CAPÍTULO 19
Noto el segundo exacto en el que el corazón me da un vuelco, se me seca la garganta, me empieza a faltar la respiración, mis manos tiemblan mientras sujeto el móvil con fuerza y los ojos se me inundan de lágrimas.
Intento asimilar lo que estoy leyendo. He perdido la cuenta de las veces que he releído esas dos frases en los últimos segundos, con miedo a que cambiaran y deseando que no fueran una alucinación.
Por muchas veces que haya soñado con esto, nada me había preparado para el impacto de la realidad.
No sé cómo reaccionar. Solo se me acumulan las lágrimas y dejo que rueden libres por mis mejillas.
Es lo que llevo demasiado tiempo deseando y no me puedo creer que esté pasando de verdad. Grito en silencio.
«Has obtenido un puesto de trabajo en un centro educativo público. Entra en el siguiente enlace».
Tengo tiempo para aceptar. Hasta las doce no se abre la franja horaria para hacerlo, por lo que no hay prisa.
Aunque debo reconocer que quiero hacerlo ya, el ansia me está devorando viva.
Por suerte, puedo consultar dónde me ha tocado —el centro exacto— y durante cuánto tiempo estaré sustituyendo.
Al menos así me hago a la idea. Sé que, sea lo que sea, voy a aceptar.
No importa si son quince días o un mes. Tengo que decir que sí para entrar en la educación pública.
Soy realista y me mentalizo de que será una sustitución temporal —aunque estas muchas veces se alargan más de lo que dicen en un primer momento, o al menos eso he escuchado—, es lo más común en estas fechas.
La opción de que sea hasta final de curso no la descarto, de ilusiones también se vive y todavía hay esperanza.
Sería todo un sueño coger una vacante, es decir, la plaza de alguien que ha dejado libre ese puesto para siempre o una nueva que se ha abierto por alguna circunstancia especial —como, por ejemplo, porque llegan a los alumnos necesarios para tener un aula de acogida—.
Eso sería tener demasiada suerte y que todos los astros se hayan alineado, porque una vacante supone estar contratada hasta agosto, por lo que te pagan los meses de verano, aunque no se trabajen.
Es cuestión de segundos que descubra la verdad, para ser más concreta, lo que tarde en cargarse la página.
Saberlo hará que mis pies aterricen de nuevo en la tierra y deje de fantasear.
Bendigo el momento en el que me compré un Apple Watch.
Llevaba tiempo barajando la idea, pero no terminaba de animarme por el dinero que suponía.
Pero gracias a haberlo hecho, he podido ver la notificación en el reloj, ya que estoy trabajando —en mitad del turno para ser más exacta— y si no lo hubiera llevado conmigo, no sé si hubiera llegado a tiempo.
Antes contaba con la predisposición de mi prima.
Martina era algo así como mi secretaria personal que se encargaba de mirar el número y la lista de nombres que habían sido seleccionados.
Pero tras su marcha y después de pedir permisos para escaquearme a mirar el móvil, decidí comprarme el Apple Watch.
Tan solo necesité un par de días y varias miradas de pocos amigos por parte de la encargada y de algunas compañeras para decantarme por esa opción. Era lo más sensato y lógico.
Ahora mismo, si fuera por ellas, estaría enterrada bajo tierra por haberme ido a hacer el descanso antes de tiempo.
Pero al leer el mensaje en el reloj he tenido muy claro lo que debía hacer.
No dejo de visualizar el momento de ir a la encargada a decirle que mañana no cuenten conmigo porque empiezo en un cole.
La satisfacción que va a suponer esa conversación es incalculable.
Busco mi nombre en la lista de afortunados, tan solo me lleva dos páginas dar con él.
Quiero creer que el retortijón en el estómago se debe a los nervios del momento, lo último que me faltaba sería ponerme mal justo hoy.
Me han adjudicado una jornada entera de educación primaria y será hasta finales de febrero.
Quiero gritar de pura felicidad. Estaré trabajando tres meses aproximadamente.
Mi mente barajaba la opción —en caso de que hubiera sido un período más corto— de no abandonar la tienda y pedir una reducción de jornada, algo que ha quedado descartado ahora mismo.
Además, tengo la esperanza de que, pasados esos meses, me vuelva a surgir otra oportunidad o que se alargue esta.
Empiezan a dolerme las mejillas porque no puedo dejar de sonreír.
Una sonrisa estúpida se me ha quedado pegada a la cara.
Puede que este sea uno de los días más felices de mi vida.
Copio y pego el nombre del cole para buscarlo en el Maps e irme organizando para mañana.
Hago un bailecito mental cuando descubro que está a cinco paradas en metro de Plaça Catalunya.
Lo que se traduce en poder comer en casa si quiero.
