CAPÍTULO 20
Podría aprovechar mi descanso para ir al piso, pero no tiene sentido hacerlo porque Carlota trabaja de mañana y eso se traduce en que llega pasadas las tres del mediodía.
Solo lo haría si tuviera la certeza de encontrarme con ella allí.
Me estoy acostumbrando a pasar tiempo juntos y a mantener conversaciones; a veces son triviales, pero otras mucho más profundas.
Lo que está claro es que estamos cómodos junto al otro, nos lo pasamos bien y nos divertimos porque me voy a dormir con un dolor en la mandíbula de tanto sonreír —y sí, a veces, con un dolor de huevos cuando sus pezones deciden acaparar toda mi atención saludándome, cuando eso ocurre, solo hay un final posible: una ducha de agua fría para bajar el calentón momentáneo.
Las otras opciones que os estáis imaginando quedan descartadas, por ahora—.
Si tuviera turno de tarde, no hubiera dudado en aceptar su propuesta de escaquearme y comer con ella.
Desde que lo propuso estoy deseando hacerlo y volverlo una costumbre, como esperarnos para cenar.
Creo que empiezo a pensar de más en la pelirroja y a querer pasar más momentos a su lado, pero no puedo evitarlo.
Desde el primer instante consiguió atraparme y, cuanto más la conozco, más se acentúa ese sentimiento.
Puede que me haya encaprichado porque me parece atractiva y sé que no puedo tenerla.
Esta es la tercera semana de convivencia y puede que parezca poco tiempo, pero os aseguro que los días son largos y alargamos las noches con cualquier excusa.
Me atrae lo suficiente como para tener momentos en los que me olvido de todo —en especial, de que somos compañeros de piso— y estoy tentado de dejarme llevar y mandarlo todo a la mierda.
Estoy tensando tanto la cuerda que terminará dándome un latigazo en toda la cara.
Cuando la veo sentada a mi lado con ese pijama y tengo la certeza de que no lleva ropa interior debajo, pierdo la razón.
Se me nubla la vista y solo puedo pensar en cómo sería besarla y enredar mis manos en su pelo.
Por supuesto, se debe única y exclusivamente a la atracción física que siento por ella.
Hablar de sentimientos sería ir un paso más allá, aunque no me cierro a que aparezcan, dudo que existan por ahora.
No descarto que en un futuro se desarrollen, pero lo nuestro tiene fecha de caducidad porque cuando vuelva Tina dejaremos de estar en esta burbuja que hemos creado.
Para que os hagáis una idea del nivel de obsesión que empiezo a tener con ella, ahora mismo la estoy visualizando parada en medio del club y mirando hacia mí.
He decidido matar el tiempo peloteando yo solo.
Al ser mediodía, las pistas no están completas, falta más de una hora para que esto se vuelva a llenar de gente.
Por eso estoy, como un tonto, lanzando la pelota al cristal una y otra vez.
No necesito nada más que esto para entretenerme.
Me sirve para desahogarme y dejar de pensar, o al menos me servía, porque está claro que mi mente recrea la imagen de Carlota una y otra vez.
Si no la conociera, diría que es real, que está aquí, en el club y acercándose a mi pista.
¿Es eso posible? Cojo la pelota con la mano derecha y se la lanzo.
Igual no es la decisión más sensata ni la mejor idea que he tenido en mi vida, pero es una gran comprobación para saber si es una ilusión o no.
—¿Me acabas de lanzar una pelota? —pregunta ella alzando la voz y devolviéndomela con rabia. No llega a darme por poco, cae junto a mis pies.
Gruñe mientras se coloca en la entrada de la pista, se cruza de brazos y me fulmina con la mirada. Sonrío como respuesta. Esta visita inesperada acaba de alegrarme el día.
—Con ese gesto he podido descubrir dos cosas: eres real y tienes reflejos, bien por ti.
—Yo creo que acabo de descubrir que eres más estúpido de lo que imaginaba. Un adjetivo más que añadir a la lista, justo por detrás de desordenado. —Suelto una sonora carcajada—. Perdón por la falta de respeto, me ha salido del alma.
Admito que en estos momentos y por culpa de ese comentario, me parece más adorable de lo normal. Ha agachado la mirada, casi arrepentida por haberme dicho «estúpido».
—No te disculpes, si no te falta razón. —Camino en su dirección, ya que parece que ella no va a entrar en la pista.
No me quita el ojo de encima y eso solo consigue que sonría con suficiencia—.
Cuéntame, ¿qué te ha traído hasta ProSet BCN?
—Me apoyo en la puerta, un gesto que la obliga a retroceder un paso por la repentina cercanía—.
No me digas que vas a aceptar mi propuesta y a iniciarte en el mundo del pádel conmigo como entrenador —intento adivinar, aunque al ver su gesto ya me deja claro que no siga.
Aun así, insisto—. No creo que vayas adecuada para la primera clase.
Me permito mirarla de arriba abajo. Lleva el uniforme del trabajo: unos pantalones de vestir negros junto a una camisa de manga larga del mismo color. Demasiado básica, pero, pese a ello, está preciosa. Ese color contrasta con el de su pelo.
