CAPÍTULO 17
—No eres de fiar —comento cuando Alex aparece en mi campo de visión.
Lleva una camiseta de manga corta blanca —algo a lo que ya me he acostumbrado, pues he aceptado que el frío no existe para él— junto a un pantalón de chándal negro.
Él enarca una ceja, divertido. Las palabras se han escapado solas de mi boca al verlo—.
Vas vestido por casa. ¿Quién sale de la ducha y no se pone el pijama?
—Niego, incapaz de entenderlo—. Llevo guardándome este comentario desde el primer día de convivencia.
Soy partidaria de que la gente que va con ropa de calle cuando está en casa oculta algo y no es de fiar.
Suelta una sonora carcajada que consigue hacerme sonreír. Siento que me he quitado un peso de encima al decirle esto, llevaba tiempo dándole vueltas y sin atreverme a hacerle esa confesión.
—¿Qué crees que oculto, pelirroja? —El tono que utiliza consigue revolverme el estómago, en el buen sentido, como cuando sientes cosquillas agradables—. Te sorprendería saber que este es mi pijama. —Se señala de arriba a abajo.
Niego al momento.
—Podría llegar a aceptar que utilizaras un chándal como pijama, pero este no es el caso porque, si lo fuera, llevarías el mismo un par de días. Y déjame decirte que la camiseta y el pantalón son diferentes cada noche.
Silva y aplaude, algo que me descoloca. Al igual que esa sonrisa ladeada que se le dibuja en los labios mientras se acerca a mí con paso decidido.
—No sabía que te fijabas tanto en mí. —Siento el calor instalarse en mis mejillas.
No solo por el comentario, sino por la manera en la que se va comiendo la distancia.
Mierda. ¿Igual he sido demasiado observadora?
Yo misma me he delatado al dar tanto detalle—.
Veo que acaparo toda tu atención. Me lo tomaré como una buena señal.
—No te equivoques, la acapara tu no pijama —puntualizo para que no se piense que me interesa lo más mínimo.
Aunque en el fondo ha quedado claro que sí.
En mi defensa diré que es mi subconsciente el que mira hasta el último detalle cuando se trata de Alex.
Es como si fuera una luz para mí y yo una polilla, destinada a ir hacia él.
Hay momentos en los que me quedo embobada, observándolo como si lo estuviera analizando.
Algo bastante psicópata si lo miras desde fuera.
Me he repetido que puede ser fruto del interés que despierta en mí.
Una idea que cada vez que aparece en mi mente me obligo a descartar de inmediato porque no debería ser así.
Permitir abrirme de nuevo ante alguien no entra en mis planes porque luego la que sale perjudicada soy yo.
«Aunque sería demasiado fácil hacerlo con él», pienso para mis adentros.
Borrar. Borrar. Borrar. Ese pensamiento no debería existir.
—Me sirve si eso hace que me mires, pelirroja. —Si me hubiera guiñado el ojo ahora mismo, me hubiera dado un paro cardíaco. Menos mal que no lo ha hecho, suficiente tengo con que mi pulso se haya acelerado por su presencia y comentarios—. Seguiré utilizándolo entonces.
—Igual que las camisetas de manga corta, ¿verdad? ¿Sabes que estamos a finales de noviembre? —Las palabras vuelven a precipitarse.
Creo que debería empezar a morderme la lengua, para la próxima tal vez esté a tiempo.
—Soy bastante caluroso. —Se encoge de hombros, restándole importancia.
—Fíjate, algo me intuía.
—¿Tienes algún problema más con mi forma de vestir cuando estoy por casa? Es el momento de sincerarse, aunque no te dejaré añadirlo al contrato de convivencia.
—Eso sería todo —admito—. Mientras lleves ropa, no tendremos ningún problema.
¿Puede alguien pararme? Parece que voy cuesta abajo y sin frenos, directa a estrellarme. Pero él parece divertirse con la situación, aunque probablemente se esté riendo de mí. No me sorprendería.
No pienso confesar que esas camisetas consiguen que no pueda apartar la mirada de sus brazos, sería bastante bochornoso hasta para mí. Igual que no pienso admitir que la falta de ellas conseguiría revolucionar mi mente y mi cuerpo por completo.
Me niego a imaginar esa escena, aunque confieso que esa imagen mental ya se ha colado más de una vez.
—Yo no critico tus pijamas a cuadros. ¿No había más estampados disponibles en la tienda? —pregunta con diversión. Ese brillo juguetón aparece en su mirada.
—No podrías hacerlo, van acorde con la época del año —contesto con la cabeza bien alta, orgullosa—. Calentitos, tapan todas las partes del cuerpo, cómodos para estar por casa y te permiten ir sin ropa interior, algo que tu chándal seguro que no.
Su hoyuelo hace acto de presencia al sonreír. Parece que la charla le divierte. A mí empieza a avergonzarme.
