CAPÍTULO 19 #2
—¿Todo bien, rarita? —pregunta tan campante, incluso percibo su sonrisa a través del teléfono.
Frunzo el ceño, por mucho que ella no pueda verme.
Si lo llego a saber, hago una videollamada.
La curiosidad puede conmigo. No ha hecho el amago de susurrar al hablar, algo que me descoloca porque se supone que es de madrugada allí.
Mi mente intenta buscar una explicación lógica para esto.
Sí, puede que le esté dando vueltas de más a esta tontería.
—Eso debería preguntarlo yo. Se supone que deberías estar en el quinto sueño y no tan happy flower. ¿Qué hora es en Australia? En realidad, no me importa, solo quiero saber qué haces despierta entre semana.
—¿Me estás echando la bronca por teléfono, prima?
—Se ríe, consiguiendo que ponga los ojos en blanco—.
Solo me limito a disfrutar de mi experiencia aquí y sí, eso incluye trasnochar por mucho que mañana madrugue.
Además, ya sabes que soy bastante nocturna y la inspiración suele venirme cuando aparece la luna.
Estoy a punto de intervenir cuando el sonido de una voz masculina llega a mis oídos. Ahogo un grito. Sin embargo, el sonido de la risa de Martina me relaja al instante. Ha sido apenas un susurro, pero he conseguido enterarme. Llamarla es sinónimo de ponerme en situaciones que me aceleran el pulso.
—¿Estás sola? —Cambio mi discurso por los nuevos acontecimientos.
Necesito información y me pregunto si es el mismo chico que ha mencionado más de una vez, el hermano mayor de los niños que cuida—.
No me digas que ese corazón tuyo ya está acelerado e ilusionado por culpa de algún australiano —dejo caer de manera nada sutil.
—Vale que la romántica empedernida de la familia sea yo, pero eso no significa que en un par de semanas mi corazón ya esté ocupado.
—Conociéndote, te veo capaz.
Gruñe como respuesta y escucho una risa al otro lado que no es la suya.
—No abras el cajón de mierda, rarita, o me veré en la obligación de sacar la artillería pesada y preguntar por Alex —comenta con un tono juguetón, para nada enfadada.
—Puedes hacerlo, no tengo nada que esconder —respondo todo lo tranquila que puedo, intentando mostrar seguridad.
No sé si sueno creíble o no, pero no pienso comentarle la parte de que se me acelera la respiración cuando se pasea sin camiseta por el piso y me sorprende comprando la cena. No necesita motivos para avivar sus fantasías.
—Lo que daría por ver vuestra convivencia y relación a través de un agujero.
Pero no me llamabas para hablar de él, ¿verdad?
O espera, no me lo digas. Sí que lo hacías para contarme novedades salseantes que me harán gritar.
—La ilusión en su tono de voz es imposible de obviar.
Cualquiera diría que Martina quiere que pase algo entre nosotros.
—Lo que tengo que decirte también te hará gritar, pero no tiene relación alguna con un chico.
—Seguiré intentándolo.
Suelto una pequeña carcajada y procedo a explicarle todo.
No omito ningún detalle, le cuento hasta la más mínima tontería relacionada con la nueva noticia: desde cómo me he enterado hasta lo que me han dicho cuando he llamado al cole.
Martina chilla al otro lado, incluso se pone a aplaudir en más de una ocasión.
Está tan feliz como yo. Sonrío en todo momento y me voy emocionando.
Tengo la suerte de contar con dos personas en mi vida que se alegran por mí, me apoyan y comparten cada uno de mis logros.
No estoy sola, soy muy consciente, y eso me llena el pecho de orgullo porque en más de una ocasión había sentido esa soledad, pero sé que siempre he contado con ellas, aunque mis propios nubarrones no me dejaran ver el sol.
Por supuesto, colabora haciéndome un interrogatorio más exhaustivo que la policía.
Eso me ayuda a despejarme y seguir hablando sin parar mientras camino por las calles de Barcelona sin rumbo fijo.
—Me encantaría seguir hablando, rarita, pero reclaman mi atención.
Mañana, cuando tengas un minuto libre, quiero que me transmitas absolutamente todo.
—Es una orden que me hace sonreír y que pienso cumplir—.
No te dejes detalle alguno, sabes que me encanta escucharte.
Sé que, en el fondo, por muy feliz que estés por esta nueva etapa, también estás aterrada y muerta de miedo, pero déjame decirte que lo harás genial.
Confío en ti y sé que estás capacitada para ejercer como maestra, así que ni se te ocurra dudarlo.
—Me muerdo el labio, en un intento por contener las lágrimas que se empiezan a acumular en mis ojos.
Martina me conoce demasiado bien. No he necesitado hablarle de esa parte ni trasladarle todos mis miedos y aun así los sabe.
¿Cómo es posible?—. Esos niños de primero van a tener la suerte de conocerte y aprender mucho de ti, al igual que tú de ellos.
Empápate de conocimientos, pregunta, sé una más y, sobre todo, sé tú misma en todo momento porque los enamorarás.
Después de estar contigo, no querrán que vuelva su tutora.
—Se ríe como la malvada de una película Disney—.
Esto te servirá como un gran aprendizaje, aprovéchalo y disfruta.
Sonrío mientras me seco una de las lágrimas.
No sabía lo mucho que necesitaba escuchar eso hasta que lo ha dicho. Ella tiene esa capacidad, es un don innato.
—Gracias por creer en mí y por tus palabras, espero estar a la altura de lo que se espera de mí —confieso en un hilo de voz—. Si es que te tengo que querer.
—¿Esta vez sin la parte de odiarme?
Cojo aire y lo suelto. Respiro con tranquilidad antes de decir:
—Te quiero, prima.
Así, sin más, esas dos palabras que tanto he reprimido salen solas de mi garganta. Estaban esperando el momento exacto y sé que era este. Siento que me he quitado un peso de encima. He sido capaz de decirlas y, contra todo pronóstico, me noto liberada.
—No tanto como yo a ti, rarita mía.
Colgamos después de eso. Supongo que no hay mejor manera para finalizar una llamada.
Cuando lo hago, me doy cuenta de dónde me han traído mis pies y mi subconsciente.
Estoy delante de ProSet BCN, el club de pádel donde trabaja Alex.
No sé cómo ni por qué he terminado aquí, pero no puedo dejar de mirar el cartel con una idea muy clara en mente.
¿Debería entrar? Suspiro. Mi cuerpo ha vuelto a tomar una decisión antes de que pueda asimilarlo.