—Esa todavía no es una opción que haya barajado.
—Si cambias de opinión, avísame. —Le guiño un ojo. Últimamente me estoy tomando la libertad de acercarme más a ella y hacer gestos como este—. Entonces, ¿qué haces aquí?
Junta sus manos y sus dedos empiezan a jugar libres entre ellos. Está nerviosa. Ha vuelto a agachar la mirada y parece darle vueltas a qué decir.
—Ojalá tuviera una respuesta coherente que darte, pero la realidad es que me he puesto a caminar mientras hablaba por teléfono al salir del trabajo y he terminado aquí.
—Sus ojos se clavan en los míos y observo un brillo especial que me conmueve—.
No me preguntes el motivo porque ni yo misma lo sé.
—Chasquea la lengua—. Bueno, supongo que una parte de mí también quería compartir contigo la noticia y no podía esperar a que llegaras al piso.
—Mi corazón se ablanda un poco al escucharla decir eso.
Me percato de que toma aire antes de añadir—: Mañana empiezo en una escuela pública como tutora de primero, es algo temporal porque tengo que cubrir una baja, pero estoy muy ilusionada.
Me olvido de todo y hago lo que el cuerpo me pide.
Rompo la distancia que nos separa y rodeo a Carlota entre mis brazos.
Lo hago con tanta emoción que incluso la levanto del suelo, consiguiendo que suelte una carcajada contra mi camiseta por la sorpresa.
Ella me devuelve el abrazo al segundo, no lo duda, y eso me acelera el corazón.
Después de inhalar su aroma y recrearme al sentir su cuerpo contra el mío, la suelto.
Al momento siento que me falta algo y desearía volver a tenerla entre mis brazos.
—¡Eso es maravilloso, pelirroja! Me alegro mucho por ti, es una gran oportunidad. Y mira tú por dónde, antes de Navidad, algo que creías que era impensable.
Hemos hablado más de una vez de este tema, a Carlota le preocupaba tardar mucho más en entrar en la educación pública, pero, tal y como le dije; todo llega.
—Todavía estoy intentando asimilar la noticia —admite. Me fijo en que sus mejillas están ligeramente sonrosadas y quiero creer que yo soy el culpable. Rectifico: que ese abrazo es el responsable de esa reacción.
—Se me ocurre algo para celebrarlo porque evidentemente esta noticia se merece algo especial. —Las palabras se escapan de mi boca antes de que pueda digerirlas. Mi mente va a mil por hora y lo único que tengo claro es que quiero estar con ella en un momento tan feliz.
Que haya venido hasta aquí para decírmelo, dice mucho, pero ahora no tengo tiempo para descifrar qué significa, ya le daré vueltas más adelante.
—No es necesario.
Su boca dice una cosa, pero todo su cuerpo otra muy diferente. Intenta disimular una sonrisa.
—No era una pregunta. Solo confírmame que te gustan las galletas y que ahora mismo te comerías una. Sé dónde hacen las mejores de todo Barcelona, te advierto que cuando las pruebes, cambiará tu vida.
Se me está haciendo la boca agua solo de pensar en The Holy Cookie, un local muy cercano a la estación de tren de Passeig de Gràcia. Es decir, a pocos minutos de nuestro piso y del club.
—Algo me dice que te has venido un poco arriba con esa afirmación —comenta risueña.
—Confía en mí.
—¿No se supone que estás trabajando? No me gustaría interrumpir tu horario laboral.
Mira a su alrededor buscando la prueba que confirme esa pregunta.
—Hasta las seis no tengo entreno con Nil y Marc, así que tengo tiempo para ti. Te sorprendería saber que tengo descansos, aunque no salga del club para disfrutarlos. Haznos un favor y no busques excusas para rajarte, pelirroja. Cualquiera diría que te asusta pasar tiempo conmigo.
Tuerce la cabeza.
—Creo que te olvidas del pequeño detalle de que somos compañeros de piso, paso mucho tiempo contigo, más que con cualquier persona.
«Ya somos dos».
Mi mundo se empieza a resumir en el pádel y en ella, algo que es demasiado peligroso.
—Tú misma lo has dicho, en el piso. Fuera de ahí, todavía no hemos hecho nada juntos.
—Siempre hay una primera vez para todo —termina por decir—. Ya pueden estar buenas esas galletas.
—Casi tanto como la compañía.
—Venga ya, listillo.
Me da un golpe en el hombro cuando me pongo a su lado. Ese gesto solo hace que sonría más. Esta relación y este clima que hemos ido construyendo me flipa.
—Estás desbloqueando una faceta que no conocías de mí, pelirroja —admito. Me estoy soltando cada vez más y mi cabeza olvida por qué no debería intentar algo con ella.
—No sé si quiero que eso ocurra.
Sonaría más creíble si esa sonrisa pícara no se dibujara en sus labios, siempre la traicionan.
—Créeme, quieres —comento con voz más profunda.
—¿Es tu faceta de ligón rompebragas? —Enarca una ceja, con curiosidad, lo que termina con una carcajada perdiéndose por las pistas de pádel.