Jugamos a querernos (Jugamos 3) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

La observo desde la cocina. Sigue sentada en el sofá, pero ahora que me he ido parece relajarse un poco más porque se permite adoptar una posición diferente: sube los pies y se los coge, abrazándose a ella misma y haciéndose una pequeña bola.

Sonrío sin darme cuenta. Me alegra ver que sus hombros ya no están tan tensos, de hecho, conforme hemos ido hablando, he podido darme cuenta de cómo la tensión ha ido desapareciendo de su cuerpo y de su rostro.

Lleva un pijama de invierno a cuadros rojos y negros, con un pequeño escote porque es de esos que son como una camisa, que me ha puesto las cosas difíciles para no dirigir mi mirada a ese punto de su piel expuesta.

Su melena pelirroja y revuelta —la culpable de mi apodo poco original— le cae sobre los hombros.

Admito que esa naturalidad de estar por casa me gusta más de lo que debería.

He tenido que levantarme, con la excusa de la pizza, porque mis ojos se desviaban demasiado hacia los suyos y a sus labios.

Algo que no puedo permitirme porque esta conversación se supone que es para relajar el ambiente, no complicarlo todo más por mi testosterona revolucionada.

Tengo que centrarme y dejar de pensar en ella para no quemarme al sacar la pizza.

—¿Por qué terminaste viviendo con tu prima en Barcelona? —pregunto, acercándome de nuevo al sofá y a ella, con el plato entre las manos—. No me mires así, es mi turno. Tú ya me has hecho dos. —Veo que está a punto de replicar, pero me adelanto—. Sí, pienso contar esta última.

Centra su mirada en sus manos y me fijo en que juguetea con sus dedos. Un gesto que he visto que hace cuando se pone nerviosa. Se piensa la respuesta, lo que me hace saber que es más complicada de lo que puede parecer en un principio.

—Hace un año y medio le di carpetazo a Madrid y a todo lo que dejé allí.

A modo de resumen te diré que necesitaba hacerlo por mi propio bien.

—Le cuesta pronunciar las palabras, hay algo más.

Lo que dice es suficiente como para saber que hay un motivo de peso detrás, pero que no quiere que indague en él.

Lo respeto, por ahora—. No tenía demasiadas opciones donde ir porque mi familia es más bien reducida.

Se resume en mi madre y mi tía. Es ahí donde aparece mi prima Martina.

Desde que somos pequeñas hemos tenido buena relación y, en un arrebato de locura, dejé caer la idea de venirme a vivir con ella a Barcelona.

Seguro que puedes imaginarte la emoción con la que recibió la idea.

Lo cierto es que cualquier destino me hubiera parecido bien como sustituto de la capital.

Divaga un poco para evitar el tema importante, el motivo. Tendré que conformarme con saber que fue por su propio bien.

—Cuando quieres huir, no importa dónde —me aventuro a decir, leyendo entre líneas.

—Es una buena forma de resumirlo y muy acertada.

Ahí está de nuevo el movimiento de dedos.

—Imagino que, si pregunto de qué o de quién, pasarás la pregunta.

—No serás tú Sherlock Holmes, ¿no?

Sonrío. Que recurra al humor me deja más claro todavía que ese motivo es muy importante para ella. Tenía que intentarlo, aunque sabía de antemano la respuesta.

—No recuerdo que fuera tan atractivo. Además, yo era más del Detectiu Conan o Castle.

Niega divertida. También es algo que hace a menudo: sonreír mientras mueve la cabeza.

—¿Qué es lo más difícil de tu trabajo? —vuelve a la carga.

—¿Piensas hacerme todas las preguntas sobre el pádel?

—inquiero, cruzándome de brazos y alzando una ceja—.

¿Por qué no indagas más, pelirroja? —Me sostiene la mirada mientras se muerde el labio inferior.

Aparto los ojos de ese punto. No es un gesto que me ayude a mantener las distancias con ella—.

¿Crees que, si lo haces, yo también lo haré?

—me aventuro a decir, tras darle un par de vueltas—.

Es eso, ¿verdad? —Sonrío por haber acertado—.

Siento decirte que las preguntas que me quedan son muy personales, aunque tú no las aproveches, yo sí pienso hacerlo.

Así que, decide, ¿quieres mantener esa pregunta ridícula o ir más allá? Te dije que era sincero y directo.

Parece que mantenemos un duelo de miradas hasta que termina asintiendo muy levemente y sonriendo.

Algo en ella acaba de cambiar, lo veo en ese brillo que ha aparecido en sus ojos y en cómo se gira en mi dirección.

Su cuerpo mira el mío. Una de sus piernas sigue descansando sobre el sofá, pero la otra está tocando el suelo.

Me inclino hacia delante, al igual que ha hecho ella, con demasiada curiosidad.

Eso sí, me esfuerzo por seguir manteniendo las distancias, aunque puedo ver, de nuevo, esas pecas en sus mejillas.

—¿Alguna vez te has enamorado?

Silbo.