—¿Es tu manera sutil de preguntarme si llevo calzoncillos? —Me quedo sin respiración. ¿En qué momento la conversación ha derivado en esto? Tierra, trágame y escúpeme muy lejos de aquí—. Porque si lo es, no funciona. Tendrás que quedarte con las ganas de saberlo.
Ahora sí que me guiña un ojo. Un gesto que no debería afectarme lo más mínimo.
Llegados a este punto tengo dos opciones: agachar la cabeza con la esperanza de pasar desapercibida y que no note el miedo y la vergüenza que me produce estar hablando de esto —vamos, marcarme la táctica del avestruz— o afrontarlo con toda la dignidad posible.
Al fin y al cabo, he sido yo la que ha mencionado la ropa interior.
Me arrepiento de no pensar más las cosas antes de decirlas.
—Primero: esa información no es de mi interés —digo mostrándome segura de mí misma. Error. Venirme arriba no era lo que necesitaba porque termino añadiendo—, y segundo: es evidente que sí llevas calzoncillos.
Enarca una ceja y me regala una sonrisa traviesa que consigue revolucionar todo mi ser.
Aparto la mirada, incapaz de sostenerla. Esos ojos marrones me estaban transmitiendo demasiado.
—No sé si debería preguntar cómo lo sabes.
Trago saliva, visiblemente nerviosa. He vuelto a dar más información de la necesaria. Debería haber agachado la cabeza con la esperanza de desaparecer.
—Creo que es mejor que omitas la pregunta —concluyo con un hilo de voz.
No sería capaz de contestar. No puedo decir que con un simple vistazo a esa parte de su cuerpo se nota si lleva o no.
Sería admitir que mi mirada ha ido a parar a su entrepierna en más de una ocasión.
Algo que no me dejaría en buen lugar y daría mucho de qué hablar.
Esa conversación sí que no quiero mantenerla. Me niego.
—¿Sabes? Eres bastante divertida, aunque no te lo propongas.
¿Eso ha sido un cumplido? Me encojo de hombros. Digamos que no estoy acostumbrada a recibirlos, mucho menos de alguien que no sea Martina.
—Gracias, supongo.
Durante unos segundos se hace el silencio, no es incómodo.
Aprovechamos para poner la mesa y servir en dos platos lo que he preparado.
Como he tenido turno de mañana, he decidido cocinar algo para cenar.
Me he decantado por preparar unas fajitas con carne picada y queso.
Bastante simple, pero muy bueno. Vamos intercambiando el rol de cocinero, depende de quién llegue antes a casa.
No lo hemos hablado, ha ido surgiendo sin llegar a un acuerdo.
—Yo también puedo afirmar que tú no llevas sujetador —dice justo después de darle el primer bocado a la fajita.
Casi me atraganto al escucharlo.
Bebo agua en un intento de que el calor desaparezca, pero no lo consigo. Parece ser que se ha instalado en mi cuerpo y no tiene intención de irse mientras Alex permanezca cerca y me suelte ese tipo de confesiones.
—¿Debería preguntar?
Hemos intercambiado los papeles. Lo miro con curiosidad, alzando una ceja y probablemente con mis mejillas teñidas de rojo, seguro que el calor ya ha ido a parar a ese punto. Me estoy intentando mostrar más segura y con confianza de lo que en realidad estoy.
—Prueba, no esconderé que mis ojos se han posado más segundos de los estrictamente necesarios en esa zona. Algo que tú has intentado ocultar.
—¿Me has mirado las tetas? —pregunto elevando la voz por la sorpresa.
Creo que se me ha desencajado la mandíbula y los ojos se me van a salir de las órbitas por la naturalidad con la que lo ha dicho. Él se limita a soltar una carcajada.
—¿De verdad necesitas que te responda, pelirroja?
Me encantaría decir que mi cuerpo no responde por sí solo a esa pregunta, pero hasta mis pezones se han endurecido al escucharlo. Y sí, su mirada termina en ese punto antes de que sepa cómo reaccionar.
—Retiro la pregunta.
De la manera más disimulada que soy capaz, cojo un cojín y lo atraigo hacia mi cuerpo. Es una barrera simbólica, mi forma de levantar un muro de algodón y, de paso, ocultar que mis pechos han decidido traicionarme al saber que tienen un nuevo admirador.
—Sabia elección. Algo me dice que no podrías hacer frente a esa respuesta.
No sé cómo interpretar ese sí que no se ha llegado a decir, pero que es evidente. Por supuesto, no pienso decírselo. Ya le daré vueltas esta noche —y muchas más— a esa idea. Será difícil dejar de pensar en ello.
—Creo que deberíamos dejar de hablar de este tema.
—Has sido tú quien ha dado el pistoletazo de salida.
Él se muestra tranquilo, como si nada, mientras mis neuronas están cortocircuitando y me estoy derritiendo por dentro.
