CAPÍTULO 20 #2
No me lo puedo creer. Es tan directa y natural que me encanta un poco más, si eso es posible.
—Eso lo has dicho tú, no yo. Pero sería una buena forma de resumirlo —reconozco entre risas.
—Por suerte llevo tanga, así que no funcionará conmigo.
De nuevo mi carcajada resuena por el club, aunque esta vez la suya se une. Ambas, juntas, son un sonido maravilloso.
—Un dato muy relevante. Supongo que en ese caso estás fuera de mi radar. Y creí que habíamos vetado el tema de la ropa interior.
—Eso solo cuando a mí me interesa.
—No sabía que tenías el poder.
—Las mujeres siempre lo tenemos.
Silbo por su confesión. Carlota y sus ocurrencias siempre consiguen divertirme.
—En otro orden de cosas y cambiando de tema por completo.
Si pudieras crear y asistir a un festival de artistas vivos o muertos, ¿qué preferirías?
¿Y quién sería el afortunado o afortunada que estaría como cabeza de cartel?
—pregunto cuando salimos del club y nos unimos a la muchedumbre de Barcelona.
La manera en la que Carlota frunce el ceño y me mira cómo si me hubiera salido un tercer ojo en la cara es digna de destacar.
—¿A qué viene esta pregunta? Déjame decirte que es un poco rara. Podrías haber optado por un: ¿quién es tu artista favorito?
—Eso sería demasiado simple. Si esta pregunta te parece extraña, no me quiero ni imaginar qué opinas del resto.
Tengo una lista con preguntas random para sacar tema de conversación —admito, no me da vergüenza explicarle este tipo de cosas—.
He optado por la más normalita. Las voy recopilando de podcast que escucho y luego abro un debate.
—¿Hablas en serio? Luego la rarita soy yo.
—Oye —me quejo. Esta vez soy yo quien le da un codazo juguetón a ella—. A ver, lo de tus manías ayuda a que tu prima te llame así.
—Ni se te ocurra posicionarte a su favor, listillo.
Me apunta con el dedo índice, amenazándome.
—Yo soy imparcial. —Levanto ambas manos en señal de paz o rendición—. Así que responde a la pregunta, tengo curiosidad.
Hace una mueca extraña antes de empezar a hablar.
—Tú solito habrás descubierto que puedo vivir sin música.
No me apasiona y, a diferencia de la mayoría de la población, me da igual qué escuchar y no tengo ningún cantante favorito.
Sí que tengo muy claros algunos géneros que no van conmigo, como el rock, el techno o la música clásica, pero todo lo demás lo tolero.
Eso sí, siempre que no esté a un volumen muy alto y no sea durante mucho tiempo.
Me llevo una mano al pecho, haciéndome el ofendido. Ella se limita a encogerse de hombros.
—Vale, acabas de ganarte el título de rarita del año —sentencio. Ella abre la boca, indignada—. No acepto réplica alguna —me adelanto antes de que pueda decir algo—. Tu confesión me ha dolido en el alma. Yo no puedo vivir sin música.
—Y ducharte sin ella, mucho menos, me he dado cuenta —interviene, interrumpiendo mi discurso.
Es mi única manía. Me gusta estar bajo el agua y cantar a todo pulmón el temazo que está sonando.
—Como eres tan observadora, seguro que sabrás quién sería cabeza de cartel en mi festival.
—Para sorpresa de nadie, Rels B.
Sonrío. Le dije que terminaría adorando sus canciones y algún día la he pillado moviéndose al compás de la música. Todo un logro, si me preguntáis.
—Correcto. Si pudiera hacer el cartel que quisiera, sería con artistas vivos y de habla hispana.
Juntar a Daniel Heredia, Bad Bunny, Quevedo, Eladio Carrión, Rauw Alejandro, Myke Towers…
—Me voy emocionando yo solo con cada artista que menciono—.
¿Sigo o te haces a la idea? Sería apoteósico.
Creo que necesitaría un desfibrilador porque mi ritmo cardíaco caería en picado.
—Intenso podría ser tu segundo apellido.
—Cuando se trata de música, sí.
—¿Has visto a alguno en directo? ¿A cuántos conciertos has ido? —pregunta con interés.
Cuando estamos juntos no se terminan los temas de conversación.
Hilamos uno tras otro y nos interesamos por conocer hasta el más mínimo detalle sobre la otra persona.
Mira que hemos hablado veces de mis gustos musicales —en especial por las mañanas cuando suena Rels B—, pero hasta el momento no había surgido esta pregunta.
—Tengo entradas para Bad Bunny en Barcelona, conseguirlas fue toda una odisea, soy un auténtico privilegiado —anuncio con orgullo.
Se lo debo a Eloy, él fue quien las compró—.
A Rels B lo he visto una vez en el Palau Sant Jordi, pero lo volvería a ver muchas más, y a Myke Towers en el Arenal Sound.
Si me paro a pensar, tampoco he ido a tantos conciertos.
Al principio pensaba que estaba sobrevalorado.
Error. Eso lo decía porque no había ido nunca, pero cuando escuché en directo por primera vez a Daniel, supe que ir de concierto es una experiencia única que no quería perderme.
—Supongo que no te sorprenderá saber que yo no he ido a ninguno.
—Cuando te hagas fan de Rels B gracias a mí y a mis conciertos mañaneros, podemos ir juntos a verlo —propongo.
