto, ¿has visto mi gorra? —pregunto.

Me acerco hasta el recibidor para asegurarme de que no esté allí.

En mi habitación no hay ni rastro y tenía la esperanza de haberla dejado aquí, pero nada.

Solo están las llaves colocadas en su sitio, un cuenco con forma de hoja.

Apostaría todo lo que tengo a que no he dejado mi llavero ahí, pero ha aparecido mágicamente junto a las llaves de Carlota, seguro que eso es cosa suya.

Se encarga de ir detrás de mí para colocar cada cosa en su sitio.

Podría esforzarme más, no le quito la razón, pero os aseguro que lo hago a mi manera. Dicen que hay caos en el desorden.

—En la basura —murmura entre risas.

Me giro en su dirección. No he debido escuchar bien. Ella continúa despreocupada pasando el aspirador. Observo la forma en que junta los labios, con fuerza, para no soltar una carcajada.

—¿Cómo dices? —inquiero dando un paso en su dirección.

—Te avisé de que, si algo pasaba más de veinticuatro horas en un sitio que no es el suyo, terminaría allí —contesta con la cabeza bien alta, incluso parece orgullosa y satisfecha por su explicación.

Yo estoy alucinando, sin saber qué decir.

¿Me estará vacilando? Quiero creer que sí—.

Todavía estás a tiempo de recuperarla, junto a un par de cosas más.

En cualquier otra circunstancia me hubiera cabreado, ya estaría maldiciendo en voz alta, pero lo único que logro hacer es reírme —lo sé, no tiene sentido—. Creo que su respuesta me ha descolocado tanto que no soy capaz de tener una reacción sensata.

Tengo más de una gorra, todas ellas negras, pero una en particular —la que estoy buscando— llevo un par de días sin verla.

Esa idea repentina ha aparecido mientras me duchaba.

No podéis negarme que en ese momento de relajación aparecen las mejores ideas y que, además, es el sitio donde tu mente le da vueltas a todo, incluso a las cosas más random, como esta.

Acorto la distancia entre nosotros, lo suficiente para obligarla a encararme y dejar de limpiar. Se apoya en la aspiradora y me reta con la mirada. Se la sostengo y puedo entrever un brillo malicioso en ella.

—No te habrás atrevido, ¿verdad? —Inclino mi cabeza hacia delante al formular la pregunta. Noto su respiración impactando contra mis labios. Estoy tentado a juntarlos de nuevo, como esta mañana.

—Puedes comprobarlo tú mismo. Me he limitado a cumplir lo pactado en el contrato. —Sonríe juguetona y solo puedo pensar en coger su labio inferior entre mis dientes.

Asiento y acto seguido doy un par de pasos hacia atrás, interponiendo distancia entre nosotros.

Lo necesitaba si no quería terminar con mis manos enredadas en su pelo y la respiración acelerada a causa de un beso.

Igual, pensándolo fríamente, debería haberme dejado llevar.

Suspiro mientras camino hasta la cocina.

Noto cómo me sigue bien de cerca. Al llegar al armario donde guardamos la basura, lo abro temiéndome lo peor.

No sé quién de los dos suelta antes la carcajada, pero ambas se entrelazan creando un sonido perfecto que me encoge el corazón.

—He estado tentada a hacerlo, pero no soy tan mala.

Quería que nuestra convivencia siguiera siendo tan buena como hasta ahora y cruzar esa línea lo hubiera puesto en peligro.

Por mucho que en el contrato tenía carta blanca para hacerlo.

Te aseguro que ha merecido la pena hacerte creer que sí, solo por ver tu cara.

Justo al lado de la basura hay una caja de cartón.

Con un rotulador negro ha escrito: «cosas que Alex deja en cualquier lado menos en su sitio».

Solo a Carlota se le ocurriría hacer algo así.

Admito que me ha sorprendido y que no puedo enfadarme.

Se ha limitado a recopilar cosas que voy dejando por el piso.

—¿Cuánto tiempo hace que acumulas mis cosas? —pregunto con curiosidad—. Dudo mucho que todo esto lo hayas recogido mientras estaba en la ducha.

—El primer aviso fue dejártelo en la puerta, a partir de ahí, empecé a hacer colección. Y como hoy he tenido un buen día, he pensado que esto lo remataría.

—Muy graciosa, pelirroja. Por partes. Me alegra saber que has tenido un gran día y quiero creer que yo he sido responsable de ello de algún modo.

—Le guiño un ojo y consigo justo lo que quiero, que se sonroje un poco—.

Tengo que decirte que esto —señalo la caja con mis cosas— tiene su punto acosador y psicópata.

Durante un segundo me fulmina con la mirada.

—Omitiré tu último comentario y te confirmaré que sí, has ayudado a que este día haya sido todavía más especial.

Esa confirmación consigue que sonría como un puto idiota. He descubierto que esta reacción solo la consigue ella.

—Y dime: ¿han sido los girasoles o el beso?

—La galleta de chocolate.

Volvemos a reír a la vez. Es tan sencillo ser feliz al estar con ella que no tengo que esforzarme, solo ser yo y disfrutar de su compañía; algo que, lejos de asustarme, me gusta.

Empiezo a pensar en la posibilidad de que me atraiga más de lo que pienso, aunque solo haga unas semanas que nos conocemos.

Creo que pasar tanto tiempo juntos y habernos colado de esta manera en la vida del otro está haciendo que la empiece a ver de un modo diferente.

Dicen que el tiempo no es ningún indicador y empiezo a verlo claro, el corazón no se guía por eso, sino por instintos, emociones, sentimientos y sensaciones.

—Entonces tendré que esforzarme más en el próximo beso.

—¿Das por hecho que habrá próxima vez?

—Deseo, espero y sueño con que la haya.

Me aparta la mirada, parece incapaz de sostenérmela después de esa confesión. Esa frase me ha salido del alma. Al parecer, Carlota está sacando a relucir una parte de mí que casi no conocía. Lo que os decía: todo es muy sencillo si es con ella.

—¿De dónde has salido, Alex? —Levanta de nuevo la mirada y veo un brillo diferente en sus ojos, consiguen conmoverme—. Debería estar prohibido ser tan increíble y decir esas cosas que me dejan sin aliento.

—Me alegra saber que no soy el único que se queda sin respiración.

—Haces que parezca fácil dejarse llevar —dice en un hilo de voz.

—Eso es porque lo es, pelirroja.

El calor ha subido considerablemente en el ambiente. La tensión entre nosotros es palpable y me pregunto quién de los dos se atreverá a dar ese paso. Si algo tengo claro es que nos morimos por volver a besarnos, pero al mismo tiempo nos estamos conteniendo, no entiendo el motivo.