Jugamos a querernos (Jugamos 3) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Parece que algo en el ambiente y entre nosotros ha cambiado desde esa conversación tan íntima que compartimos el domingo.

Por mucho que lo he intentado, mi mente se empeña en recordarme con todo lujo de detalles aquella noche, y no hablo solo de las palabras que dijimos.

Cuando cierro los ojos, soy capaz de reconstruir una imagen mental de Alex, recostado sobre el sofá con el brazo derecho tatuado detrás de su nuca y esos ojos marrones mirándome fijamente.

Decir que me parece atractivo sería quedarme corta, pero las señales de alerta saltan en cuanto lo tengo delante.

No puedo pensar en él de ese modo y mucho menos dejarme llevar por mis hormonas revolucionadas que gritan histéricas cuando se pasea en manga corta por el piso.

Hasta he bajado la calefacción en un intento de que tenga frío, pero nada, ha sido en vano, parece que este hombre es puro fuego por dentro.

Como cada mañana desde aquel día, la música de Rels B retumba por todo el piso mientras Alex se ducha.

No es que a mí me apasione el artista, de hecho, dudo que hubiera sido capaz de reconocerlo solo escuchando unas canciones, pero él mismo me proporcionó el nombre la primera mañana y me dijo que era su cantante favorito.

Supongo que esa conversación —la que tuvimos hace cuatro días— fue el pistoletazo de salida para mostrarnos tal y como somos, porque os aseguro que desde entonces he notado su presencia en el piso, algo que la semana anterior no había ocurrido.

No necesito despertador, él se encarga de que no pueda seguir durmiendo por culpa del concierto que se monta a las ocho de la mañana.

No falla, es como un reloj. Y por mucho que me joda, no puedo hacer nada porque fue su única condición random que quiso añadir al contrato.

¿En qué momento acepté? No hice las preguntas adecuadas antes de hacerlo.

Os prometo que el primer día quise asesinarlo por no respetar mi horario de sueño.

A él pareció divertirle la situación. Creo que justo por eso, para ponerme a prueba, cada día sube el volumen un poco más.

A este paso no tardaremos en tener noticias de los vecinos. Hasta estoy deseando que eso ocurra.

—Terminarás convirtiéndote en una gran fan de Daniel Heredia.

Doy un pequeño respingo por la sorpresa, sus palabras me han pillado desprevenida.

Me topo con él justo al salir de mi habitación, en el pasillo.

Por suerte, ya lleva la ropa de deporte puesta —por supuesto, va en manga corta y su brazo tatuado es lo primero que me llama mi atención— y no me lo he encontrado con una simple toalla.

No sabría cómo reaccionar a esa situación incómoda, no creo estar preparada para ese momento.

Me he imaginado que tenía vía libre porque la música seguía sonando.

Error. En mi defensa diré que los otros tres días había sido así; la paraba justo cuando terminaba su sesión en el lavabo, por eso me permitía merodear sin peligro. Ahora tendré que aguzar más el oído.

—Buenos días a ti también, listillo —contesto apartando la mirada de él y caminando hacia la cocina. Su hoyuelo ya ha hecho acto de presencia.

He mantenido ese apodo y seguirá siendo así mientras él utilice el suyo. No lo aborrezco, es bastante mejor que rarita, aunque menos original.

—No te sienta muy bien madrugar, pelirroja —suelta a mis espaldas, siguiendo muy de cerca mis pasos. Al parecer ha tenido la misma idea que yo: ir a desayunar.

—Igual los berridos que has estado emitiendo durante más de veinte minutos tienen algo que ver.

Suelta una carcajada que resuena por todo el piso.

—Juraría que canto bien, aunque supongo que no puedo ser perfecto en todo. —Niego mientras sonrío, aprovechando que no puede verme. Me lo he imaginado encogiéndose de hombros—. He preparado café —anuncia, provocando que mis pies se frenen de golpe.

Ya decía yo que había un aroma muy familiar en el ambiente y no solo por ese olor floral que imagino que se debe a su jabón. Pero este último había conseguido acaparar todo, se te mete tan dentro que solo eres capaz de olerlo a él.

—Gran manera de solucionarlo. —Esbozo una sonrisa, esta vez mirándolo—. Si lo compensas así cada mañana, te perdonaré los berridos matutinos.

—¿Es tan fácil como preparar la cafetera? —pregunta alzando una ceja.

—Levantarme y que esté hecho es uno de los mayores placeres de esta vida —admito cogiendo una de las tazas que hay colgadas en la pared. La favorita de Martina, todavía no me he atrevido a usarla.

—Entonces será muy fácil cumplirlo, espero que tus otros placeres sean más difíciles de conseguir.

Ese comentario no debería haberme provocado un escalofrío porque está claro que no iba con segundas intenciones, pero lo ha hecho.

