CAPÍTULO 15 #2
—Pelirroja, los míos no son aptos para todos los públicos.
—Me guiña un ojo y a mí se me seca la boca, desconozco si es por el gesto o por lo que ha dicho.
Me quedo sin palabras, observando lo que hace: da media vuelta, se pone una gorra negra y coge la mochila.
Al menos tiene la decencia de ponerse una sudadera para salir a la calle—.
Nos vemos más tarde. —Mira la hora en su móvil—.
Espero que tengas un buen día en la tienda y, en especial, que tengas suerte con la bolsa de trabajo.
Esto último me lo ha dicho cada día desde que se lo expliqué, ya sea en persona o a través de un mensaje.
—Diviértete en el club y no tengas piedad con Nil y Marc.
Sonríe por mi comentario. Me explicó con todo lujo de detalles el punto en el que estaba con esos dos chicos. Siento que los conozco, aunque no los haya visto nunca.
—Algún día me acompañarás.
No es la primera vez que me lo dice. Se ha empeñado en que debo probar lo que es jugar a pádel. Por supuesto, él se ha ofrecido a ser mi entrenador y darme una clase particular, algo que he rechazado, por ahora.
—Sigue intentándolo, listillo.
Se lleva la mano a la gorra antes de agachar ligeramente la cabeza, ese gesto es suficiente como despedida. No tardo en escuchar el sonido de la puerta al cerrarse. Acabo de quedarme sola en el piso y todavía quedan muchas horas para que empiece mi jornada laboral.
Me sorprende no escuchar el sonido de la tele y no encontrarme con Alex sentado en el sofá cuando llego a casa —ya me había acostumbrado a la rutina de cenar juntos, aunque apenas hace unos pocos días que ocurre—, sin embargo, su olor inunda todo el piso, justo lo que ocurre cada mañana cuando sale del lavabo.
Desconozco el número de veces que se ducha al día.
He estado tentada a preguntárselo solo por mera curiosidad y para poder corroborar si mi apuesta de dos es cierta.
Ese toque floral tan característico se cuela en mis fosas nasales, por lo que llego a la conclusión de que ha pasado por casa, pero ha salido porque el piso está sumido en el silencio.
Esa idea, en el fondo, me disgusta un poco.
Gruño al encontrarme una de sus llaves —la pelota de pádel como llavero es inconfundible—, fuera de su sitio.
Me aventuraría a decir que son las del club por el logo de ProSet BCN que también cuelga de ellas.
Justo en la entrada, en el recibidor, hay un pequeño cuenco en forma de hoja para dejarlas ahí.
Pero él parece no entenderlo porque se empeña en dejarlas justo al lado, lo que hace que me hierva la sangre.
No es la primera vez que me las encuentro aquí.
¿Tanto le cuesta ponerlas donde toca? Me pone de los nervios que las cosas no estén en su sitio —algo que le dejé muy claro en el contrato y algo de lo que estoy convencida que conoce a la perfección—, por eso mismo las coloco, por mi propia tranquilidad.
Pero no son las llaves lo que más me cabrea, sino la pala de pádel roja y negra con una «w» en el centro colocada en el mismo recibidor.
Me pinzo el puente de la nariz y cuento hasta diez.
¿En qué momento ha terminado aquí? Me doy cuenta de que en el suelo está su paletero, del mismo color que la pala.
Cualquiera diría que ha entrado y salido corriendo de casa dejándolo todo en el primer sitio que ha pillado.
Una idea que descarto porque el olor me recuerda que se ha tenido que duchar.
Lo que se traduce en que ha tenido tiempo suficiente para ordenar sus cosas y ha decidido no hacerlo.
Lo de la pala es algo nuevo y espero que sea la última vez.
Resoplando, la cojo, junto con la mochila, y camino por el pasillo hasta dejarlas justo delante de la puerta de su habitación.
Algo que no me parece suficiente, por eso voy hasta la cocina, donde descansan los post-it, y escribo con rapidez un mensaje.
«No pienso concederte las veinticuatro horas con esto.
Me niego a que tus cosas de pádel descansen en el recibidor tanto tiempo.
Primer aviso, no pienso concederte un segundo».
Dibujo una cara sonriente para no quedar como una borde de manual y lo engancho en la puerta para que pueda verlo.
Aunque se tropezará con sus cosas cuando quiera entrar en su cuarto.
En estos cuatro días he tenido tiempo suficiente para descubrir que la semana pasada se esforzó lo más grande por cumplir todas las normas pactadas porque, ahora que se ha relajado, le está costando lo de no ser un despistado —algo me dice que su faceta de persona desordenada está saliendo a la luz—.
Aunque no puedo quejarme del todo porque algunas cosas, mis manías más peculiares, las está cumpliendo.
Los cojines y las puertas están como me gustan.
Supongo que me está dando una de cal y una de arena. Igual quiere probar cuál es mi límite.
Después de ponerme el pijama —no me cansaré de decir que las personas que no se lo ponen en cuanto llegan a casa no son de fiar, Alex entre ellas—, voy directa a la cocina para picar algo.
Cuando tengo turno de tarde, termino cenando lo primero que encuentro —menos estos días que Alex se ha encargado de preparar algo, no mucho más elaborado que un sándwich mixto—, no me apetece complicarme y no tengo energía suficiente.
