CAPÍTULO 13
La primera semana de convivencia pasa sin apenas darme cuenta.
Mi vida ha seguido como hasta ahora: largas horas en el trabajo, cruzar los dedos con demasiada fuerza al mirar los números de educación primaria, enfadarme con el mundo por seguir en la lista de espera, acribillar a mensajes a mi prima, realizar tareas varias de casa para tenerlo todo bajo control…
, vamos, lo típico de siempre. No ha habido cambios más allá de mantener conversaciones con Clara para ponernos al día, algo que me alegro de haber incorporado a mi rutina.
No sé qué esperaba, supongo que una parte de mí se imaginaba con la vida del revés por la incorporación de Alex a mi vida y al piso, pero contra todo pronóstico eso no ha ocurrido.
Lo cierto es que casi no he notado su presencia, algo que debería alegrarme, pero mi sexto sentido me dice que no todo puede ser tan fácil y bonito, mucho menos en tan poco tiempo.
Como veis, lo de ponerme en lo peor de primeras es una de mis especialidades.
Puedo ser bastante dramática si me lo propongo.
Es domingo, mañana hará oficialmente una semana que llegó, y el tiempo junto a Alex ha sido mínimo.
Podría decir que no nos hemos visto más allá de unos minutos diarios por la mañana y por la noche porque cuando llego a casa todavía sigue en el club, o al menos eso creo.
Su horario de cena coincide con el mío de dormir, por lo que me he tenido que acostumbrar a conciliar el sueño con el runrún de la tele de fondo —un suplicio para alguien tan cuadriculada como yo—.
No sé si siempre será así —según Martina sí, nuestra convivencia se resumirá en esto—, si ha dado la casualidad o nos estamos evitando de manera inconsciente o muy consciente.
Confieso que en mi caso la balanza se decanta más por la segunda opción, aunque puede que mañana mismo todo cambie porque mi horario será diferente y a lo mejor no habrá manera de esquivar las cenas conjuntas.
Supongo que es cuestión de horas que lo descubra, porque os aseguro que no pienso comerme la cabeza en estos momentos pensando en eso.
En teoría, los domingos no trabaja, al menos eso fue lo que me dijo mi prima, pero Alex ha salido esta mañana y todavía no ha vuelto.
No es que esté preocupada ni me interese lo más mínimo su vida privada, lo más probable es que, a diferencia de mí, tenga planes los días que libra.
Tiene sentido y más si lleva un año lejos de Barcelona.
Incluso puede que haya ido a ver a sus padres.
Si os lo estáis preguntando, sí; le hice un pequeño interrogatorio a Martina para recopilar más información sobre él, aunque obtuve suficiente de aquella cena. Él no puede decir lo mismo sobre mí.
Justo cuando la airfryer empieza a pitar para indicarme que la pizza ya está hecha, se abre la puerta del piso.
Las llaves en la cerradura han conseguido que todo mi cuerpo se ponga en alerta.
Sé a quién voy a encontrarme cuando me gire y por eso retraso el momento todo lo que puedo.
A diferencia del otro día, ahora no puedo huir y esconderme en mi habitación.
Algo que no confesaré haber hecho si me preguntan.
—Me sorprende verte, Carlota —dice Alex a modo de saludo mientras se acerca a mí. Escucho sus pasos cada vez más cerca, pero me limito a concentrarme en sacar la pizza sin quemarme—. Parece que por fin vamos a coincidir más de un par de minutos. Martina no me dijo que eras una chica tan ocupada.
Me parece entrever cierta diversión en su tono de voz.
Creo que justo es eso lo que hace que me gire para mirarlo.
Sus ojos marrones impactan de lleno con los míos.
No deberían parecerme bonitos, es el color que tiene la mayoría de la población.
Pero no es eso lo que más llama mi atención, sino sus brazos descubiertos, dejando a la vista sus bíceps tatuados.
¿Por qué vuelve a estar en manga corta? Hasta este momento hacía frío en el piso, os lo prometo.
Yo llevo uno de esos pijamas calentitos y me arrepiento de ello al sentir cómo sube el calor hasta mis mejillas.
—Lo cierto es que no lo soy —me obligo a hablar y a dejar de prestar atención a su cuerpo.
Él parece haberse dado cuenta de mi mirada porque sonríe con picardía, dejando al descubierto su hoyuelo.
Cortar la pizza vuelve a ser mi prioridad—.
Mi vida se resume en trabajar y pasar tiempo en casa.
El ocupado eres tú, que apenas te dejas ver para dormir.
Ojo, no te lo estoy recriminando, por mí puede continuar siendo así.
—Tienes toda la razón. Seguro que tu prima te comentó mi gran implicación en el trabajo.
—Algo me dijo sobre tu adicción a trabajar, sí —comento intentando sonar despreocupada.
Se encoge de hombros, sin darle importancia a lo que acabo de decir, y de una zancada se posiciona a mi lado.
Me mantengo firme, aunque todo mi ser tiembla como un flan.
Hace mucho tiempo que un chico no invade mi espacio personal.
Termina mirando lo que estoy haciendo por encima de mi hombro.
