Jugamos a querernos (Jugamos 3) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Hoy no me despierto por culpa del concierto de Alex en la ducha cantando Rels B a todo pulmón.

Ya llevo rato dando vueltas en la cama nerviosa porque hoy es mi primer día como tutora en una escuela pública.

Personalmente, los primeros días me agobian mucho, la incertidumbre de no saber qué voy a encontrarme hace que entre en pánico antes de tiempo.

A eso debemos sumarle que soy incapaz de dejar de pensar en Alex y en que ayer casi nos besamos.

Después del casi beso actuamos con normalidad, como si nada hubiera pasado y como si ese momento hubiera sido una ensoñación.

Pero estoy convencida de que ocurrió y no me lo estoy imaginando, mi subconsciente no me jugó una mala pasada, fue muy real.

Todavía no sé si estar agradecida por la interrupción de mi madre o estirarme de los pelos porque rompiera el momento que estábamos compartiendo.

«Casi nos besamos». No dejo de repetir esas tres palabras para intentar asimilarlas.

Nuestros labios estuvieron a punto de rozarse.

Todo mi ser quería que sucediera. Yo misma provoqué que termináramos de esa manera.

¿Por qué? Pues porque se ha colado en mi mente de manera inexplicable y me está revolucionando por completo y ya no podía contenerme más.

Esas dos cosas —en especial el detalle del beso— han conseguido que apenas haya podido pegar ojo en toda la noche.

Cuando tu mente está inquieta, es tu cuerpo quien paga las consecuencias.

Durante el día de hoy me arrepentiré de no haber descansado más y todo por culpa de un chico.

Me entran ganas de reír por lo surrealista de la situación.

Yo, que me había dicho a mí misma que un hombre no volvería a colarse en mi vida de esta manera, pero claro, Alex entró sin apenas enterarme y a traición.

Sé que debería levantarme de una vez por todas y no alargar más el momento, pero debo reconocer que la vergüenza se apodera de mí al mirar a mi compañero de piso.

Ya noto cómo el calor se instala en mis mejillas y eso que todavía no ha habido contacto visual.

Respiro e inspiro unas cuantas veces antes de dar una palmada al aire y saltar de la cama.

Sigo escuchando el concierto que me ofrece mientras me visto.

Opto por un tejano de tiro alto junto a una sudadera negra básica.

Cómoda y discreta, así soy yo y así quiero ser como profe.

Cuando salgo al pasillo, me doy de bruces con él.

Ese olor floral tan característico inunda mis fosas nasales, me permito saborearlo.

Agradezco que solo sean sus brazos y tatuajes lo que queda al descubierto y no su torso desnudo.

No sabría cómo hacer frente a tremenda imagen.

Nunca lo he visto sin camiseta, pero puedo imaginar lo que se esconde debajo de ella.

Un pensamiento que debo borrar cuanto antes si no quiero que el fuego se apodere de mi interior. Tarde.

—¿Preparada para el primer día? —pregunta regalándome la mejor de sus sonrisas, con hoyuelo incluido—. Tienes una taza de café esperándote para empezar bien la mañana. De nada. —Me guiña un ojo y ahí está esa corriente eléctrica recorriéndome de pies a cabeza.

Cada mañana prepara la cafetera como hacía Martina.

Un gesto pequeño que significa mucho para mí.

Son estos detalles los que marcan la diferencia y los que hacen que mire a Alex de manera diferente.

Puede que hasta ayer intentara reprimir ciertos pensamientos y deseos que tenían que ver con él, pero ahora ya vuelan libres, lo noto.

—Tú sí que sabes hacerme feliz. —Sonrío y camino hacia la cocina—. Y en cuanto al primer día, estoy lista para empezar y descubrir qué me tiene preparada la vida.

—Seguro que algo maravilloso —alza la voz para que lo escuche.

Esta vez, a diferencia de otras, no me ha seguido hasta la cocina y debo admitir que echo de menos su presencia a escasos centímetros de la mía.

Me olvido de cómo se camina al ver lo que hay preparado en la isla, incluso diría que me tiemblan las piernas.

No solo está el café, esperándome delante del taburete que utilizo cada mañana, sino que hay un ramo de girasoles justo al lado.

Se me seca la garganta y siento que los ojos se me van a salir de las órbitas.

¿Esto es cosa de Alex? Me giro hacia el pasillo, con la esperanza de encontrarlo ahí, pero no hay ni rastro de él.

Con las emociones a flor de piel, camino hasta estar justo delante de lo que ha preparado.

Tiene que ser cosa suya. Mi corazón se empieza a acelerar sin previo aviso al ver que también hay una galleta del local en el que estuvimos ayer.

