CAPÍTULO 10 #2
Asiento dándole la razón y leo lo más rápido que puedo lo que no ha hecho ella.
Estoy conforme con lo referente a la cocina: nada de dejar más de doce horas los platos en el fregadero ni restos de comida visibles.
Tampoco tengo nada que añadir sobre el horario de descanso.
Lo más sensato es no hacer ruido, o al menos intentar entrar en silencio si alguno llega bastante tarde.
Es algo lógico que hubiera hecho, aunque no hubiera estado aquí escrito.
En cuanto al espacio personal, es lo mínimo que esperaba: prohibido entrar en la habitación del otro sin permiso y respetar al máximo la intimidad.
Lo de la lavadora casi me parece un chiste.
¿Quién va a mezclar la ropa blanca con la de color?
Me río al ver que está escrito junto a no dejar más de una hora ropa dentro si ya ha acabado.
Es una de las tareas semanales que nos iremos turnando.
No sé si ha pensado bien eso de juntar la ropa de ambos, se me hace extraño que tenga que lavar mis calzoncillos, aunque luego me tocará a mí lavar su ropa interior. Igual deberíamos discutirlo.
—No puedo asegurarte que te avisaré con más de veinticuatro horas de antelación si traigo invitados —intervengo al ver el primer punto del apartado que ha mencionado.
No parece sorprendida por mi comentario, es más, algo en ella me dice que ya se lo esperaba.
—Por eso está, más abajo, lo de no traer a desconocidos sin avisar.
Si es algo improvisado, mínimo envíame un mensaje.
Solo pido eso. No me gustaría entrar y encontrarme con gente que no conozco paseándose por casa.
Al menos sí lo sé, tengo tiempo para hacerme a la idea e incluso huir si lo creo conveniente.
Le gusta tener todo bajo control a niveles inhumanos. Empiezo a hacerme a la idea de que todo lo que se escapa de su control no le gusta y la pone nerviosa, de ahí que quiera saberlo con antelación.
—No te apasiona la gente, ¿verdad?
Se tensa. Su postura corporal cambia y vuelve a apartarme la mirada. Algo me dice que me he metido en un terreno pantanoso, pero lejos de querer esquivarlo, me genera más curiosidad por su reacción.
—¿Esa es la conclusión que sacas por este apartado?
—En parte sí, pero también ha ayudado lo poco que pude ver de ti en la cena y durante la fiesta.
Relacionarte con las otras personas no es tu especialidad, aunque ya las conozcas desde hace tiempo.
Imagino que, si en esas circunstancias ya no estás cómoda, mucho menos lo estarás con desconocidos —digo en voz alta el análisis que pude hacerle cuando la conocí.
Traga saliva, nerviosa, y vuelve a buscar mi mirada.
—Podría negarlo, pero sería inútil. Gran observación, Alex. Supongo que no pasa tan desapercibido como pienso. —¿Es decepción eso que escucho en su voz?
—También es importante mencionar que soy un gran observador cuando algo o alguien me interesa. —Sus ojos se agrandan, imagino que por la sorpresa. No es la única que no se esperaba ese comentario. Para que pase desapercibido, añado—: ¿Hay algún motivo para que eso sea así?
Frunce el ceño y parece pensar la respuesta. Igual he ido demasiado lejos y me he entrometido de más al hacer esa pregunta personal, pero las ganas de conocerla son las que han hecho que lo haga. Estoy convencido de que no añadirá nada, pero me equivoco porque termina por decir:
—Digamos que antes era más social, pero parece que he perdido esa habilidad. —Se encoge de hombros en un intento por parecer despreocupada, pero puedo entrever cómo le inquieta.
—Lo dudo, Carlota. No es algo que se pueda perder, solo habrá cambiado porque tú misma lo has querido. Nosotros decidimos cómo nos mostramos ante los demás.
Sonríe ligeramente antes de carraspear y volver al tema inicial.
—Avísame siempre que vayas a tener compañía. Una llamada, un mensaje, un post-it en una zona visible como la nevera, lo que sea, pero hazlo. —Parecería una orden si no viera la desesperación en su tono.
Asiento, me da a entender que es algo muy importante para ella y por eso lo haré. No me cuesta nada.
—No espero que tú también lo hagas, para mí no es necesario —digo seguro, aunque al segundo una idea se cruza en mi mente—, a no ser que quieras traer a un ligue. En ese caso te lo agradecería para no presenciar algo que no debo. Entiendo que puedo traer chicas sin problema.