Me sorprende la pregunta, pero me gusta que se haya atrevido a formularla. Esto es justo a lo que me refería.

—Ahora nos vamos entendiendo. ¿Es tu manera sutil de preguntarme si tengo pareja? La respuesta a ambas es no.

—¿Eso es todo? ¿Me haces soltarme y morirme de la vergüenza al hacer esa pregunta para darme un simple no como respuesta? —Se cruza de brazos—. Esperaba más de ti, Alex.

—¿Esto es como en los exámenes? Desarrolla tu respuesta —comento de cachondeo, ganándome una mirada poco amistosa.

—Obvio que sí. Antes no has tenido problema en argumentar y enrollarte, ¿dónde has dejado eso?

—De acuerdo, tú ganas. —Sonríe y vuelve a sentarse, se había levantado para demostrar su indignación.

Me gusta esa impulsividad—. Hasta la fecha no me he enamorado y antes de que me juzgues, déjame decirte que no soy de esos que le cierran la puerta al amor.

—Carlota tuerce el gesto, no parece muy convencida con mi afirmación—.

Me han gustado chicas, por supuesto, pero ninguna lo suficiente como para ablandarme el corazón de esa manera y querer más.

Supongo que me gustaría descubrir lo que se siente al estar enamorado, mis puertas están abiertas, pero tampoco tengo prisa por hacerlo.

Soy de los que piensa que todo llega, solo necesitas estar en el momento y sitio idóneo para que ocurra.

Y si no, es que no era para ti. Como lo mío con el pádel.

He improvisado, pero por la manera en la que me mira y sonríe, parece satisfecha con lo que he dicho. Es nada más y nada menos que la verdad.

No creo que estemos predestinados a estar con alguien concreto ni que solo haya una persona correcta para cada uno de nosotros.

Considero que hay muchos factores que intervienen y uno de ellos es la casualidad de toparse con la persona que te complemente —de entre las cientos que lo harían— y estar en sintonía cuando eso ocurre.

Se necesita que los dos mundos colisionen de manera bonita y giremos hacia el mismo lado.

Algo que no es sencillo que pase y, por suerte, no es mi mayor preocupación.

No me obsesiona encontrar pareja, disfruto del camino que estoy recorriendo y no me cierro en banda a que eso ocurra. Si es que algún día ocurre, claro.

—Reconozco que esta respuesta me ha gustado mucho más. Y para tu información, no me interesaba saber si actualmente tienes pareja o no —dice toda digna, levantando la barbilla.

—¿Te han roto el corazón o lo rompiste tú? —pregunto sin rodeos.

Su cara se desencaja. Frunce el ceño y las arrugas se forman en su frente.

Sus labios, que hasta ahora dibujaban una tímida sonrisa, se convierten en una línea fina.

Parece que los ojos se le van a salir de las órbitas por la sorpresa.

Sus manos van a parar a los botones de la camiseta y empieza a jugar con ellos.

Perfecto, he vuelto a ponerla nerviosa y ahora no puedo dejar de mirar cómo se mueven sus manos.

Sin embargo, hace un movimiento con la cabeza y se recompone.

—Había la opción de pasar la pregunta, ¿verdad?

—Asiento, y al hacerlo suspira, liberando todo el aire que retenía en sus pulmones.

Está claro lo que va a hacer a continuación—.

Quizás más adelante te cuente esa historia, ahora es demasiado pronto para hacerlo.

Sería abrirme ante ti y todavía no tenemos la suficiente confianza.

Mis labios se extienden hasta dibujar una sonrisa.

Me fijo en que su mirada va a parar a mi hoyuelo, siempre aparece cuando sonrío.

No puedo evitar pensar que, si esta segunda pregunta la ha querido omitir y la primera la ha esquivado de manera sutil, existe una relación entre ambas.

No se necesita ser un genio para llegar a esa conclusión.

Todo lo ha desencadenado una relación amorosa, no tengo dudas.

Aun así, su respuesta ha conseguido sorprenderme y me demuestra que existe la posibilidad de ser amigos en un futuro no tan lejano.

Porque sí, la opción de meterme en su cama no es viable por mucho que pueda atraerme físicamente.

Además, algo me dice que no sería tan fácil acceder a ella.

Los retos siempre me han gustado, pero no pienso complicarme la vida de manera innecesaria.

—Me gusta que no descartes que puedas llegar a hacerlo, pelirroja —confieso—.

Te has quedado sin poder saltarte las siguientes preguntas y eso que tan solo era la primera personal que hacía.

—Frunce el ceño, pero no pienso detenerme—.

¿Eres de las que huye del amor y de las relaciones románticas? Esta la he añadido gracias a ti.

Le guiño un ojo y solo consigo ganarme una mueca de asco por su parte.

La respuesta a esta pregunta será la confirmación a mi teoría de antes, aunque puedo imaginarla.

—Igual no ha sido buena idea aceptar este juego.

No está cómoda. Sus hombros vuelven a estar tensos y sigue jugando con los botones. Hablar de ella le provoca incomodidad.