Jugamos a querernos (Jugamos 3) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Tina tiene suerte de encontrarme un domingo por la mañana en Barcelona.

Solo hay un único responsable de que eso sea así: el pádel.

Acostumbro a llevar mi trabajo mucho más allá, en especial cuando estoy como entrenador y tengo un objetivo muy claro.

Hay quien dice que vivo por y para mi trabajo, lo cierto es que no se equivocan, me vuelco demasiado en ello, a veces incluso más de lo necesario.

Pero soy así y nada ni nadie ha podido cambiarlo.

Es un pilar fundamental en mi vida, mi mayor afición.

Cuando no estoy en las pistas como entrenador, lo hago como jugador.

Justo como hoy. Que he aprovechado para hacer un partido con los otros entrenadores que hay en ProSet BCN.

Es indispensable que haya un buen ambiente de trabajo en el club donde estoy.

La unión de todos consigue la consolidación.

Así que, en parte, este partido ha podido considerarse parte de mi jornada laboral.

Seguro que Javier estaría de acuerdo. Él es muy partidario de hacer piña y de este tipo de iniciativas.

Llevo dos noches en casa de Eloy y Aaron, concretamente desde la cena de despedida de Tina —también conocida como Martina, aunque siempre he utilizado ese diminutivo para referirme a ella, creo que soy el único que lo hace—.

A Eloy lo conocí en una fiesta universitaria y forma parte del grupo que tengo desde entonces en Barcelona.

Y el segundo es su pareja. No lo conozco tanto como los demás porque llevo un año fuera, pero es un gran tío.

Si no, Eloy no estaría con él. Al ver que la fiesta se alargó, fueron ellos mismos los que me ofrecieron el sofá de su apartamento —un gran gesto si me preguntáis—.

Al enterarse de que hoy a primera hora tenía partido en el club, volvieron a cederme su comedor.

Si tengo a los mejores amigos, se dice y punto.

Por suerte para mí, en el mismo club tengo ropa de recambio de sobra.

Ya sabéis lo que dicen: hombre precavido vale por dos.

Me he ahorrado unos cuantos viajes en tren, no puedo quejarme.

Las horas que hubiera desperdiciado, he podido aprovecharlas estando con mis amigos y poniéndonos al día.

Porque, aunque hemos hecho videollamadas puntuales y nos hemos escrito de manera constante, no es lo mismo que estar cara a cara.

Esta misma tarde tengo que bajar a Calafell, a casa de mis padres, para recoger todas las cosas que necesito trasladar a mi nuevo apartamento.

Iba a hacerlo después del partido, pero la urgencia de Tina por verme ha hecho que retrase la hora de salida.

Me ha propuesto un brunch, esa moda de la que todo el mundo habla y que yo sigo sin entender.

Si tuviera que definirlo, sería algo así como una mezcla de desayuno y comida que te suele salir por un ojo de la cara.

Hay quien me diría que es un evento social, la excusa perfecta para pasar un rato largo charlando.

Que se dejen de tonterías, por favor y gracias.

Todavía me cuesta asimilar que mañana mismo dormiré en un piso en pleno centro y todo gracias a la locura de Tina, la morena de las mechas rosas y las ideas descabelladas, que justo se lanza a mis brazos en cuanto me ve.

Reacciono con rapidez y la sujeto con fuerza, impidiendo que ambos caigamos al suelo por el entusiasmo del momento.

—Perdona por las prisas y la urgencia de vernos hoy, pero justo estaba hablando con mi prima Carlota y me he acordado de algo que te incumbe demasiado. No podía dejarlo pasar y decírtelo mañana.

Cuando menciona a su prima, no puedo evitar pensar en la chica pelirroja que conocí el otro día.

Justo dio la casualidad de que era la misma con la que tropecé a principios de semana, la que terminó en el suelo por mis prisas.

¿Qué probabilidad había de que volviéramos a coincidir con lo grande que es Barcelona?

¿Puede ser el destino? ¿O será una simple casualidad?

No pude descubrir mucho más de ella, porque mientras todos hablaban y tenían cientos de cosas por explicar al grupo —en especial Tina y yo—, ella permaneció callada, interviniendo lo justo y necesario.

Se pasó gran parte de la noche observando.

Eso captó mi atención, no puedo negarlo.

Al menos saqué algo más de información que en el primer encuentro, salí de allí sabiendo su nombre, un gran paso.

Y con la certeza de que las discotecas no eran su fuerte.

Estuvo sentada, sujetando la misma copa en la mano hasta que nos fuimos.

Solo bailó cuando su prima la arrastró por el local.

Lo cierto es que sabía moverse, pero prefería la comodidad del puf.

No como yo, que no paré de bailar en toda la noche.

Entendiéndose bailar como un movimiento de derecha a izquierda con el cubata en la mano.

—Esa cabeza loca tuya nunca deja de funcionar, ¿verdad?

—Es lo que tiene ser una artista, es parte de mí.