Carlota pone los ojos en blanco, incluso resopla.
—¿De verdad me estás preguntando eso?
—No aparece en el contrato.
Parece leerse de nuevo los puntos, en busca de esto que comento, pero, como le he dicho, no hay nada al respecto.
¿Es posible que se le haya olvidado? Eso parece.
Para mí es una de las cosas más importantes a comentar si vamos a vivir juntos y, obviamente, debería aparecer en el apartado de «invitados».
—Se aplica lo mismo con tus conquistas que con los invitados —reacciona ella con rapidez al darse cuenta de que no había nada sobre eso—.
Especialmente la parte de mantener discreción y respeto en las zonas comunes.
Además, no se permitirán situaciones incómodas para la otra parte.
Nada de desayunos tensos con desconocidas en ropa interior, nada de convertir el piso en un hotel improvisado, nada de utilizar el salón como escenario de conquista.
Todo lo que tenga que ocurrir, que sea en privado, en tu habitación y, a ser posible, sé discreto.
Odiaría tener que despertarme por estar escuchando orgasmos.
Parece horrorizada al decirlo, lo que consigue que sonría más de la cuenta.
Sobra decir que todas esas cosas no aparecen en el contrato, pero deberían estar, aunque también sean de sentido común.
Sería de muy mal gusto hacerle algo así.
Yo tampoco quiero encontrarme con un tío semidesnudo sentado en el sofá. La imagen consigue que entre en pánico.
—Estoy de acuerdo con todo lo que has dicho.
Además, añado que deberíamos pactar algo para saber si la otra persona está manteniendo sexo o piensa hacerlo.
Y sí, todo esto deberá aparecer en el contrato.
Es imprescindible que quede por escrito todo lo referente a los ligues.
No puedo creer que se te haya pasado por alto.
En caso de que yo hubiera redactado un contrato de convivencia —algo impensable, conociéndome—, el primer punto hubiera sido este. Además, hubiera estado en negrita y subrayado, incluso con varios signos de exclamación para evidenciar lo importante que es.
—Todo lo referente al amor no entra en mis planes, de ahí que lo haya omitido.
—Aunque su comentario me sorprende, intento disimularlo.
Ya indagaré más en este aspecto, ahora no creo que sea conveniente—.
Pero tienes razón, es algo digno de aparecer en el contrato.
Añado todo lo que hemos mencionado y mañana, cuando vuelva de trabajar, tendrás encima de la mesa el contrato mejorado listo para que lo firmes.
Ha ido tomando nota a mano de lo que hemos dicho. Mi mirada no se ha apartado de ella durante el proceso. Su cara de concentración me ha cautivado. La manera en la que se muerde el labio inferior ha conseguido que mis ojos no se apartaran de ese punto.
—Tres emoticonos de fueguito serán sinónimo de que ese día pasará algo, o al menos, hay intención de que pase. ¿Qué te parece? —propongo como señal.
No me pasa desapercibido cómo se arruga su frente ante la idea.
—Espero no recibir esos emoticonos con demasiada frecuencia. No olvides la regla que prohíbe repetir visitas más de dos noches consecutivas.
—Supongo que estarás abierta a excepciones —sugiero esbozando una sonrisa pícara.
—Vamos viendo. —Niego sonriente—. ¿Algo más sobre este tema?
Pienso unos segundos en la pregunta antes de terminar negando.
—Por ahora no, creo que podemos seguir.
Asiente satisfecha.
En estos momentos me encantaría saber qué piensa de mí.
Espero no haberle dado una imagen que no me corresponde.
No soy ningún mujeriego, ni mucho menos, aunque tuve mi época en la adolescencia, eso ya quedó atrás.
Es cierto que nunca he tenido una relación seria —porque la que tengo con el pádel por lo visto no cuenta—, pero eso no quiere decir que no me vea preparado cuando llegue la ocasión.
Supongo que lo sabré llegado ese punto, por ahora tampoco he conocido a nadie con quien querer intentarlo.
Me gusta divertirme de vez en cuando, sexo ocasional sin compromiso, por eso era importante dejar las cosas claras, para que luego no haya malentendidos.
—Pasamos entonces al apartado de detalles importantes.
Puede que te parezcan datos random, pero te aseguro que estos lo son.
—Tuerzo el gesto. He perdido la cuenta de las veces que ha dicho que lo que venía a continuación era importante, para Carlota todo lo es—.
Seguro que Martina ya te ha mencionado algunos para reírse de mí.
