Jugamos a querernos (Jugamos 3) CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

—No hace falta que me des los motivos si no quieres, lo último que deseo es que esto sea un mal trago para ti. Solo pretendo conocerte un poco más, saber qué escondes y, en especial, cómo eres. Tengo bastante curiosidad por hacerlo.

—¿Por qué? —Levanta la mirada para hacerme la pregunta, en ella puedo ver cientos de dudas asomando—. Te aseguro que no soy nada interesante y tengo poco que explicar.

—Permíteme que lo dude, Carlota. Aunque apenas te conozca, puedo afirmar que te equivocas. Todo el mundo es interesante delante de los ojos correctos y aún más, si sabes cómo mirarlo.

La intensidad con la que me mira consigue acelerarme el corazón. He tenido la necesidad de decirle eso, ni yo sé el motivo que me ha llevado a hacerlo.

—No huyo del amor ni de las relaciones románticas —dice para mi sorpresa.

Esa afirmación, que es casi como un susurro, consigue captar toda mi atención—.

Hace un tiempo pensaba que sí lo hacía, pero ahora me he dado cuenta de que más bien me aterran.

Ese es mi problema, les tengo miedo porque no sé si podría estar a la altura de lo que se supone que es el amor y una relación.

Igual no estoy hecha para eso, qué sé yo.

—Se encoge de hombros. Me encantaría acortar la distancia y abrazarla, pero no lo hago.

Todavía no tengo valor para tomarme esa libertad—.

Y después de esta confesión bochornosa, te agradecería que el amor no vuelva a ser un tema de conversación.

—Solo permíteme un consejo: que el miedo no te paralice y cambie tu vida. A veces es necesario hacerlo, aunque te aterre.

—Soy muy consciente de eso, pero no es tan fácil aplicarlo. ¿A quién llamarías si algo va mal y necesitas un consejo?

Carlota bosteza en mitad de la pregunta, consiguiendo que yo haga lo mismo. Recuesta la cabeza sobre el sofá por el cansancio. Es tarde, ambos lo sabemos, pero ninguno hace el amago de levantarse para irse a dormir. Ella mañana no madruga y a mí parece no importarme tener que hacerlo.

—Dependería mucho de la situación que esté viviendo, del problema y del consejo que quiera oír —contesto ganándome su atención—.

Si necesito consuelo, que me escuchen y me digan la verdad; iría directo a mi madre.

Ella sabe qué decir, por muy duro que sea.

La gente dice que en eso somos iguales. En cambio, si quisiera una visión más alocada o necesitara escuchar justo lo que yo quiero, acudiría a mi abuelo.

Nunca falla. Su consejo suele ser: «haz lo que tú consideres oportuno».

Es partidario de que tome decisiones, me equivoque, me dé la hostia del siglo y aprenda.

A mí también me sorprende estar respondiendo con tanto detalle, pero me sale solo. Si quiero que ella se abra conmigo, debo hacerlo yo también. No sería justo exigirlo si yo no lo hago.

—Es la mejor manera de aprender. No es la primera vez que escucho ese consejo. Y debo reconocer que me ha servido para eso: darme el batacazo y rectificar al ser consciente de que no había tomado la decisión correcta.

—¿Qué es lo más impulsivo que has hecho? —pregunto con curiosidad.

Me cuesta imaginarla improvisando y dejándose llevar porque ha demostrado ser muy cuadriculada y organizada.

—¿Sirve lo de mudarme a Barcelona?

—No, conociéndote eso fue bastante premeditado, por mucho que lo decidieras en un arrebato.

Su frente se arruga y entrecierra los ojos. Esa mueca consigue hacerme sonreír.

—No entiendo cómo puedes sacar conclusiones tan acertadas sobre mí en tan poco tiempo.

—Porque me fijo hasta en el más mínimo detalle, pelirroja.

Ahora que he decidido llamarla así, sé que no hay vuelta atrás. Se va a quedar con este apodo.

—Pues entonces no debería sorprenderte descubrir que mi mayor locura hasta la fecha ha sido pasar por la peluquería para un cambio radical. ¿Esta te la esperabas, listillo? —Su sonrisa juguetona me gusta más de lo que debería.

Seguro que mi boca ha dibujado una gran «o» por la sorpresa.

«No, no me lo esperaba».

—Parece tu color natural —confieso mirando su pelo.

—Eso es porque en cuanto la raíz asoma voy a la peluquería. Me he acostumbrado tanto al color que ya no me imagino sin él.

—Te queda bien. —Las palabras se escapan de mi garganta. Sonríe como respuesta.

Seguimos hablando e intercambiando preguntas mientras vamos haciendo confesiones.

A las cinco que habíamos acordado les siguen muchas más.

Pierdo la cuenta de las que terminan siendo en total, solo sé que ninguno quiere irse a dormir y los dos queremos que la conversación siga y, por eso, acabamos realizando hasta las cuestiones más absurdas.

Hemos reducido la intensidad y pasado a preguntas más triviales, lo que ha hecho que ella vuelva a relajarse en el sofá y la conversación fluya.

Termino teniendo en mi poder datos muy absurdos sobre Carlota: como que tiene predilección por las tartas de queso y las hamburguesas bien guarras, su animal favorito es la nutria —yo también me reí, pero tiene una explicación: son muy organizadas—, le gustan los días nublados y los colores oscuros, le encanta despertarse con el olor a café y lo que me ha explicado con más ilusión es que quiere ser profesora de primaria, pero que todavía no ha conseguido una plaza en una escuela pública y por eso está trabajando en una tienda de ropa.

Me ha demostrado cuál es su vocación y las ganas que tiene de empezar esa nueva etapa lo antes posible.

Ahora sé que cada día le preguntaré si ha tenido suerte, con la esperanza de que sus ojos me reciban llenos de ilusión.