CAPÍTULO 13 #2
—No he probado la carnívora. ¿Eso es pepperoni? ¿Pica demasiado?
—Hoy es tu día de suerte, tenemos una clara ganadora.
Guarda la de cuatro quesos en la nevera de nuevo y abre la otra. El horno lo ha encendido hace un rato, cuando ha decidido cuál iba a ser su cena.
—No sé si va a gustarme —confieso—. El picante y yo no somos grandes amigos.
Debería haber dicho la otra, el queso siempre es un acierto para mí.
—Confía en mí, te gustará. No será tan saludable como la tuya de calabacín, atún y ¿eso es jamón serrano? —Asiento—. Pero por un pequeño trozo, no pasa nada.
—Con tu permiso voy a cenar, esto frío no vale nada.
—Voy contigo. No pienso quedarme sin ese trozo de pizza que me has prometido.
Ambos caminamos hacia el sofá y dejamos las cosas encima de la mesa que hay delante.
No tenemos una mesa de comedor como tal, solo esta pequeña y la isla que separa ambas estancias.
Martina y yo solemos cenar aquí, por eso mis pies me han llevado solos.
La isla suele ser para el desayuno y la comida. No hay ningún motivo para que sea así.
—Está más buena de lo que he imaginado al escuchar calabacín —dice Alex después de darle un mordisco.
He terminado dejando que la pruebe. Aunque vaya de dura, en el fondo soy una blanda de manual.
—No tienes que fingir para quedar bien.
—No lo hago. Soy de esos que van con la verdad por delante siempre, aunque esta sea difícil de escuchar.
—Supongo que tendré que creerte.
—Has elegido la mejor opción. —Hace una breve pausa antes de añadir, cambiando de tema—.
Apenas nos hemos visto estos últimos días, mañana hará una semana desde que me trasladé al piso y he pensado que deberíamos hacer que esto —nos señala a ambos—, sea un poco menos raro.
La única manera de conseguirlo es conociéndonos más.
Así no tendrás que esconderte en tu habitación cuando me oigas llegar.
—Me quedo petrificada al escucharlo. La pizza queda suspendida en el aire.
Mierda. ¿Es posible que se haya dado cuenta?
¿Cómo? Ahora mismo podría abrirse un agujero debajo de mí y tragarme porque me quiero morir de la vergüenza—.
Vamos a tener que convivir durante tres meses, estaría bien poder mantener una conversación y llegar a ser amigos.
Yo acepté tus reglas al firmar ese contrato, ahora tú debes aceptar las mías.
Cinco preguntas cada uno sobre lo que queramos.
—Bebo agua para intentar digerir lo que acaba de decir—.
Antes de que te niegues, ya me di cuenta de que hablar sobre ti no es lo que más te apasiona, está permitido pasar la pregunta una vez.
Sopeso las opciones que tengo, no son muchas. Negarme y darle la razón o aceptar e intentar que esta relación de convivencia vaya por buen camino.
Es cierto que soy bastante hermética, mucho más cuando no conozco a alguien. También me cuesta confiar en las personas, pero tengo que intentarlo. Alex está poniendo de su parte, debería hacer lo mismo.
—Supongo que es una buena manera de romper el hielo y conocernos —admito—. La situación sigue siendo rara, sí. Tampoco creo que cinco preguntas puedan hacer que eso cambie, pero por intentarlo no perdemos nada.
—Te queda bien mostrar una actitud positiva.
—¿Eso ha sido un intento de chiste? ¿Un cumplido?
—Has sonreído, así que ha cumplido su función. ¿Quieres lanzar la primera pregunta?
—Necesito tiempo para pensar, seguro que tú ya tienes las cinco listas.
—Es lo que tiene haber propuesto la idea, voy con ventaja.
Resoplo. ¿Qué me gustaría saber sobre él?
El abanico de posibilidades es amplio, podría preguntarle cualquier cosa, pero lo cierto es que estoy en blanco.
Ya le hice varias preguntas a Martina en su momento, por lo que conozco cosas suyas, eso sí, de manera bastante superficial.
Debería utilizar esto para indagar, para ir un paso más allá, a lo personal, pero si hago esto abriré la veda a que él también se meta en terreno peligroso.
Voy a evitarlo, por ahora.
—¿Por qué ser entrenador cuando podrías dedicarte profesionalmente al pádel? Quiero decir, ¿por qué tu carrera no está enfocada a ser jugador profesional y sí a ayudar a que otros lo sean? —Decido ser más concreta reformulando la pregunta.