Las clientas se encargan de chuparme hasta la última gota de energía que queda en mi cuerpo.
Antes de abrir la nevera, una nota amarilla fluorescente llama mi atención.
Es igual que la que acabo de escribir y estoy convencida de que cuando me he ido no estaba.
Una letra que no reconozco, pero que debe de ser de mi compañero de piso, consigue que se me acelere el corazón.
Sorprendentemente, tiene una caligrafía fina bastante bonita y cuidada.
La leo con el pulso descontrolado, sin saber qué esperar.
«No prepares la cena, pelirroja. He salido a comprar sushi. Nos merecemos estos pequeños caprichos entre semana. Además, temía que me pusieras de patitas en la calle si volvía a cocinarte un sándwich de jamón y queso».
Sonrío sin poder evitarlo. Estoy muy sorprendida por el gesto y la iniciativa. Al final va a resultar que ambos nos hemos acostumbrado a cenar juntos.
Justo en ese instante, cuando todavía estoy procesando la información, el sonido de la llave encajando en la cerradura hace que me gire de golpe hacia la puerta para verlo entrar.
He decidido no esquivarlo, todo mi ser ha reaccionado ante su presencia.
Lleva la gorra negra puesta a juego con el chándal.
Todavía lleva la sudadera puesta, aunque soy muy consciente de que no tardará mucho en quitársela.
Solo lo he visto con tejanos el día de la cena, al parecer es algo insólito porque vive con la ropa de deporte puesta.
En la mano derecha sostiene una bolsa marrón con el logo de Kasa Japo, un restaurante de sushi de la zona. Martina y yo hemos ido alguna vez
—¿Cómo ha ido el día? —pregunta con una sonrisa al dejar las cosas en la encimera. Aprovecho para ir sacando lo que necesitamos, en mi caso cubiertos seguro porque los palillos no son mi fuerte—. ¿Alguna novedad sobre la bolsa de trabajo?
—¿Crees que hubiera ido a la tienda si mañana empezara en un colegio?
Yo misma me doy cuenta de la mierda de respuesta que acabo de darle.
Alex llega aquí interesándose por mí y yo me lanzo a la yugular, sin miramientos.
Lo cierto es que este tema me tiene harta y de muy mal humor.
No veo que vaya a llegar nunca por muy cerca que parezca que esté y eso me desmotiva.
Cada vez tolero menos a la gente y las horas en la tienda se me hacen eternas.
—Touché. Dejo las preguntas estúpidas de lado —contesta sin perder la sonrisa del rostro.
—Y yo dejo de ser insoportable —añado al instante, consiguiendo que sonría más, si eso es posible.
—La parte buena es que he traído sushi para cenar, seguro que eso ayuda a tu humor. Aunque, como no sabía qué era lo que más te gustaba, he traído mis favoritos. Espero haber acertado y, si no, más comida para mí.
—No tendrás esa suerte. Adoro el sushi y voy a devorar lo que has traído. Mi debilidad son las gyozas de pollo y el arroz al curry. Sin contar los sashimi y los nigiri, por supuesto.
—En ese caso voy a tener que comer rápido antes de que termines con todo.
Nuestras risas se solapan y disfruto del momento.
La tensión que sentía al estar cerca de él se ha ido disipando, todavía no ha desaparecido del todo, pero al menos estoy más a gusto con su compañía.
Mi coraza me acompaña y eso no dejará de ser así, tampoco quiero.
Martina y mi madre son casi las únicas personas con las que me permito bajar esos escudos.
—¿Sabes? —Me llevo una gyoza a la boca, sin dejar de mirar la maestría con la que coge los palillos—.
Mi prima y yo tenemos una especie de pacto cuando llegamos a casa.
Antes de hablar de cualquier otra cosa, debemos preguntarnos cómo nos ha ido el día.
Al entrar, lo has hecho y no he podido evitar pensar en ella.
—Me gusta. ¿Alguna anécdota a destacar? —vuelve a interesarse—. Creo que ninguna superará la del otro día.
—Créeme que sí. Cuando llegan las rebajas, son capaces de llegar a las manos para hacerse con esa prenda.
Abre los ojos, sorprendido. Yo también reaccioné así la primera vez que lo viví en persona. Me encuentro haciendo lo mismo que él por cómo sostiene en el aire ese nigiri. Parece todo un experto en el manejo de los palillos.
—Pagaría por verlo.
—Y yo por no tener que vivirlo en enero. A ver si con un poco de suerte me llaman antes de que empiece el período que todos los dependientes temen. Pero cuéntame cómo te ha ido a ti, seguro que tu día es más interesante.
—No te creas, aunque te animo a que lo compruebes por ti misma. Solo la parte de jugar a pádel, claro.
Ahí está de nuevo, insistente.
—Ya te he dicho que los deportes no son mi fuerte.
—Tonterías. —Le resta importancia a mi comentario con un movimiento de mano incluido y todo.
La conversación se alarga hasta que terminamos de cenar e incluso un poco más.
Soy yo quien decide abandonar el comedor cuando el sueño se empieza a apoderar de mí.
Estoy intentando dormir —no sé si os habéis planteado alguna vez que para quedarte dormido primero tienes que fingir estarlo— cuando una carcajada llega a mis oídos.
Sonrío al imaginarme a Alex delante de su puerta.