¿Por qué estoy haciendo planes de futuro con ella? Que alguien me pare.
—Dudo que eso ocurra algún día.
Menos mal que uno de los dos es sensato y continúa con ambos pies en la tierra.
—Te he escuchado tararear. ¿Cómo dormiste? —insisto, desconozco el motivo que me lleva a hacerlo.
—¿Crees que por el título puedo saber a cuál te refieres?
—Qué rico sería —empiezo a cantar en su oído, da un pequeño bote por la sorpresa antes de sonreír—, intercambiar energías, prender sin decir: «buenos días». Hacer el amor y después preguntarte. ¿Cómo dormiste, bebé? Si me soñaste. Quiero saber si con más ganas despertaste.
Justo debía ser esa canción. Mis palabras podrían ser una declaración de intenciones en toda regla porque sí, me encantaría que ocurriera lo que acabo de cantarle. Ya está, ya lo he dicho. No me escondo, no lo oculto, no lo niego. He pensado en acostarme con Carlota más de una vez.
—Limítate a cantar solo en la ducha. No has sido creado para ser cantante.
—Te ha gustado —aseguro—. Se te ha erizado el vello de la nuca y se te ha acelerado la respiración.
Se muerde el labio inferior. Mis ojos solo pueden mirar ese punto exacto.
Pienso en cómo sería si lo hiciera yo y empiezo a perder la poca cordura que me queda.
Solo existimos nosotros en mitad de Barcelona.
La distancia que nos separa me parece excesiva.
Me encantaría eliminarla, romper con todo y hacer lo que me grita mi voz interior que haga.
Pero igual besarla, así sin más, no es lo más correcto.
Puede que sea demasiado arriesgado y ponga nuestra convivencia en peligro, pero sería tan sencillo hacerlo y es tan tentador.
—¿Hablas de mí o de ti? —inquiere ella dando un paso en mi dirección. ¿En qué momento hemos dejado de andar y hemos empezado a devorarnos con la mirada?—. Porque el que ha tragado saliva visiblemente nervioso después de cantar has sido tú.
—Para refrescar la garganta.
Esa excusa ha sonado tan ridícula como imaginaba.
—O porque estabas acojonado por las palabras que acababas de pronunciar —afirma con seguridad. Muestra demasiada confianza y eso me atrae mucho.
—No quieras empezar una conversación que no estás dispuesta a terminar, pelirroja.
Le doy un toquecito en la nariz. Mis manos no pueden quedarse quietas y han optado por ese contacto. Mucho mejor que situarlas en sus caderas.
—Te creía más valiente, listillo.
—Y yo a ti no tan echada para adelante. —Sonríe con suficiencia por el cumplido encubierto—.
¿Qué quieres, Carlota? ¿Que admita que podría dedicarte esa canción?
—Enarco una ceja y ella me anima con su mirada a continuar.
Voy con todo, sin miedo—. Por supuesto, pelirroja. Me encantaría intercambiar energías.
Ahora la que traga saliva es ella. Bien. Sus pupilas se agrandan por el deseo y yo ya empiezo a fantasear.
—¿Y por qué no lo haces?
Sus ojos se clavan en mis labios. Los abro ligeramente. Me cuesta creer que estemos manteniendo esta conversación, pero al parecer no soy el único que ha notado esa tensión entre nosotros.
—¿Es esa una invitación? —pregunto colocándole un mechón detrás de la oreja.
No le molestaba, pero necesitaba volver a tener contacto con ella y con su piel.
—Está claro que no es una negativa.
Sonrío mientras ella se muerde el labio. Tengo muy claro qué hacer a continuación al ver su predisposición. Esta es la señal que necesitaba para mandarlo todo a la mierda, para dejar la mente en blanco y dejarme llevar por mis deseos.
Me acerco todavía más, Carlota hace lo mismo.
Mis manos van a parar a su cintura y las suyas a mi pecho.
Me arde la piel, justo en el punto exacto que me está tocando.
Ojalá ella reaccione del mismo modo a mi tacto.
Me inclino ligeramente hacia delante para que nuestros labios se rocen de una vez por todas, ya casi puedo saborearlo, pero cuando estamos a unos centímetros de distancia, empieza a sonar su móvil.
Ambos salimos de la ensoñación en la que habíamos entrado.
Carlota reacciona de golpe, con tan mala suerte que termina dándome en la nariz con su cabeza.
Me llevo la mano para intentar aliviar el dolor del momento.
Maldigo mientras ella se disculpa y atiende la llamada.
Su rostro refleja la preocupación y el miedo.
Yo debo tener cara de circunstancias. La distancia que interponemos entre nosotros parece un abismo.
Me toco la nariz, al menos no sangro. Ha sido un buen golpe, pero no suficiente para romperme nada.
Nos ha pillado por sorpresa y hemos reaccionado como dos adolescentes a los que pillan segundos antes de hacer algo que no deben.
¿Qué hemos estado a punto de hacer?
¿Cómo hemos llegado a ese momento?
Las preguntas se acumulan en mi mente y no tengo respuesta sensata para ninguna.
Solo un simple «nos hemos dejado llevar».
Quería que ocurriera, deseaba que pasara, pero al parecer el destino tenía otros planes para nosotros.
¿Debería tomármelo como una señal? Joder.
Hemos estado demasiado cerca de besarnos y ahora solo puedo pensar en cómo se sentirían sus labios junto a los míos.