CAPÍTULO 9
Emma, una de las compañeras con las que mejor me llevo y con la que alguna vez he quedado fuera del trabajo, me ha cambiado el turno para que pueda acompañar a mi prima al aeropuerto.
Agradezco que nos dejen hacer estos pequeños cambios internos cuando lo necesitamos.
Sabía que no iría sola porque sus padres se habían empeñado en llevarla, pero aun así quería estar con ella para aprovechar las últimas horas juntas, aunque eso suponga tener que cerrar la tienda esta tarde. Por Martina, lo que haga falta.
Debería estar cabreada con ella por el detalle que pasó por alto de tener que compartir piso con Alex durante su ausencia.
He tenido unas pocas horas para hacerme a la idea y, aunque me joda, no puedo negarme porque es su decisión.
¿Me hubiera gustado saberlo antes? Por supuesto.
¿Hubiera deseado quedarme sola? Evidentemente.
Pero ahora poco puedo hacer, solo me queda pasar tres meses bajo el mismo techo que él.
Aunque parezca que mantengo el tipo, por dentro estoy temblando de miedo y nervios, hasta tengo escalofríos por lo que supone.
Es un chico que no conozco de nada y va a invadir mi espacio personal durante una temporada, cosa que provoca que salga de mi zona de confort sin que yo quiera hacerlo.
He barajado la opción de que todo esto sea un plan de Martina, ese empujón en mi vida que a veces dice que necesito, pero quiero creer que no me hubiera hecho esta putada a conciencia.
Sabe que me duele el pecho solo de pensarlo.
Me repito que puedo con esto, que, con suerte, lo que me dijo será verdad y nos veremos bien poco.
¿Me estoy poniendo en lo peor antes de que esta aventura empiece? Sí, pero así soy yo.
—Lo único que te pido es que Alex llegue pasadas las diez de la noche —le recuerdo antes de que pase el control de seguridad.
Ayer se lo dije infinidad de veces, pero no venía mal una vez más.
Así me quedo un poco más relajada—. Necesito estar en el piso cuando entre con sus maletas.
Necesito tenerlo todo bajo control antes de que aparezca. Necesito que…
—Tranquila, rarita —me corta antes de que empiece a ponerme más histérica—.
Le he pasado el recado y le he hecho cambiar sus planes, así que no aparecerá por casa hasta que tú no estés allí.
Le he dado tu número por si lo necesitaba para algo.
Lo justo es que tú también tengas el suyo por si acaso—.
Sin darme tiempo a contestar y asimilar sus palabras, me quita el móvil de las manos para agregar el teléfono de Alex—.
Y ahora abrázame, deséame que tenga un buen vuelo y dime lo mucho que me quieres.
Es lo mínimo que debes hacer en esta situación.
La rodeo entre mis brazos, no porque me lo haya exigido, sino porque quiero hacerlo. Es el momento de la despedida, no podemos alargarlo mucho más.
—Te quierodio demasiado —digo apretándola todavía más fuerte entre mis brazos—.
No creas que la distancia o los océanos te van a librar de mí.
Pienso darte el tostón como hasta ahora, solo que lo haré a través de mensajes y llamadas.
Disfruta de esta experiencia. Estoy convencida de que te servirá para inspirarte.
Eso sí, les deseo mucha suerte a los niños que estarán a tu cargo, van a necesitarla.
Me río sola por mi ingenioso comentario mientras Martina se limita a fulminarme con la mirada. Ella es la primera que sabe que se va a enfrentar a un gran reto. No será tarea fácil ocuparse de esos dos críos.
—Qué mala eres cuando te lo propones.
Después de prometernos llamadas semanales y mensajes diarios, veo cómo se aleja entre la multitud.
Aquí y ahora empieza su nueva aventura en busca de inspiración.
Al mismo tiempo, también lo hace la mía, porque antes de que acabe el día tendré a un chico —a Alex para ser más concreta— en el apartamento ocupando la habitación de Martina.
Si me lo hubierais dicho hace una semana, me hubiese reído en vuestras caras por lo surrealista de la situación.
¿Convivir con un hombre? ¿Yo? Gracias, pero no.
Ni que me hubiera vuelto loca. Al género masculino, cuanto más lejos, mejor.
Pero ya veis, aquí estamos, a punto de hacerlo durante tres meses y sin rechistar demasiado.
Desde lo que viví con Lucas, no me he permitido darle una oportunidad al amor por miedo a no saber querer bien.
Tenía muy claro que antes de poder enamorarme de alguien debía quererme a mí misma, algo que tiempo atrás no hacía.
Ahora mi autoestima ha mejorado, me quiero más que antes, pero aun así no sé si sería capaz de amar de manera correcta.
Es uno de mis mayores miedos. Me aterra no estar a la altura, no ser capaz de querer como se merecen.
Es un tema recurrente en las sesiones con mi psicólogo.