Eso sí, se asegura de que su cuerpo no toque el mío y lo agradezco.
Aunque su olor inunda mis fosas nasales y no sé qué es peor, si el aroma frutal que se me queda impregnado o sentir su tacto.
Será mejor no probar lo segundo. No creo estar preparada.
—Esta pizza tiene muy buena pinta.
—Ni lo sueñes, no vas a hincarle el diente a mi pizza —le advierto, adivinando sus intenciones. Solo me ha bastado mirarlo de reojo para adelantarme a su siguiente movimiento.
Suelta una carcajada como respuesta mientras me mira con ambas cejas alzadas, sorprendido.
«Podría acostumbrarme con facilidad al sonido de su risa». Sacudo la cabeza para borrar ese pensamiento de mi mente. No se me pueden colar esas cosas, me niego.
—En ese caso, me veo en la obligación de copiarte la idea y hacerme una también.
Ya que la palabra compartir no entra en tu vocabulario.
—Parece ofendido, incluso pone morritos, pero el tono divertido sigue presente y me hace reír.
Me gusta que sea así—. No pienso quedarme con las ganas de comer pizza y, además, no me apetece nada ponerme a cocinar un domingo por la noche.
—Espera, ¿sabes cocinar? Permíteme que lo dude.
—Suelto una sonora carcajada por mi propio comentario, aunque al momento me llevo la mano a la boca, arrepentida.
Puede que me esté tomando demasiadas libertades y confianza, pero aun así me aventuro a continuar—.
Tu compra personal se ha resumido en comida precocinada.
No miento. Casi todo lo que es de su color es así, lo que me sorprende y me descoloca viendo su cuerpo. No puede alimentarse a base de eso y estar así por mucho ejercicio que haga.
—Me ofendes, pelirroja. —Se lleva una mano al pecho—. Pero al mismo tiempo me alegra saber que tienes sentido del humor. Reafirmo lo de que nos vamos a llevar bien, aunque seas un Stingy 2.0 y lo quieras todo para ti. —Frunzo el ceño—. Dime, por favor, que has entendido la referencia.
Lo fulmino con la mirada por esto último.
Tampoco paso por alto el detalle de que me ha llamado pelirroja. La originalidad no es su fuerte, por lo que veo.
—Te advierto que, si me pones un apodo, tendré que ponerte yo otro —digo todo lo seria que puedo.
Él alza una ceja, parece que me reta a hacerlo—.
Y ahora la que debería sentirse ofendida soy yo.
Me niego a ser ese personaje de Lazy Town.
Y me niego todavía más a que pongas en duda mi gran cultura sobre series y películas de los 2000.
Me cruzo de brazos, ofendida. Mostrándole una faceta de mí algo ridícula e incluso infantil, pero esta también soy yo. Él parece divertirse con la situación y eso, en parte, me alivia.
—Es mío, mío, mío, mío, mío —canta señalando cosas que hay por la cocina y no puedo evitar reírme de nuevo. ¿Cómo es posible que lo consiga con tanta facilidad?—. Esa eres tú con tu pizza y tu compra. Sigo sin superar lo de los colores.
Pongo los ojos en blanco. No es la primera vez que me lo dice, el día que volvimos de hacer la compra y separamos los caprichos que cogió cada uno, ya tuvimos este pequeño debate.
—Pues acostúmbrate porque seguirá siendo así —me mantengo firme en mi postura.
—Eso ya lo veremos, pelirroja. Has empezado fuerte, no voy a negarlo.
Has marcado límites y has puesto barreras, pero algo me dice que, con el tiempo, van a acabar por los suelos.
Y justo por eso tengo una propuesta para ti, pero antes voy a poner la pizza en el horno.
¿Cómo has hecho para que entre en la airfryer?
Intento obviar el revoltijo de nervios que me ha provocado escuchar lo de la propuesta y la convicción con la que ha dicho todo lo anterior. Por supuesto que el contrato fue un levantamiento de barrera en toda regla. ¿Tan evidente soy?
Me centro en la última pregunta, a eso sí que puedo hacerle frente.
—Porque no es una pizza congelada como la tuya. La he preparado yo, la base está hecha con calabacín.
—Está claro que el título de cocinera es para ti. No vas a dejar que la pruebe, ¿de verdad? Te cambio un trozo de la mía por uno de la tuya —insiste—. Es justo.
—¿De qué vas a hacerla? —pregunto con curiosidad, sopesando la opción de aceptar su trato.
Sonríe como si ya se hubiera salido con la suya y abre la nevera. Me doy cuenta de que me fijo de más en cada uno de sus movimientos.
—Opción A: cuatro quesos. —Me enseña la pizza antes de dejarla en la encimera—. Opción B: carnívora. —Repite lo mismo que hace un segundo.
—¿Tengo que elegir yo? —pregunto al ver que no añade nada más y se me queda mirando.
—A mí me gustan ambas, así que dime cuál te apetece a ti.
—Sabes que mi pizza tampoco es para tanto, ¿verdad?
—Eso lo juzgaré yo mismo en unos minutos.
Niego divertida, no sé por qué se ha empeñado en querer hacerlo. Pero su predisposición hace que acepte la propuesta.