¿Puedo tener más suerte? Solo me queda hacer una llamada de cortesía para saber el horario, descubrir qué debo hacer exactamente e informar que mañana empiezo —algo que ya saben, pero quiero creer que agradecen el gesto.
Los minutos se me hacen eternos, sé que debo volver al trabajo, por eso mismo le traslado a la encargada las últimas novedades.
Me aseguro de remarcar que a las doce en punto debo ausentarme unos minutos para aceptar la plaza —mi carrera depende de ello, no exagero—.
Su cara mientras hablaba era todo un poema.
Casi entra en pánico al descubrir que me voy.
En mi defensa diré que lo dejé muy claro desde que entré.
Esto era algo pasajero hasta que llegara mi oportunidad.
Somos bastantes en la plantilla y no creo que encontrarme sustituta sea difícil, puede que para mañana deban organizarse diferente o incluso alguna deba hacer horas de más, pero será cuestión de días que alguien entre en mi puesto.
No me da ninguna pena tener que despedirme de mis compañeras y de este trabajo.
Me voy con la cabeza bien alta a empezar, por fin, en una escuela pública.
Con la credencial ya descargada —el documento que se genera al aceptar la plaza con toda la información de la sustitución—, reviso todos los papeles que tengo que rellenar al ser mi primera vez.
Me agobio un poco al ver la cantidad y me digo que en casa, con calma, lo haré todo.
Necesito el portátil para llevarlo a cabo.
Solo hay dos cosas que debo llevar impresas: la credencial y el número de cuenta.
Ya te avisan de que, al entrar a trabajar pasado el día quince, cobrarás estos días en la nómina del próximo mes; algo que no me preocupa lo más mínimo porque tengo ingresos gracias a Zara.
No puedo dejar de pensar en la faena que tengo cuando termine el turno.
Debo asegurarme de hacerlo todo correctamente y no meter la pata y liarla.
Además, tengo que llamar a mi madre y a mi prima para comunicarles esta gran noticia.
Ya me estoy imaginando sus gritos. Pero intento eliminar esos pensamientos con un movimiento de cabeza, ahora debo centrarme en ir doblando y colocando de manera correcta la ropa que la gente va dejando a su gusto por la tienda.
Algo que odio con toda mi alma que hagan, sin embargo, hoy, no maldigo mentalmente a esas clientas porque me permito saborear que este es mi último día.
La vida se ve y se siente diferente con eso en mente.
Mi madre es la primera en dejarme sorda a través del teléfono.
He perdido la cuenta de las veces que me ha dado la enhorabuena y me ha dicho lo mucho que me lo merezco.
No sé si merecérmelo sería la palabra correcta, al fin y al cabo, solo he tenido que esperar a que llegara mi momento.
Durante ese tiempo no he hecho nada. Mi mérito fue sacarme el grado de Educación Primaria, como el resto de maestros.
Pero supongo que sí, me lo merezco, igual hasta más que algunos de mis compañeros de universidad.
Ya que había muchos que estaban ahí por el sueldo y las vacaciones, no por vocación de verdad.
Ya se lo encontrarán, la docencia es algo que te debe apasionar, si lo disfrutas, se nota y, si no estás hecho para eso, también.
No todos servían para ejercer, algo que estoy convencida de que con el tiempo aceptarán o descubrirán.
Los alumnos necesitan profesores aplicados que disfruten de lo que hacen, no amargados que están calentando la silla a cambio de dinero y tener los mismos días de fiesta que sus hijos.
Por si os lo estáis preguntando, sí, me enfurece pensar en ese porcentaje de docentes.
Me he regodeado en los cumplidos y palabras bonitas que me ha dedicado mi madre, a veces necesito hacerlo.
Hemos aprovechado para ponernos al día porque todavía no habíamos hecho nuestra videollamada semanal rutinaria.
Una tradición que seguimos a rajatabla desde que me mudé a Barcelona.
Eso y una visita cada tres meses no pueden faltar.
Lo pactamos cuando decidí dejar todo atrás y hasta el día de hoy todavía no hemos fallado a esa promesa.
Es ella la que acostumbra a venir más porque así aprovecha y pasa tiempo con su hermana, aunque a veces se empeña en que suba yo a la capital para que creemos vínculo los tres —ella, su pareja y yo—.
No me quejo, al contrario, soy demasiado feliz al verla tan contenta e ilusionada.
Encontró el amor cuando menos se lo imaginaba.
Ahora le toca el turno a Martina, pese a la diferencia horaria, la llamo.
Esta noticia merece ser explicada de esta manera, aunque eso provoque que la despierte.
Me preparo para su mal genio por la llamada improvisada que romperá su sueño.
Sin embargo, me sorprende que tarde tan solo un par de tonos en contestar.
Ya me estaba mentalizando para insistir.