Jugamos a querernos (Jugamos 3) CAPÍTULO 11 #2
34%

CAPÍTULO 11 #2

—La de las ideas descabelladas eres tú, no lo olvides. Hoy mismo firmaremos nuestro contrato de convivencia. En él he detallado todos los puntos importantes, te aseguro que no me he dejado ninguno, ni siquiera lo de cerrar todas las puertas de casa cuando alguien se va.

—No te creo, ¿hablas en serio? ¿Cómo has logrado enredar a Alex para eso? Solo a alguien como tú se le ocurriría redactar un contrato. Luego te quejas cuando te llamo rarita, pero te lo ganas a pulso.

Decido omitir ese comentario. Es mejor no entrar en la guerra de siempre por mi apodo. A estas alturas debería aceptar que no tengo nada que hacer.

—Te sorprendería saber que ha sido más sencillo de lo que imaginaba.

Le relato con todo lujo de detalles la noche anterior. Las caras de sorpresa de Martina son dignas de capturar. Podrían servirme para hacer stickers.

—Estoy a tus pies, rarita. —Aplaude y silba bajito cuando termino de hablar.

—Tampoco es para tanto. Creo que podemos llegar a entendernos. No quiero cantar victoria tan rápido, pero…

—Pero puedes acostumbrarte a él —termina de decir por mí.

Ahí está de nuevo ese bailecito, con movimiento de hombros incluido—.

Si es que lo sabía. Mi idea no será tan disparatada, ya lo verás.

Además, estoy convencida de que Alex te ayudará a salir de tu zona de confort.

Incluso preveo que os haréis grandes amigos.

Porque mencionar que os enrollaréis es pasarse, ¿verdad?

—Me guiña un ojo mientras me sonríe de manera pícara.

La fulmino con la mirada. No me puedo creer que haya dicho eso—.

Lo pillo, es demasiado pronto para hacerlo. Lo volveré a intentar en unas semanas.

—Más te vale que todo esto no sea un plan tuyo para que eso pase, Martina —amenazo, incluso la apunto con el dedo índice.

—¿Por quién me tomas? —Se lleva una mano al pecho, ofendida. Pero aun así puedo ver la leve sonrisa que se dibuja en sus labios—. Soy buena, pero no tanto. Ni a mí se me hubiese ocurrido algo tan maravilloso para conseguirte un ligue.

—Madre mía, no me creo que estemos hablando de esto.

Menos mal que no he mencionado que su amigo me parece atractivo, sino estaría dando volteretas. Debo ocultarle ese pensamiento a mi prima o querrá emparejarnos, si es que no lo está haciendo ya.

—Vamos a hablar claro. Alex es guapo y está muy bueno.

Tiene un físico que te deja sin aliento, de esos que tienes que mirar dos veces para asegurarte de que tus ojos no te están jugando una mala pasada y es real.

Si no fuera mi amigo, quién sabe —deja caer, consiguiendo que se me desencaje la mandíbula.

¿Tiene razón? Tiene razón, pero no pienso dársela.

—¡Martina!

Parece que volvemos a tener dieciséis años y estamos fangirleando por el chico que nos gusta. Pensaba que con el paso de los años esa etapa se superaba, ya veo que me equivocaba porque hemos vuelto a ella.

—Es la verdad y lo sabes. Yo sé que es tu tipo, pero no estás preparada para esta conversación.

Desde hace años has cerrado tu corazón y no te permites creer en el amor por miedo a no estar a la altura.

No tienes ningún problema, Carlota. —Esas cinco palabras se clavan en mi pecho.

Sería muy fácil creerla y aceptar que son verdad—.

Eres capaz de amar y sé que lo sabrás cuando la persona adecuada aparezca en tu vida. Permítete sentir. ¿Qué puede salir mal?

Martina es capaz de pulsar las teclas exactas para emocionarme y hacerme reflexionar.

Nunca se ha entrometido demasiado en este tema, no ha insistido ni me ha presionado, pero a veces no puede evitar darme su opinión y hacerme ver la vida desde su perspectiva, consiguiendo, en ocasiones, darme esperanza.

—Demasiadas cosas, prima. ¿Debo recordarte cómo terminó mi historia con Lucas?

Al menos mencionarlo ya no hace que me cueste respirar.

—Te olvidas de que con los años has aprendido.

Ya no eres esa Carlota que cometió tantos errores.

Las dos sabemos que no volverías a hacerlo.

Has aprendido, mejorado y sabes quién quieres ser.

Algo que ocurrió en el pasado no te define.

Lo que te define es cómo actuaste para mejorar.

—Sonrío al escucharla. Algunas palabras son muy similares a las que me recuerda mi psicólogo—.

