Jugamos a querernos (Jugamos 3) CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

Agacho la cabeza, avergonzada por lo que acabo de decir, pero él me coge de la barbilla y me obliga a levantarla para que lo mire a los ojos.

Lo hago. Me pierdo en ellos y en todo lo que me está transmitiendo esa mirada.

No sé quién da el primer paso, solo me descubro con la mano en su nuca y las suyas en mi cintura, como ayer.

Es demasiado fácil y parece que lo hemos hecho cientos de veces antes, estar así no se me hace extraño, sino cotidiano.

Su contacto me quema por dentro. El pulso hace rato que va acelerado, pero el suyo también, lo noto al poner la otra mano en su pecho.

Al menos no soy la única que reacciona así.

—Por suerte eso tiene fácil solución —susurra a escasos centímetros de mi boca.

Cuando me quiero dar cuenta, nuestros labios se mueven al compás y nuestras lenguas se entrelazan.

Ahogo un gemido por la sorpresa que me produce ese contacto.

Es incluso mejor de lo que había imaginado.

Una ráfaga de calor extremo me recorre todo el cuerpo.

Profundizamos el beso, devorándonos con ansia, como si lleváramos tiempo anhelando este contacto.

Lo cierto es que sí, ahora soy muy consciente de que llevo días queriendo que esto sucediera.

Las ganas son evidentes. Se me nubla la razón y solo puedo pensar en él.

En el roce de nuestros labios, en la calidez de su lengua, en sus manos atrayéndome con fuerza, en la dureza que siento en el vientre y en cómo estoy disfrutando al agarrar sus bíceps.

Pierdo la noción del tiempo. Cuando nos separamos, lo hacemos con la respiración acelerada.

No es para menos. Todavía hay cierta magia entre ambos, a consecuencia del momento que acabamos de compartir.

Ha sido esa clase de beso que te atonta.

Se relame los labios y mis ojos observan cada uno de sus movimientos.

Solo puedo pensar en cuándo volverá a ocurrir porque si algo tengo claro es que no he tenido suficiente, al contrario, solo me ha dejado con ganas de más. ¿Cómo es eso posible?

—Tan deliciosa como había imaginado.

El corazón me da un vuelco.

—Esto ha sido… —pienso qué decir a continuación, pero estoy en blanco—, no tengo palabras para describirlo.

Me río por los nervios del momento.

—Espero que sea en el buen sentido.

—Que lo dudes hasta me ofende —digo de broma.

—Ha sido inesperado, excitante, adictivo, intenso, peligroso…, quizás te sirve alguno de esos.

Saboreo cada una de las palabras. No le falta razón.

—Buena manera de resumirlo. Creo que me quedo con todos y añado imprudente. —Frunce el ceño al escucharme—. A la par que magnético.

—Te dije que la vida te tenía preparado algo maravilloso. —Me guiña un ojo y se coloca la gorra negra y la mochila en la espalda. Me preparo para la despedida inminente—. Nos vemos esta tarde, pelirroja. Disfruta del primer día y piensa en mí o en el beso, lo que prefieras.

«En ambas porque no voy a poder quitarme ninguna de la cabeza».

Antes de que pueda decir nada, el sonido de la puerta cerrándose inunda la estancia. Refunfuño, pero se me pasa al segundo al ver el ramo de margaritas y la galleta intacta. El café debe de estar congelado, pero ha merecido la pena.

—Siempre me dejas con la palabra en la boca, listillo —comento con la vista fija en la puerta—. Solo espero que tú tampoco puedas olvidar ese beso y me haya grabado a fuego en tu piel.

No he tenido ni un minuto libre hasta ahora, la una y media.

Acabo de despedirme de Andrea, la tutora del otro grupo de primero.

Me ha parecido simpática e intuyo que vamos a encajar muy bien, es cinco años mayor que yo, pero llega un punto en la vida en el que la diferencia de edad entre tus amistades es así.

Tenemos que trabajar codo con codo porque somos paralelas, durante esta hora se ha dedicado a ponerme al día y a explicarme un poco la programación que tienen preparada para las próximas dos semanas.

A partir de ahí, nos tocará organizarlo juntas.

Como hay dos líneas por curso, ambos grupos deben ir a la par siempre que se pueda.

Las primeras impresiones de estas cuatro horas y media son muy positivas, tanto con mi grupo de alumnos, que ya me han llenado de abrazos y cumplidos —de verdad, lo cariñosos que son los niños a estas edades es fascinante—, como con el resto de profesores que he conocido.

Me relacionaré más con la comunidad de medianos, es decir, con los cursos de primero, segundo y tercero y todos los profesores que intervienen en estas clases.

Uno de los mediodías destinados al trabajo dentro del cole —en la franja horaria desde que dejamos a los niños a las doce y media hasta ahora— nos reunimos por comunidades.