Mi mente perversa —que hasta hace poco estaba en coma porque no hacía acto de presencia— ha decidido aparecer e imaginar alguna escena poco apta. La intento borrar moviendo la cabeza.

—Para desbloquear ese nivel vas a necesitar bastantes más puntos de confianza.

Al mirarlo a los ojos, veo un brillo juguetón en ellos. No debería fijarme tanto en él, pero aquí estoy, haciéndolo.

—Tendré que conformarme con saber uno, por ahora. —No estoy muy segura de que esas dos últimas palabras las haya pronunciado porque han sido como un susurro.

—¿Quieres? —pregunto levantando la cafetera y reconduciendo la conversación.

Como ya me he servido el mío, lo mínimo que puedo hacer es ofrecerme a preparar el suyo.

—Por favor, con la leche fría y una cucharada de azúcar.

Niego mientras frunzo el ceño.

—No tienes ni idea. El café, cuanto más caliente, mejor.

Me muevo por la cocina bajo su atenta mirada, se ha sentado en uno de los taburetes de la isla y noto sus ojos recorriendo mi cuerpo.

Voy en pijama porque la tontería de ir vestida por casa solo me duró un día, el primero, para ser más exacta.

A él, en cambio, todavía no lo he visto con unos pantalones vaqueros, se pasa la vida en chándal.

—Me gusta conservar mi lengua y las papilas gustativas. Abrasarme no entra entre mis planes de hoy, gracias.

Estoy empezando a acostumbrarme a su sentido del humor. Sorprendentemente, es bastante similar al mío, lo que consigue que muchos de sus comentarios me arranquen una sonrisa.

—¿Vendrás a comer? —La pregunta se escapa de mis labios antes siquiera de ser consciente de lo que acabo de decir.

Desconozco qué me ha llevado a preguntárselo, pero ahora no hay vuelta atrás.

Estas últimas noches hemos cenado juntos, lo que nos ha permitido conocernos todavía más.

A diferencia de la semana anterior, no me he escondido en la habitación, entre otras cosas porque he sido la última en llegar a casa.

—¿Ya estamos en ese nivel, pelirroja? —pregunta en un tono divertido.

Se lleva la taza a los labios y le da un trago, todo lo hace sosteniéndome la mirada.

—Una intenta ser simpática para que esta relación de compañeros avance y no se puede, olvídalo. —Intento sonar despreocupada—. Si lo sé, no digo nada.

Me giro, sin saber muy bien qué hacer ahora. Necesitaba huir de esos ojos marrones. Hace sonar la lengua con un chasquido casi imperceptible, pero el silencio que había hace que lo escuche.

—Solo bromeaba, Carlota. Me encantaría poder darte una respuesta, pero todo depende del trabajo. Venir a comer al piso es algo utópico para mí. ¿Ibas a proponerme algo?

Vuelvo a girarme, pues no tiene sentido estar mirando la vitrocerámica. Al hacerlo, descubro que Alex está a un par de pasos de mí. ¿En qué momento se ha levantado y acortado la distancia?

—Era simple curiosidad, como esta semana voy de tarde, comeré aquí, aunque eso ya lo sabes.

—Muevo la mano para que olvide esto último—.

De hecho, cuando tengo turno de mañana también suelo hacerlo, salvo la semana pasada —admito sin explicarle el motivo que me llevó a prepararme el táper—.

Solo quería que supieras que, si te apetece venir, tan solo tienes que avisarme con tiempo y añado más pasta a la olla o lo que sea que vaya a preparar ese día.

No tienes por qué sobrevivir a base de comida precocinada o restaurantes.

Menciono lo de comer en bares porque, seamos realistas, no puede tener ese cuerpo solo alimentándose con comida preparada y deporte.

—Creo que eso no estaba contemplado en el contrato.

—Frunzo el ceño, me cruzo de brazos y lo acribillo con la mirada.

Aunque en el fondo me estoy aguantando la risa—.

Antes de que te enfades: gracias, lo tendré en cuenta, pelirroja.

Me sorprende tu propuesta, no voy a engañarte, pero me ha gustado.

Puede que algún día, si me da la vida, la acepte.

—Deberías frenar a veces, Alex. —Me tomo la libertad de darle un consejo que no me ha pedido—. Entiendo que tu trabajo es importante, pero no debes olvidarte de ti ni de otro de los grandes placeres de esta vida: comer.

Una sonrisa asoma en sus labios y con ella ese hoyuelo.

¿Será consciente de lo atractivo que está cuando sonríe?

Seguro que sí. Alex tiene pinta de ser de esa clase de chicos que sabe atraer a las mujeres.

Suspiro, yo antes tenía esa seguridad en mí misma —consecuencia de tener la autoestima por las nubes—, pero desapareció.

—Fíjate que con la tontería ya me has revelado dos de tus placeres, ¿cuál será el tercero?

—No pienso revelar más información hasta que tú no confieses uno de los tuyos.