—Sonrío mientras le revuelvo el pelo, provocando que se queje, la atraigo hacia mí y empezamos a caminar—.

¿Habías estado antes en Amiko? —Niego, será la primera vez—.

Te adelanto que el local es una maravilla y todo está buenísimo.

Llevo pensando qué pedirme desde que he salido de casa. Estoy muy indecisa.

—Se te ha olvidado añadir que seguro que todo cuesta un ojo de la cara.

Solo necesitas poner la palabra brunch para que la carta suba de precio, a mí no me engañan.

—Estamos en Barcelona, cariño. ¿Qué le hacemos? —contesta entre risas.

Por supuesto, el cariño lo dice de cachondeo.

No lo utiliza a menudo y mucho menos es un apodo cariñoso.

De ahí que mis sentidos no se hayan puesto en alerta al escucharla.

Es Tina, mi amiga, no tiene segundas intenciones y nunca las ha tenido.

Si esa palabra la hubiera pronunciado una chica en una situación diferente, probablemente mi reacción no hubiera sido la misma.

Me conozco. No es que no me gusten las muestras de afecto ni los motes, pero no lo hago con cualquiera, solo ocurre cuando la otra persona es especial para mí.

Debo admitir que el sitio está muy bien.

Es atractivo a la vista al mezclar tonos verdes y marrones.

El diseño de las mesas y los sofás es moderno y minimalista, y todo está acompañado de plantas.

Allá donde mires, hay verde. No descarto que sean naturales.

Es, sin lugar a dudas, un sitio bastante pijo.

Perfectamente podría estar en medio de ProSet BCN, eso sí, con otros colores.

Nos encaminamos hacia una mesa que sobresale del mismo asiento.

Se trata de unos muros en tonos verdes sobre los cuales han puesto unos cojines, en un intento de que sean cómodos, ahora lo comprobaremos.

Son como una especie de gradas, porque tenemos que subir arriba, quedando por encima de las dos mesas que hay abajo.

Si me preguntáis, no es de los mejores sitios que hay en el local, pero sí de los pocos que quedaban disponibles.

No me extraña. Por la disposición de la mesa, tenemos que sentarnos uno al lado del otro, no hay otra opción.

Tampoco me importa la proximidad con Tina, hay suficiente confianza entre ambos, aunque hace bastante que no nos veíamos.

—Te aseguro que la comida merece la pena —comenta Tina, supongo que lo hace por la cara que debo estar poniendo. Hay quien dice que, a veces, es como si tuviera subtítulos. En mi defensa diré que solo me estoy limitando a observar a mi alrededor—. ¿Qué prefieres: dulce o salado?

La miro con cara de pocos amigos mientras alzo una ceja, incapaz de creerme que me haya formulado esa pregunta. No nos conocemos desde hace dos días precisamente.

—La duda ofende. A estas alturas deberías saber que…

—Salado, lo sé —interrumpe ella. Suspiro de alivio. Una parte de mí necesitaba que se acordara de esa simple tontería—. Una no puede intentar mantener una conversación trivial sin que se ofendan.

—¿Intentas desviar la conversación para no tener que decirme ya el por qué necesitabas verme con tanta urgencia?

Porque si es así, te digo desde ya que no funcionará.

Lo del brunch es una buena excusa para vernos y mierdas varias, pero desembucha cuanto antes, no alargues el momento.

¿Qué es eso que me incumbe y que has pasado por alto?

La escucho resoplar porque lo hace de manera exagerada.

Sonrío triunfal al haberla leído a la perfección.

He estado un año fuera, sí, pero aun así sigo conociéndola demasiado bien.

Hay amistades que, por mucho tiempo que pase, cuando os encontráis de nuevo, es como si nada, aunque durante ese período no os hayáis escrito a diario.

Parece que hay cosas que nunca cambian. Lo de divagar antes de abordar el tema importante es una de sus especialidades.

—De acuerdo, tú ganas —termina por decir—. Pero antes pedimos porque el chico lleva mirándonos un par de minutos.

—Dudo que llevemos tanto tiempo aquí sentados.

Dirijo mi mirada hacia la dirección que apunta su cabeza y veo a un camarero parado en medio del pasillo observando nuestra mesa.

Lleva un delantal verde, en el mismo tono que hay en el resto del local, y algo en la mano.

Desde aquí no distingo si es una libreta o una pequeña tablet, pero está claro que quiere tomarnos nota cuanto antes.

—La vida en la gran ciudad es así, un ajetreo constante. Incluso cuando estás sentado tomando algo, quieren atenderte lo antes posible para que termines y dejes el hueco libre a nuevos clientes.

—Había olvidado las prisas que se respiran por aquí. Te aseguro que no es una de las cosas que haya echado de menos de Cataluña —confieso. Me había acostumbrado a la calma—. Pienso amortizar los veinte euros que me gastaré aquí. Mi culo permanecerá un buen rato en este incómodo cojín.