Jugamos a querernos (Jugamos 3) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Cierro la puerta tras de mí en cuanto entro en la que será mi habitación durante los próximos meses.

Lo hago con un revoltijo de nervios en el estómago porque no sé de qué quiere hablar Carlota con tanta urgencia, aunque puedo hacerme una ligera idea tras su último comentario.

En cuanto pienso en ella, su imagen se cuela en mi mente por mucho que no quiera.

El color rojo de su pelo, su sonrisa sincera, su mirada cargada de miedos, las curvas de su cuerpo, sus mejillas ligeramente sonrosadas por los nervios…

Es atractiva, al menos a mí me lo parece.

Es de esas chicas a las que volvería a mirar si me la cruzara por la calle.

Ya me lo pareció cuando chocamos hace una semana, lo pude confirmar en la cena y ahora lo afirmo con seguridad: es guapa, lo suficiente como para que me haya fijado de más en ella.

Pero todas las ideas que llegué a pensar hace unos días quedan descartadas ahora que vamos a compartir piso.

Si había una mínima posibilidad de acostarme con ella —barajé esta opción al saber que era la prima de Tina— ha quedado eliminada y enterrada bajo tierra.

No pienso meter la polla donde no toca porque eso podría generar demasiados problemas.

Mezclar la convivencia con el sexo no es buena idea.

Me grabo a fuego ese pensamiento para no olvidarlo.

Me conviene tenerlo presente si quiero que estos tres meses vayan bien.

Intentarlo siquiera sería un suicidio para nuestra relación de compañeros de piso, por eso ni notará que me parece atractiva.

Ese mínimo pensamiento podría joderlo todo.

Dejo la maleta con prisas abierta encima de la cama.

Como le he dicho, ya tendré tiempo para colocarlo todo en los armarios.

Eso sí, me aseguro de que Tina los haya vaciado para darme espacio.

Dijo que lo haría, pero necesito comprobarlo.

La bolsa de pádel termina en una butaca que hay en una esquina de la habitación.

Aunque podría dejarla en el pádel, me gusta llevarla arriba y abajo.

Se podría decir que es una extensión de mí, además, es mi excusa perfecta para no dejarme nada importante por las mañanas.

Lo meto todo ahí dentro y cargo con ello durante el día.

Antes de que Carlota repare en mi presencia, me permito observarla desde el pasillo.

Quizás no debería hacerlo, pero mi mirada va a parar a ella antes de que pueda darle más vueltas.

Se muerde el labio inferior, concentrada, mientras observa unas hojas que descansan en la mesita que hay delante del sofá.

Parece igual de nerviosa que antes porque uno de sus pies no deja de moverse.

Me gustaría que se relajara, pero soy consciente de que eso requerirá tiempo y sobre todo confianza.

Si ya la otra noche, cuando estaba con todo el grupo, estaba alerta, no puedo pretender que eso cambie en unos pocos minutos.

Recuerdo que sigo siendo un completo desconocido para ella y que es normal que adopte esta actitud, mucho más el primer día.

—He intentado ir lo más rápido posible —anuncio entrando en el salón. Al instante, su cabeza se levanta y nuestros ojos se encuentran. Me encantaría descifrar lo que intentan transmitir.

—Ya lo puedes decir. —Se ríe, pero no es una risa sincera, sino de esas forzadas—. Casi no he tenido tiempo para ordenar las ideas y planear bien lo que quiero decirte.

—No le des tantas vueltas, Carlota —comento en un intento de restarle importancia mientras me acerco hacia ella—. Suéltalo sin miedo. Como cuando debes quitarte una tirita, rápido para sufrir menos. Te aseguro que estoy curado de espantos.

Tengo curiosidad, por supuesto. Y estoy convencido de que puedo hacer frente a cualquier cosa, por muy disparatado que sea lo que quiere decirme.

Agacha la cabeza y asiente. Parece incapaz de mirarme ahora que estoy sentado a su lado. He mantenido las distancias, por suerte, el sofá es lo suficientemente grande como para que nuestros cuerpos no se rocen.

—He redactado un contrato de convivencia —susurra en un hilo de voz, pero logro escucharla—. Me gustaría que lo leyéramos juntos y lo firmaras. —Coge las hojas de encima de la mesita y suspira—. Ya está, ya lo he dicho.

Me lleva unos segundos asimilar sus palabras. ¿He escuchado bien?

—¿Un contrato? —pregunto sorprendido para asegurarme de que no han sido imaginaciones mías y ha dicho justo eso.

—Es lo único que se me ha ocurrido para que esto salga bien —reconoce.

Ahora sí que me mira y puedo entrever la vergüenza en su mirada—.

Si todo queda por escrito, no tendremos problemas porque lo habremos acordado antes.

Por supuesto, puedes añadir cualquier apartado que desees.