Todavía no conozco al claustro entero, pero poco a poco me iré haciendo al cole y a ellos.

No tengo prisa, ahora me limito a fluir y a recopilar toda la información que me han ido dando, que es mucha.

Aunque el piso está a cinco paradas en metro, al ser el primer día y por precaución, me quedo a comer aquí.

Bueno, primero debo ir a comprar algo porque no me he preparado ningún táper.

Esta mañana mi mente no estaba pensando en la hora de comer precisamente.

También barajo la opción de apuntarme al comedor, el servicio que nos ofrecen por ser maestros está muy bien de precio, además es bastante saludable y puedo aprovechar para estrechar lazos con el resto de compañeros.

Sé que es algo contradictorio porque en el Zara no quería hacerlo, pero aquí tengo la necesidad de sentir que pertenezco, que soy una más.

Supongo que se debe a que esto me importa lo suficiente.

Aprovecho el descanso para revisar el móvil.

Ha ido sonando de manera intermitente durante la mañana, pero solo podía prestar atención a los veinticuatro niños y niñas de mi clase.

Me he permitido hacer dos juegos de presentación antes de empezar la sesión de matemáticas.

Entrar de sustituta en mitad del curso es esto; subirte al carro en cuanto pones un pie en el colegio para no quedarte atrás, ya que de ti depende que esos alumnos sigan avanzando.

Contesto a mi madre y a mi prima con un audio detallando todo, perfectamente podría ser un podcast, pero así me ahorro las preguntas que puedan llegar a surgirles.

Lo he mandado por el grupo que tenemos de la familia —solo estamos las cuatro mujeres— para no tener que repetir la información por partida doble.

Una idea maravillosa, si me permitís el comentario.

He hecho lo mismo con Alex, aunque mucho más resumido.

Total, ya escuchará mi monólogo cuando llegue a casa.

Reconozco que ver sus mensajes con stickers absurdos de por medio me ha sacado una sonrisa.

La cosa entre nosotros está bien, incluso me atrevería a decir que mejor que hace un par de días.

Me aterra cómo reaccionaremos después del beso de esta mañana, pero no me permito agobiarme por eso ahora, tengo que seguir fluyendo y dejándome llevar.

También me encuentro con un mensaje de Clara, mi amiga de Madrid.

Esas cuatro últimas palabras me arrancan una sonrisa.

Ya puedo volver a decirlo y eso me enorgullece.

Me pide que la llame cuando tenga un momento y eso mismo hago, sin perder el tiempo.

—¿Te pillo en buen momento? —pregunto en cuanto descuelga—. He visto tu mensaje y te he llamado sin preguntar si te iba bien que lo hiciera ahora.

Escucho su risa al otro lado y me relajo.

—No te preocupes, ya he terminado de trabajar y estoy haciendo la maleta.

Frunzo el ceño al escuchar esto último. Por mensaje no me ha mencionado que se vaya de viaje.

Pienso que se ha podido referir a preparar la mochila para ir a casa de su novio.

Todavía no viven juntos, por eso los fines de semana se traslada a su casa.

Bueno, a la de los padres de él. Llevan un año saliendo y parecen muy felices.

Al menos eso es lo que me ha ido explicando y lo que he visto por Instagram.

No he tenido el placer de conocerlo, no iba a nuestra clase ni pertenecía a nuestro círculo, y me jode haberme perdido esa parte de su vida por haberme alejado de ella.

Es algo que ya no puedo cambiar y de nada me sirve arrepentirme, ahora debo demostrar que no pienso volver a desaparecer.

—¿Ha pasado algo? ¿Estás bien? No es que necesariamente haya tenido que ocurrir nada grave para que me pidas que te llame, pero me ha sorprendido.

—Ha sido de repente, inesperado, cuando de normal intercambiamos unos cuantos mensajes hasta decidir que es mejor hablar por llamada—.

Perdón por no haber sacado tiempo antes, pero el primer día está siendo una odisea.

Me está encantando, pero al mismo tiempo está siendo agotador.

Todavía me queda la tarde, espero sobrevivir.

Nuestras risas se solapan.

Pago la ensalada que he cogido en el primer supermercado que he visto. Agradezco que Barcelona sea tan grande y tenga comercios cada pocos pasos. Eso me ha permitido no destinar tiempo de más a esto.

—Uno de los motivos de la llamada era justo ese, conocer cómo está yendo el primer día.

—Pero no es el motivo principal, a mí no me engañas —interrumpo antes de que añada algo más.

Salgo de la tienda y emprendo el camino de vuelta al cole.

—Es increíble que sigas conociéndome tanto. Nunca te he podido omitir ningún detalle, siempre los cazabas al vuelo.

—Es lo que tiene que hayamos sido mejores amigas durante tantos años.