Las hago online porque me vi incapaz de cambiar de persona, aunque me había mudado.
Él fue quien me ayudó en el proceso en Madrid y a día de hoy sigue siendo el mismo.
Por supuesto, la frecuencia con la que nos vemos es menor que entonces, pero todavía no es inexistente, y lo cierto es que no sé si algún día lo será porque me ayuda a desahogarme.
Estoy sentada en el sofá con la tele puesta de fondo mientras los minutos pasan y mis nervios aumentan.
He salido corriendo del trabajo con la esperanza de no encontrarme a Alex esperando en la calle.
Me he asegurado de que mi prima me diera las llaves a mí y no a él porque no sé cuál hubiera sido mi reacción si llego a entrar en el piso y me lo encuentro.
Por suerte, me salí con la mía y no ha pasado.
Así que he tenido tiempo para ducharme y serenarme antes de su llegada.
Fijaos si estoy histérica que hasta he incumplido mi propia norma y no llevo puesto el pijama para estar por casa, sino unos tejanos junto con un jersey.
Me digo a mí misma que se debe a que es el primer día y que eso dejará de ser así.
No necesito causar buena impresión, pero hay cierta confianza e intimidad en ir con pijama delante de la gente. Al menos yo lo veo de ese modo.
Cada pocos segundos miro la hora en el móvil, son más de las diez, pero todavía no hay ni rastro de mi nuevo compañero de piso.
Tampoco se ha intentado comunicar conmigo, así que imagino que todo sigue igual y aparecerá dentro de poco.
La espera me está matando, estoy impaciente porque el timbre suene y quitarnos el primer día de encima.
Algo me dice que el primer contacto será lo más difícil de todo, al menos para mí.
Como si lo hubiera invocado —al final voy a pensar que tengo un don para hacer aparecer a la gente cuando pienso en ella—, el timbre suena y provoca que dé un buen salto en el sofá.
El corazón está a punto de salirme por la boca.
Doy un par de saltos cuando estoy de pie, en un intento por expulsar los nervios de mi cuerpo, y me dispongo a abrir la puerta.
Es evidente que el apodo de drama queen me lo gano a pulso —mucho más que el de rarita— solo hace falta ver mis reacciones, en especial cuando no tengo la situación bajo control, como en estos momentos.
Quiero chillar, pero me contengo. No pienso montar ningún numerito innecesario.
Me paso la mano por el jersey y los pantalones, como si tuviera alguna pelusa encima y tuviera que quitarla para estar impecable antes de descolgar el telefonillo y escuchar su voz al otro lado.
Joder. Esto es real.
Ha llegado el momento de enfrentarme a él y a mi nueva vida.
Ya no hay marcha atrás. Está sucediendo de verdad.
Alex está subiendo en el ascensor y en unos segundos lo tendré delante.
Una parte de mí no termina de creérselo, pero cuando se abren las puertas y lo veo con una maleta enorme y un paletero colgado en el hombro; no tengo dudas de que esto está pasando.
Sigo con la mirada cada uno de sus movimientos sin decir nada, como si me hubiera quedado embelesada mirándolo.
La realidad es que mi mente intenta hacerse a la idea.
No le estoy haciendo un repaso general de pies a cabeza, no.
Ya tendré tiempo para hacerlo más adelante.
Además, me acuerdo demasiado bien de sus ojos y bíceps, no preguntéis el motivo.
Él parece estar haciéndomelo a mí y empiezo a sentir un leve rubor en las mejillas.
Creo que la situación sería más sencilla si Alex no me pareciera guapo.
No me preguntéis por qué, pero algo en mi interior lo sabe.
Los nervios no estarían tan acentuados si no me pareciera atractivo, pero muy a mi pesar no puedo cambiarle el cuerpo ni la cara.
—Bienvenido a tu nuevo hogar —digo con mucho entusiasmo para que sus ojos dejen de fijarse en mi cuerpo.
Aprovecho para hacerme a un lado e invitarlo a entrar con un gesto de manos.
Escucho cómo se ríe al pasar junto a mí—.
¿Me he pasado de intensa? No sabía qué decir por los nervios del momento. ¿Habías estado alguna vez en el piso?
En mi defensa diré que tiendo a hablar de más cuando los nervios se apoderan de mí, algo que comparto con Martina. Es un mecanismo para que la situación no sea incómoda, aunque muchas veces consigue que lo sea todavía más.
Alex se para en medio del pasillo al escucharme y observa todo a su alrededor, momento que aprovecho para cerrar la puerta. ¿Soy yo o el piso se siente más pequeño con su presencia?
—Me alegra saber que no soy el único que no sabe muy bien cómo reaccionar en esta situación.
Si te sirve de consuelo, no solo tú estás nerviosa.
—Sonrío y agradezco su sinceridad. Saberlo hace que me sienta mejor y menos rara—.
Y sí, no es la primera vez que vengo. Aunque nunca pensé que terminaría viviendo una temporada aquí.