El momento de hacerlo es ahora, porque a partir de mañana pienso llevarlo a rajatabla —me advierte con una seguridad que hasta ahora no había dejado ver—.

Por si te lo estás preguntando, esta tontería me ayudará a ganar seguridad y hará que esté mucho más tranquila porque te habré explicado todo lo que necesito que sepas y tú habrás estado conforme.

—Tu prima ya me advirtió de tus manías —suelto sin pensar.

Al hacerlo, me gano una mirada nada amistosa de su parte.

Quizás debería haberme mordido la lengua—.

Perdón —añado con rapidez—. No sé por qué me ha sorprendido tanto esta idea.

A ver, pensándolo bien, no es tan descabellada —reflexiono en voz alta.

Tuerce la cabeza al escucharme y puedo ver el amago de una sonrisa en sus labios—.

Puede estar bien para entendernos. Al fin y al cabo, no nos conocemos, pactar unas normas puede ayudarnos.

Jamás se me hubiera ocurrido nada igual, pero viéndolo con perspectiva es una gran opción. La convivencia no es sencilla y, si llegamos a ciertos acuerdos antes de empezar, puede hacer que esto sea más fácil.

—Miedo me da lo que te haya podido decir mi prima, igual debería asesinarla solo por ese comentario.

—Agradecería que no le dijeras nada, sino el que terminará muerto seré yo.

Ahora sí que su carcajada suena sincera. Me gusta el sonido de su risa, pero es algo en lo que no debería estar pensando en estos momentos. «Céntrate en el contrato».

—Puedo callarme por tu gran predisposición a firmar el contrato.

—Primero vamos a leerlo y a hacer los cambios oportunos.

No deja de sonreír mientras me entrega las hojas. Imagino que está contenta porque se ha salido con la suya más rápido de lo que se imaginaba. Hasta este momento no me había dado cuenta de que había dos montones: una copia para ella y otra para mí. Ha pensado en todo.

—Verás que es muy sencillo. Lo he dividido en diferentes puntos para que sea más visual y sobre todo fácil de entender.

Observo las hojas con diversión. Está impreso a doble cara y veo algunas cosas en negritas y otras subrayadas, entiendo que eso debe de ser importante. Por suerte, no parece denso de leer, más bien todo lo contrario; frases simples y claras, para que no den lugar a dudas.

—¿Lo has redactado tú? —Asiente con orgullo. Ya no hay ni rastro de esa vergüenza de antes y me gusta que sea así—. ¿En qué momento?

Mi mirada no deja de ir del contrato a ella.

—Lo hice en cuanto me enteré de que serías mi nuevo compañero de piso.

Entré en pánico, la verdad, y empleé unas cuantas horas en escribir esto.

Necesitaba tenerlo lo antes posible. Si ya me costó que Martina se acostumbrara a ciertas manías mías, como dice ella.

—Me percato cómo frunce el ceño al decirlo.

Es evidente que no le gusta esa palabra—.

Solo de pensar en que tenía que explicártelo a ti…

—Deja la frase en el aire porque no es necesario que la continúe—.

Habrás podido comprobar que me gusta tenerlo todo bajo control.

—Esto va a ser divertido —digo más para mí mismo que para ella.

Si escucha el comentario, lo ignora. Mucho mejor así.

—El punto número uno hace referencia a la limpieza —empieza a leer el contrato, le presto toda mi atención—.

Es evidente que cada uno se ocupará de su habitación y, para las zonas comunes, he creado unos turnos semanales, puedes mirarlos al final del contrato.

—Eso mismo hago. Me encuentro con un calendario mensual donde aparece cada uno de nuestros nombres de un color diferente y las zonas que se deben limpiar cada día—.

Si te parece bien cómo lo he distribuido, lo pondré en la nevera para que ninguno se olvide.

—¿Eres una maniática de la limpieza? —La pregunta se escapa de mis labios. Lo hago por mera curiosidad.

—En absoluto, solo me gusta que no me coma la mierda.

—Lo dice tan natural que consigue que se me escape la risa—.

Por eso es importante limpiar antes de que esté sucio.

—Hace especial énfasis en la palabra «antes»—.

Espero que no seas como Martina, partidaria de limpiar cuando está sucio y no antes.

Me costó que se acostumbrara, pero terminé saliéndome con la mía. —Sonríe orgullosa y satisfecha.

Me rasco la nuca, algo avergonzado por pertenecer a ese grupo. Primera cosa en la que opinamos diferente y acabamos de empezar, maravilloso. Sin embargo, no me opondré, al menos no en esto.

—La lógica de Tina no es mala.

—Ignoraré ese comentario y pasaré a hablarte de los invitados. Como ves, omito algunos puntos secundarios. Eso no quiere decir que no sean importantes, todo lo que aparece aquí lo es, pero no creo que necesitemos hablarlo.