Jugamos a querernos (Jugamos 3) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Primera noche superada. Debo reconocer que su predisposición a hablar sobre el contrato de convivencia me gustó.

No me sentí juzgada al proponerlo, cosa que, a decir verdad, esperaba que sucediera.

No sabía cómo iba a reaccionar, al fin y al cabo, no lo conozco, pero lejos de montar un drama, pareció satisfecho con la idea; tampoco es que le entusiasmara, pero accedió, que es lo importante.

Antes de poder conciliar el sueño, estuve actualizando el documento para poder imprimirlo a primera hora y tenerlo listo para la firma.

Alargar el momento no es una opción, necesito tenerlo todo bajo control para mi tranquilidad y eso solo ocurrirá cuando nuestras firmas estén estampadas en las hojas.

Saber que Alex descansaba a pocos metros de mi habitación tampoco fue de gran ayuda para caer en los brazos de Morfeo.

Estuve dando vueltas en la cama, repasando nuestra conversación y pensando de más en él.

Terminé enfadada conmigo misma al no poder borrar su rostro de mi mente ni la manera en la que su camiseta de manga corta dejaba al descubierto sus músculos.

Me sorprendió que su brazo derecho estuviera tatuado por completo y fui muy consciente de que mi mirada iba a parar a esos tatuajes más de lo necesario.

¿Quién se pasea en manga corta en pleno noviembre?

Y no, no me sirve como justificación que la calefacción esté demasiado alta por mucho que sea verdad.

Si va así durante una noche casi invernal, no me quiero ni imaginar en verano.

Por suerte, a esas alturas ya no viviremos juntos.

No sé si mis hormonas —que están más revolucionadas de lo normal— podrían hacerle frente a esa situación.

Repito que todo esto sería más sencillo si no fuera tan atractivo y estuviera tan bueno.

Mi mente no se empeñaría en memorizar cada parte de su cuerpo.

Sería capaz de cerrar los ojos y no visualizar los suyos.

Me maldigo por pensar en ello incluso en mi horario laboral.

—Por casualidad, ¿no tendrán este vestido en una talla más?

Me queda algo ajustado de pecho y creo que las dos XL solucionarían el problema.

No lo he visto fuera, pero quizás en el almacén hay alguno.

Por preguntar que no falte, ¿verdad? Una ya empieza a preocuparse por la ropa para esta Navidad y este vestido es ideal porque…

—desconecto en mitad de la frase al ver que la señora empieza a detallarme su vida.

Es algo que suele hacer la gente a partir de cierta edad.

Por primera vez agradezco la intromisión de una clienta.

De normal, prefiero pasar desapercibida y limitarme a ordenar la ropa, mucho más cuando estoy en la sección de los probadores, pero gracias a ella ahora tengo algo con lo que distraerme y así dejar de pensar en mi nuevo compañero de piso.

Colgar las prendas que la gente deja amontonadas no estaba dando el resultado deseado.

Sonrío, dispuesta a solucionar el problema, o al menos, intentarlo.

—Podemos ver si queda alguno dentro —comento extendiendo la mano para que me ofrezca la prenda.

Lo hace con mucho gusto—. No siempre exponemos todas las tallas.

A ver si tiene suerte porque es un vestido que se está vendiendo muy bien.

—Antes de que me interrumpa, tengo toda la información que necesito y me adelanto—.

Siento decirle que en tienda no hay XXL, pero si le interesa, lo pedimos por la web y mañana mismo lo tiene aquí.

Podría pasarse a por él a primera hora porque justo los miércoles nos llega el camión. ¿Qué me dice?

La señora parece pensárselo. Lo entiendo, todo el tema de pedir por Internet para algunas clientas es un mundo nuevo. Ellas son partidarias de venir a la tienda a ver lo que hay y, si no lo encuentran, llevarse otra cosa o pasarse otro día.

—Necesitaría probármelo antes de comprarlo.

—Por eso no se preocupe, podrá hacerlo mañana sin problema.

—En ese caso, de acuerdo. Es la primera vez que hago algo así, pero el vestido lo merece. —En pocos minutos hago todas las gestiones para recibir la talla mañana en tienda—. Muchas gracias, cariño.

Escuchar esa palabra provoca un revoltijo de emociones en mi interior.

Casi se siente como una patada en el estómago.

Me hace viajar al pasado y revivir momentos exactos en los que yo misma pronunciaba ese «cariño».

Es un apodo que está vetado en mi vocabulario.

Ya no lo utilizo, pero tampoco me gusta que se refieran a mí de ese modo.

Podríamos decir que he aborrecido ese mote porque es el que utilizaba para referirme a Lucas.

No lo odio, pero consigue que me tambalee en cuanto alguien lo pronuncia.

Supongo que hay heridas que nunca se cierran del todo, por mucho que ya estén superadas.

Cuando me he serenado y estoy dispuesta a contestar, la señora ya ha desaparecido de mi campo de visión.