Puede que te obsesionaras con un chico, pero eso no significa que seas incapaz de querer a otro. Siento que todavía no te has perdonado.

Estoy en ello. A veces es más sencillo perdonar a los demás que a uno mismo. Con el tiempo he sido consciente de que no fui la única que hizo las cosas mal en aquella relación. Lucas tampoco actuó de la forma más correcta, aunque no me debe una disculpa, al menos yo no la espero.

Me quedo sin palabras. No sé muy bien qué decir.

Tiene razón, en el fondo lo sé. Soy mejor persona, pero a veces el miedo a cometer los mismos errores es lo que me paraliza y, por supuesto, es lo que ha hecho que mi corazón se haya convertido en una piedra y quiera el amor lo más lejos posible.

Aunque a veces fantaseo en cómo sería abrirse a una persona y no terminar destrozada.

Sé que no es algo surrealista, porque veo como la gente a mi alrededor lo consigue.

Yo también podría ser una de esas, ¿verdad?

—¿Se puede saber quién eres? —Martina alza la voz, haciendo que mi corazón me dé un vuelco.

Sigue en mi campo visual, pero no me mira; su cabeza se ha girado hacia la derecha.

La llamo, necesito asegurarme de que está bien y no corre peligro—.

Tengo que dejarte, prima. Alguien acaba de entrar en mi habitación.

—Escucho un golpe seco y me pongo más nerviosa—.

Rectifico, alguien acaba de caerse en mi alfombra.

No parece alterada. Me sorprende su capacidad para mantener la calma en momentos como este. ¿Solo yo me estoy poniendo en lo peor? Acaba de decir que han entrado en su cuarto.

—¿Corres peligro? Dime qué puedo hacer —exijo desesperada, con el corazón en un puño.

No consigo ver a nadie más en la pantalla. Mi pulso se acelera, no ayuda que mi prima no conteste a mi pregunta. Estoy a demasiados kilómetros de distancia como para poder actuar. Solo puedo cruzar los dedos para que no sea un ladrón o algo peor.

—¿Quién eres tú? —Escucho una voz grave, de chico. Logro distinguir en su tono que va ebrio. La cosa empeora por momentos.

Sigo llamando a mi prima, aunque no parece escucharme porque está manteniendo una conversación con quien sea que esté con ella. Por supuesto, se muestra tranquila mientras que yo estoy en Barcelona a punto de sufrir un paro cardíaco.

—He preguntado primero.

—Pero estás en mi casa. —No me preguntéis cómo, pero logro escucharlo pese a que arrastra las palabras.

Mi prima resopla y se aleja tanto que la pierdo de vista. Desde que es pequeña ha sido una inconsciente, no sabe detectar el peligro. Maldigo porque eso no haya cambiado con el tiempo. ¿Nadie le ha enseñado que en estas circunstancias hay que alejarse de la persona que allana tu intimidad?

—¿Eres el hermano mayor?

—El mismo.

—Puedes estar tranquila. Mi vida no corre peligro, rarita —comenta como si nada cuando vuelve a aparecer en la pantalla—.

Pero tengo que dejarte y lidiar con el hermano mayor de los niños a los que cuido.

Entiendo que estés tan sorprendida como yo.

Me he enterado de su existencia cuando he llegado a Australia.

Habían omitido este detalle y empiezo a entender el motivo.

En el contrato no ponía que también debía hacerme responsable de él y su borrachera.

—Casi me da un infarto, idiota.

—Te quiero.

Me manda besos y empieza a despedirse con la mano.

No me da tiempo a contestarle. No puedo recriminarle el mal trago que me ha hecho pasar porque me ha colgado.

Al menos puedo volver a respirar con normalidad al saber que ese chico no era un ladrón o un potencial agresor sexual.

Solo es el hermano mayor de la familia. Suelto una carcajada por la situación tan surrealista.

Algo me dice que esa nueva información no le ha gustado lo más mínimo a mi prima.

Tendré que investigar sobre ese asunto en mi próxima llamada.

Al parecer va a estar muy entretenida en la otra punta del mundo.

En ese mismo instante me llega un nuevo mensaje.

Mis dedos se frenan en seco al ver el nombre de Clara en la pantalla.

Casi había olvidado que cuando hablé con mi prima di el primer paso y le escribí.

Vale, a quién quiero engañar. Desde entonces he entrado cada día en la conversación con la esperanza de recibir su contestación, pero no lo ha hecho hasta hoy.

Con las manos temblorosas entro en el chat.

Hace tiempo estaba lleno porque nos escribíamos a diario, pero ahora solo se ve su respuesta, que es casi tan larga como mi disculpa.