Ha comprado la Devil Chocolate, una bomba de Nutella y brownie que me quedé con ganas de probar.

Nunca nadie ajeno a mi familia había tenido un detalle así conmigo.

Cojo las flores y las atraigo hacia mi pecho.

No sé por qué ha elegido girasoles, si tienen un significado especial o no, pero me encantan.

Es en ese momento cuando los miro con detalle que descubro una nota escrita de su puño y letra.

Si hace unos segundos el corazón se me iba a salir del pecho, imaginaros ahora.

«Hoy se estrena la mejor profe. Te desearía suerte, pero no la necesitas porque has nacido para esto. Como yo para cantante».

Sonrío como una estúpida al trozo de papel amarillo.

—Lo tuyo es el pádel, no la música —digo lo suficiente alto como para que me escuche desde su habitación. No dejo de sonreír en ningún momento.

—No puedes hacer tal afirmación si no me has visto jugar, pelirroja.

Doy un respingo al escuchar su voz justo detrás de mí.

¿En qué momento ha aparecido? Nuestros ojos se buscan y veo un brillo especial en ellos.

Madre mía, no estoy preparada para enfrentarme a él.

No cuando ayer casi nos besamos y ahora me ha regalado flores para celebrar mi puesto de trabajo.

Alex hace que fijarse en él sea demasiado fácil, por eso no puedo evitar sentir esas cosquillas en mi bajo vientre. Todo esto es culpa suya.

—Podría decir lo mismo sobre atribuirme el título a la mejor profe.

Me obligo a hablar para dejar de observar como una psicópata. Ya lo tengo tan memorizado que soy capaz de cerrar los ojos e imaginarlo con todo lujo de detalles. Incluso el tono exacto de marrón de sus ojos, que si te fijas descubres que no es tan normal como había pensado en un primer momento.

—Eso se sabe, lo supe en cuanto hablaste de tu pasión por enseñar en una de nuestras primeras conversaciones.

—Gracias por esto, no hacía falta.

No esperaba nada de él y aquí está, sorprendiéndome.

¿Cómo no se me va a acelerar el corazón cuando hace este tipo de cosas?

Mi mente me advierte de lo sencillo que sería enamorarse de él.

A estas alturas no puedo negar que me atrae y despierta mi curiosidad, dos cosas indispensables para empezar a sentir algo por alguien.

En menudo jardín me estoy metiendo sin pretenderlo.

Me encantaría chillar, pero me contengo.

—Solo quería transmitirte energía positiva y, según la chica de la floristería, los girasoles eran los más indicados para ello.

—Se rasca la nuca, nervioso, y todo mi interior se derrite un poco al verlo así—.

Aunque yo cuando los vi, además de eso, pensé que te hacían justicia.

Eres como el sol, pelirroja, capaz de iluminar la vida de cualquiera y destinada a hacer lo mismo con la de esos niños a los que vas a darles clase.

Me cuesta respirar. Siento un nudo en la garganta.

Las ganas de abalanzarme sobre él aumentan y me dejo llevar por ese deseo.

Rompo la distancia para darle un abrazo que me devuelve al momento.

Ambos sabemos que dura más de lo que debería, pero a ninguno parece importarle.

Me pongo de puntillas y le doy un beso en la mejilla porque no soy lo suficiente valiente como para dárselo en la boca.

Me arden los labios y quiero más, pero lo dejo ahí.

—Gracias por el detalle y por esas palabras. Es bonito saber que alguien me ve de esa manera, capaz de iluminar y no de apagar.

Me muerdo el interior de las mejillas. Toda esta situación es demasiado para mí.

Tan bonita que creo no merecerla, pero aquí está Alex; mirándome como quien ve por primera vez.

Puede que sí, que sea justo eso. ¿Es posible que vea algo en mí que yo misma no he podido ver?

Suspiro. Ahora soy yo la que me permito verlo con otra perspectiva, con la de alguien que estaría dispuesto a poner su corazón en juego para descubrirlo.

En eso consiste la vida, ¿no? En arriesgarse.

—Quien piense lo segundo es que no te conoce de verdad.

Omito decir que yo misma he sido la que infinidad de veces se ha visto de ese modo.

—No deberías decirme esas cosas después de nuestro casi beso —pienso en voz alta y me arrepiento al instante. Creí haber aprendido lo de mantener la boca cerrada.

—¿Por qué?

Trago saliva. Dudo entre terminar de sincerarme o callar ahora que todavía estoy a tiempo. Al parecer no soy muy sensata y no sopeso bien ambas opciones.

—Porque solo consigues que no quiera que se quede en un casi.

Sonríe y no puedo evitar pensar que él sí que es capaz de iluminar mi mundo entero con ese gesto.