Me encojo de hombros y sigo con mi faena, por suerte, no queda demasiado para que mi turno termine.

Lo bueno de ir de mañana es que, al salir, tengo toda la tarde libre.

Tampoco es que tenga ningún plan, quizás debería empezar a tenerlos. Seguro que Martina apoyaría esa idea.

Por si os lo estáis preguntando, hoy tampoco me han asignado un colegio, aunque la lista ha avanzado, el número sigue sin llegar al mío.

He podido escaparme a la hora que suelen actualizar la página y comprobarlo.

Ahora que mi prima no está aquí para mirarlo por mí tengo que ocuparme yo misma.

Pero nada, un día más sin suerte, tengo que seguir como dependienta hasta que llegue el momento que tanto deseo.

Hablando de Martina, todavía no he sabido nada de ella desde que nos despedimos en el aeropuerto.

No he querido agobiarla porque eran demasiadas horas de vuelo e incluso tenía que hacer escala.

Si todavía no ha aterrizado en Australia, debe quedarle poco.

Allí la recogerá la familia con la que va a vivir los próximos meses.

Espero que se acuerde de llamarme en cuanto esté instalada.

Tenemos que ponernos al día, debo mencionarle el contrato que Alex y yo hemos llevado a cabo para que nuestra convivencia sea lo mejor posible.

No hemos mencionado nada sobre nosotros, más allá de una relación estricta de compañeros de piso, supongo que es porque ambos tenemos claro que esa línea no se puede cruzar —o porque él ni siquiera baraja la opción, puesto que no le atraigo lo más mínimo—.

No existe la posibilidad de poder tener nada, ni siquiera acostarnos, porque eso lo complicaría todo.

No me juzguéis por estar pensando en eso.

Sé que no debería, pero una a veces tiene este tipo de pensamientos cuando el chico es tan atractivo.

Sin embargo, conociéndome y, por el miedo que me da cualquier relación afectiva lo descarto.

A ver, quiero dejar algo claro: me he acostado con chicos desde que ocurrió lo de Lucas.

No han sido muchos, podría contarlos con los dedos de una mano y me sobrarían —podríamos decir que uno por año para que no haga daño—.

No me he permitido repetir con ninguno, por lo que a estas alturas ya os podéis imaginar: miedo a engancharme.

Cuando he compartido cama con alguien, tenía la certeza de que no volvería a verlos porque era algo puntual —cosa que con Alex no sería así, de ahí que no sea una opción factible por mucho que pueda llegar a atraerme físicamente.

Como si supiera que estoy pensando en ella y necesito escuchar su voz, me entra una videollamada de mi prima. Voy a empezar a pensar seriamente que tengo alguna especie de poder para invocar a la gente.

—Rarita, he llegado sana y salva a Australia —anuncia entusiasmada haciendo un bailecito en cuanto descuelgo.

Sonrío, contagiándome de su felicidad—. Ya estoy en la casa familiar.

Tendrías que verla, es enorme. Se nota que de dinero van sobrados.

—Me percato de que controla su tono de voz.

Es entonces cuando me acuerdo de la diferencia horaria y que allí ya debe ser de madrugada.

Menos mal que he esperado a que ella se pusiera en contacto conmigo—.

Presiento que voy a perderme los primeros días, pero todo es acostumbrarse.

La familia es un encanto, aunque eso ya lo descubrí en las videollamadas.

Los niños me traerán problemas porque son unos pequeños terremotos.

Lo disimularon muy bien en los encuentros que tuvimos.

Me río al imaginarla lidiando con dos niños pequeños. Les deseo mucha suerte a los tres, en especial a Martina, que será la primera vez que se enfrente a algo así.

—Me alegra verte tan feliz. En otra ocasión te exigiré un tour por la casa, algo me dice que en estos momentos no son horas para hacerlo. ¿Ya has podido ver algún canguro?

—Topicazo al canto. ¿Crees que me ha dado tiempo de cruzarme con alguno?

Casi no he tenido tiempo ni para cagar, prima.

—Suelto una sonora carcajada, consiguiendo que algunas personas que caminan cerca de mí me miren más de la cuenta.

Menos mal que llevo los AirPods conectados—.

Te he llamado en cuanto he puesto un pie en mi nueva habitación.

Necesitaba saber cómo han ido las primeras horas con Alex.

¿Seguís vivos ambos? ¿Me seguís queriendo a pesar del marrón en el que os he metido?

—Tranquila, todavía no he tenido que esconder su cadáver en el congelador.

—No ha sido gracioso, me has puesto los pelos de punta —dice ella, haciéndose la enfadada, mientras yo me río a carcajadas.

—Por ahora no pienso asesinarlo. Tuve una gran idea para que la convivencia entre nosotros fuera lo mejor posible. Ya he aceptado que tengo que convivir con él, así que tenía que hacer algo para quedarme tranquila estos tres meses.

—Miedo me da saber lo que ha ideado esa cabecita tuya.