—Me arrepiento —confieso entre risas. Reírme, a veces, es una de mis mejores defensas.
En este caso se debe a los nervios—. Está a punto de comenzar el primer episodio de La isla de las Tentaciones, mi atención debe centrarse en eso —comento buscando el mando de la tele, es Alex quien me lo da.
Este es mi intento de desviar la conversación a algo que pueda controlar—.
De normal no suelo verlo en directo porque termina a las tantas de la noche, pero al ser el primero siempre me doy el capricho.
Luego, esquivar los spoilers en TikTok es todo un logro.
Pero te sorprenderá saber que soy una experta.
Enciendo la tele y busco el canal donde lo dan, solo faltan unos pocos minutos para que empiece.
—No me digas que tú también caes en la tentación, nunca mejor dicho, de ver ese programa. —Se ríe él solo por el comentario.
—Lo vivo al máximo, como si estuviera allí. Puede que esté pactado, haya un guion o cualquiera de las teorías que se han mencionado o se te ocurran, pero lo cierto es que me entretiene y, al fin y al cabo, esa es su misión.
—No me lo esperaba, no te visualizaba viendo ese tipo de programas.
Enarco una ceja sin dejar de sonreír.
—Hablas con toda una experta del cotilleo.
Mujeres, hombres y viceversa y Next marcaron toda una generación.
Ahora nos tenemos que conformar con la Isla.
Te aseguro que, si ves un capítulo, te engancharás y necesitarás el siguiente.
Vamos, me apuesto cualquier cosa a que, si le das una oportunidad esta noche, mañana estarás a la misma hora en este sofá esperando a que empiece.
Esto no lo sabes, pero este año tenemos más de un episodio a la semana, creo que emitirán tres, si no me equivoco.
—¿Da para tantos programas? —pregunta sorprendido.
—No te llegas ni a imaginar todos los salseos que hay.
Seguro que has tenido que oír hablar de ello, aunque no lo hayas visto nunca.
En la última temporada, España entera se volcó por una relación.
Y no precisamente por una de las parejas que había entrado, sino que querían que le pusiera los cuernos.
No había tanta unión desde que ganamos el Mundial.
Su cara de estupefacción es digna de estudio.
—Eso son palabras mayores, pelirroja.
—Te invito a ver conmigo el programa y que lo juzgues tú mismo.
—No podemos ver otra cosa, ¿verdad?
Hace un puchero, pero niego. Por muy atractivo y adorable que se vea en estos momentos, no pienso ceder.
—El primero que se hace con el control de la tele manda, pero eso ya lo sabes, listillo.
Le doy un golpe juguetón en el hombro, tomándome demasiadas confianzas, pero siento que estamos en ese punto. Él me lo devuelve.
—No debería haberte dado el mando hace unos minutos.
—¿La verdad? No, pero ya no hay vuelta atrás.
Venga, que empieza. —Me coloco mejor en el sofá.
Me siento sobre una pierna mientras la otra cuelga.
Por supuesto, sigo con el cojín contra mi pecho—.
Te pongo un poco al día conforme vayan saliendo las parejas, porque yo he visto el casting que hicieron y no tiene desperdicio.
—Cualquiera diría que estás disfrutando con esto.
—Espero que sea igual o más divertido que comentarlo con mi prima.
Desde que vine a vivir a Barcelona hemos visto el programa juntas.
Ella es la reina del chisme —que sufre como la que más cuando le rompen el corazón a alguien— y yo no me quedo corta.
Dice que estas cosas también le sirven de inspiración, que una artista como ella debe estar dispuesta a recopilar ideas de cualquier parte para luego evocar todo en sus lienzos.
—No sé si estaré a su altura.
—Puedes intentarlo.
Y vaya si lo hace, porque comenta hasta el más mínimo detalle conmigo.
A mí me encanta hablar cuando estoy viendo algo y contrastar las diferentes teorías.
Sé que hay gente que lo odia y prefiere el silencio, pero eso no va conmigo —ya he dejado claro que lo de morderme la lengua es imposible—.
Por lo visto, con Alex tampoco, porque forma parte de mi team.
Las risas van y vienen seguidas de bocas abiertas por lo que vamos viendo de las parejas y de los tentadores.
Empiezan fuerte. Algo me dice que esto —ver el programa juntos— no será puntual y aislado, sino que lo convertiremos en una tradición, al igual que hacía con Martina.
No habrá esperas, ni verlo en el ordenador cuando saque tiempo, no; lo veremos juntos y criticaremos.
Sorprendentemente, hemos coincidido en muchas cosas.
No nos hemos dejado nada por comentar, ni siquiera quiénes nos parecen más atractivos.
¿Habrá notado algo cuando he elegido al del brazo tatuado?
Pura casualidad si me preguntan. No existe relación alguna con Alex, ¿verdad?