—Lo suelta de cachondeo, pero algo me dice que en el fondo le afectaría que fuera así.
Me encantaría decirle que eso no ha ocurrido, pero antes de que pueda añadir algo, se adelanta—.
Cuando vayas a salir del piso, debes asegurarte de que todas las puertas estén cerradas.
—Me muerdo los mofletes para no reír. No creo que sea lo más apropiado en este momento, no cuando lo dice tan seria—.
Antes de que lo preguntes, no hay un motivo, solo me gusta que sea así.
Necesito llegar a casa y que todas estén cerradas.
Los cojines del sofá siempre deben estar alineados, no puedo ver que no están en su sitio, me pone bastante histérica.
Cada objeto tiene su lugar asignado y debe volver allí tras utilizarlo.
Lo dejas igual que lo has encontrado, es fácil.
Te acostumbrarás con rapidez, espero. Y, por último, no dejarás cosas provisionales en sitios comunes más de veinticuatro horas.
No me hago responsable de que esos objetos terminen en la basura si pasan más tiempo del debido allí.
—Suena a amenaza por mucho que sonría al decirlo. Me gusta bastante esta actitud.
Aplaudo después de su discurso. Ella frunce el ceño, lo más probable es que piense que me estoy riendo de ella, por eso añado con rapidez.
—Directa al grano, sí, señora. No soy quién para juzgar a nadie.
—Levanto ambas manos en señal de paz. Consigo que relaje el rostro—.
Cada uno tiene sus rarezas. Intentaré acordarme de todo, no prometo nada.
Tienes que ser flexible al principio si pretendes que esto salga bien.
—Asiente a regañadientes, no parece muy convencida—.
Ya que hablamos de cosas random, añade en este punto que puedo escuchar música mientras me ducho, independientemente de la hora que sea.
—Pero…
—Yo no he juzgado tus cosas, no lo hagas tú con las mías —la interrumpo antes de que pueda decir nada—. Además, es lo único que pido.
Me sostiene la mirada. Momento que aprovecho para perderme unos segundos en sus ojos marrones. Es entonces cuando me fijo en las pecas casi imperceptibles que tiene en las mejillas. Hasta este momento, habían pasado desapercibidas.
—De acuerdo, es justo —termina por decir. Sonrío de manera triunfal.
—Aprovecho para advertirte de una cosa. Pierdo las cosas con facilidad por el piso, en especial las llaves. Así que no me lo tengas en cuenta, es algo que no sucede a propósito. Si te encuentras cosas mías donde no deben estar, no te cabrees, te he advertido.
—Me encargaré de que eso no ocurra.
—¿Cómo?
—Ya lo descubrirás. No pienso revelarte mis trucos antes de tiempo.
Seguimos hablando de cada punto y añadiendo nuevas cosas para que termine siendo un contrato de convivencia en el que hemos participado ambos.
El apartado de comida se resume en que haremos una compra semanal conjunta, lo que implica tener que cuadrar nuestros horarios para poder ir juntos al supermercado.
Aunque le fastidie a Carlota, no podemos dejar adjudicados todos los días porque no sabe los turnos que tendrá en un par de semanas.
Así que solo podemos marcar los de esta y la próxima.
En cuanto a productos personales, cada uno pagará los suyos y se deben respetar.
Momento que ha aprovechado para proponer pegatinas de colores para diferenciar si es suyo o es mío.
Lo sé, es un poco surrealista, pero he aceptado.
El uso del salón nos ha dado para debatir.
Por suerte hemos llegado a un acuerdo: prioridad para quien llegue antes.
Lo que es evidente que provocará una guerra por el mando en un futuro.
Solo espero que tengamos gustos similares o será un infierno.
Y, por último, algo que me ha pillado por sorpresa ha sido la cláusula final: en caso de conflicto, se hablará con respeto y sin gritos.
—Con esto ya tenemos nuestro tratado de paz —comento al ver que no queda ningún punto. Han sido cuatro largas hojas.
—No te cachondees, Alex —me advierte ella demasiado sonriente.
Ya se ha levantado del sofá y camina hacia su habitación con el contrato pegado al pecho.
—No lo hago, Carlota. Primer día superado. No ha estado tan mal, ¿verdad?
La sigo, porque no tiene sentido que me quede solo en el sofá, no a estas horas.
—Buenas noches.
—Buenas noches a ti también —anuncio un segundo antes de que cierre la puerta de su habitación en mis narices.