—Debería contarse como dos. —Abro la boca, ofendida, y dispuesta a rebatir lo que acaba de decir—.
Pero seré generoso y no lo haré. Me gusta la pregunta, pelirroja, aunque en ella has dado por sentado que no he intentado serlo.
Dicen que cuando no eres lo suficientemente bueno en algo, te limitas a enseñar.
—Permíteme no estar de acuerdo contigo —interrumpo su discurso antes de que pueda terminarlo—.
Para enseñar, la mayoría de veces necesitas saber más que el resto, estar a un nivel superior.
No voy a decirte que seguro que eres tan bueno como para ser profesional porque no te he visto jugar nunca y porque, en el caso de que eso ocurriera, no tengo ni idea de pádel.
Además, algo me dice que no es lo que quieres escuchar.
—¿No has jugado nunca? —pregunta con los ojos muy abiertos e ignorando todo lo demás. Veo cómo una sonrisa empieza a dibujarse en su rostro. No sé si quiero saber qué está pasando por su cabeza.
—¿Esta es una de tus preguntas? —inquiero alzando una ceja.
Cruzo los dedos para que diga que sí, sería demasiado fácil y me desharía de una.
—No pienso desperdiciarla en esto, voy a sobreentender que jamás lo has hecho.
—Gran decisión, pero ni confirmo ni desmiento haber jugado.
Por supuesto, no ha ocurrido. Algo que seguro que ya sabe.
—Siguiendo con la respuesta. —Se lleva una mano al pelo, despeinándose.
Los mechones negros bailan libres—. No es que crea que no tengo lo necesario para triunfar y jugar en el Premier Pádel Tour, que sería algo así como la Champions a nivel de pádel.
Creo que los astros no se alinearon para que eso ocurriera.
—Me doy cuenta de cómo frunce el ceño, ligeramente enfadado.
Un gesto que me hubiera pasado desapercibido si no hubiera estado tan pendiente de él—.
Muchas veces es necesario que el factor suerte juegue de tu parte, como yo digo, necesitas estar en el momento y lugar adecuados para destacar.
Cosa que a mí no me sucedió. —¿Hay tristeza en su tono de voz?
Diría que sí—. Fueron pasando los años y seguí intentándolo, era bueno, destacaba, pero no lo hacía lo suficiente como para que alguien apostara por mí.
Llegó un momento en el que acepté que mi momento ya había pasado, ya no podía ser una joven promesa porque las generaciones inferiores venían pisando fuerte.
Fue entonces cuando tomé la decisión de entrenar.
Si algo tenía claro es que no iba a alejarme de ese deporte, sabía que mi vida debía girar en torno a él.
Así que decidí ser esa persona que confía en otra para llevarla a lo más alto, algo que no hicieron conmigo.
—¿Es tu sueño frustrado? —La pregunta se escapa sola de mis labios. Soy consciente de que esta es más personal que la anterior.
—¿Es otra de tus preguntas? —Me sostiene la mirada y espera mi respuesta, pero no sé qué debo decir—.
Sí, Carlota, me hubiera encantado ser jugador profesional y no limitarme a mirar los partidos desde fuera.
Pero igual que te digo esto, también confieso que disfruto acompañando a estos jugadores, ahora tengo dos jóvenes promesas en mis manos que deben entrar en el circuito de la Premier.
Es un gran reto y por ellos estoy aquí, en Barcelona.
—Recuerdo lo que explicó en la cena, la pasión con la que hablaba por estar entrenando a esos chicos—.
Perdón, cuando hablo de pádel me emociono más de lo necesario y puedo llegar a ser un intenso.
Cuando eso ocurra, córtame, tienes mi permiso.
Sonrío mientras niego.
Ha vuelto a dejarse caer en el sofá, hasta ahora estaba echado hacia delante. Sus manos se movían con energía durante la explicación. Yo me he limitado a observar embobada.
—Ya me di cuenta en la cena, pero me gusta, aunque me pierda por momentos. No deberías disculparte por eso —añado, no sé muy bien por qué—. Es bueno que algo nos apasione tanto como para no poder dejar de hablar de ello.
Me regala una sonrisa antes de levantarse a mirar si la pizza está hecha. Con la tontería llevamos un buen rato hablando y debo admitir que podría seguir así mucho más. Me alegro de haber aceptado su propuesta, igual sí que necesitábamos esto.